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La ciudad se encontraba envuelta por la penumbra con el sosiego característico que siempre acompañaba a aquellas veladas frías de luna llena. Todo parecía estar en completa calma y serenidad o al menos, eso se esperaba.
Irrumpiendo abruptamente en aquel ambiente, a lo lejos resonaba un taconeo continuo que emitía con cada paso apresurado que daba.
No era usual que alguien caminara por las calles a esa hora, y menos aún si era durante el toque de queda que restringía a todos los ciudadanos, transitar por las calles de la ciudad llegada la media noche. Pero ahí estaba: con su vestido índigo de seda hecho girones, el cabello húmedo y desparramado, junto con un maquillaje desastroso que sus propias lágrimas habían arruinado, dibujando un camino de gruesas y torcidas líneas oscuras sobre su rostro. Eso era lo primero que se apreciaba a simple vista; pero, fuera de la imagen de la chica débil y destrozada, más de cerca, podría verse la encantadora figura de una mujer que hacía el deleite a la vista de los ojos de cualquiera.
A todos menos ella.
De repente y contra todo pronóstico, pequeños y resplandecientes hilos traslucidos caían uno por uno en abundancia desde las nubes blanquecinas que, junto con las pequeñas estrellas, ornamentaban el enorme firmamento. Tras ello, un sin número de charcos de todos los tamaños y figuras que te pudieras imaginar, similares a espejos, se fueron dibujando sobre el pavimento.
Perdida en sus pensamientos, la mujer no fue consciente de su propio estado hasta que el reflejo de sí misma en la vitrina de un almacén se lo hizo saber. No supo con certeza si era por el cabello empapado o el maquillaje corrido lo que la hizo sentir aversión por la figura en el cristal, pero independientemente de ese 'algo' –pues no sabía qué– causante de su estado de ánimo actual, se acercó aún más al reflejo, quedando cara a cara con la imagen traslúcida y empañada de sí misma.
Una mueca de disgusto apareció al observarse debidamente con mayor detenimiento, siendo imposible para ella ignorar las pequeñas pecas esparcidas a lo largo de su nariz y parte de las mejillas que tanto se había esforzado por ocultar o la herida punzante en su ceja o las marcas violáceas en el cuello que avivaron el recuerdo de aquellas manos ásperas, toscas y repulsivas que le quitaban el aliento.
Cuanto más se observaba, más volvía a su memoria la mujer a la que, aunque distinta a su manera, se parecía más a ella de lo que estaba dispuesta a aceptar; mucho más que cuando la vio danzar a merced del viento mientras sus pies colgaban a no pocos centímetros del suelo.
Hay paz en la muerte. La mujer a la que llamó 'madre' debió haberlo visto cuando Venus dejó de favorecerla con la eterna juventud. No había sido la misma desde que la primera hendidura sobre su suave carne apareció junto con la casi imperceptible plata en sus cabellos.
Pero ya habían pasado muchos años desde aquel entonces.
Los muertos no volverán –pensó-. Y yo no estoy muerta.
Con esto en mente, se alejó de la triste muchacha de la vitrina para seguir su camino. Poco sabía ella que esa misma muchacha no abandonó la vitrina después de su partida.
Caminó caminó y siguió caminando durante tanto tiempo que creyó dirigirse a direcciones opuestas a donde en realidad pretendía llegar: cada calle, cada edificio y cada señalización parecía igual que la anterior; estériles y sin vida propia, se atrevería a decir. Cuanto más avanzaba más abrumada se sentía: ya no podía recordar dónde estuvo ni adonde se dirigía.
Hacía tiempo que la lluvia cesó, siendo entonces la densa bruma incipiente quien tomase su lugar.
Cruzando una esquina una figura le pasó en la niebla, caminando deprisa pese a que le fue imposible escuchar sus pasos resonar en medio de la quietud. Se giró para asegurarse de lo que había visto, pero las tinieblas eran su única compañía. No habían vestigios de aquello con lo que se topó; tampoco pudo entrever mucho más de esa persona, aunque una parte de ella sintió inmenso alivio con ello. Un intenso sudor frío recorrió toda su columna justo cuando pasó frente a ella.
El extraño sentimiento de temor la acompañó, por lo que dejó que sus pies la guiaran rápidamente a cualquier sitio. No notó lo sudorosas que estaban las palmas de las manos hasta que las rozó por error cuando las uñas romas se hundían en las ya doloridas y ensangrentadas cutículas.
Ya a lo lejos, se detuvo bajo la tenue luz amarillenta de un farol. Soltó un fuerte suspiro que dio paso a exhalaciones erráticas mientras intentaba regular su respiración. Sus propios brazos la rodeaban, a modo de consuelo, esperando que la agitación y los espasmos abandonaran su cuerpo.
Su espalda desnuda chocó con la superficie helada del metal. No abrió los ojos hasta pasados unos minutos, y aún entonces la sensación de ser perseguida persistió. Sentía un par de ojos sobre ella, aun cuando estaba sola.
Nunca había estado tan sola como ahora.
Alzó la vista para ver alrededor, aunque el panorama sólo pudo ofrecerle los mismos edificios sosos de antaño, lo que le brindó el falso sentimiento de paz a falta de perturbación.
A su derecha se destacaba un brillo que captó su atención. No se trataba de otra cosa que de una nueva vitrina que, a diferencia de la anterior, estaba atiborrada de recortes de periódicos y otros tantos anuncios que publicitaban algún nuevo establecimiento comercial o ferias festivas. Un recorte en particular se destacó de entre los demás, justo en el centro. Era el anuncio de la función de una muy conocida obra de teatro de hace unos días, donde se felicitaba a la mujer que interpretó el papel protagónico.
Posó las yemas de sus dedos sobre la fotografía a blanco y negro de la actriz, justo al lado de la imagen de lo que parecía ser un cuerpo inerte cubierto una mortaja. Observó con total detenimiento a aquella con la que compartía profesión, intentando hallarle la mínima mancha, cicatriz o lunar que mancillara su aparente perfección.
No encontró nada.
Aquella era apenas un año más joven a su edad actual, pero se había lanzado al estrellato tan pronto como empezó su carrera. En contraste, ella misma llevaba un tiempo significativo esforzándose por una fracción del reconocimiento de esa otra mujer, estando a total disposición de todo aquel que pudiera impulsarla a la cima, por deplorable que fuese lo que tenía qué hacer.
Crispó sus dedos en la lisa superficie.
-Algún día estaré ahí –se dijo una vez y lo repitió mil veces más, pero no creyó en sus palabras.
Ahora, no era la joven actriz a quien veía. Al frente, vio su reflejo nuevamente, sin sentir que era realmente ella; parecía ser la versión que tanto añoraba, la que tan desesperadamente le encantaría haber sido y que nunca sería.
Suaves manos se posaron en sus hombros con un agarre firme y demandante. Labios delicados rozaban su oreja sin pronunciar palabra.
Y seguía observándose en la foto, embelesada con cada detalle en la tinta, ajena a la sonrisa inquietante, ignorante de que la fotografía la miraba fijamente. Nada de eso importaba siempre y cuando pudiera admirar por mucho más tiempo la quimera.
Excepto que ya no la vería.
Tan rápido como apareció, su objeto de admiración volvió a su estado original.
No fueron las manos ajenas lo que la inquietó, ni el tenue reflejo de otro par de ojos igual de grises a los suyos. No. Fue la desaparición de su rostro en aquel recorte de periódico el verdadero causante de su estado de ánimo. Y cuando de aquellos labios desconocidos salieron susurros casi imperceptibles con voz aterciopelada, murmurando palabras que ni siquiera ella sería capaz de conjurar, levantó su mano en un puño.
El sonido de algo quebrándose en mil pedazos rompió el silencio.
La sangre salía a borbotones desde su antebrazo. Los cristales incrustados en la carne la despertaron del trance, haciéndola horrorizarse de su mano ensangrentada hasta el pequeño charco carmesí en el suelo junto a la miríada de trocitos resplandecientes de lo que alguna vez fue la vitrina.
Temblaba. Sí que temblaba. Pero su rostro sólo perdió su color y un sudor frío le recorrió la columna al darse la vuelta.
Solo bastó un segundo, una única mirada para verse cara a cara con la figura que le estaba susurrando al oído; y eso fue suficiente para erizar todos y cada uno de los bellos de su cuerpo. Se habría aterrorizado menos de haberse encontrado con el semblante de un completo extraño, pues grande fue su sorpresa al darse cuenta de que la figura no era tan diferente de su propia apariencia.
Le fue imposible moverse, incapaz de apartar la mirada.
La fémina podía verse mucho más envejecida por obra de alguna extraña maquinación, pero sin duda se estaba viendo a través de ella, varias de sus facciones aún seguían sin estropearse del todo. Y precisamente por eso, un cadáver putrefacto no parecía tan espantoso en su mente. Le horrorizó ver el propio estado de su belleza reducido a arrugas.
En el momento en que esa versión imperfecta se acercaba desde la distancia, el rastro del duelo y sufrimiento se desdibujó en su faz, habiéndose visto nuevamente con aquella que vislumbró en el papel y tinta en el ensueño del recorte del periódico.
Cayó con fuerza contra el pavimento al tiempo en que los finos dedos de su contraria le rodeaban el cuello, apretando su garganta firmemente. Gimió. No podía luchar; apenas y tenía fuerzas para mantenerse consciente.
Lo último que vio en vida fue la mirada burlona de sus ojos sobre ella mientras la dirigía eternamente hacia los brazos de Morfeo. Y cuando sus ojos se cerraron dando su último aliento, sintió que caía directo al vacío, a merced de la muerte: su eterna compañera.
Su cuerpo no fue encontrado hasta pasadas varias horas después, cuando los rayos del sol dejaron expuesto a la chica inerte al pie del edificio donde se hallaba su residencia.
Cuanto más se extendía la noticia, más dudas habían sobre su muerte: nadie nunca vio ni escuchó nada, pero todas las puertas y ventanas de su apartamento estaban abiertas, pese a que no faltaba nada de valor en el lugar.
A su vez, las marcas en el cuello y el ligero corte en la ceja ponían en duda cualquier posibilidad de suicidio.
¿Cómo murió? Nadie podría nunca responder a esa pregunta. Lo único de lo que se tenía certeza era de que, aún en su estado más bajo, se veía hermosa.
Adara tenía tan sólo 25 años cuando ocurrió su deceso, era actriz de teatro y soñaba con hacerse un nombre en la industria desde una tierna edad. Sin embargo, todos sus sueños se hicieron añicos cuando salió con su vestido de fiesta una noche con toque de queda.
La penumbra recibió los encantos de aquella mujer en la cúspide de la vivacidad y juventud. El día, en cambio, solo pudo recibir el cadáver oculto bajo el cobijo de una mortaja blanca de alguien que alguna vez estuvo con vida.
