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Kazutora se había quedado dormido en sus brazos, y definitivamente no quería despertarlo por algo tan vano como que ya no sentía la parte inferior de su cuerpo.
Ambos se encontraban en la sala, Baji sentado a lo largo del sofá, recargado contra el brazo, mientras que Kazutora estaba recostado entre sus piernas, y ahora descansaba con su espalda contra el pecho de Baji.
Le contó que había tenido un mal día en la tienda. Aún no entendía del todo cómo funcionaba el nuevo sistema, hizo algún movimiento erróneo que afectó los inventarios y, aunque Chifuyu era bastante paciente con él, a veces simplemente era demasiado frustrante para Kazutora. Era una mala costumbre suya el sentirse tonto por no ser capaz de realizar las cosas a la primera.
Mikey estaba lejos, en una clasificatoria para la próxima competencia, y su ausencia también había mermado el humor de Kazutora. Baji se sentía impotente ante la situación, estaba tan estresado con la universidad que no se había percatado de cómo se sentía hasta que no pudo aguantarlo más.
Por lo menos Mikey siempre encontraba la forma de animarlo casi enseguida; en cambio, él simplemente se quedaba a su lado, tratando de distraerlo con algo que le gustara hasta que se sintiera mejor.
«¿Me abrazas?» Eso fue todo lo que le pidió en cuanto llegó a casa. Tan simple como eso.
Baji siguió mirando al techo por un rato, escuchando únicamente la suave respiración de Kazutora, siendo interrumpido por uno que otro ruido de los vecinos.
Y los recuerdos comenzaron a pasar por su mente.
Tras graduarse de preparatoria, Kazutora comenzó a trabajar con Chifuyu en la tienda de mascotas, y Mikey pasó de ayudar a su hermano a abrirse paso en el mundo de las carreras profesionales. Baji logró entrar a la universidad hasta dos años después de eso, y mientras se dedicó a ayudar al abuelo con las clases en el doujo.
A partir del día que decidieron mudarse juntos, descubrió que fue muy ambicioso de su parte creer que los conocía como la palma de su mano.
Al principio, discutían mucho; ninguno era especialmente cuidadoso con las tareas domésticas, olvidaban pagar los servicios, y las diferencias en sus horarios comenzaron a volverlos locos: Baji se desvelaba y necesitaba irse temprano a la universidad; Mikey siempre llegaba tarde y Draken tuvo que comenzar a ir por él de nuevo; y Kazutora sentía que apenas y los veía porque, vale, el horario de la tienda le permitía levantarse más tarde que ellos y llegaba a casa temprano también; pero no pensó que se sentiría tan solitario.
Para Baji y Mikey, era simple el salir a tomar aire; visitar a su familia, y regresar cuando todos estuvieran más tranquilos. Y fue cuando se dieron cuenta de que, sin importar las veces que sucediera, Kazutora era el único que siempre se quedaba en el departamento. Hablaron con él sobre el porqué no visitaba a su madre, o si acaso seguía en contacto con su padre. Comenzaron a hablar de situaciones a las que antes no habían puesto suficiente atención, o que simplemente desconocían porque no tocaban el tema, o no querían hacerlo.
Y eso los acercó.
Había ocasiones en las que Baji percibía un aura extraña de Mikey, y no era algo nuevo. A veces parecía distante, como si su mente no pudiera descansar ni por un instante. Kazutora fue más directo al respecto y, a pesar de que no obtuvieron una respuesta concreta de Mikey, pudieron comprobar que aquello disminuyó con el tiempo.
Y Mikey lo agradeció, pues era tiempo de que comenzara a disfrutar el “ahora” por el que tanto luchó; y enfocarse en las dos personas que tenía frente a él, con las que había tenido la oportunidad de rehacer su vida.
Baji pensaba que, aún con todos los altibajos que pudieran tener, estaba satisfecho con el rumbo que tomaron con el tiempo.
Mikey y Kazutora le habían mostrado que no tenía que guardarse todo para sí mismo, ni actuar como si fuera el único que puede resolver sus problemas —y los de los demás—, cuando los tenía a ellos a su lado. Toda esa mentalidad de poner el bienestar de los demás sobre el suyo; o de pensar que al alejar o lastimar a las personas que apreciaba, las protegía; había cambiado. Dejó de lado ese papel en el que buscaba proteger a sus personas preciadas a cualquier costo, permitiendo que fueran ellas quienes también cuidaran de él.
Su modo de supervivencia comenzó a disiparse de a poco, y se sentía mucho más tranquilo gracias a eso.
Trabajaba en la tienda de mascotas a medio tiempo con personas importantes para él; continuaba dando clases en el doujo que tanto le gustaba desde niño; estudiaba la carrera que tanto le apasionaba; y vivía junto a las dos personas que más amaba en el mundo.
Sí, definitivamente era una buena vida.
—¿Mnh? Me quedé dormido… —murmuró Kazutora, dándose cuenta de que Baji aún se encontraba con él. Se acomodó un poco para poder voltear sobre su hombro y verle al rostro. —¿Por qué no me hablaste?
—No va a pasar nada porque descansemos un rato —respondió, soltando su abrazo para que ambos pudieran acomodarse y sentarse en el sofá. —¿Aún te duele la cabeza? —Peinó el par de mechones rebeldes que siempre se extendían por en medio de su cara.
—Me siento mejor, gracias a ti. —Kazutora tomó su mano en el acto, para después acunar su rostro contra la palma de Baji.
—¿Con el poder de mi amor? —le molestó, robándole un efímero beso.
—Qué ñoño eres —respondió en un tono suave, aún adormilado, que terminó por embelesar a Baji.
—Y tú precioso.
—Te voy a pegar —le amenazó, aún si la sonrisa avergonzada en su rostro lo delataba.
De un momento a otro, escucharon la puerta principal abrirse de golpe, haciendo que ambos se pusieran de pie por instinto al escuchar que algo se había caído.
En el marco de la puerta, encontraron a Mikey con un semblante completamente exhausto, su maleta fue lo que azotó frente a él, pues al parecer se le había resbalado al tratar de salvar el paquete de cartón que traía con él.
Un inconfundible olor a dorayakis entró con el aire frío del exterior.
—¡¿Mikey?!
Se suponía que llegaría en un par de días más, y el que estuviera ahí solo podía significar dos cosas: se cansaron de lidiar con él y permitieron que regresara antes; o el muy idiota se había escapado del trabajo. La segunda opción la podrían confirmar en poco tiempo, si es que sus teléfonos comenzaban a sonar sin parar.
Baji apartó la maleta para que Mikey pudiera entrar, llevándola hasta algún espacio de la sala, mientras que Kazutora fue quien recibió el abrazo de Mikey con el que casi hace que ambos pierdan el equilibrio.
—¡Estoy cansado! ¡Ya clasifiqué para la competencia! ¡¿Por qué me tengo que quedar más tiempo con ese montón de catrines desalmados?!
—Se escapó —concluyó Baji, llevándose la palma de la mano a su rostro. Diría que no podía creer que lo hiciera, pero no era la primera —ni última— vez que lo hacía. Le quitó la caja de dorayakis a Mikey antes de que terminara por tirarla, y cerró la puerta de paso.
Mikey ahora estaba abrazado por completo a Kazutora, con sus brazos rodeando su cuello y sus piernas enroscadas en su cintura.
—Estás helado —susurró Kazutora, sintiendo lo frío de su mejilla contra la suya; no tenía el corazón para regañarlo, el solo pensar que el muy idiota solo agarró su moto y regresó a casa desde quién sabe dónde, lo llevó a sostenerlo de la parte baja de la espalda para que no se resbalara.
Baji suspiró. Mikey por fin había regresado a casa y Kazutora parecía estar disfrutando mucho del abrazo que compartían.
—Prepararé chocolate caliente —dijo Baji mientras colocaba los dorayakis sobre la mesa, dispuesto a pasarse a la cocina, hasta que un reclamo le detuvo.
—¡¿No me vas a saludar, Keingrato?! —Kazutora se rió por el apodo, pero un gesto de molestia delató que Mikey casi lo deja sordo al gritarle demasiado cerca del oído. —¡No siento el trasero del puto frío que hace porque sentí que me moría si estaba un día más lejos de ustedes, y tú ni me haces caso!
—Mi Kaz no se sentía bien y ahí lo tienes, cargándote como si no pesaras lo mismo que un gorila —rebatió, ignorando la mirada afilada que le dedicó Kazutora.
Mikey lo liberó de inmediato de su pesado abrazo, y tomó su rostro entre sus manos, olvidando que parecían dos témpanos de hielo.
—¿Qué tienes? ¿Necesitas al-...?
Kazutora lo interrumpió con un beso en la punta de su nariz, seguido de otro en la comisura de los labios.
—Necesitaba que regresaras, y aquí estás, así que no podría estar mejor.
Mikey olvidó el frío que le calaba los huesos por un instante, estaba seguro de que estaba molesto por algo hace cinco segundos, pero el calor en su rostro, la sensación de que le sacaron las botas, y la mano de Kazutora guiándolo hasta la sala, no lo dejaban pensar con claridad. Lo dejó sentado en el sofá donde hasta hace unos minutos se encontraba recostado con Baji, y Kazutora le hizo una seña para que los acompañara.
Baji sonreía ante la escena, le encantaba la manera que tenía Kazutora de desarmar a Mikey con tanta facilidad, y el que siguiera reaccionando de la misma manera a estas alturas de la vida, era perfecto para él.
Baji y Kazutora se sentaron uno a cada lado de Mikey, le quitaron su bufanda, la chamarra y el cinturón, siendo hasta ese punto que Mikey reaccionó de nuevo.
—Hey, hey, ¡oigan! ¡Espérense! ¿Ni un cafecito y ya me andan encuerando?
—Lo que vas a hacer es meterte a bañar, mientras nosotros vemos qué haremos de cenar —respondió Baji, mirándolo con cierto deje de reproche.
—¿Entonces no nos vamos a comer los dorayakis que traje con chocolatito caliente? —Unas lagrimillas de cocodrilo se escaparon de sus ojos al ver su ilusión desvanecerse.
—No me dejaste prepararlo.
—¡Porque no me diste mi beso de bienvenida! ¡Eso va antes que cualquier cosa! ¡¿Por qué tengo que pedirlo tantas veces, eh?! ¡Ya dame mi beso!
—Déjalo tranquilo, Mikey. Él también te extrañó mucho ¿sabes? A diario no paraba de preguntar “¿Cuándo regresará Mikey?”, “¿Por qué está tardando tanto esta vez?” y cosas así. Le dije que te mandara un mensaje, pero decía que eso solo iba a hacer que te extrañara más.
La sonrisa que se formó en el rostro de Mikey se acrecentaba conforme más soltaba la lengua Kazutora, contrastaba con el gesto avergonzado de Baji, que no tenía de otra más que ocultarse tras su cortina de cabello para que no le vieran, fingiendo demencia. Notó que Kazutora le susurró algo a Mikey al oído, y ambos se rieron.
—Ed… ¿Me darías un beso? ¿Uno chiquito?
Oh, golpe bajo.
—Te lo está pidiendo con su carita de angelito ¿te vas a seguir haciendo del rogar, Ed ? —agregó Kazutora, haciendo énfasis en su viejo apodo. Tenía años que les había dicho que dejaran de molestarlo con eso, pero él también era bien castroso cuando quería, así que no había trato.
—Yo no me hago del rogar —murmuró finalmente, girando el rostro de vuelta a ellos —, solo no quería interrumpir cuando se veían tan contentos.
Mikey se subió de repente al regazo de Baji, dejando sus piernas a cada lado, y se inclinó lo suficiente para sentir su respiración mezclándose con la propia.
—Se supone que el lindo es Kaz, no quieras quitarle su título con esa expresión tan bonita que haces cuando estás embobado con nosotros.
Kazutora se acercó a ellos, hasta apoyar sus rodillas en el cojín del sofá y abrazarse a Baji por encima de sus hombros, mientras Mikey finalmente peinaba sus largos mechones de cabello detrás de sus orejas, y con un prolongado beso, por fin obtuvo lo que deseaba.
—Ahora acá, corazón —Kazutora tomó a Baji por el mentón, y lo giró hasta donde se encontraba él, para besarlo de la misma manera que había hecho Mikey.
Entonces los vió besarse frente a sus ojos, entre sonrisas juguetonas y miradas que le buscaban, invitándolo a unirse.
Sabía que amarlos tanto era un arma de doble filo, tenían todo para volverlo completamente loco, y no tenía problema con ello.
Cada día era su favorito desde que tenía a ese par de ángeles amándole tanto como él a ellos.
