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Español
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Published:
2023-11-19
Updated:
2025-01-12
Words:
23,754
Chapters:
5/?
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1
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20
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503

Los principes azules

Chapter Text

Un flechazo directo al corazón

No era extraño ver al joven príncipe Lionel triste al oír a su padre decir que como futuro rey de Sibartha debía desposar a una joven y hermosa princesa para sellar relaciones amorosas, políticas y económicas en un reino que rozaba la banca rota. El joven príncipe, era alto, de rostro anguloso y cabellos castaños algo largo, sus ojos eran marrones por lo general intensos, aunque últimamente estaban apagados. el solo imaginar que tendría que pasar toda su vida junto a una mujer, le parecía insoportable. Pero, ¿Cómo haría para decirle a su padre que a el no le gustaba el sexo opuesto?, que siempre supo que su corazón y su alma vibraban al ver a un joven caballero. Si tan solo su padre pudiera entenderlo. Pero sus discusiones eran cada vez más fuertes, Lionel no se animaba a decirle a su padre lo que toda la vida sintió, y se sentía atrapado, sentía que lo estaba defraudando y sabia que, si se lo decía, no solo seria desheredado y echado del reino, sino que también perdería el amor de quien el mas amaba en el mundo.
Una tarde estaban caminando por los jardines del castillo y mientras su padre le hablaba de los planes que tenía, Lionel se detuvo a mirar a un joven que practicaba arquería con bastante maestría. El misterioso joven estaba con una capa azul que no permitía ver su rostro, pero algo en ese caballero lo hacía sumamente atrayente para el joven Lionel. Quizás fuera eso mismo, lo extraordinario que era con el arco, o que su rostro estuviera oculto. El rey Georg, no había notado que su hijo había quedado hipnotizado detrás y seguía hablando solo. Cuando lo notó lo llamo con un grito, los dos jóvenes se dieron vuelta, y Lionel pudo ver una boca carnosa y rosada, y una nariz recta y bella, como un dios griego, quizás Hermes estaba entre ellos.
- Lionel, ¿podes venir que te estoy hablando? – rezongó su padre más adelante, los jóvenes se miraron un instante, y Lionel corrió hasta quedar junto al rey.
- ¿Quién es? – preguntó sin mirar al mas viejo, estaba viendo como el otro joven volvía a su práctica (podría quedarse toda la vida viéndolo quitar las flechas del carcaj).
- ¿ese Joven?, el Príncipe Pablo de Orfália, vino a acompañar a su hermana Irina. una joven pretendiente que pasara aquí unas semanas – le toco el hombro para que bajara a tierra – no estaría mal que la conocieras es una buena joven – le pidió su padre con algo de súplica en la voz.
El joven Lionel era de pasar muchas horas en el salón de piano, realmente la música era su escape en medio de toda esa presión y ese ruido que tenia en su mente, y el único lugar donde su padre no lo molestaba, Mientras más las palabras retumbaban en su cabeza, su visión del mundo se volvía mas gris, y su alma se llenaba de angustia y llanto haciendo que se sintiera ahogado. Escuchando la música que sus dedos tocaban, su enojo a no encontrar una forma de escapar a una vida miserable, hicieron que de un adagio melancólico mutara sin termino medio a un allegro molto iracundo, y sus dedos comenzaron a tocar las teclas del instrumento con toda su furia, con los ojos cerrados y algunas lagrimas corriendo por su mejilla.
- Cualquiera diría que estas enojado – dijo una voz femenina dulce y aniñada, Irina una joven morocha y de ojos almendrados color celestes, de unos quince años se acercaba entrando al salón, su vestido verde limón se arrastraba por el piso y ella tenia que levantarlo de a momentos – odio estas cosas, si tan solo pudiera usar pantalones – dijo rezongando, Lionel se secó las lágrimas y sonrió.
- Perdón, no sabia que estabas acá – le dijo invitándola a sentarse en uno de los elegantes sillones de terciopelo marrón- soy Lionel – se presentó, la niña le daba ternura.
- Soy Irina – dijo ella sentándose acomodando su aparatosa vestimenta y bufando. Lionel cambio su cara, le llevaba casi diez años, era una locura lo que pretendían hacer con ellos, casar a una niña de quince años con un joven mucho mayor.
- ¿Cuántos años tienes? – le preguntó temeroso de la respuesta.
- Catorce, si todo sale bien nos casaríamos el día de mi cumpleaños número quince – le respondió ella apoyando sus manos delicadamente en su falda.
- ¿no crees que...? – Lionel no alcanzó a terminar la pregunta
- ¿Qué es una locura?, si, yo no me quiero casar, yo quiero ir a la batalla con mi hermano – le contó ella – pero me tienen vedadas las armas, aprendo a escondidas, Pablo es mi maestro – sonrió al pensar en su hermano – dice que tengo que aprender a defenderme – le contó.
Lionel encontró en Irina a una joven vivaz, con los ojos entre tiernos y llenos de energía, seguramente seria un dolor de cabeza para su hermano. En ese momento se detuvo a pensar en él, en su misterio, en su hermosa nariz y esos labios carnosos, sacudió un poco su cabeza para volver a la realidad, pero dentro de él había una urgencia por conocer a Pablo, entre lo que vio y lo que le contó Irina, se podía imaginar a un joven serio, seco y de pocas palabras.
Se escucharon unos pasos rápidos pero firmes en el pasillo del castillo y el corazón de Lionel latía fuerte, o era su padre quien intentaría a toda costa hacer que el e Irina caminaran por el parque, o era Pablo, el joven que no había podido sacarse de la cabeza en todo el día. Parecía que aquella tarde mas temprano el joven príncipe de Orfália hubiera lanzado una flecha directo a su corazón y lo hubiera atravesado de par en par. Mientras mas se acercaban los pasos, más aguantaba la respiración el joven sentado al piano. Como por instinto se sentó recto y elegante y puso las manos sobre sus piernas, cuando Irina lo vio, lanzó una risa pequeña y divertida que hizo que se pusiera colorado. Y justo en ese momento entro un joven de cabello castaño y rulos, ojos color miel, pantalón blanco y saco entallado azul de terciopelo, en una postura recta y seria, un lunar en su cachete no muy lejos de una nariz recta y hermosa, las cejas que enmarcaban esos ojos hermosos eran perfectas, sus pestañas eran largas y arqueadas y parecían rayos de sol en el amanecer. Todas las poesías del reino entraron en la mente de Lionel cuando lo vio, y no pudo evitar largar un suspiro profundo que cayo por un precipicio de enamoramiento.
- Irina, te estaba buscando, ya esta listo el banquete para que se conozcan con el Príncipe – le dijo en un tono firme pero protector.
- Ya lo conozco – le dijo ella señalando a Lionel que aun estaba con su boca abierta y sin poder emitir palabra.
Cuando Pablo lo vio, lo primero que pensó que aquel joven era muy grande para su hermana, pero, además, que seguramente no tenia muchas luces, a juzgar por el rostro desencajado del joven, pero había algo que le resultaba atractivo, y quizás era aquella inocente ternura que emanaba, su rostro anguloso, o su cabello, o eran sus manos grandes, o tal vez todo aquel muchacho sentado siendo una bola de nervios. Hizo una reverencia y Lionel al fin se puso de pie.
- Señor, es un honor conocerlo – le dijo en un tono formal y frio, Lionel se acercó, estiro la mano
- Decime Lionel – le dijo sin pensar y olvidando todo tipo de protocolo aprendido en veinticuatro años de vida, Pablo sonrió enternecido, realmente era palpable el nerviosismo del joven.
- Hola Lionel, soy Pablo – le dijo dándole un apretón de manos, y los dos sintieron una chispa de electricidad que hizo que las separaran rápidamente, Irina había podido ver un destello de luz cuando las manos de los jóvenes se juntaron. Y sonrió, pues se contaba entre los ancianos que, si había una chispa en un contacto entre dos personas, era porque esas almas tenían que encontrarse, pero no dijo nada, y guardo todo eso en su mirada picara y su mente juguetona, al fin y al cabo, no dejaba de ser una niña de catorce años.
Mientras caminaban por el pasillo hacia el gran salón, Pablo y su hermana iban delante y detrás Lionel que los escuchaba y los miraba interactuar entre ellos, veía como de repente el joven frio y distante, se convertía en alguien tierno y dulce, con una rapidez y una soltura sorprendente. Despertaba en el miedo, respeto, y al mismo tiempo unas ganas de abrazarlo y envolverlo como si fuera un animalito indefenso. En un momento Pablo giró la cabeza con rapidez y su maraña de rulos perfecta y hermosa se movió, dejando sin aliento otra vez a Lionel que además se percato que un rulo pícaro había quedado allí bajando por su frente.
- Yo recuerdo haberte visto en otro lado – le dijo achicando los ojos tratando de recordar, mientras Lionel para sus adentros rogaba que se detuviera, nunca se había sentido así, tan atrapado y enamorado de alguien en su vida.
- Sss- si- titubeó en su respuesta – estabas en el patio practicando arquería – hizo una pausa- realmente quede sorprendido con tu maestría con las flechas – agregó con admiración.
- Me imagino que vos también sos bueno en la arquería – le dijo Irina con cierta picardía.
- No, la verdad que no, no soy muy bueno en el arte de la guerra, me gusta más la música y la literatura – le contesto Lionel un poco avergonzado – pero la verdad, después de ver al príncipe, me dieron ganas de practicar un poco – Pablo lo miro un momento.
- ¿tu padre nunca te enseño? – Lionel camino mirando al piso.
- Ha intentado enseñarme, pero nunca me intereso – contesto – pero al verte hoy en el patio me pareció algo atrapante- Pablo sintió cierto mensaje oculto en las palabras de Lionel, y lo miro de reojo, hizo media sonrisa.
- Entonces no sería molestia enseñarte – hizo una pausa – creo que serias un buen alumno- le palmeo el hombro y los tres entraron al salón a pasar una velada muy amena entre conversaciones y sonrisas, desde el otro lado de la mesa, el rey Georg, sentía que su hijo tenia mas afinidad con el príncipe que con la princesa, y sintió algo de enojo al verlos tan risueños. Ese muchacho lo escucharía antes de irse a dormir.
La discusión en esa habitación era feroz, Pablo justo caminaba por el pasillo y se detuvo a escuchar los gritos del rey, con su voz grave y profunda que infundía miedo, y del otro lado una voz desesperada y llena de angustia, que suplicaba entendimiento y piedad.
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Luego de aquella discusión con su padre, Lionel con todo el dolor de su alma se distanció de los jóvenes hermanos, se sentía tan confundido que pensaba que mientras mas se alejara de todo el mundo y todas las voces, podría pensar con claridad, aunque el efecto que estaba logrando era el contrario, ya que su cabeza solo eran remolinos de imágenes del Príncipe Pablo, y su corazón y cuerpo solo deseaban verlo. Poco y nada hablaba con su padre, y este estaba cada vez mas empecinado en carcomerle la cabeza diciéndole que se acerque a la joven Irina, y era en esos momentos en que Lionel se levantaba de la mesa y abandonaba a los comensales, incluyendo a los dos invitados de Orfália, totalmente mudos.
Por su parte Irina se sentía triste, no por el hecho de que Lionel la ignorara por completo, bueno, si un poco sí. Pero también le daba tristeza ver al joven Príncipe cada vez mas abatido y con el cuerpo cada vez más vencido, veía como ese dolor podía escaparse de su mirada. Lo veía leyendo a lo lejos en los grandes jardines, mientras disimuladamente observaba a Pablo practicar sus dotes tanto con la espada como con las flechas, y podía adivinar en esos ojos la mirada de alguien que desesperadamente deseaba algo a gritos, pero debía callarlo. Si tan solo ese joven rodeado de sombras pudiera animarse a hablar con ella.
Pablo por su parte había intentado mas de una vez invitarlo a sus prácticas, y Lionel solo respondía con evasivas. Pablo era un joven orgulloso y ya estaba sintiendo que la actitud del Príncipe de Sibartha hacia el y su hermana eran una falta total de respeto. Pronto dejó de hablarle y cada vez que pasaba cerca de él su mirada era dura y cruel, estocando a su enamorado en lo mas hondo del pecho. Ya en las cenas se sentaban alejados. Y prácticamente no hablaban. Pero el orgullo del Príncipe orfaliano no podía dejarle ver que Lionel tenía el alma destrozada.
Durante una tarde Pablo paseaba por las caballerizas y estudiaba los caballos, había uno color te con leche y blanco, que le parecía particularmente hermoso, y se acerco a el comenzando a acariciarlo con suavidad, el caballo tenia los ojos de un color miel muy claros, y en el medio de su frente una sugerente mancha en forma de gota en color blanca. Su pelaje era sedoso, y sus crines finas y excelentemente cuidadas. El animal daba suaves relinchos, y movía la cabeza de arriba hacia abajo en movimientos pequeños. Pablo sentía en su cuerpo un placer enorme al acariciar a tan bello equino, su mirada color miel profunda lo recorría, lo estudiaba con éxtasis. Nunca noto que a lo lejos Lionel, que alimentaba una potranca había quedado hipnotizado viéndolo. Fue tal la emoción del joven que el balde cayó de sus manos y Pablo al fin lo noto.
- Veo que te gusta mi caballo – dijo Lionel suavemente y con miedo sin moverse de su lugar- y por lo visto, Trueno también se siente bien con tu compañía – se agachó para tomar el balde, cuando escuchó pasos firmes y ligeros hacia él.
- Por lo visto vos no – cuando levantó la mirada un Pablo con la expresión sebera y la mirada dura y filosa lo miraban fijamente - ¿Qué problemas tenés conmigo y mi hermana?, ¿Qué te hicimos? – lo interrogó duramente.
- Nada – le respondió Lionel al borde del llanto.
- ¿entonces? ¿Por qué dejaste de hablarnos? – le dijo entre enojado y dolido Pablo.
- No es con ustedes, es con mi padre, soy yo, es mi situación- hizo una pausa, trago el grito que tenia en la garganta- no lo entenderías – le dijo pasando junto a Pablo rápidamente, pero este lo tomo del brazo y quedaron un momento mirándose fijamente
- Me gustaría entender, pero no me dejas hacerlo- las miradas volvieron a cruzarse, tratando sacarse uno al otro todo lo que no se decían.
- No me quiero casar Pablo – lanzó Lionel.
- ¿por mi hermana? – retruco el otro, Lionel se safo y movió la cabeza y caminaba nervioso de un lado al otro.
- Tanto vos como yo sabemos que tu hermana es muy pequeña para casarse conmigo, o con cualquiera, es una nena – Pablo cruzo los brazos y su expresión sebera no se borraba de su rostro – mi situación es desesperante pero no la entenderías – se frenó, sus ojos estaban reventados en lagrimas y un grito de auxilio se escapaba de su mirada- es que no me gusta tu hermana, me gustas vos – y así como lo escupió salió corriendo, Pablo quedo allí, sin poder reaccionar, fue hacia las puertas de la caballeriza y lo vio alejarse, esa mirada desesperada le había partido el alma. El también sintió ganas de llorar, pudo sentir en su propio pecho la angustia que ahogaba a Lionel. El también sentía lo mismo, a él también le gustaba ese joven tímido y lleno de ingenuidad, torpe, ese alma gentil, ese joven que veía desde lejos leer en los jardines, y escuchaba a hurtadillas como tocaba con tanta dulzura el piano.
Pablo paso toda la tarde dudoso de si acercarse o no a Lionel, no podía sacarse de la cabeza la declaración de amor del sabarithano, ni su mirada llena de súplica. Caminaba de un lado al otro del palacio, mientras Irina lo buscaba por todas partes protestando con aquellos vestidos aparatosos que le hacían usar. Cuando Pablo bajaba presuroso por unas escaleras, la joven lo vio, corrió y pisándose el vestido cayó estrepitosamente al piso, su hermano se dio vuelta y se apresuro a ayudarla, ella se puso de pie con dificultad.
- Dios. Juro que un día de estos me voy a rebelar y voy a empezar a usar pantalones – dijo con fastidio la joven.
- Deberías hacerlo – Irina lo miró sorprendida – perdón hable sin pensar – se disculpó y volvió a su decimo novena caminata por el pasillo, su hermana que lo conocía bien, supo que Pablo no estaba bien, que algo lo acongojaba, puso las manos en su cintura.
- Lo voy a hacer, voy a empezar a usar pantalones, y vos vas a enseñarme a usar la espada en frente de todo el mundo – El príncipe se dio vuelta y la miro con cara de espanto – si no puedo decidir con quien me voy a casar y cuando, voy a decidir que ropa usar y como defenderme- su voz decida y desafiante alarmaban mas a su hermano mayor.
- Nuestro reino depende de este matrimonio – le dijo acercándose – si no les damos un rey los barones desataran una guerra civil por el trono, están esperando cuales buitres – Irina lo miró.
- ¿y porque no te casas vos y reinas vos? – le dijo desafiante.
- porque no puedo – contesto él intrigante.
- No entiendo – refuto ella.
- Es largo de explicar – hizo una pausa – si no te molesta, me encantaría seguir con mi paseo – le dijo comenzando a caminar otra vez.
- ¿tiene que ver con el príncipe Lionel? – le pregunto Irina desde atrás – soy una adolescente, pero no soy tonta – Pablo se dio vuelta, ya no sabia como escapar de la conversación – deberías rebelarte – Pablo negó con la cabeza con pesar.
- No es tan simple Irina- le explico.
- Y no, si lo haces llorar, obvio que no es simple – Pablo la miró- los vi discutir en la caballeriza, pedir perdón no te va a matar – agregó.
- ¿Cómo sabes que fui yo? – le dijo el sorprendido - ¿escuchaste algo? – ella negó con la cabeza divertida.
- No, pero te conozco – le dijo pasando a su lado – esta en la biblioteca – le susurro y siguió caminando guiñándole el ojo.
Pablo quedo allí dubitativo, dando caminatas cortas de un lado a otro, y al final se autoconvenció de que debería ir a disculparse, se retó a si mismo, se paso las manos por la cara, se acomodo los rulos, el saco, se paro derecho y caminando decidido caminó por el pasillo hasta que al final encontró un salón recubierto de una biblioteca de piso a techo, era un circulo perfecto de madera oscura y lustrada, cuyas columnas entre biblioteca y biblioteca tenia en bajo relieve enredaderas, y en el centro bajo un enorme tragaluz en forma de flor, una mesa de mármol gris. Sentado allí, totalmente ensimismado, con el rostro grave y entristecido, Lionel leía un libro pequeño y viejo. Pablo se quedo en la puerta maravillado con la belleza del salón, y luego al bajar la mirada, su corazón se estrujo al ver al príncipe.
- ¿Qué estas leyendo? – le preguntó
- Como fui tan tonto de declarar mi amor – Pablo se acerco a la mesa lentamente.
- No creo que hayas sido tan tonto – como un niño con las manos cruzadas a la espalda y jugueteando con su pie, el príncipe orfaliano dudaba en hablar, y Lionel tenia sus ojos marrones llenos de esperanzas clavados en el – este tonto también se siente atraído por vos – los ojos del mas alto se iluminaron de repente y una sonrisa ocupo todo su rostro, pero pronto su expresión volvió a ser de tristeza
- Pero por más que nos gustemos, no puede pasar más de eso – hizo una pausa le mostro el libro – estaba buscando si algún ancestro de mi familia también se había enamorado de un hombre – Pablo se sentó y lo escuchaba con mucha atencion – y de hecho si lo hay, el rey Percival, que tenia como favorito a su consejero Philippe Galveston, ¿ adivina que paso? – le contaba Lionel con la voz casi quebrada, Pablo negó con la cabeza- su mujer, la reina Griselda hizo encarcelar a ambos, y Philippe fue desollado vivo frente al rey – los dos tragaron con dificultad- eso ya no se estila en el reino, pero si se estila mucho el destierro- levantó la vista, Pablo estaba con la cara oculta entre sus manos.
- No entiendo que hay de diferente en nuestra forma de amar, ¿Qué es lo monstruoso que debemos ocultar?, ¿Cuál es el crimen que cometemos al hacer y sentir exactamente lo mismo que ellos?, nunca lo voy a entender – Lionel dejo el libro sobre la mesa.
- ¿somos realmente diferentes? – Pablo corrió las manos de su rostro y lo miró- yo no me veo para nada diferente a otro ser humano que ande caminando por este palacio, ¿nos gustamos?, si nos gustamos- golpeo la mesa – si tan solo fuera tan libre como ellos de poder decirlo y demostrártelo – Suspiro – siempre seremos los monstruos- se puso de pie.
- Me gustaría que encontremos una manera de no serlo- le dijo Pablo con tristeza en la voz.
- Realmente me siento libre cuando voy a cabalgar con trueno, su hermana Bruma, es una yegua negra azabache y brillosa que te quedaría hermosa – Pablo lo miro entendiendo perfectamente – suelo cabalgar por las mañanas – le sonrió.
- Me gustaría conocer un poco más estas tierras – se puso de pie y se paró junto a el – y un poco mas a vos- y al irse, como un código secreto, imperceptiblemente, le tomo el dedo meñique con el suyo y le guiño un ojo.

No costo mucho que Bruma y Pablo se llevaran bien, pues tanto yegua como jinete eran igual de misteriosos. El príncipe orfaliano era siempre el primero en llegar, ansioso luego de desayunar acompañado de su hermanita Irina dormida como siempre, ya que odiaba levantarse temprano, pero la joven era la pantalla para que los dos tortolos tuvieran sus escapadas clandestinas.
Irina miraba a su hermano, rara vez se lo veía con los ojos tan iluminados, y tan nervioso. Siempre fue muy seguro y nunca le tembló el pulso a la hora de disparar una flecha o de blandir una espada, pero Lionel producía en él esas sensaciones que nunca le habían sido correspondidas, su amor hacia algún joven de su reino siempre fue en silencio, y su frustración siempre se descargaba en la practica de la esgrima o la arquería. Alguna vez, había herido “sin querer” algún joven caballero que amaba en secreto y había menospreciado de alguna manera su persona, si, Pablo sufría por amor y por no poder ser libre, pero su orgullo algunas veces le dolía más.
No podían borrar la sonrisa al saber que se alejarían toda la mañana de esa cárcel de sentimientos en la que estaban, ambos salían de la caballeriza al galope rápido para desaparecer en el horizonte lo más rápido posible, mientras Irina iba detrás de Pablo totalmente consciente de su rol de chaperona, pero la jovencita lo disfrutaba mucho.
Se iban generalmente al valle a los pies de las montañas, y mientras los equinos pastaban con toda la parsimonia del mundo, ellos dos practicaban sus aptitudes para la esgrima. Lionel no era malo en el arte de la espada, solo un poco torpe y atolondrado, y era notorio que la belleza de su maestro lo distraía mucho. El ver a Pablo con el sol tiñendo de rojizo sus rulos brillantes y hermosamente formados movidos por el viento, y ese rostro serio y concentrado, derretían al príncipe sabarithano. Mientras que la destreza de este en cuanto a movimientos y rapidez, lo dejaban boquiabierto.
Pero Lionel no era el único que caía de amor, el esfuerzo que hacia este por concentrarse y aprender de las indicaciones de Pablo, hacían que este ultimo quisiera arrojar su espada y darle un beso sin mediar palabras, pero intentaba infructuosamente disimularlo.
- Vamos, Lionel, presta atencion, si no cualquiera viene y te ataca por la espalda y te mata- le dijo en un momento, cruzando los brazos con el ceño fruncido, mientras sentada Irina reía a carcajadas.
- Es que vas muy rápido- Lionel se quejó como un niño haciendo pucheros – yo así, no juego más – y tuvo la malísima idea de darle la espalda a Pablo, quien corrió a toda velocidad y se abalanzó sobre su espalda haciéndolo caer, el joven sabarithano, en un movimiento rápido hizo que Pablo terminara debajo de él. Los dos se miraban fijamente a los ojos, y luego Lionel fijo su vista a los labios carnosos y rosados de Pablo, Irina gritaba de lejos pidiendo que se besen, pero los dos no hacían otra cosa que mirarse, Lionel llevo su mirada a los rulos desordenados sobre la frente del más bajo, y descubrió entonces algo de temor en su mirada, entonces sonrió con ternura, acomodó un poco su cabello.
- Usted me gusta mucho mi señor – le dijo, Pablo suspiró- y no puedo aguantar mucho tiempo este deseo de besarlo- Pablo lo tomo de sorpresa
- Yo tampoco- y le estampo un beso profundo y atolondrado beso lleno de deseo guardado por tanto tiempo, lleno de días de ansias, lleno de libertad contenida, lleno de amores no correspondidos, angustias y ahogos, Lionel le tomo el rostro sin despegar sus labios de los de Pablo, fue como si los dos, gritaran por un momento un “al fin”. Cuando se separaron uno del otro se miraron en silencio, sabían que el único momento en que podían desgarrar sus ganas, abrir las puertas de sus celdas era ese. Eran presos con salidas transitorias, escapando de la cárcel sabiendo que ellos abrían y cerraban las puertas de su propia prisión, pero porque no les quedaba otro remedio. Era eso, o morir de tristeza.
Los encuentros siguieron durante días, y mientras todos pensaban que Lionel e Irina ya tenían una relación romántica, los dos príncipes, recorrían los confines del reino y las posibilidades de ser felices sin que nadie los condene, Irina era su hada madrina.
Un día, mientras ambos se tardaban mas de la cuenta en la caballeriza, Irina vigilaba que no se acercara nadie, cuando un joven caballero quiso entrar.
- No se puede entrar, los caballos se despertaron muy nerviosos hoy – le dijo, fue entonces que se escucharon unos relinchos y algo que se caía dentro.
- Déjeme pasar, soy muy bueno con los equinos- le refuto el caballero.
- De ninguna manera es peligroso, están encabritados, corriendo por ahí- el hombre preocupado la corrió y abrió la puerta, y los caballos eran la ceda más mansa que podía haber, el hombre se dio vuelta.
- ¿Qué oculta? – le preguntó.
- Pablo, basta, ya está, se calmaron, la verdad sos muy bueno con los caballos, realmente te entienden- dijo Lionel viniendo del fondo, seguido por Pablo que aun tenia algo de paja enredada en los rulos.
- ¿pero que paso, porque están tan desalineados?, ¿tan sucios y llenos de paja? – Pablo se acomodó el saco entallado azul de terciopelo.
- Jah, como si fuera tan sencillo domar caballos – le contesto sacudiéndose los cabellos – ambos sabemos que cuando se ponen difíciles, a uno lo revuelcan por toda la caballeriza- mientras Lionel escuchaba se iba poniendo bordo, no solo de la vergüenza, sino porque tenía una carcajada atorada – bueno, ya están amansados si usted quiere montar alguno – le señalo uno marrón oscuro.
- No, no, de hecho lo estaba buscando a usted – le dijo el caballero dándole una nota – llegaron noticias de Orfália, y no son buenas – se genero un silencio, entre los tres se miraron, Pablo tomo el rollo y se alejó.
Comenzó a leer.
“mi señor, lamento informar que vuestro padre ha muerto hace un día, y los buitres no tardaron en atacar, se ha desatado una guerra civil entre los barones del reino, solo usted como legitimo heredero puede defenderlo, pero debe luchar contra dos bandos, Los Fren y los Graned, dicen tener línea de sangre en cuarta y tercera línea por parte de hermanos del rey Leopold el zanquilargo” el pecho de Pablo se estrujo todo “requerimos su presencia, sus ejércitos lo esperan”
Cuando se dio vuelta Lionel estaba allí expectante junto a Irina.
- Papá murió- el instintivo gesto de Lionel fue abrazar a la joven que comenzó a llorar desconsoladamente – y yo debo partir a la guerra – dijo con una tristeza tan honda en la voz que el mismo Lionel no pudo contener sus lágrimas.
Pablo arrojo el rollo al piso y salió de la caballeriza abatido, y el pobre Lionel no sabia a quien consolar, la imagen del joven príncipe alejándose con los hombros caidos, con toda la tristeza en sus espaldas lo estaban matando.
Camino durante toda la tarde buscando al príncipe de Orfália por todo el palacio, cuando lo encontró practicando con su espada, enfurecido, Lionel desenvaino la suya y fue hacia él, y puso el arma trabando la del mas bajo, cuya mirada ardía en ira. Pelearon por un momento, Pablo cada vez mas iracundo, hasta que sin querer clavo su espada en el brazo de Lionel, y eso hizo que deje caer el arma al piso y lance un grito, que fue contenido por el abrazo envolvente y protector de Lionel, y allí en su pecho lloro amargamente mientras el joven mas alto le acariciaba los rulos con suavidad.
- No quiero ir – le decía Pablo – quiero quedarme acá con vos – Lionel lo tomo de los hombros.
- Vamos juntos – Pablo negó con la cabeza - ¿Por qué no? – le pregunto suplicante.
- Porque si te pasa algo me muero, y además necesito que cuides a mi hermana- se safo y volvió a tomar la espada – vamos, hay que curarte el brazo- paso junto a él con la espada arrastrándola por el suelo.
- No, no me pidas que me quede sabiendo que puedo perderte – le dijo Lionel, Pablo se dio vuelta y le apoyo la espada en el pecho.
- No me hagas esto, necesito que te quedes – le suplico- ¿podes venir que te voy a curar el brazo? – le dijo tratando de no llorar.
Mientras estaban en el de curaciones, Pablo con paciencia y amor le limpiaba la herida a Lionel en silencio, mientras este ultimo lo miraba y sentía un nudo en la garganta de solo pensar que deberían despedirse a la mañana siguiente, y que luego de eso no habría mas escapadas matutinas. Que no tendría su voz en mucho tiempo. Con el brazo sano acaricio el rostro del Príncipe orfaliano, y se miraron fijamente, con tanto dolor y tristeza en la mirada, se dieron cuenta que, en solo un segundo, su felicidad se había desvanecido. Esa noche, seria quizás la única noche que se verían.
- Te diría que vengas a mi habitación a hurtadillas esta noche, pero nos pueden descubrir- dijo Pablo.
- Es lo que menos me importa en este momento, que me maten si quieren, no puedo no despedirme de vos – le dijo Lionel- si verte una ultima vez me condena, que así sea- Pablo no soporto tanto amor y se abalanzó a abrazarlo y comenzó a darle besos por todo el rostro hasta llegar a sus labios y los fundió con los suyos en un beso que sabia mucho a despedida.
Aquella noche, la luz de la luna se escurría por los enormes ventanales del palacio, y una figura encapuchada y misteriosa se movía por los pasillos, la capa oscura flameaba al movimiento rápido y escurridizo de aquel que de forma sigilosa vagaba como una sombra. Vigilante de los guardias, cauteloso de los ruidos. Al llegar a una puerta blanca y de flores doradas, se apoyo en ella y toco tres veces, y del otro lado una mano lo tomo de la capa y lo metio en la habitacion. Cuando se dio vuelta Lionel dejaba caer tras de si la capucha y dejaba ver un rostro sonriente y lleno de amor por Pablo que aun tenia los rulos desordenados. No esperaron mucho tiempo para unirse en un abrazo lleno de besos, ni se soltaron ni un instante, y asi unidos caminaron por la habitacion hasta caer los dos sobre la cama, el joven orfaliano quedo debajo de Lionel, quien con toda la ternura y la dulzura que podía contener su ser le acomodaba los cabellos de la frente.
- Te amo- le susurro
- Yo también- y volvieron a fundirse en un beso apasionado.
Aquella noche, la ultima quizás, la vivieron con toda la intensidad que tenían en sus cuerpos. Las llamas de las velas danzaban al mismo ritmo de sus cuerpos entrelazados y dulces que bailaban la música de su amor, en sus acordes armónicos y melodiosos, como una sinfonía compuesta con los sonidos de las respiraciones agitadas y entrecortadas entre pequeños y suaves gemidos, y los latidos de unos corazones latiendo con rapidez y alegría de tenerse y poder encontrar ese compas que buscaron toda su vida, el mundo no conocería jamás una música tan hermosa como aquella que estaban creando los príncipes con sus sentimientos mas puros y anhelados.
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