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Phantom Limb

Summary:

Quackity respira su último suspiro. A océanos de distancia, El Quackity puede saborear la sangre en su aliento.

Notes:

HOLA esto lo escribí literal en dos sentadas y no tiene beta entonces perdón en serio por cualquier errorcillo. Super inspirado por mis headcanons sobre los gemelos y cómo sus almas/sentimientos/pensamientos siempre están interconectados, y los maravillosos hilos de mis mutis en twt!!

aprecio mucho los comentarios, y siempre estoy en @/karmalvnd en twt por si quieren hablar de estos dos n_n

Work Text:

El cielo era rojo.

Hace bastantes días que su compañera de exploración se había dado por vencida, pero él seguía cuestionando la naturaleza de ese fenómeno meteorológico.

No podía culparla, pero tampoco podía unirse a su apatía. No por cualquier curiosidad genuina, sino por necesidad; permitir a su mente indagar cosas tan banales era igual a dar un hueso a un perro para roer. Lo mantenía distraído, en línea, justo donde su equipo lo necesitaba.

Bendito fuera el filo de las espadas de Etoiles y Roier, pero era la agudeza de sus estrategias lo que les llevaría a la victoria. Así era como se equilibraran los roles entre los verdes, piezas asignadas al propósito que les viniera mejor en este purgatorio. Hace dos noches, Fit había señalado las nubes carmesí y dicho que este era un campo verdaderamente digno de una batalla, pero para El Quackity este lugar no era más que un tablero de ajedrez.

“Hey, Bagi. Baaaagi.”

“No lo sé, Quackichi. Creo que he de habértelo dicho mil veces ya.”

El pelinegro sonrió de lado. La olvidadiza hermana de Cellbit había llegado a la isla después del desastre que habían sido las elecciones presidenciales, por lo que mucho de lo que sabía de ella había aprendido ojeando documentos oficiales y observando a través de cámaras.

Nunca le había puesto demasiada atención, pero al verse forzado a interactuar con ella en la última semana, El Quackity decidió que le agradaba, con su humor afilado y la forma tan marcada de pronunciar su nombre robado.

“¿Qué tienes contra el número mil y uno? ¿Es que la curiosidad científica te abandonó por completo?” Insistió, caminando unos cinco pasos tras la brasileña. Forever los había enviado a por recursos para construir la base que protegería su huevo falso en el siguiente juego para entretener a la entidad que les había traído aquí en un principio. “Y yo que creí que el gusto por los enigmas era de familia.”

La chica suspiró de forma teatral. “Quizá simplemente es algo… supernatural.”

Su compañero no apreció esa respuesta, arrugando la nariz al escucharla. “Eso es lo que dicen los mensos. No hay nada sobrenatural en este mundo, Bagi, sólo cosas que no logramos explicar– aún.”

“Quizás ya no estamos en ese mundo, Quackichi.”

“¿Entonces tú teoría es que la refracción del azul que rebota sobre nuestros ojos como luz roja se debe a un cambio interdimensional?”

“Mi teoría es que entre antes encontremos la lava que Forever nos pidió, antes podemos volver a casa,” Bagi escupió de vuelta sin voltear a ver, esbozando una sonrisa perezosa.

Estas misiones de recursos no eran tan terribles, a decir verdad. Forever y Cellbit parecían no confiar en Quackity, pero a Bagi no le parecía nada mal. Podía notar que algo había cambiado en el joven desde que dejaron Quesadilla, pero no era algo que pudiera poner en palabras. Era como si todos sus bordes redondeados se hubieran afilado de alguna manera. Su naturaleza les había llevado a trabajar juntos la mayor parte de la última semana, y Bagi había aceptado que habían peores compañías que mantener en estas nuevas islas… aún si este Quackity no podía evitar llenar cualquier silencio con su propia voz.

Bagi frenó en seco, un escalofrío recorriendo su espalda. En la quietud del momento sintió que algo no estaba bien, ese instinto que es tan antiguo como la consciencia, los últimos momentos de un venado antes de ser atravesado por la daga.

Estaba callado. Estaba muy callado, y algo no estaba bien.

“¿Quackity?” Bagi preguntó, y dio media vuelta.

El joven se había quedado unos pasos más atrás, antes de caer de lleno en manos y rodillas. Su espalda se arqueaba con cada bocanada de aire, y sus ojos estaban abiertos sin ver.

Bagi se quedó fría. Una flecha, fue su primer pensamiento, el susurro del arco de Halo y sus lacayos acechándoles en la montaña rocosa. Pero no había ninguna herida visible en el híbrido, al menos no física.

La chica corrió hacia su compañero, arrodillándose a su lado. Sus manos revoloteaban como mariposas sobre él, no muy seguras de cómo ayudarle. “¿Quackity? ¿Qué te pasa, qué ocurre?”

Pero era inútil. El Quackity sólo podía escuchar un chirrido espantoso, uñas sobre pizarra, cuchillo rayando metal. Un momento estaba viendo la boina de su compañera y al siguiente estaba cara a cara con la tierra rojiza. Todo había pasado demasiado rápido– su pie izquierdo dio un tropiezo y de repente estaba de vuelta en su oficina, una pila de material negruzco acaparando su puerta. Ocho horripilantes garras rompieron con la muralla improvisada, y su garganta ardió con un grito ajeno, una voz que escuchaba a través de kilómetros y días y dimensiones de distancia.

¡No, por favor, por favor, por favor!

Por favor, por favor, por favor. Su hermano siempre había sido un imbécil.

¿Desde cuándo esta vida les había tenido la más mínima piedad, y porqué comenzaría ahora?

“¡Quackity!”

Parpadeó, traído de vuelta a su realidad momentáneamente. La figura a su lado había logrado sentarlo en la tierra, y una de sus manos sobaba las suyas con insistencia. La chica estaba cálida, y las manos de El Quackity frías como el hielo.

Frío como

El Quackity gritó. Su expresión de horror se transformó en una de agonía pura, su cuerpo contorsionándose como si siete dagas le atravesaran el corazón.

Bagi, quien estaba sosteniendo su dispositivo móvil con la otra mano, lo dejó caer en su pánico. Una voz llamaba su nombre en el altavoz.

“¡Oigan, culeros! ¿Qué pasa? ¿Están bien? ¿Están heridos?”

“No– ¡no lo sé! No… No entiendo. Un ataque de pánico.” La brasileña gritó de vuelta, sosteniendo al pelinegro con ambos brazos. El híbrido aviar parecía determinado a encorvarse en sí mismo, ambas manos rasgando la tela que cubría su pecho. Ambos forcejearon por un momento, la angustia de Bagi aumentando con cada segundo que pasaba, hasta que logró tomar a El Quackity por las muñecas y forzarlo a mirarla a los ojos.

Nunca lo había visto así. Su mirada estaba completamente perdida, su boca abierta en un intento malogrado de respirar. Por sus mejillas corría un arroyo de lágrimas que serpenteaban sobre una constelación de lunares y goteaban de su mentón. El Quackity veía por sobre el hombro de su compañera tal y como un animal en shock, completamente fuera de sí.

Habían otras voces, en el fondo. Etoiles había tomado el dispositivo móvil de Roier, y en el fondo una voz grave llamaba por Forever, demandando saber dónde habían sido enviados en su misión.

Pero ninguna de esas voces importaban realmente, ni fueron registradas por la mente del híbrido. No eran más que estática en el fondo de su día a día, siempre secundarios a la voz que resonaba sin palabras desde su interior, la calidez que reposaba en sus costillas como un canario enjaulado hasta hace unos momentos.

Estaba silencioso, completamente silencioso, una tranquilidad que El Quackity nunca había conocido. Era la falta del murmullo persistente que había coexistido con sus pensamientos desde que tenía memoria, un zumbido que era tan familiar para su alma como el aire para sus pulmones.

¿Cómo se atrevían los poetas de antaño a afirmar que el silencio los llevaba a la locura, cuando eran simples humanos incapaces de imaginar la profundidad de esta tranquilidad? Nadie podría entender una pérdida tan inconmensurable sin haber experimentado antes la conexión de dos mitades, en el sentido más verdadero y objetivo, que buscan una a la otra constantemente. Cada sonrisa, caricia, cada beso y cada golpe y cada escupitajo, todo lo que abarcaba su esencia, un tira y afloja que trascendía los idiomas del hombre.

Hermano. Compañero. Igual. Amante. Otra mitad. Todas las palabras jamás escritas por manos mortales eran demasiado sosas, terriblemente insuficientes. Quackity era la ternura en su crueldad, la sonrisa en la oscuridad de su infancia. Era él, una extensión de su propia alma así como su dueño.

Pero ahora, luchando con la simultánea pérdida de su reflejo y la ola abrumadora de sentimientos que inundaban su alma a falta de otro lugar donde ir, se le hacía imposible creer que esto fuera lo que La Federación planeó para sus hijos gemelos alguna vez. Nadie sería tan cruel, seguramente.

Desde la fría noche de su separación, El Quackity había descrito en su diario la sensación de lejanía como el vacío que persigue a una amputación. Aún así, la agonía de dejarle en aquella piscina, sabiendo que era por su propio bien, era algo que podía justificar para sus adentros y tolerar.

¿Esto? Esto era… morir. Era morir, una y otra y otra vez, estaba muriendo, su pecho estaba sangrando y su boca también, estaba muriendo y nadie le escuchaba gritar, estaba muriendo y no podía respirar, no podía respirar, no podía respirar.

“¡Quackity!”

Aquella voz otra vez, la chica de la boina. El Quackity podía sentir su propia cabeza reposar sobre un regazo, pero no lograba registrar mucho más allá de sus adentros. Había una segunda silueta sobre sí, observándolo con ojos marrones llenos de consternación, y detrás de él, enmarcando al híbrido arácnido… el cielo, rojo.

Cuando llegó a estas islas, a este purgatorio, había pensado que el cielo era casi hermoso. Su tono carmesí no estaba demasiado alejado del celaje de los atardeceres de su infancia. Si entrecerraba los ojos, casi podía pretender que era la playa de Quesadilla diez años atrás, y que su mano no estaba vacía por falta de otra que sostener, una idéntica a la suya, que calzara tal rompecabezas entre sus dedos.

Qué estupidez. No había nada de hermoso en esa piscina de sangre, ni mucho que pensar al respecto. Algunas cosas eran como eran, simplemente porque sí: el cielo era rojo, su alma estaba completa, y su hermano estaba muerto.

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“Hey.”

“...”

“...Por favor.”

“Déjalo.”

El cielo aún era rojo. No podía verlo desde aquí, bajo techo, en la base subterránea de su equipo, recostado en una cama a medio hacer. Pero lo sabía, con ambas mitades de su corazón que latía ahora en contra de su voluntad, lo sabía.

“Roier,” Bagi insistió débilmente, pero el híbrido arácnido se mantenía implacable.

“Ya te dije, si no le logramos sacar palabra en todo el camino de vuelta, mucho menos lo haremos aquí. Y te recuerdo que fue un largo camino de vuelta. Puede que tú no lo hayas sentido así, pero es porque no tuviste que cargar su peso todo el rato.” Su voz era firme, pero no cruel. “Ve a descansar, antes de que Elotes te vea tan cómoda y te dé más trabajo. Mañana es un día importante,” añadió, con una sonrisa para suavizar sus palabras.

La brasileña sonrió de vuelta, y con un murmullo de agradecimiento, dejó la sala.

Roier, de brazos cruzados, consideró su situación.

Estaba sólo con el pelinegro, quien reposaba en el camarote sin dormir realmente; respiraba y parpadeaba, aunque no parecía demasiado interesado en ver algo en particular. Hasta hace unos diez minutos había sido capaz de hablar también, aunque las cosas que decía…

Está muerto. Está muerto. Lo sentí morir. ¿Dónde está? ¿Dónde vamos, cuando morimos? ¿Dónde irá él cuando yo muera? No lo escucho. No lo escucho. Necesito estar con él.

Necesito estar con él.

Eventualmente, El Quackity se había quedado sin energía, y sus gritos se habían vuelto tristes balbuceos que terminaron en un silencio sombrío. Así fue por el resto del tramo, hasta que Roier lo depositó en su cama provisional. No tenía heridas físicas que pudiera ver, pero era claro que estaba abatido de una forma que no lograba entender.

Roier no soportaba esto. Odiaba no entender. Odiaba no saber qué hacer. Cellbit sabría que hacer, seguramente, recordaría una hierba medicinal o un pasaje en un libro cuyas páginas se deshacen en tus manos de viejas, pero él…

“Yo sé. Bagi no, ella no te…conoció. Pero yo sí.”

El Quackity no se inmutó. Su mirada seguía fijada en el techo.

Casi con timidez, Roier se acercó al camarote y se sentó en el borde; las piernas metálicas de la cama rechinaron su queja, pero el moreno no le prestó importancia. Tragó grueso, y con cuidado que no ejercía en meses, entrelazó los dedos de El Quackity en los suyos, sosteniendo su mano con delicadeza.

“No entiendo del todo, esta… situación. Tú. Ustedes. Pero… Seas quien seas… Sé que eres Quackity, y sé que Quackity es mi amigo. Quackity haría esto por mí.”

El Quackity apretó los dientes. Claro que no entendía, nadie podía entender— pero dentro de sí, entre sus doloridas costillas, una nueva sensación burbujeó desde sus entrañas, algo cálido y gentil. No era el calor abrasador de su indignación, sino algo mucho más dulce, un sentimiento con sabor a vainilla, miel y avena, y todos los colores que pintaban la risa de su gemelo.

El Quackity, paralizado por una agonía indescriptible, sintió el cariño de su hermano florecer dentro de sí. Porque el cielo era rojo, su alma estaba completa, y Quackity había amado a Roier.

El pelinegro, aún sin pronunciar palabra, tuvo que morder su propio labio para evitar que un sollozo irrumpiera por su pecho. De repente todas aquellas personas que no habían sido más que ruido blanco en el fondo de su día a día cobraban forma y color, pequeños datos y sensaciones relacionándose con cada uno. Las impresiones que habían dejado en su gemelo tras medio año juntos.

Y en el centro de todo, Roier, con su risa pícara y sus bromas pesadas. Roier, con su mano en la suya a pesar de todo, terriblemente fiel.

“No tienes que hablar. Puedes descansar aquí, y mañana… Mañana ganaremos esta mierda, y regresaremos a casa. Con él.”

Por primera vez desde que volvieron a la base, el híbrido aviar volteó la mirada hacia los Roier en silencioso entendimiento. El moreno jamás se acercaría a una conexión como la que El Quackity conoció desde su creación, pero en la quietud de ese momento, perdido en la oscuridad de sus ojos, fue capaz de comunicarse sin palabras.

No importaba si ganaban o perdían esta morbosa competencia. Había cosas que eran de tal forma porque sí, y esa una de ellas: el cielo era rojo, su alma estaba completa, y el día siguiente al anochecer, irían a casa con él.