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Siete por ciento
Miles “Tails” Prower, niño genio, zorro mobiano, y eterno compinche yacía encorvado sobre una joven coneja en un frio conducto de metal, colas gemelas presionando rítmicamente sobre su pecho mientras él se acercaba más, inclinando hacia atrás la mandíbula de la coneja con sus manos. Un líquido teñido de sangre brotaba del hueco enclavado detrás de su cabeza y se escurría contra el suelo. Idéntico al que él tenía.
Respira.
Siete por ciento de supervivencia con ayuda en camino. Siete por ciento en condiciones óptimas. Siete por ciento si fuera desfibrilada justo ahora. Siete por ciento solo para sobrevivir, por muy dañada que esté.
¿Y escondiéndose en un helado ducto de ventilación, sin herramientas, sin espacio y sin asistencia médica en camino?
Respira
No son las mejores probabilidades. Empeoran cada minuto.
Respira
Los mobianos no podían aguantar la respiración por mucho tiempo. Alrededor de unos treinta segundos. Él casi se ahogó en su tanque al escapar. Ella había estado allí al menos el doble de tiempo, antes de que la fuera a sacar.
Respira
Miles retrocedió, con pulmones ardiendo y la rancia baba del tanque en boca, mientras tanteaba el lateral del túnel en búsqueda de un panel de mantenimiento, o de cualquier cosa. Sus desnudas y desenguantadas manos hurgaban en la oscuridad. Completamente liso.
Seis punto tres por ciento.
Sus colas dolían por el movimiento poco habitual. Acaso él tendría que-
“Señor Prower.” Su voz, la voz de Cream susurro por el conducto, atenta y cariñosa, una voz que había escuchado día tras día, por más tiempo del que podía recordar.
La voz que pertenecía a la coneja frente a él.
Un zumbido provino de la habitación fuera la rejilla de ventilación, se escuchaba metal traqueteando sobre metal y óxido chirriando cuando un par de horrores mecánicos irrumpieron contra la habitación. Miles forzó a pausar su jadeante respiración, mirando entre la reja a sus perseguidores.
Los dos robots se separaron, cojeando entre hileras de silenciosos cilindros metálicos en su búsqueda.
En su momento, habrían sido diseñados en base a cangrejos, con piernas y garras surgiendo de un núcleo en forma de huevo. Ahora, ni con todas sus piezas podrían formar un solo cangrejo.
“Sabemos que estas aquí, Señor Prower.” Cream susurro gentilmente por ambas maquinas, en completa contradicción con su decaída apariencia. “Solo queremos ayudarte.”
Cinco punto ocho por ciento. Volvió a inclinarse.
Respira.
“Solo queremos regresarte a donde es cálido y seguro.” Rayos de luz iluminaban la sala mientras los robots se desplazaban de una fila a otra, de columna en columna.
Respira
Estaba atrasando lo inevitable. El RCP no podría arreglar un latido sin pulso, solo podía prevenir daño tisular. Sólo una descarga eléctrica podría restablecer la señal eléctrica, y sólo si su corazón estuviera arrítmico, no parado.
“Te amamos tanto después de todo.” Cream susurró sin aliento. Uno de los robo-cangrejo golpeó con su única pinza un cilindro, enviando un hueco estruendo por toda la habitación.
Respira.
Miles se apartó, manchas negras nadando delante de sus llorosos ojos, haciéndose cargo de las compresiones con sus manos para dejar a sus colas descansar.
Puede que no haya esperanza. Pero no se detendría. No podía.
Porque no estaba seguro de poder vivir sin ella.
Porque estaba seguro de que esto era su culpa.
Rayos de luz penetraron por la rejilla, iluminando el escondite de Miles.
“¡Te encontramos!” Cream gritó con voz cantarina desde dos voces diferentes.
Miles pestañeo.
Dos robots potenciados.
Salió disparado de la ventilación, volando con puño en alto contra el cangrejo más cercano. Incluso siendo más débil y lento de lo que acostumbraba, él todavía golpeaba con la fuerza de una pequeña y peluda bala de cañón. Un arco de electricidad chispeó cerca de su cabeza mientras el robot se balanceaba hacia atrás.
Cuatro punto cuatro por ciento.
Miles giró hacia un lado mientras el segundo cangrejo lanzaba una salva de metal volando hacia él. Rebotaron inofensivamente contra el abollado caparazón metálico del primer cangrejo y se estrellaron contra el suelo.
Lo que la gente siempre parecía malinterpretar sobre su coeficiente intelectual, el cual tenía casi tantas desviaciones estándar por encima del promedio que puntos de CI en dichas desviaciones, era de que no convertía en científico. Se puso en pie y golpeó con ambas colas el cañón del segundo cangrejo, destrozándolo para revelar cables chispeantes debajo.
No le hacía expresarse con palabras complejas, no le daba una memoria perfecta, ni siquiera le hacía tener razón todo el tiempo.
El primer cangrejo se enderezó, enviando otra descarga hacia él por detrás. Pero Miles ya se estaba moviendo para esquivarlo. El rayo crepitó sobre su oreja, justo en el circuito recién expuesto del segundo cangrejo. Explotó a su lado y un pájaro esquelético cayó al suelo entre una lluvia de chatarra.
Lo que si hacia era ayudarlo a pensar rápido. Mas rápido que la mayoría de computadoras. Lo suficientemente rápido como para que cuando alguien terminara de hacerle una pregunta, él ya habría considerado todas las ramificaciones posibles, todos los posibles ángulos, simulado innumerables alternativas, y ya se habría distraído pensando en diferentes tangentes mientras esperaba a que lo alcanzaran.
Miles se dejó caer bajo otro rayo de choque, cerrando la distancia agachándose antes de usar sus colas como resorte para lanzarse hacia el cangrejo en un gancho ascendente. Se estrelló hacia atrás otra vez, perdiendo la mayor parte de patas que le quedaban con el impacto.
“Señor Prower, ¿Por qué? Solo… queremos… ayudarte…”
El pie de Miles se estampó contra su chasis, y la angustiada voz de Cream se sumió en el silencio. Demasiado tarde para curar su angustia.
Tres punto dos por ciento.
“No explotes aún.” Miles murmuró entumecido mientras arrancaba el dañado brazo del robot, arrastrándolo con él hacia el ducto. Su dolorida cabeza empezaba a nublarse aún más. Probablemente el líquido cefalorraquídeo que se derramaba de su cuello.
Cualquiera podría encontrar la respuesta correcta si pensara lo suficiente. Cualquiera podría aprender cualquier cosa con el suficiente tiempo y paciencia.
Y en esa cabeza sobrecargada suya, Miles había tenido tiempo de sobra para aprender todo tipo de cosas.
Arrancando cables chispeantes del cuerpo del cangrejo con sus propias manos, Miles arrastró el cuerpo de Crea- a Cream fuera del ducto con sus colas.
“Essto debería… detener tuu… corazón.” Miles sacudió la cabeza, su voz balbuceante. “Si es que aún no estas-”
“Despejen.”
Miles pinchó los cables en su pecho. Su cuerpo se arqueó. El aroma de pelaje quemado golpeo su nariz, devolviendo viejos traumas al frente de su memoria, incluso mientras su mente continuaba desvaneciéndose.
¿Por qué estaba tan-? Los ojos de Miles se sobresaltaron.
Lo que el robot había disparado. Cartuchos de gas somnífero.
El tiempo se acaba.
Miles presionó sus dedos sobre la garganta de la coneja.
Nada.
La puerta se abrió una vez más. Tres enormes, aunque mal mantenidos, robots entraron al cuarto, sus emblemas mostachones casi oscurecidos por completo a causa del oxido y la corrosión.
“¡Ahí estas, Señor Prower!” Cream murmuró alegremente desde los tres.
Miles se movió hacia delante, enroscando sus colas en pecho de la coneja para sostenerla, arrastrándola a ella y a el robot hacia el conducto de ventilación. Rayos de energía estallaron contra el cangrejo mientras él lo interponía contra el cercano mecha.
Miles jadeaba de esfuerzo, consciente de que, al hacerlo, induraría su cuerpo con más de ese gas. Sangre goteaba por todo su cuerpo mientras el esfuerzo reabría sus heridas causadas por los tubos insertados en él.
Dentro del conducto, Miles arrastro al cangrejo-bot hacia la apertura tan a adentro como pudo. Su solitario ojo brillante lo miraba mudamente mientras más cartuchos de gas rebotaban contra su cuerpo en el exterior.
“Despejen.”
Su propia advertencia apenas le sirvió para quitar sus propias colas antes de volverle a dar otra descarga. Él no iba a-
Cream soltó un lento y tembloroso suspiro, y entonces vomitó.
Eso era todo. Eso era todo lo que él podía hacer. Miles la agarro, arrastrándola detrás con toda la fuerza que su desvaneciente consciencia podía utilizar mientras se arrastraba entre el caos y hacia la oscuridad del más allá.
Momentos después, una pinza metálica atravesó el cangrejo, rascando dentro del conducto de ventilación.
“¿Señor Prower? ¿Conejita? ¿A dónde se fueron?”
El pesado robot despegó el cuerpo del robo-cangrejo de su brazo, dejándolo caer al suelo donde estalló en chatarra. Los tres pesados mechas caminaron al unísono hacia la puerta.
“Oh queridos niños. Nos encantan las escondidas.”
