Chapter Text
Lisandro y Cristian se encontraban echados en el sillón de la casa del cordobés. Habían puesto los almohadones suficientes como para estar cómodos y que Licha pudiera mirar la tele y, al mismo tiempo, hacerle mimos a un Cuti que dormitaba sobre su pecho sin que le doliera la espalda.
Hacía unos meses que habían comenzado a salir. Antes Lisandro había pasado mucho tiempo solo, creyendo que en esa soledad estaba la clave para ser feliz. Sus días transcurrían tranquilos, tal vez demasiado. Pero era lo que quería –o al menos de eso se convencía–; le parecía que una relación sería un caos innecesario. La mayoría de los días, el pensamiento de que en realidad se estaba negando la posibilidad del amor por miedos irracionales era solo un sonido molesto en el fondo de su mente.
Ese pensamiento se volvió imposible de ignorar cuando conoció a Cristian. El cordobés era el compañero que nunca hubiera esperado, y sin embargo, en tan pocos meses había encajado tan bien en su vida y en su corazón con su personalidad, con su dedicación y con el amor que le demostraba, que no le quedó otra opción que hacer frente a sus temores para entender que podía tener su felicidad junto a otra persona, si tan solo se animaba a tirarse a la pileta.
Y dar ese salto de fe tuvo su recompensa. La tranquilidad propia que tanto había cuidado no se comparaba en nada con esta calma que sentía al poder acariciar el pelo del morocho, sus cachetes, su nariz. Su previamente tan amada soledad no le llegaba a los talones a la seguridad que le causaba sentir el peso de Cuti sobre su propio cuerpo, peso que lo anclaba al presente y a la calidez que desprendía la unión de los dos. Cómo podía haber evitado algo así durante tanto tiempo, no podía explicarse.
Cuti lo sacó de sus pensamientos cuando restregó su cara contra su pecho, y Lisandro se rio, inevitablemente encantado ante la imagen de su novio luchando por despertarse por complet…
Momento.
¿Novio?
Su corazón se aceleró y su primer instinto fue entrar en pánico, porque hasta el momento no se habían referido al otro de esa manera y era terreno nuevo.
Siempre había restringido sus sentimientos, y que su mente tuviera tan claro cómo veía a Cristian antes de que el tomara consciencia de ello, lo asustó.
Pero no tuvo que preocuparse por mucho tiempo; al instante otra sensación reemplazó ese temor: el entendimiento de que en realidad no le asustaba ver a Cuti como su pareja, porque la verdad era que estaba lisa y llanamente enamorado. Y de hecho, le entusiasmaba pensar que el resto de sus días podrían verse así: como un lunes a la noche, con un cordobés entre sus brazos sonriéndole con pereza desde su lugar mientras le hacía una pregunta.
—¿Qué me dijiste? —Preguntó cuando se dio cuenta de que no lo había escuchado.
—Que si querés milanesas o pastas. Tenés la cabeza en cualquier lado, eh, ¿o hice algo que me miras con esa cara?
—¿Con qué cara?
—Esa de boludo que tenés —Su sonrisa y su tono indicaban una broma, pero seguro había algo de verdad en esa descripción.
—De boludo enamorado, tal vez —Le respondió Lisandro, feliz. A Cristian se le ensanchó la sonrisa y una risa escapó de sus labios.
—¿Enamorado?
—Como no te das una idea —Le dijo, acercando su cara para poder besarlo.
