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Language:
Español
Stats:
Published:
2023-11-24
Words:
1,385
Chapters:
1/1
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82
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5
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652

Nothing's New.

Summary:

“Tú… Tú tienes unos bonitos ojos” la voz se le entrecortaba, y para ser honestos su cabeza estaba dando tantas vueltas que ni siquiera sabía lo que decía.

“Y tú una sonrisa muy linda, te llevaré lejos de aquí, no tenemos por qué seguir con esto” ignorando por completo las señales, Cellbit se preparó para cargarlo en brazos y caminar, correr hasta su base.

Pero Roier nunca lo dejó hacerlo.

“Cellbit” le llamó.

“¿Sí, guapito?”

“Te amo”

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Cuando había llegado a ese lugar miles de posibles resultados cruzaron por su cabeza, unos peores que otros, con el tiempo imaginó que todos terminarían peleando entre ellos, traicionando a quien creían sus aliados, hiriendo a las personas que alguna vez hicieron reír, con las que alguna vez fueron felices sin siquiera darse cuenta de que esos serían sus últimos momentos llevando una vida “Normal”

Porque en verdad, ellos nunca tuvieron una vida normal. Desde el primer momento nunca pudieron saborear lo que era la libertad, y menos la posibilidad de pasar cada día sin temor a ser secuestrado, apartado, lastimado, la Federación había plantado tanto miedo en sus corazones que difícilmente podían encontrar un momento de paz, no podían disfrutar con sus amigos, con sus hijos, y menos una relación amorosa, no, eso estaba prohibido porque la isla era un lugar peligroso y nada te aseguraba que ese lazo durara tanto tiempo.

Y ahora, en el infierno, esa maldición los persiguió hasta el final, los condenó. Ya no podían confiar en nadie más que en su propio equipo, no podían hacer alianzas porque terminarían siendo apuñalados por la espalda, no podían hacer una revolución porque terminarían muertos, sus hijos terminarían muertos, entonces estaban siendo obligados a jugar con esa maldita entidad que los vigilaba día y noche de la que no sabían absolutamente nada más aparte de su gusto por verlos sufrir y llorar, él siempre estaba observando, siempre estaba escuchando, era el Dios en ese lugar endemoniado.

Y ellos eran simples mortales.

Cellbit estaba consciente de ello, él ya sabía que todo eso pasaría, que todos sufrirían tarde o temprano, sin embargo, lo que vió frente a sus ojos definitivamente no fue algo de ello, nunca ni en sus más oscuros sueños se imaginó tener que presenciar una escena desgarradora como esa.

Él sabía lo que era el dolor, lo que era sufrir, lo que era no tener nada más que un vacío en su interior, pero tan pronto como lo conoció a él pudo saber lo que era un nuevo amanecer, una nueva oportunidad, sabía lo que era amar.

Él. Él. Él.

Su sol, su amado, su todo. Cuando los separaron durante el primer día entendió que tendría que enfrentarse a él en más de una ocasión, pero aún así nunca se atrevió a hacerle daño, no al amor de su vida, no a Roier.

Habían sido noches de agonía estando lejos de él, noches oscuras y frías donde su único consuelo era el abrazar la sudadera roja de su esposo, aquella sudadera que le recordaba lo valioso y brillante que era, con ella difícilmente podría escaparse de su vista porque resaltaba entre todos, sus ojos siempre terminarían dirigiéndose a él, a su rostro sonriente y brillante.

Pero hoy, un día nuevo había empezado, un día que decidiría todo el rumbo de su vida.

Después de tantas peleas, tantas muertes, tantas desgracias, eso no había sido suficiente y solo les había llegado la noticia de que un grupo moriría, perdería y nunca más los verían. Eran los azules contra los verdes, frente a frente en un baile mortal, donde alianzas no podían salvarlos o donde el empate no significaba más que condenar a ambos bandos, la situación era simple, al final de la noche un equipo debía morir.

 

Confiaba en Roier, confiaba en su fuerza, confiaba en su inteligencia.

Confió tanto que, verlo parado frente a la fuente, con la mirada perdida y sin ánimos de pelear, lo desconcertó. No podía entenderlo ¿Por qué todos se habían rendido tan rápido? Podían arreglarlo, él ayudaría a que pudieran arreglarlo, podría salvarlo.

Durante los últimos minutos pudo convencerlo de pelear, solo tenía que matar a una persona, una y sería suficiente, una y ganarían.

Una y él sobreviviría.
Era solo una vida.

“¡ROIER!” gritó desesperado, viendo como Bad se acercaba listo para atacar al castaño, al final no iban a dejarse vencer por ellos.

Él como respuesta solo miró al frente, sosteniendo aún su espada llena de sangre, sangre que le pertenecía a cada una de las personas que más quería.

Roier ya no estaba sonriendo, hace mucho tiempo había dejado de hacerlo.

Toda su vida vivió actuando como un payaso, como un simple chico carismático y gracioso, como el tonto con el que todos podían confiar, era el amigo al que siempre podías llamar, pero ahora, vistiendo completamente de negro y con la mirada apagada, el rastro de lo que alguna vez fue se había desvanecido.

Ahora estaba cansado.

Cuando menos lo esperó, Cellbit sintió como su cuerpo era apartado de la escena, los fuertes brazos de Roier lo habían empujado al suelo, muy lejos de ellos, tanto Pierre como Bad rodeaban al castaño que con su último aliento de fuerza intentó pelear, ganar.

Pero eso no fue suficiente. En dos segundos Roier se desvaneció frente al suelo, soltando por fin su espada.

“No… No, no, no” el ojiazul corrió hasta su cuerpo, tomando su rostro con fuerza y llamándolo con desesperación “¡Guapito! Abre los ojos, no te duermas”

Ese había sido su último intento. Desde que llegaron a ese infierno no hubo ni un solo día en el que tuviera un momento de paz, siempre era sangre y dolor, siempre era pelea, y Roier estaba cansado. ¿De qué le servía esforzarse? Si todo estaba perdido, si ellos morirían tarde o temprano.

“Vamos guapito, háblame” insistió, moviendo sus brazos para intentar despertar el pesado cuerpo de su esposo.

Viéndolo ahora más de cerca, tenía manchas de sangre por toda la cara, por toda la ropa, después de todo el color favorito de Roier siempre había sido el rojo.

“Guapito… No puedes dejarme” Cellbit no supo en qué momento fue que su mundo se detuvo, no escuchaba más nada a su alrededor, y tampoco se dió cuenta cuando fue que las lágrimas empezaban a salir de sus ojos.

“Tenemos que volver, tenemos que regresar al castillo ¿Sí?” habló gentilmente esperando que eso pudiera hacer que su esposo le respondiera, pero eso no pasó.

No hasta segundos después.

“Gatinho” la voz ronca y débil salió de sus labios, Roier difícilmente podía mantener los ojos abiertos.

Y como un rayo de esperanza, Cellbit le sonrió.

“¡Sí! Sí, aquí estoy, tranquilo, todo estará bien” iba a curarlo, iba a curar todas sus heridas y llevarlo a un lugar muy lejano, un lugar donde nadie los encontraría y solo estarían ellos dos juntos, donde nada ni nadie pudiera molestarlos, donde NADA pudiera herirlo, no de nuevo.

Pero fue detenido, pues el castaño llevó una de sus manos hasta su mejilla.

“Tú… Tú tienes unos bonitos ojos” la voz se le entrecortaba, y para ser honestos su cabeza estaba dando tantas vueltas que ni siquiera sabía lo que decía.

“Y tú una sonrisa muy linda, te llevaré lejos de aquí, no tenemos por qué seguir con esto” ignorando por completo las señales, Cellbit se preparó para cargarlo en brazos y caminar, correr hasta su base.

Pero Roier nunca lo dejó hacerlo.

“Cellbit” le llamó.

“¿Sí, guapito?”

“Te amo”

Te amo. Te amo. Te amo.

Roier lo amaba con tantas fuerzas y con todo su ser, su corazón entero estaba lleno de él. El castaño siempre había sido una persona juguetona pero fue a él al que siempre le otorgó su fidelidad, su confianza, su alma.

Roier lo amaba, lo amaba con la fuerza del mundo, que ni por un segundo pensó que morir en sus brazos podría ser algo malo.

Estaba en casa.

“Guapito, también te amo” lleno de lágrimas y con el corazón ardiendo con fuerzas, Cellbit había entendido lo que pasaría.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Cinco segundos, y los ojos del castaño se apagaron.
Se cerraron.

Y su débil corazón no volvió a responder.

Roier había muerto.

El ojiazul pudo sentir la energía desvaneciéndose de él, su alma escapándose como agua entre los dedos.

“No, no, no” instintivamente Cellbit lo abrazó, lo abrazó con tanta fuerza.

Lo abrazó, como si fuera oxígeno y él estuviera tan desesperado por respirar.

Esa fue la última vez que volvió a escuchar su voz, a ver sus ojos, a ver la luz y también fue la última vez que se sintió vivo, porque junto con su esposo toda su felicidad se fue.

Cellbit nunca más volvió a ser el mismo.