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Su señoría Neuvillette
Era un llamado usual para Neuvillete, parte del respeto que todos parecían profesarle independientemente de la afinidad que tuvieran a él, un título que parecía elevarlo frente a todos los demás y que sostenía debido a la necesidad de ser imparcial, ser una especie de guía en todo aquel estrafalario escenario.
¿Me escucha, monsieur?
Claro, por mucha aversión que hubiera hacía él con respecto a sus juicios o la admiración que le daban, era cierto que la distancia estaba eternamente presente, era ese símbolo que debía conservarse.
Lo cierto era que pese a la actitud de todos y el respeto -quizá en ocasiones temor- que todos le mostraban, siempre había ligeras acotaciones que le permitían entender las intenciones de los demás.
Admiración cuando hablaban con algo de suavidad, nerviosismo o rapidez; enojo cuando parecían contenidos, tratando de ser uniformes, casi fríos; envidia cuando había diversión, ironía o un tono bajo; respeto, cuando era un volumen uniforme, cuidadoso y agradable; temor, cuando parecían tropezar las palabras, en volumen bajo, con tartamudeos constantes; amor... Cuando había una increíble variedad, ternura, tonos bajos, suavidad y añoranza.
Quizá por eso gustaba de escuchar atentamente a quienes tenían la oportunidad de encontrarle, así era un poco más sencillo entender las emociones humanas, admirar esa sería de reacciones que podrían ser controladas pero fácilmente saltaban a la luz como las castas, como creer que una capacidad reproductiva podía marcar otro estrato entre las interacciones humanas.
Claro, si bien era cierto que los alfas y omegas eran fácilmente identificables por las feromonas que ponían en evidencia sus castas, lo cierto era que el sonido era una parte poco tratada pero no menos importante, después de todo el sonido es implacable, presente en todo momento, volviéndolo parte básica de las acciones y reacciones ante cualquier situación.
Para algunos no era nada más que ruido, vibraciones, un fenómeno físico pero para otros como Neuvillette era una experiencia, algo tan peculiar como poder identificar el sabor y cualidades del agua, de cada lugar que mostraba su marca y característica.
¿Neuvillette?
Por supuesto que Neuvillette lo había escuchado, el llamado en un tono grave, con un volumen suave para regresar nuevamente al mundo terrenal y hacerlo partícipe de la cotidianidad, esa voz que cargaba ternura, diversión, coquetería y amor.
Sabía que debía de responder, al menos de mostrar que lo había escuchado pues de otra manera él volvería a ser llamado, cosa que buscaba, en especial por qué para él escuchar la voz de quien amaba, de su alfa era una experiencia tan particular como percibir sus feromonas y sumergirse en las emociones.
Quizá para él era aún más especial escuchar su voz que todo el proceso de liberar feromonas pues a pesar de contar con un cuerpo humano omega, realmente aún averigua todo lo relacionado a los humanos, incluído el ciclo de celo, las marcas, los enlaces y las emociones, todo el cúmulo que parecía tedioso y complicado.
¿Neuvi? Sé qué estás despierto
Y acto seguido se escuchó una risa pintada de diversión y ternura, esa voz grave, la que podía infundir temor a todo criminal y persona que conociera el nombre de Wriothesley, la que a él lo llenaba de amor en muchos sentidos.
Era una voz fuerte y sincera, una que podía dominarlo por ser la voz de un alfa, de su alfa pero que en lugar de hacerlo sucumbir por la fuerza o por el instinto prefería acompañarlo, prefería recorrer un camino que no era sencillo pero podía llegar a un mejor entendimiento.
—¿Ya es hora Wrio?— preguntó adormilado, buscando el cuerpo de su alfa, un abrazo, un poco más de tiempo juntos pues entre sus obligaciones y lugares de trabajo era complicado coincidir de tal manera.
—Es hora, vamos a desayunar juntos— habló Wriothesley acercándose a su omega, dando un beso en su rostro y resguardandolo en sus brazos, hablándole al oído como parecía era su gusto.
—Bien...— respondió Neuvillette un poco resignado. Sabía que sus responsabilidades eran variadas y cada quien debía atenderlas pero en ocasiones pensaba seriamente si era preferible disfrutar esos momentos un poco más, sólo unos momentos para hacerlos eternos —Sólo un momento más—
—Neuvi, cariño— Wriothesley seguía tratando esa cercanía para hacer feliz a su omega, después de todo, pasaban bastante tiempo lejos.
Quizá debían recordar su momento de responsabilidad, debían mentalizar todo lo que dependía de ellos pero... Pero también eran seres con sentimientos.
—Solo cinco minutos más— completó Wriothesley mientras lo abrazaba y comenzaba a tararear una canción, una promesa realizada entre ellos, el resultado de compartir algunas cosas que los unían y buscar fortalecer el enlace que la naturaleza de ambos les ofreció.
—Te amo— Neuvillette tenía esa curiosa situación con las emociones, no era que fuera inmune o ajeno a ellas, no se trataba de un ser carente de un alma sensible, simplemente era complicado entenderlas, era difícil saber su causa, razón y lógica, era complicado buscar una respuesta a ellas cuando en ocasiones las palabras no bastaban para representarlas, por ello, el verbalizarlas era una tarea todavía más tediosa pero había aprendido a declarar la emoción primaria que Wriothesley le provocaba y era el amor.
—Y yo te amo a tí, mi Neuvillette— la respuesta que podía aparentar sencillez y quizá tenía el peligro de ser demasiado común o cotidiana en la vida de otros pero para ellos esas palabras lo eran todo, eran el significado de su unión, el enlace que los hacía la pareja que eran, era la representación de lo que compartían, sus promesas, sus momentos, los sentimientos y sus entidades, era el tono en que se llamaban, el volumen con el que se buscaban y era el fenómeno físico más maravilloso de todos pues con las vibraciones de sus cuerdas bucales podrían crear el mundo que tanto buscaban.
