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Nikola respiró tranquilo observando el experimento en sus manos.
Era un invento sencillo, nada fuera de lo ordinario, solo un gato robótico que simulaba ser un animal de verdad, estaba pensado para ser una mascota inmortal, una criatura a la cual cuidar y con la cual podrías desarrollar un vínculo sin ningún problema. Se parecía un poco a sus palomas mecánicas, pero, a pesar de estar hechas con el mismo propósito, aquel gato no era para él.
No sabía por qué, pero últimamente había desarrollado la necesidad de hacer este invento solo para dárselo a una persona en particular. Sus instintos aullaban por la espera y se removían en su interior al pensar en el motivo de su experimento.
La causa era que Beelzebub se encontraba solo la mayor parte del día, y siendo el amigo por el que Nikola sentía un gran aprecio, no podía dejar pasar la ocasión de regalarle un momento de felicidad.
Beelzebub era algo así como un gato arisco, uno de esos que detestaba a la gente y se encerraba en su propia burbuja de seguridad y comodidad, pero Nikola, a pesar de no conocer demasiado a los gatos, sabía que dentro de sí mismos estos animales buscaban el confort de sus dueños. Beelzebub se parecía tanto a un gato que la idea de regalarle algo similar a su personalidad no dejó de pasar por su mente en ningún momento. Él merecía un gato, uno que pudiera vivir eternamente con los cuidados adecuados. Nikola podía darle eso y lo haría para callar a esa voz insistente en su mente.
Quería dárselo, necesitaba dárselo incluso sí esa necesidad repentina era demasiado extraña como para reconocerla en un primer instante.
Sea lo que fuera, sentía que estaba obligado a hacer tal cosa por el alfa, su lado omega necesitaba darle tal regalo y por supuesto que no se detendría por nada del mundo. Su orgullo como la mente más brillante de la humanidad no se lo permitiría, por qué... ¿Que clase de amigo sería si no podía brindarle felicidad a Beelzebub?
Entregarle el animal fue fácil, pero la pregunta que vino después no le hizo las cosas más sencillas.
—¿Por qué me quieres dar esto?— ¿No era más sencillo que Beelzebub solo lo aceptara sin necesidad de preguntar los motivos detrás de su obsequio?. Nikola sintió que su corazón empezaba a palpitar molesto. Hacer tales preguntas no era agradable, los motivos eran insignificantes, interrogar por ellos solo le decía que no quería el gato en primer lugar y eso le molestaba aunque no entendiera el porqué.
—Creo que mereces algo así— mencionó esperando que el interrogatorio terminara pronto, sus manos hormigueaban por la expectativa, su omega estaba entusiasmado por algo que no comprendía, quizás tenía hambre o algo así—. Pensé demasiado en ti mientras creaba a este pequeño y creo que será un buen compañero.
Beelzebub le miró como si estuviera analizando sus palabras, Nikola solo le entregó al animal y se marchó sin darle tiempo a responder nada. La emoción lo estaba matando y él necesitaba descubrir esas sensaciones.
El dios observó el gato en sus manos, las feromonas del omega estaban revoloteando por todo el artefacto en una muestra de la felicidad que sentía su creador, Nikola desbordaba feromonas de alegría tanto así que en el fondo Beelzebub supo qué es lo que quería hacer.
Cuándo alguien veía a otra persona como un posible compañero su instinto tendía a hacer que deseara agradarle a toda costa, las ofrendas eran una manera de hacerlo posible, el olor tan feliz era la prueba más concluyente.
Lo peor era que Beelzebub estaba seguro de que Nikola no entendía a sus propios instintos y lo más probable era que no sabía que estaba intentando cortejarlo en primer lugar. Porque así era Nikola Tesla, una mente tan brillante que, a pesar de poder comprenderlo todo, no era capaz de saber cuándo alguien le gustaba.
Beelzebub se sonrojó pensando en que el inventor a veces podía ser muy idiota.
¿Lo peor? No despreciaba sus intentos.
