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[Sherlock x William]
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Era pasada la madrugada cuando William fue arrancado del pasaje espinoso de sus sueños. Era la segunda noche en aquel apartamento perdido en tierras desconocidas, donde el ruido de las calles invadía la habitación que cosechaba silencios. Era tan diferente a Londres. A su clima. A su calor.
Acostumbrado, como buen animal de hábitos, a la rígida cama de hospital que había sido su nido por meses, estar ahora en una colcha de suaves pliegues con olor a lavanda le tenía el sueño lejano. William llevó sus recuerdos a aquel lugar donde había renacido después de caminar por un paso pedregoso y escarlata, despertando cada día con el olor inhóspito de los insumos desechados, a las mañanas charlando con los pacientes y a las tardes añoradas donde veía a Sherlock cruzar la puerta con una sonrisa que pintaba el arcoíris que, ahora que ambos estaban en esa morada de cuatro paredes, parecían muñecos que habían perdido sus hilos.
Sherlock estaba nervioso la mayor parte del tiempo y eso le causaba cierto rigor de gracia. Le enternecía que quisiera pintar una alfombra bajo sus pies sus descalzos, como si quisiera hacerlo caminar sobre el aire. Agradecido por aquellas templanzas, a la hora de la cena cuando estuvieron refugiados en una conversación casual, había sentido la necesidad de levantarse, posar la mano en el hombro de Sherlock y susurrarle al oído que no tenía que esforzarse a nada.
—Tenerte a mi lado en este momento, es todo lo que necesito, Sherly.
Y había observado, atrapado en el embrujo de las mejillas coloreadas del detective, como el corazón de ambos se había acelerado que se quedaron pasmados mirándose con la afabilidad del asombro.
Se había embelesado lo suficiente para ignorar la mueca que había perdurado unos segundos y que Sherlock había intentado ocultar cerrando los ojos con una risa pequeña. A esa distancia, William había escuchado la respiración temblorosa y el quejido que encubrió con el disimulo de una tos, pero que ya había notado dejándole las incógnitas pintadas en la consciencia.
En aquellas semanas en el hospital, Sherlock siempre fue una figura majestuosa al lado de su cama; un guardián de puertas de hombros anchos, espalda recta, postura encorvada por desafío a las reglas de etiqueta y la ropa mal hecha, que le daban ese picor en los dedos para arreglársela. De pasar los dedos por el cabello, ajustarle la corbata o servirle el regazo para prometerle un buen descanso que la zozobra de la incertidumbre les evitaba tener. Nunca pensó hasta ese momento que Sherlock podría haber velado un secreto ante su aguda nariz.
Su mente nublada podría haber errado en las tardes en la azotea donde el sol los abrazaba con baños de oro o en los paseos pequeños por los pasillos cuando retomaba la práctica de caminar; pero no ahora que estaban a solas y no había más donde dejar caer la mirada.
Resignado a que el sueño no vendría hasta que las dudas se aclararan, salió de la habitación en silencio, pensando que Sherlock realmente fue un artífice en engañarlo. Sintió una punzada de orgullo, en lo más hondo de su estómago, porque había olvidado cuan similares eran. Al igual que él, a Sherlock se le daba mejor llevar dolores ajenos que los propios.
El pasillo que dividía sus habitaciones estaba a oscuras y al fondo la luz rebosante de la vela bajo la rendija de la puerta le dio una muestra a sus sospechas. Entonces, Sherlock estaba despierto. No era más allá de la media noche y podría atribuirlo a las inherentes rutinas insomnes, a la algarabía de la abstinencia del cigarro que ya le había demostrado que lo desesperaba, a los terrores nocturnos, dios, a tantas cosas… Y todavía con tantas variables, la verdad detrás del telón era otra.
Caminó cuidando sus pasos hasta la puerta, así como dictaba su entrenamiento de antaño, temiendo que Sherlock fuera un animal asustadizo y huyera ante la mínima señal de ruido. El pensamiento que relampagueó en su cabeza era que tenía que tocar la puerta, sin embargo, era justo la condición de la sorpresa lo que le daría la respuesta al enjambre de sus preguntas.
El pomo en su mano asustó los poros en su piel y agudizó el oído para ver si algo más podía darle un sentido en las aguas a la deriva, sin éxito. De alguna forma, la preocupación se volvió un silbido sordo detrás de su corazón y eso le empujó a abrir la puerta con sumo cuidado.
El quejido de las bisagras alertó el silencio y al habitante interior que giró hacia él con un asombro en sus facciones cansadas, y lo que encontró William le habría gustado que solo fuese sido solo una de las tantas pesadillas que cultivaba en las noches. Pero la realidad, en muchas instancias, siempre superaba las anodinas fantasías escritas con sangre de los miedos y anhelos más profundos.
Escondido como si fuese sido un ladrón de sus propias reservas, Sherlock se había amparado en el rincón más lejano de su alcoba, apoyando la idea que debía mantenerse alejado de William si deseaba cuidar un poco más la fachada.
William ya tenía suficiente con el peso de su consciencia para atribuirle uno más.
Se había sentado en su cama y, con el esfuerzo que solo los cobardes ocultaban detrás de la piel sin hacer uso, logró desabotonarse la camisa para exhibir la piel blanquecida de su hombro que enmarcada una cicatriz de telaraña producto de algunas operaciones que tuvieron una cura apresurada y mal cuidada. Trató con una mano deshacerse de la tela, ignorando punzada palpitante que mordía con saña.
Sabía que los potentes paliativos habían escaseado para hacerle olvidar sus propias heridas y que Billy había prometido traerle apenas pudiera, pero que el tiempo no pudo prescindir de la urgencia cuando los primeros signos de dolor aparecieron cuando el día ya se batía en retirada.
Había encontrado una forma de eludir con el paso de los meses, o cuando menos retrasar, lo inevitable gracias a los somníferos que le ayudaban a encontrar el sueño entre la bruma del dolor. Su hombro derecho y él eran ya eran adversarios desde aquella resurrección. Se observaban en la noche desvalijada por las estrellas a través del reflejo pálido del espejo del baño como veteranos que se conocían bien, se exploraban mutuamente y se atenían a las maltrechas reglas del juego.
Los médicos habían encontrado una forma armarle un arnés que se enganchaba a su cintura y se entrelazaba en su espalda, afirmando sus bases para poder sustentar su hombro desvalido. Ese día había decidido no llevarlo prendido al cuerpo y bien valía el precio que sabía que iba a pagar. Sabía que, en el camino de regreso a su nuevo hogar, William estaría más cerca de él de lo habitual, apoyándose con pasos endebles o sonrisas quebradizas.
Aquella cercanía hizo que el miedo se arraigara en su estómago de que William encontrara a las correas que ahora eran su sustento y le ayudaban a soportar mejor el peso de su brazo. Si para él habían servido como una especie de apoyo, adaptándose a sus demandas, para William solo servirían para lacerar aún más la culpa que ya condenaba su consciencia. Podría soportar el dolor un día. Ya habría tiempo para el arrepentimiento.
Había estado sumido en la espiral de sus meditaciones cuando se ataba con dificultad el arnés que no escuchó los pasos detrás de su espalda y como William yacía petrificado, con una expresión en blanco, tejiendo todo el contenido del que había barrido con esfuerzo de su alma en celibato. Con solo verle el rostro, Sherlock supo que no tuvo siquiera una palabra para defenderse.
—Liam… —balbuceó, tratando de encontrar la siguiente excusa que pudiera minimizar la gesticulación de horror que se había pintado en aquel rostro hecho por un pincel de plata—. ¿Hace cuánto estás ahí?
Saliendo de su estupor, William se llevó la mano a los labios como si intentaste ocultar las náuseas, apoyándose en el mueble junto a la puerta que sostuvo sus piernas desfallecidas. Sherlock quiso precipitarse hacia él y la brusquedad de su movimiento cobró una mueca que arrugó su expresión. Una mano se alzó frente a él, deteniendo los pasos que aún no había realizado, y vio con lentitud como William recuperaba el control de sus emociones tomando largas bocanadas de aire.
—¿Desde cuándo posees esto? —La voz temblorosa de William rompió el silencio. La respuesta yacía ante ellos, clara como las aguas de un lago inmóvil, creando un vacío en la habitación que resonaba con la complicidad silenciosa de ambos.
Sherlock abrió la boca para hablar, pero William se le adelantó, recordándole aquellos pasajes donde eran el conejo y la liebre corriendo hacia el destino que no era más que la muerte.
—Siempre me pregunté por qué evitabas que te tocara. Pensé que era por tu rechazo al contacto, porque era algo que ya tenías desde que te conocí. Aun así, conmigo hacías excepción. En nuestros encuentros en Londres, buscabas tocarme, y creí que aquí era diferente porque estaba herido. —Se llevó la mano al rostro, cubriendo su ojo muerto con una sonrisa que habría abierto el suelo y dejado salir a las quimeras—. Parece que no fui el único. Dime la verdad, Sherlock.
La petición fue contundente. Y Sherlock no pudo evitar bajar la mirada como si quisiera pedirle perdón, quizás, por todas las cosas que hizo y habría de hacer mal. William simplemente había estado lo suficientemente descarriado y también evidentemente débil para advertir sus heridas las primeras semanas. Sherlock también había encontrado un papel actoral, llevando sus esfuerzos a no ser descubierto, ahogándose en opio para ignorar las dolencias y en sonrisas hasta que saliera de la habitación de William derrumbándose después de dolor a las afueras del hospital donde Billy escatimaba sus esfuerzos para llevarle a descansar.
Finalmente, abrió la boca y sacarse el disfraz. Una vez lo hizo con William, era lógico que pronto pasaría a la inversa. Esas pieles de orgullo que solo su aliento de genio les permitió cargar.
—Desde que desperté —reveló. No tenía caso mentirle ya—. La técnica de bartitsu que hice para protegernos se cobró mi hombro. Un pago mínimo, si puedo decir.
Quiso bromear un poco, aliviar la soporífera tensión que empezó a asfixiarles. Se volvió un hilo que corta. Que duele.
La expresión de William era justo lo que siempre quiso evitar.
—¿Por qué no me lo dijiste, Sherly? —preguntó, haciendo un cambio de tonalidad un poco más suave añadiendo aquel dulce apodo que en sus labios sonaba como una canción favorita.
—No quería llenarte más de agobio. Ya tienes suficiente.
Negando con la cabeza, William se acercó a él. Sus pasos fueron cautelosos, y le lanzó una mirada para que también tomara lugar en el borde de la cama.
—Lo siento, Liam, sé que debí decirte. Pensaba hacerlo cuando estuvieras un poco más estable. De igual forma ibas a darte cuenta.
Pese a sus palabras, William ya estudiaba la cicatriz pomposa con los dedos bajo su barbilla, apoyado por la luz anémica de la vela y que, ante tal escrutinio, Sherlock sintió ansias de cubrirse.
—Es horrenda, no tienes que verla.
—He visto cosas peores —expresó William, todavía con su rostro imperturbable—. Quiero que me lo expliques todo, aunque no sea necesario. Si antes me has mentido, reconócelo y no te lo tendré en cuenta.
—Más que ocultarte, lo hice para mostrarme fuerte ante el gobierno que nos acogió. Necesitaba que usaran todos sus esfuerzos en sanarte y que le fuera útil, al menos, hasta que despertaras. La experiencia me ha enseñado que la mejor forma de protegerte es hacer no mostrar debilidad a tu adversario.
—¿Ese chico, Billy, es nuestro enemigo?
Sherlock negó.
—No, pero mi hermano trabaja para el gobierno, Liam. Sé como funciona esto. Sé también las cosas que me oculta, y nunca pude entenderle mejor, hasta que estuve en la misma situación.
No hablará que las operaciones fueron horribles y que su única petición había sido que lo hicieran junto a la cama de William. Quería ver su rostro y recordar por qué estaba haciendo todo lo que hacía, y que cada grito que pugnaba su boca era merecido para un futuro mejor.
Hubo un largo silencio, haciendo que todos los sonidos en la habitación se amplificaran, dejando al descubierto el reloj de bolsillo que estaba en la cómoda y el tic tac de las manecillas empezó a volverse insoportable. William le miraba con su ojo ligeramente entrecerrados, como si tratara de traspasarle con la mirada y leer en su interior.
—Quiero enojarme contigo por ocultarme algo tan importante, pero sé que habría hecho lo mismo en tu lugar. Quizás mencione que lo que hiciste fue estúpido, pero… —Hizo una pausa, sin dejar de acariciarse distraídamente el labio. Entonces se le arrugó la comisura del ojo y sonrió—. Es lo que me gusta de ti. Quien intente minimizar las acciones de amor como mero acto infantil, es que nunca ha sido niño, o lo ha olvidado. Es insostenible tener un enfado hacia ti cuando has estado llevando esta cruz por los dos.
Los dedos suaves de William temblaron cuando se aproximaron a las correas de la cintura: estaban desordenadas y los ganchos mal ajustados. Hacerlo con un solo brazo debía ser una tarea engorrosa, y sabía qued aquel matemático debió entenderlo rápidamente. Subió hasta donde estaba el centro de los cortes de la operación, deslizándose por los ramalazos que bajaban hasta el brazo y un poco del pecho.
—Tienes una piel preciosa, Sherly.
—Considerando esta situación, no sé si te estás burlando.
El comentario los hizo sonreír un poco, pero no llegó al ojo de William.
—Me refería a la cicatriz. Parece si como la fuesen tallado con un cincel —comentó—. Con el tiempo, quizás solo queden líneas blancas. Como la tiza.
—En realidad tuve varias operaciones y se me infectó por no cambiar las vendas correctamente. Por eso tomó esa forma.
—¿Qué tomas para el dolor? —preguntó William con la mirada huidiza, llenándose de congoja mientras más descubría en su exploración. Lo vio tomar como prioridad acomodarle correctamente su arnés.
—Unos tés en base al opio que me los proporciona el gobierno. Billy me los traerá mañana.
—¿Tienes la receta?
—Sí… —dijo en suspiro cansado—. Debe estar en la cómoda.
—Luego me los das. Quiero leerlos. ¿Cuál fue el diagnóstico?
—Fractura de clavícula y húmero. Si bien el gobierno cuenta con una medicina un poco más avanzada de la que conozco, que pueda moverlo ya es un milagro.
William asintió, aún sin subir su único ojo carmesí al descubierto.
—Liam, ¿podrías mirarme, por favor? —pidió Sherlock, usando sus dedos para posarlo debajo de la barbilla y hacer el encuentro entre el azul y el rubí.
El ojo cristalizado no le sorprendió, tampoco las mejillas húmedas y los labios rotos.
—No me arrepiento de nada, Liam. Mi hombro no se compara con tu vida. Las heridas sanan.
—Pero las cicatrices quedan… —añadió en un sollozo y, luego, se derrumbó.
Un llanto absorbido por el aborigen de la culpa y de la rabia, que Sherlock cubrió con besos en los lagrimales, alisando los pómulos y acariciándole el cabello. Lo abrazó, con su brazo libre, dejando descansar la cabeza de William en su hombro sano mientras le daba palmadas en la espalda.
—No podrás tocar el violín de nuevo —expuso William entre las olas de su llanto—. No podrás volver a tocar lo que amas…
Sherlock quería preguntarse si habría forma de que William no siguiera penetrando las capas de su corazón. La preocupación de un pasatiempo que no se le había pasado por la cabeza y que no consideraba sacrificio más digno si podría seguir viéndole cada mañana.
Los apartó un momento y le esbozó una sonrisa, la más sincera en aquella noche tenebrosa, mirándole a una cercanía que ni el cielo ni la tierra podría saber jamás.
—Estoy, en este momento, tocando a alguien que amo más que a mi violín. —confesó, cubriéndole el rostro con su mano y lisonjear los pómulos demacrados por los meses ausentes.
—Sherly…
—Entiendo cómo te sientes, Liam. Lloré cuando me enteré que habías perdido tu ojo. ¿Sabes lo mucho que me gustan? Y no pude protegerte.
Atrapando la mano que estaba en su mejilla, William negó con la cabeza.
—Incluso si fuera perdido la vista, el habla o alguna extremidad, no se compara con el hecho que has sacrificado tu vida por mantener la mía.
—Te amo más allá de cualquier perdida, Liam.
—Yo también te amo más allá de las heridas, Sherly, de los prejuicios y de nuestras propias limitaciones. Y daría mi cuerpo, mi alma, lo que resta de mí, para librarte de cualquier cruz.
—No me molesta este dolor, si supieras. No quiero que cargues por mí, Liam, quiero que lo hagamos juntos.
William no pudo evitar sonreír entre lágrimas cuando notó la curva de sus labios. No pudo decir nada, ni queriendo, viéndolo luchar con el nudo opresivo en la garganta. Sherlock se acercó y le besó la frente.
—Es una marca de mi victoria. Cada vez que me duele, me hace recordarme que aún respiras. En solo dos días, te he visto sentado en el mueble leyendo un libro o estás tendiendo las camas de nuestras habitaciones. Cada vez que alzo el brazo y me duele, me hace recordar que solo tengo que girarme y ver tu sonrisa, mientras intentas comer mi horrible cena. Sé que juntos encontraremos un camino y que el dolor en la muestra que estamos vivos. Cada vez que me duele, es un recordatorio que ahora estoy tomando tu mano. Las heridas, no son todo el tiempo malas, Liam.
Selló sus palabras con un merecido encuentro de sus labios, así como la luna se tropieza con el mar. Una belleza magnánima del que se cubría la fantasía de amar y ser amado. William lo recibió, soltando un suspiro bajo y hundiéndose en él. Duró muy poco, pero lo suficiente para que llenara de calor sus mejillas.
—¿Me prometes que nunca más me ocultarás algo, Sherly? —pidió sobre sus labios.
—Liam… pude lograrlo hasta ahora porque estabas débil no solo física sino mentalmente también. Que me hayas descubierto al segundo día de estar aquí me hace decepcionarme de mí mismo.
Una risita pequeña se escuchó.
—Estás evadiendo.
—Bien, te lo prometo.
—¿Hay algo en que pueda ayudarte?
Sherlock lo pensó.
—Para bañarme siempre me es difícil. Solo necesito que me alcances las cosas.
—Oh, Sherly, confesamos nuestros sentimientos hace mucho. Verte desnudo es lo primero que deseo acostumbrarme.
Y Sherlock sintió el calor nuevamente invadirle en todo su cuerpo, que tuvo la necesidad de desviar la mirada para rescatar su orgullo viril, pero los brazos de William no le dejaron huir, rodeándolos como un escudo protector.
Si había una cruz que cargar, esta vez, lo harían entre los dos.
FIN.
