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De fondo lo único que se escuchaba era el tic tac incómodo del enorme reloj antiguo que se encontraba en un rincón de la habitación.
—Sr. Isagi. —El doctor había llamado la atención del omega. —Aunque su embarazo va relativamente bien en apenas cuatro semanas, debe balancear mejor la comida que ingiere, no sólo consuma comida chatarra o comprada, sé que es padre primerizo pero trate de seguir las instrucciones que se le dan al pie de la letra.
—Sí, lo entiendo. —El omega quería ocultarse en algún agujero porque Kaiser lo estaba mirando con una creciente molestia.
—Eso espero, su próximo control es en dos semanas. —El médico tomó algunas notas y se las entregó al alfa. —Sr. Kaiser, procure que su omega cuide mejor su alimentación para que su cachorro nazca sin complicaciones y no surjan problemas en el futuro.
—Lo haré, muchas gracias por sus servicios. —El alemán se levantó y se dirigió a la entrada del consultorio. —Vámonos, Yoichi.
El alfa se quedó en completo silencio durante todo el camino hasta que llegaron a la salida.
—Mihya… —Isagi trato de llamar la atención de Kaiser pero este lo ignoro. —¿Estás enojado conmigo?
—Me mentiste. —El alfa sonaba herido y traicionado. —Dijiste que estarías bien sin mí y que podrías prepararte tus propias comidas sin ayuda y vas por ahí comiendo porquerías.
El omega se sintió atacado y ofendido. —Son antojos, Michael, seguro que alguna vez escuchaste sobre ellos.
—Claro que lo hice. —Kaiser se giró para mirarlo a los ojos. —Pero no esperaba que fueras tan irresponsable, nada de dulces ni comida basura para ti desde hoy.
Isagi no pudo responder a esas palabras porque ambos reanudaron su caminata por las calles sin apresurarse. El hospital quedaba a diez minutos de su departamento. Antes de que llegarán a casa el omega visualizó un montón de pastelerías en la calle de enfrente y se le antojaron algunos dulces.
Al menos quería comer unos por última vez.
Lo malo era que no llevaba nada de dinero y no estaba seguro si su alfa estaría dispuesto a comprarle sus caprichos.
—Alfa… —El omega detuvo su andar y llamó a su pareja.
Isagi no solía ser alguien manipulador, pero Kaiser estaba reacio a darle sus dulces. Así que se vio obligado a utilizar su último recurso para conseguir lo que quería.
Agarró la mano izquierda del alfa e hizo que se girará para que le prestara atención.
—No me pongas esos malditos ojos, Yoichi.
—No sé de lo que estás hablando.
—Esos ojos de cachorro… —Kaiser trató de desviar la mirada.
—Alfa, ¡por favor! —Isagi lo rodeó con ambos brazos mientras trataba de que su pareja cediera. —Solo una vez más y prometo que comeré completamente sano por nuestro cachorro.
—Maldito omega manipulador. —Las mejillas del alfa se pusieron rojas y correspondió el abrazo de su omega mientras le daba un pequeño beso en la frente.
—Sabía que no podrías estar enojado todo el tiempo conmigo, Mihya.
Kaiser entrelazo sus manos y cruzaron la calle en dirección a la pastelería favorita de Isagi, —No cantes victoria, Yoichi. Te espera un régimen de alimentación estricto al llegar a casa.
—No arruines el momento, emperador tirano.
Nunca trates de negociar con un omega embarazado, siempre perderás.
