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‒ ¡¡Finalmente!! ‒exclamó Leo apenas levantarse. ‒Ha llegado la temporada más esperada, por la que más nos preparamos todos los años, ¡nuestro mes favorito chicos!
Ninguno de sus hermanos o amigos se había despertado y ya el chico corría por toda la habitación cogiendo y dejando piezas de ropa. Probándose una bufanda y luego otra y luego una tercera, luego un suéter naranja con murciélagos y más tarde cambiándolo por otro color café con fantasmas bordados. Entró un momento al cuarto de baño y salió cepillándose los dientes y exclamando a media voz.
‒ ¡Oficialmente es Halloween! Y este año va a ser el Halloween más espectacular que se les pueda ocurrir. ¡Ya verán! ¡Tengo una lista y no temo usarla! ‒y se escurrió fuera de la habitación.
Mikey, que llevaba un rato observándolo se sentó en la cama y se estiró. Observó a su alrededor antes de pararse, esquivando brazos, piernas y colas. La maratón de películas del día anterior había resultado en una pillamada y era gracioso ver la forma que habían adoptado todos para dormir. Donnie, enroscado con el hocico en el cuello de Robin gruñó y abrazó con más fuerza a su compañera, pero no se movió de donde estaba, ella tampoco. Raph y Cassandra por su parte parecían estar compitiendo en los ronquidos, mientras que April estaba completamente estirada con una pierna sobre Donnie, otra sobre la cola de Raph, un brazo sobre su pecho y el otro entre las orejas de Robin.
Mikey también estaba emocionado con tener la excusa perfecta para dar rienda suelta a su afición por todo lo tenebroso y aterrador, además de por la cantidad de postres con especias que podía hacer sin tanta culpabilidad. Halloween era el mes internacional de las golosinas después de todo. Pero a diferencia de Leo no quería despertar a más nadie, así que recogió su teléfono, uno de los suéteres que Leo había descartado y salió sin hacer ruido.
No le fue difícil dar con su hermano. Solo esperaba que el ruido absolutamente horripilante que escuchaba no fuese su batidora nueva. Lo último que quería era empezar el día gritándole a su hermano por estropearla. Donnie también estaría furioso, aunque encantado en el fondo por la oportunidad de mejorar aún más su último invento.
‒ Feliz Halloween Leo. ‒ lo saludó al entrar a la cocina, ignorando su cara por completo para medir el nivel de desastre.
‒ ¡Mikey! ¡Hermano! Justo a tiempo para ser el primero que presencie este momento histórico.
¨Oh no¨ se dijo internamente el chico, viendo con terror como Leo molía granos de café en la batidora en lugar de usar el molinillo. Iba a reclamarle, pero…
‒ Llevo como 2 semanas sin dejar de ver videos de frapucchinos y capuchinos y lattes y todo eso en TikTok. ‒le comentaba animado Leo, orgulloso de tener público para su proceso creativo ‒ Por lo que puedes considerarme como tu experto total en cuestión de cafés, tés y sucedáneos.
Leo siempre había sido energético y problemático, pero en los últimos años, con toda la responsabilidad del liderazgo y tantos problemas salvando a Nueva York cada otra semana habían tenido un efecto muy marcado en su personalidad. Verlo tan emocionado por un café era nostálgico en cierto modo, y Mikey no pudo más que sonreír y recostarse a la meseta.
‒ Pensé que no te gustaba el café. Además, ¿no que ya tenemos un experto local?
‒ Si, sí. Donnie ahogándolo todo con exceso cafeína e insistiendo que sin azúcar sabe mejor, porque ¨no contamina el equilibrio de sabores y aromas de los granos de café¨. Y vale que prefiero el té el resto del año. ¡Pero es Halloween! La ocasión amerita por un café, y tengo la mezcla perfecta en mente. Ya verás.
Mikey se rio ante la impresión de Donnie. El genio era exquisito en cuanto al café que prefería, llegando al punto de crear el mismo la máquina de espresso para que el proceso tuviera la perfección milimétrica que requerían sus estándares. Y por demás está decir que era un gourmet en cuanto a granos de café. Siempre probando nuevas variedades y perfeccionando sus mezclas personales. Tenía mezclas para todos sus humores y más recientemente para algunos de los de Robin, lo cual sus hermanos consideraron el colmo del enamoramiento y no perdieron la oportunidad de bromear al respecto. Y hablando de él, Mikey estaba completamente seguro que no le iba a hacer gracia que Leo los husmeara y mezclara. Menos aún que los tratara sin ninguna consideración. Pero eso era un problema para más tarde. Ya el daño estaba hecho.
‒ ¿No se toma té en Halloween? ‒ le preguntó.
Mikey a veces tomaba, pero prefería sodas y bebidas azucaradas que cualquiera de los brebajes favoritos de sus hermanos. Y en las festividades siempre chocolate caliente con especias y extra de malvaviscos.
‒Existe té de canela y de jengibre. Ambos son apropiados, ¿no crees? El tipo de té que prepararías antes de sentarte a ver una peli vieja de Scooby Doo y comer galletas mientras llueve afuera y el viento arrastra las hojas.
‒ Sí, podría ser, pero estrictamente hablando sería más apropiado si la bebida tiene leche. Y el té con leche es una abominación. Un horror, una afronta al té. Estoy convencido que el infierno tiene un sitio especial para esas personas.
‒ Para mí sabe bien. ¿Has probado el que prepara Robin? ‒ el gato era tan aficionada al té como Leo, pero siempre estaban discutiendo por los pasos extras.
‒ Sí. Es horroroso. Un poco ya es malo, pero no, ella lo ahoga en leche y miel. Para eso bien podría solo tomar leche caliente con miel. Aunque sus mezclas no son malas, eso tengo que admitirlo. Es frustrante ver tanto talento desperdiciado.
Mientras conversaban ya Leo había vaciado de la batidora los granos a medio moler junto con el polvo, y ahora lo embutía todo en la máquina de espresso y ponía una taza debajo de la boquilla.
‒ Emh, Leo…‒ Mikey trató de decirlo que no era así como debía verse la mezcla. Demasiado tarde. Ya estaba saliendo el café caliente. Si podían llamarle café a eso.
‒ ¡Ingrediente principal listo! Ahora para el resto. Mikey, sol de mi vida, ¿podrías fregar la batidora por mí mientras los reúno? La necesitaré como en dos minutos y no quiero café frío.
‒ Leo, si quieres aprender a cocinar de verdad lo primero es tenerlo todo a mano desde el inicio. ‒ se quejó el chico, pero aprovechó para revisar si las cuchillas no estaban dañadas. Además, si la fregaba Leo de seguro iba a dejar partículas de café por todas partes y de todas formas tendría que volver a fregarla él.
Leo metió la cabeza en el refrigerador y salió con un cartón de leche de almendras, mantequilla, un pomo de crema y 2 naranjas. Los dejó en la meseta mientras abría y cerraba alacenas buscando el resto. Mikey no dejaba de observarlo, sin entender del todo que tenía que ver una lata de conserva de calabaza y medio anaquel de especias con el café, pero aterrorizado de descubrirlo.
‒ Ahora viene la magia. ‒ le prometió su hermano sonriendo. Se le veía tan orgulloso, enseñando todos los pomos y demás elementos aleatorios que había encontrado. Mikey trató de encontrar el patrón o la lógica. Lo único que veía era que había mucho naranja. Y aunque fuese su color favorito era demasiado.
Leo tomó la batidora, aún mojada por dentro, y la devolvió a su base. A continuación, comenzó a añadir de todo un poco. Sin seguir ningún orden aparente y menos aún usar ninguna unidad de medida. Mikey intentó darle al menos sus cucharas medidoras, pero él las rechazó con un gesto airado de la mano.
‒ Nada de eso. Mira y aprende como lo hace un verdadero líder. Yo solo necesito mis ojos y mi intuición de ninja para esto.
Era doloroso de ver. Muy doloroso. Mikey podía no saber mucho de café, podía odiarlo a muerte, pero estaba seguro de que no llevaba mantequilla o pimienta negra, y menos aún un toque de aceite de oliva. Y estaba seguro que canela, clavo, anís, nuez moscada, jengibre, vainilla y cacao eran demasiado para una sola taza. Y encima de eso le añadió un montón considerable de mezcla de especias para pastel de calabaza. Lo cual era redundante, pero al parecer Leo no tenía idea de qué era en realidad, ni había leído la lista de ingredientes. Y a todo eso Leo seguía añadiendo cosas mientras la batidora daba vueltas, produciendo sonidos poco naturales y chirridos, y la mezcla dentro daba vueltas cambiando de colores a cada nueva añadidura. Pasando de blanco a castaño, a naranja a color agua fangosa con algunas franjas más oscuras que parecían no querer mezclarse. Mikey, con una mano sobre su pecho y corto de aliento observaba como su hermano analizaba el brebaje con ojo crítico.
‒ Hay algo mal en el color. ¿Quizás un poco de azafrán? ¿O mejor cúrcuma? Mikey, tu eres el artista y el chef, ¿cuál de esos es que daba naranja?
Mikey tragó saliva.
‒ Leo, escúchame, creo que así está bien. ‒ no lo estaba, pero podría ser mucho peor si trataba de añadir algo de eso.
Su hermano lo miró por un segundo. Mikey trató de sonreír. Realmente lo intentó. Pero su estómago estaba haciendo ruidos raros y arcadas solo con la idea de que tendría que probarlo. Repentinamente envidiaba la habilidad de Leo de escurrirse de situaciones incómodas mintiendo.
‒ No. No lo es. Pero quizás tengas razón en algo.
Mikey suspiro de alivio.
‒ Puedo hacerlo con un poco de colorante. Así no modifico el sabor perfecto que seguramente tiene. ‒ continuo Leo, sin darse por enterado de la preocupación de su hermano menor, y marchando devuelta al refrigerador a encontrar los tintes.
El chico se acercó a la batidora a olerlo. Por mucho que quería apoyar a su hermano a que intentara nuevas cosas y aprendiera no iba a hacerlo a costa de su vida. Tal como lo esperaba. Era demasiado. No había pegado el hocico a la batidora cuando la onda expansiva del aroma lo golpeó completamente. Era peor que entrar en una tienda de especias de un metro cuadrado donde además les gustaban los inciensos baratos y todas las dependientas usaban exceso de perfume. Si Leo no hubiera reaparecido a su lado en ese instante hubiese cogido el recipiente y vertido todo el contenido por el fregadero.
‒ ¡Encontré el naranja! Ahora dame un poco de espacio, ya sé que debes estar impaciente. No te preocupes, quedará suficiente para que pruebes y repitas. ‒le conminó empujándolo con la cadera. ‒ y siempre me tendrás para prepararte más cuando quieras.
Y antes de que Mikey pudiera aclararle que se echaban solo unas gotas él procedió a destapar el frasco y vaciarlo.
‒ Bien naranja, porque sé que es tu color favorito, y ya que eres tan bueno conmigo siempre y te quiero tanto pensé en hacerlo aún más especial para ti. ‒ dijo admirando el magnífico tono radioactivo que cobró la bebida.
Llamarlo bebida quizás era una exageración. Cuando por fin la batidora dejó de girar y se asentó ambos vieron que lo líquido solo lo había aparentado. Leo fue a servirlo en la taza de Mikey y tuvo que usar una cuchara para sacarlo del fondo. Y luego pelear con la masa porque insistía en pegarse en la cuchara y no caer a la taza como debería.
‒ Puede que la receta no fuera así. En lo absoluto. ‒ tuvo que admitir tras terminar con ese pegote en toda la superficie de la meseta, sus manos y brazos y hasta su cara. Dígase, en todos lados menos en la taza donde debía ir. Ahí solo había caído una pequeña porción‒ pensaba que quedaría bien. En los videos lo hacen ver tan fácil…
La expresión de su rostro había cambiado por completo. Como si toda la alegría anterior hubiese sido una fachada y ahora parecía… ¿decepcionado? ¿vencido? Dejando la cuchara con la caprichosa masa de lado desvió la vista a su suéter. Había grandes manchas naranjas y marrones sobre el diseño. No podía creer que había arruinado su suéter preferido siendo tan descuidado. Ni siquiera se había puesto un delantal.
‒ Dámelo, sé cómo quitar esas manchas. Me ha pasado a menudo. ‒le pidió Mikey extendiendo la mano en su dirección.
Leo se lo entregó sin protestar. Dejando más manchas en el proceso. Mikey raspó la mezcla con un cuchillo y luego buscó un trapo de cocina. Tras humedecerlo empezó a pasarlo poco a poco por el suéter, recogiendo el tinte naranja.
‒ Luego solo hay que dejarlo en remojo con un poco de agua y vinagre. Funciona de maravilla ya verás.
Pese a esa afirmación el humor de Leo parecía no mejorar. Tras unos segundos viendo la batidora la tomó entre sus manos.
‒ No tienes que probarlo. Creo que es mejor que nadie lo haga. ‒ le dijo a Mikey mientras llevaba la batidora de vuelta al fregadero. ‒No estoy seguro de que es comestible. Y siendo el médico del equipo estaría en contra de mi juramento hipocrático dejar que se enfermaran.
Mikey se le acercó y tomó la taza. Con ayuda de una cuchara y mucha determinación comenzó a comer. Intentó saborear a fondo la mezcla. La textura era rara, y el sabor demasiado en más de un sentido, pero la mayoría de los componentes se perdían unos en otros. Eso le daba una idea.
‒ Necesita algo de trabajo. Solo un poco.
Leo lo miró con incredulidad.
‒ Mikey, ¿no me escuchaste? De verdad no tienes que hacerlo. ‒ le rogó acercándose. Dispuesto a quitarle la taza a la fuerza si era necesario.
En respuesta Mikey le ofreció una cucharada. Leo dudó por unos segundos, pero si su hermanito se había sacrificado él también podía ser valiente, así que se inclinó a probarla. Su cara pasó por unas 20 expresiones a la vez durante el proceso.
‒ ¡Demasiada canela! ‒exclamó. ‒ ¿A dónde diablos se fue el sabor a café? ¿Y la calabaza?
‒ Es normal que se pierdan. Es por eso que a la gente le gusta el Latte de Especias de Calabaza. Justamente porque no sabe casi a café ¿No es eso lo que tratabas de hacer?
Leo asintió con la cabeza, ligeramente avergonzado.
‒ ¿Te molesta si uso esto para algo más? Tengo una idea. Y si quieres, puedo enseñarte una receta muy fácil para hacerlo. Paso a paso, y con cantidades. Es una receta a prueba de tontos.
‒ ¿A prueba de Leos? Suena perfecta. ‒ respondió este con una sonrisa, limpiando y fregando mientras Mikey buscaba más ingredientes. ‒ ¿Puedo ayudarte con lo que quieres hacer? Lo que sea que sea.
‒ ¡Claro! No hay nada más apropiado que galletas de calabaza recién horneadas para celebrar que al fin llegaba octubre.
