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Despacito, despacito, la lluvia caía sobre la ciudad.
La luz de la lámpara de pie iluminaba el living, cálida sobre las facciones suaves de Cristian. Sentado en el sillón, observaba el cielo oscuro de la noche entrante, con una taza de té olvidada en la mesa ratona haciéndole compañía.
Lisandro entró despacio, haciendo girar su llave dos veces y dejando su rompevientos en el gancho del recibidor. Cuti le dedicó una sonrisa suave que el gualeyo intentó devolver, pero la chispa no llegaba hasta sus ojos.
Cristian lo siguió con la mirada: Licha se sacó las zapatillas (empapadas por la suave pero persistente llovizna) y se deslizó sobre el parqué con sus medias de perrito salchicha en dirección a la habitación. Sin encender la luz, se quitó sus prendas mojadas y emergió al living con un jogging viejo y un buzo de Cuti tres talles más grande, ese que el cordobés insistía en tirar (y de hecho, había tirado, numerosas veces, pero que de alguna manera siempre volvía al tercer cajón de la cómoda) y, sin mucho preámbulo, se acurrucó en el sillón al lado de su novio, su cabeza en el pecho latente de Cristian.
—¿Mal día? —preguntó él despacito. Casi por inercia, su mano acariciaba el cabello mojado de Lisandro.
—El peor de todos —respondió con un suspiro pesado.
—Mm.
Ninguno habló por un rato. A medida que pasaba el tiempo, el cuerpo de Licha iba tomando calor, descansando al lado de Cuti, y su respiración se había tornado más pausada. La luz le daba un brillo distinto a su cabello oscuro, y sus cachetes se habían puesto rosados. Cuti sentía la lluvia caer y sus corazones latir al unísono, y todo parecía como ajeno al tiempo, al mundo — como un abrazo, cálido y eterno, indiferente a todo mal.
«Hacer casita». Así lo había denominado Lisandro, una mañana fría de invierno, cuando su relación estaba dando sus primeros pasos, inseguros pero triunfantes como los de un bebé que aprende a caminar. Cuti se tenía que ir a trabajar, y era extremadamente temprano, y Licha se había quedado a dormir la noche anterior, y aún no habían hablado de que les depararía el futuro si decidían seguir juntos. Pero Licha tenía el ceño fruncido y los ojos vencidos por el sueño, y ante la inminente partida de Cristian hacia el trabajo, se plantó e hizo lo que cualquier adulto razonable haría: aprisionó a Cuti debajo suyo contra el colchón y se pegó a él en un abrazo de oso panda, envolviéndolos a ambos en la frazada.
¿Qué estás haciendo? le había dicho Cuti entre risas y besos.
Casita, Cristian, le había respondido Licha. Estoy haciendo casita.
De a poquito, Licha fue levantándose de su lugar en el pecho de Cuti. El cordobés estaba seguro de que se había quedado dormido: sus ojos estaban entrecerrados (como sospechando, pensó con ternura) y su cara estaba calentita. Lisandro lo observó con detenimiento por un segundo, antes de unir sus frentes con delicadeza.
—Gracias —susurró, como para que nadie más escuche.
Cuti sonrió, inclinándose para besarle la nariz y susurrar:
—Te quiero, casita.
—Lo sos —le dijo—. ¿Sabías? Lo sos.
—Lo somos, entonces.
Licha sonrió.
—Lo somos.
