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—Bueno, entendé lo que quieras, entonces —fue lo último que dijo Licha antes de que la puerta de entrada se cerrara detrás de Cuti.
Estaban siendo semanas duras.
El ritmo laboral venía comiéndole los talones a Lisandro, quien intentaba cumplir con absolutamente todas sus responsabilidades (cuando no con algunas que no eran suyas, ni le correspondían) sin perder el buen humor en el intento, cosa que era difícil con los días de avasallante calor que aplanaban sus ánimos ni bien salía el sol. Encima de todo, el fin de año se acercaba implacable, recordándole al gualeyo que debía dejar todo en orden antes de partir hacia su tierra natal para las fiestas, lo que implicaba otro tipo de problemas.
Licha amaba a su familia, de verdad. Pero, como en todas, había pequeñas cositas que lo sacaban de quicio. Una de esas era la necesidad que tenían de compararlo constantemente con su hermano más grande, Luis. Porque Luis era más inteligente, más capaz, más ordenado, más vivo. Porque Luis se casó a los 25, como sus abuelos, y terminó la carrera de contador público en tiempo y forma, incluso mientras criaba a su hijo, que era igual de listo que él. Porque Luis tenía su propia sociedad financiera, porque tenía futuro, porque tenía todo lo que sus padres habían deseado para él.
Y Licha…
Su mamá diría que era bohemio; su papá, que era más vago. Su abuela lo defendería con que era emprendedor (con un jocoso a pesar de todo siguiendo la oración), y sus primas lo catalogarían como la oveja negra de la familia. El propio Luis sería más compasivo y se limitaría a decir que Licha era diferente, eso es todo, pero se jactaría de sus logros alrededor de la mesa navideña como todos los años.
Licha, en un buen día, se caracterizaría a sí mismo como resolutivo y optimista, como una persona siempre dispuesta a ver lo mejor en los demás y siempre buscando dar una mano donde ésta fuera bien recibida.
Valiente, le había dicho Cuti con simpleza una noche estrellada. Sos valiente.
Afortunado, también. Licha había logrado terminar, luego de años de idas y vueltas, el profesorado con el que siempre había soñado; era profesor de lengua y literatura en una pequeña escuela secundaria y amaba a sus alumnos con la devoción propia de un santo y luchaba por ellos todos los días, contra las injusticias de los directivos y las adversidades que la realidad les presentaba a todos por igual. Su título estaba colgado en el living del departamento que compartía con su novio, quien con orgullo se lo mostraba a quien apareciera por la casa a saludar, como si el recibido fuera él. Licha pagaba sus propias cuentas, hacía sus propios negocios, y no molestaba a nadie. Paseaba a su perrito todos los días con su novio por el barrio que habían elegido como su hogar hace más de cinco años, y se sentía afortunado con la vida que le había tocado vivir.
Pero en un mal día…
Su mamá lo había llamado temprano para coordinar su estadía —la de él y de Cristian— en su casa natal, lo que lo había hecho empezar la jornada con una amarga sensación. Cada año, la pareja se quedaba una semana en la casa de los Martínez; celebraban Navidad, comían las sobras el 25 al mediodía y luego partían hacia Córdoba, para festejar Año Nuevo con los Romero en Capital.
La familia de Lisandro conocía a Cristian hace mucho, pero aún así el cordobés no lograba integrarse bien, y no por falta de interés propia. Había algo en Cuti que “no convencía” a su familia: ya fuera su forma de hablar, su falta de título secundario (Cristian había dejado la secundaria para jugar al fútbol de manera profesional, lo que hizo durante varios años hasta que la lesión lo dejó fuera de las canchas como jugador, pero dentro de ellas como entrenador de inferiores), o su manera de ser en general. Lisandro, enamorado hasta la médula de su mejor amigo de años, no podía entenderlo.
Así que el fin de año siempre traía emociones encontradas para él. Amaba volver a ver a su familia y abandonar el caos rutinario de Buenos Aires por un ratito, pero odiaba tener que achicarse y sentir que lo que tenía para ofrecerle a Cristian era un ambiente de cordialidad y superficialidades, lo contrario de lo que le ofrecía el cordobés a él: una familia que lo quería y lo integraba como uno más. Ya lo habían charlado, y Cuti siempre lo tranquilizaba con las mismas palabras: yo estoy de novio con vos, no con ellos. Mientras vos me quieras, el resto me puede odiar para siempre.
Y en un buen día, a Licha le bastaba saber que su novio era feliz con él. Que lo quería a pesar de todo. Que lo importante no era lo que su familia creyera, sino lo que él mismo sentía en su corazón.
Pero en un mal día…
—Mi amor…
Cuti no levantó la vista de su celular. —¿Mm?
—Estaba pensando —empezó Licha, ansioso, tomando un almohadón del sillón entre sus manos y ubicándolo en su regazo—. Estaba pensando—
—Sano ejercicio —acotó Cuti, ganándose un almohadonazo en la cabeza, y al mismo tiempo un beso por haber dejado el celular para escuchar atentamente a su novio—. ¿Qué estabas pensando?
Lisandro sonrió. —Nada, coso. Hoy me llamó mi vieja…
—Mhm… —murmuró el cordobés desde su lugar en el regazo de Licha.
—Y nada, me preguntó qué onda, cómo venimos para fin de año…
—Ajá…
Licha le quitó una pestaña caída a Cuti con delicadeza, quién la sopló luego de pedir un deseo.
Su novio era tan, tan hermoso. Así, relajado, viendo a Lisandro con atención.
—Bebé.
—¿Mm?
—Me estabas contando y te colgaste.
Licha se aclaró la garganta. —Cierto. Bueno, nada, eso. Que me llamó para hablar del viaje.
—¿Y? No es nada nuevo, falta poco para que vayamos.
—Sí…
Cuti se incorporó, sentándose frente a él en el sillón. Se conocían hace demasiado tiempo, y Lisandro nunca había sido bueno para esconder sus emociones.
—¿Pasó algo? Sabés que me lo podés decir sin vueltas, amor.
Lisandro cerró los ojos e inspiró. Odiaba tener estas conversaciones, esas en las que sentía que tenía a su mamá espiándolo por la ventana, para ver si hacía lo correcto.
—Sí y no. O sea– no pasó nada. Pero me contó que Victoria invitó a algunos familiares suyos a nuestra casa, a la cena de Navidad, y viste como es su familia…
Cuti sabía. Victoria –contadora, esposa de Luis y cuñada de Licha– provenía de una familia acaudalada y muy tradicional. Eran conocidos en Gualeguay por las hectáreas de campo que administraban, y su apellido sonaba a plata. Apenas el sobrino de Licha había nacido, la familia de Victoria había comenzado los trámites para que tuviera la ciudadanía italiana y también la inglesa, por si “el país no daba para más” y tenían que emigrar.
Al fin y al cabo, gente muy diferente a Lisandro y Cuti.
—Sí, bastante conchetos —resumió—. Vos… ¿pensás que nos dirán algo? Por ser pareja, digo.
Licha negó con la cabeza.
—No, no creo… Si el hermano de Victoria, Fran, también está de novio hace rato con un tipo. Rodrigo, creo que se llama. No, no creo que hagan drama por eso.
Cuti se acomodó, frunciendo el ceño. —¿Y entonces?
Licha inspiró una vez más. Qué ganas de ser un potus, pensó.
—Nada, mamá llamó para avisar eso. Y puso mucho énfasis… en la ropa.
La cara de Cuti se endureció.
—Tipo, me dijo que preparemos bien la ropa para el 24 a la noche —se apresuró a aclarar Licha—. Me estuvo mostrando lo que se van a poner los demás, y más o menos van a caer de traje, por lo que me estuvo diciendo. Son unos exagerados, pero bueno. Te quería avisar.
—¿Me querías avisar? —respondió Cuti con la voz áspera—. ¿A mí específicamente?
—No, no —Licha levantó las manos para aplacar—. Te estaba diciendo nomás, lo que me dijo mi mamá. Lo que nos dijo, bah.
—Ah —Cristian se levantó del sillón— porque lo estabas haciendo sonar como un aviso para mí, específicamente. Ya sé lo que tu mamá piensa de mí, pero no me imaginé que vos creías lo mismo.
A Lisandro se le cayó el estómago al piso.
—Cuti…
El cordobés chasqueó la lengua. —Si vos no pensaras lo mismo, me lo habrías dicho como un comentario. ‘Che, avisó mi mamá que va a ser elegante el tema’ y listo. Pero si me lo tenés que decir así, si tanto te cuesta, debe ser porque por dentro pensás que no voy a estar a la altura. Que voy a caer con malla y ojotas, no sé.
Licha torció la boca. No era justo. Cuti sabía lo mucho que significaba para él quedar bien frente a su familia.
—No es como si no lo hubieras hecho antes —dijo por lo bajo.
A Cuti se le cambió la cara. —¿Qué?
—Dale, mi amor. Si fuera por vos vivirías con un shorcito de fútbol y descalzo, no te hagás. Es lógico que mi vieja sienta la necesidad de avisarte que va para más el evento —retrucó, como remarcando lo obvio—. ¿No te acordás del bautismo de Luchito?
—Licha —respondió Cuti, incrédulo—. Sabés que me perdieron la valija en el avión. Me tuve que ir con lo puesto– lo sabés. No puedo creer que me lo estés reclamando tres años después.
Polito, que hasta el momento había estado dormitando en su almohadón, levantó la cabeza, en alerta. No le gustaba para nada cuando sus papás cambiaban los apodos tiernos por tonos filosos.
Lisandro se paró también. —No te estoy reclamando nada, Cristian– nada más te estoy diciendo que hay razones para que mi vieja sienta que es algo sobre lo que hay que llamarte la atención. Nada más.
—Tu vieja y vos, aparentemente.
—¿Cómo?
Cuti lo miró a la cara, tristeza pintando sus ojos marrones.
—Al final vos estás de acuerdo con todo lo que tu familia piensa de mí —murmuró, abatido—. Me decís que no, pero se te nota. Si no soy suficiente para ellos, nunca voy a ser suficiente para vos.
Licha frenó en seco. Estaba cansado, cansado de su trabajo, del calor, de su familia y de que todo últimamente se haya transformado en un problema. De alguna manera, lo que debía ser una conversación al pasar se transformó en una pelea desproporcionada.
Pero ya no podía achicarse.
—No sé de dónde sacaste todo este análisis de telenovela de algo tan simple, Cuti, pero te juro que acá el malo no soy yo. No sé por qué metés a mi familia en todo esto. No serán los mejores, tienen sus falencias como vos y yo, pero, ¿de ahí a decir que no sos suficiente? Me parece un poco exagerado.
Cuti no respondió. Pasó al lado de Licha sin tocarlo ni dedicarle una sola mirada y enfiló para la cocina, al cajón donde guardaban la correa de Polito y las bolsitas para sus necesidades.
—Polo —llamó con la voz firme una vez que tuvo la correa en mano. Polito se levantó de su almohadón con movimientos pausados, como si pudiera sentir la tensión en el aire, y se dirigió lentamente hasta los pies de Cuti. No miró a Licha una sola vez—. Nos vamos a pasear. El enano no salió en todo el día.
—Cuti–
Cristian se miró a sí mismo, estirando su remera con una mano. —No tengo tiempo de cambiarme. Ojalá no se ofendan los vecinos de que ando con el pantalón de Belgrano desteñido de siempre. Pero ya viste como soy, ¿no?
Licha murmuró una respuesta que Cristian no logró oír, y la puerta se cerró detrás suyo.
*
Cuti no volvió enseguida.
Los paseos con Polito solían tomarles quince, veinte minutos como mucho. Treinta si estaban inspirados, y Polito tenía muchas ganas de pasear.
Había pasado una hora y aún no habían vuelto.
Cristian había tenido la delicadeza de dejarle un mensaje a Licha, haciéndole saber que se habían cruzado con Moli en la plaza y que éste lo había invitado a merendar a su departamento. Lisandro no se molestó en responder que ya eran las nueve de la noche, y que la cena iba a estar lista en cualquier momento; primero, porque era mentira, y segundo, porque el nudo en su garganta y estómago no le dejaba pensar.
Había sido innecesariamente cruel. Debería haberse retractado, apenas emitió las palabras, porque sabía que no eran ciertas. No debería haberle pegado ese golpe bajo con lo del bautismo de su sobrino, porque, tal como el cordobés le había retrucado, no había sido su plan presentarse a la iglesia en bermudas y una camiseta de fútbol. Y Licha lo sabía; y lo más importante, sabía el esfuerzo que había hecho su novio para poder estar allí, para acompañarlo en su bendición como padrino del niño.
Lisandro se había equivocado en todo, y Cuti había tenido razón en todo, excepto en una cosa (y esto era crucial): Lisandro no coincidía en lo más mínimo con su familia. Todo lo que su familia resaltaba de manera negativa de Cristian, era lo que Licha más amaba del cordobés: su manera de ver las cosas, con tanta amplitud y proyección; su forma de ser, desinteresada y caritativa; su sinceridad y su gran corazón; su buena predisposición incluso ante la adversidad más grande. Sus ganas de siempre seguir adelante.
Su amor incondicional.
La manera en que siempre estuvo ahí para Lisandro, incluso antes de ser pareja. Cuando Licha perdía una materia por algún que otro profesor mala leche, cuando algún ex novio le hacía pasar un mal trago. Cuando Polito llegó a sus vidas, tres meses en la relación y ambos sin trabajo, y Cuti no hizo otra cosa que googlear la veterinaria más cercana para que todo estuviera en regla con su nuevo perrito. Cuando llegó la primera Navidad juntos, y la familia de Lisandro no reaccionó de la manera en la que el gualeyo esperaba, y Cuti le hizo saber que no pasaba nada. Que le dolía, sí, pero que entendía que eran opiniones propias y válidas, y que sabía que Lisandro no sentía lo mismo que ellos, que eso le bastaba.
Pero en algún lugar Licha lo descuidó — de alguna manera hizo que su novio creyera que él estaba de acuerdo con las críticas de su familia. Algo en su actuar dio a entender que estaba inconforme, que Cristian no era suficiente, y eso era lo que más le partía el alma. Saber que Cristian había llegado a creérselo también.
El tono de llamada de su celular hizo que su corazón diera un vuelco en su pecho.
—¿Hola? —respondió, esperanzado.
—Hijo, hola —oyó la voz de su mamá del otro lado.
Licha se acomodó en su cama. No estaba de humor.
—Ah, hola, má.
—¿Así saludás a tu madre ahora? ¿Con tanto desgano?
Licha suspiró. —Perdón, es que pensé que eras otra persona.
—Mm —el tono de su madre se suavizó—. Perdón, supongo. Quería saber cómo iba todo. ¿Hablaste con Cuti?
Las ganas de llorar invadieron a Lisandro. Quería contarle a su mamá lo que había pasado, pero, al mismo tiempo, no quería su consuelo. No se lo merecía, con como se había portado.
—Sí, má. Le conté lo que me dijiste de la familia de Victoria, así que ya está al tanto.
—¡Buenísimo! Así van a tener tiempo de conseguir ropa, si es que no tienen nada acorde.
Licha entendía, de corazón, las intenciones de su mamá, pero el comentario hizo que su sangre hirviera. Fue como si escuchara sus propias palabras, esas que hirieron a su novio más temprano, que calaron tan profundo, siendo devueltas por su madre en el teléfono.
¿Así había sonado?
—Sí, má, igual, sabés qué me di cuenta —dijo luego de un minuto de silencio—. No vamos a poder ir para Navidad.
Esto alertó a su madre, quien había estado rellenando el silencio hablando del vestido que había elegido para la noche de Navidad.
—¿Qué? ¿Por qué, corazón?
—Lo estuve pensando… y la verdad no tengo ganas de ver a la familia de Victoria —Licha no comprendía muy bien de dónde había salido este ataque de sincericidio, pero ya estaba en el baile, así que decidió bailar—. Ya sabés que no me llevo muy bien con ella. Desde el día uno me llevó la contra, aprovecha cualquier momento para hacerme sentir inferior… Prefería que cualquiera fuera padrino de Luchito antes que lo fuera yo. Siempre intento poner buena cara por Luis, y por Luchito, pero sinceramente… me cansé. Este año fue duro y la verdad que no sé si tengo ganas ni fuerzas de fingir para que ella y su familia de oro estén felices conmigo y con mis decisiones.
Lo dijo todo casi sin respirar. Y sin llorar, se felicitó internamente.
Su mamá titubeó. —Ay, Lisi… la verdad que me tomás por sorpresa con todo esto. No sabía que estaban tan mal las cosas con Victoria.
—Si preguntaras… —respondió, más como un deseo que como otra cosa. Aprovechó el momento de coraje para decir lo siguiente, lo que le pesaba en el alma—: Y la verdad no es solo por ella. No me gusta tener que llevar a Cuti a un lugar donde no se siente bienvenido. Y no es porque se lo invente; ustedes tampoco han elegido darle un lugar en nuestra familia. Él le pone toda la buena fe y ustedes eligen siempre resaltar lo que ven de malo en él– y no me digas que no. Me gustaría terminar el año rodeado de gente que me quiere– que nos quiere por lo que somos, y no a pesar de cómo somos.
Los latidos acelerados del corazón de Licha eran lo único que se podía oír, ya que del otro lado del teléfono había silencio absoluto. Tanto, que Licha pensó que la llamada se había cortado.
—Hijo… —su mamá hizo una pausa—. No sé qué decirte. Esto es nuevo para mí. No sabía que pensabas todas estas cosas de nosotros, pareciera que somos el villano de la película…
Lisandro podía sentir lo que se venía, así que se atajó:
—No me vengas con que no te diste cuenta, má. Ya estamos grandes. Sé lo que piensan de mi novio, y sé lo que piensan de mí. No hace falta que nos disfracemos. Solamente quería avisarte que nos vamos a quedar en Buenos Aires para Navidad, así que no nos cuenten para la cena —su madre no respondió enseguida, así que Lisandro exhaló y se sentó en la cama—. Si querés, después podemos hablarlo bien. Hoy estoy muy cansado.
—Bueno, hijito. Como vos quieras —su mamá tenía ese tono de que se había quedado con ganas de discutir—. Te quiero mucho, mandale un beso grande a tus dos compañeritos, por favor.
Si me perdonan, lo hago, pensó.
—Dale. Un beso para ustedes —dijo, y colgó.
Se sentía diez kilos más liviano. Jamás hubiera pensado decirle todo eso a su mamá en una simple llamada —de hecho, varias sesiones de terapia le habían dado la impresión de que debía ser una charla más ordenada, en persona, con todos los personajes a disposición— y sentía que había hecho lo correcto. Lo correcto para él, y, sobre todo, para su novio.
Su novio.
Licha saltó de la cama tan rápido que casi se desmaya (maldito calor y los bajones de presión) y se apresuró en ponerse las zapatillas. Tenía que ir a buscarlo, a él y a Polito, y disculparse, y rogar que lo perdonen.
Pero cuando abrió la puerta de la habitación, se encontró con que no debía caminar muy lejos.
Cuti acababa de llegar, con un Polito sediento y una bolsa de delivery en la otra mano.
—Pedí unas empanadas —dijo sin mirar a Licha, preocupado en sacarle la correa a Polo—. No sé si te van a gustar, el local que te gusta no estaba abierto, y–
—Cuti —lo cortó Licha, casi sin aliento.
—No sé qué le pasó al viejo ese, me había dicho que abría los domingos también pero parece que le pintó cerrar hoy, así que bueno–
Licha se acercó. —Cuti.
Polito ya estaba libre de sus riendas, y tomaba agua de su bebedero, pero Cuti seguía sin mirarlo.
—Ah, Nahuel te manda saludos. Me dijo que no tiene problemas de cuidar al gordo cuando nos vayamos a Gualeguay.
—No nos vamos a ir a Gualeguay.
La trampa sirvió. Cuti lo miró a los ojos, sorprendido.
—¿Cómo?
Licha se acercó un paso más, hasta quedar frente a él. Nunca a su altura, porque el cordobés le sacaba una cabeza, pero lo más cerca que podía estar sin chocárselo, aunque quería meterse adentro suyo, adentro de su corazón, y no salir nunca más.
—No nos vamos a ir a Gualeguay —repitió despacito, y tomó una de las manos de Cuti entre las suyas, entrelazando sus dedos— porque soy un boludo, y te amo, y te quiero pedir perdón por haberte hecho sentir mal.
Cuti apartó la mirada. La luz tenue de la lámpara en un rincón iluminaba su perfil, tan hermoso y tan sincero, y remarcaba el puchero que se estaba formando en sus labios.
Licha lo guió hasta el sillón. No iba a ofenderse si su novio elegía no mirarlo, pero necesitaba que escuchara sus palabras con atención.
—Te quiero pedir perdón —le dijo—. Sos la persona más buena, más atenta, más dulce que conocí en mi vida. Sos lo más lindo que tengo. Aunque no te tengo, porque sos una persona, no un objeto, pero– sabés a lo que voy. Es un privilegio para mi que me elijas, a pesar de todo.
Cuti aún no lo miraba, pero Licha sabía que lo estaba escuchando, si la manera en la miraba sus manos entrelazadas valía como indicación. Quería pensar que sabía que estaba hablando con la verdad.
—Perdón por hacerte dudar de eso. De mi amor por vos. Te amo, y sos más que suficiente para mí. Desde el día uno. Nunca tuviste que hacer nada para volverte suficiente; con el solo hecho de que existas me basta —Cuti sonrió, y Licha soltó una risita nerviosa—. Pero vos vas y hacés mil cosas para que yo me siga enamorando, me siga maravillando con lo hermoso y bueno que sos. Así no se vale.
Polito acotó un lloriqueo. Quería que lo suban al sillón.
—Ahora no, hijo, que estoy ocupado viendo si tu padre me perdona o tenemos que firmar los papeles de tenencia compartida —le dijo Licha, apuntando a la cucha y haciendo que Cuti se ría—. Perdón. ¿En qué estábamos?
Cuti lo miró de costado, con esa sonrisa hermosa que Lisandro siempre quería besar, y respondió tímido:
—Estábamos en que cada día te enamorás más, porque soy lo mejor que caminó sobre la Tierra, o algo así.
—Eso. Es verdad, ¿sabías?
Cuti sonrió, pero su cara se tornó sombría.
—Tu familia no piensa lo mismo —dijo, soltándose del agarre suave de Licha.
Por segunda vez, Licha se tragó las ganas de llorar. No le correspondía a él.
—Quizás no —repuso—. Mi familia tiene sus opiniones. Infundadas, en mi opinión. Siempre fueron así con todo. La vara está tan alta que ni ellos pueden alcanzarla.
Hablar de su familia siempre suponía un trago amargo, más aún con la conversación con su madre aún fresca en su mente, y el miedo de haberse equivocado acechándolo.
Pero al levantar la vista y ver la mirada de Cuti, abierta y sincera, supo que había hecho lo correcto.
—Pero no importa lo que ellos piensen —siguió—. Vos me dijiste eso una vez, ¿no? Que vos estabas de novio conmigo, no con ellos.
—Sí —asintió el cordobés—. Pero… ahora no estoy tan seguro de qué pensás de mí. Ellos son tu familia, Licha, yo…
Su voz se partió en la última sílaba, y a Lisandro le partió el alma ver a su novio hacerse chiquito, bajar la cabeza. Lo último que Cristian se merecía era pensar que su novio no lo valoraba, que no iría a bajarle la luna si él se lo pedía.
—Vos sos mi familia —dijo el gualeyo, tomándole las manos una vez más. Necesitaba que Cuti entendiera, lo necesitaba más que a nada—. Sos mi familia desde el primer día, desde que me viste llorando por un pelotudo en el parque y te acercaste a darme un pañuelo. Sos mi familia desde que me permitiste a mí conocerte, cuidarte, ser tu amigo. Sos mi familia desde que me dijiste que siempre tenía un lugar en Córdoba, si en Gualeguay no me recibían bien. Necesito que entiendas– vos sos mi persona. Sos mi lugar en este mundo. Vos sos– Cuti, vos sos mi hogar.
Los ojos de Cuti estaban llenos de lágrimas, pero el apretón que le dio a las manos de Licha le dio al gualeyo lo que necesitaba para seguir.
—Y no lo digo porque estoy arrepentido de todo lo que te dije, que lo estoy —siguió Lisandro, acercándose aún más y acomodando el pelo de Cuti detrás de su oreja—. Lo digo porque es lo que siento. Acá, con vos y con nuestro hijo –que no puedo llamar por su nombre porque sino va a querer subirse al sillón de vuelta– acá soy feliz. Este es mi lugar en el mundo. Y deseo de corazón que vos también lo sientas así, que yo pueda darte eso también. Porque te lo merecés más que nadie.
Licha sintió una lágrima traicionera rodar por su mejilla, pero no quería perder el momento y dejar algo en el tintero, por lo que se limpió con su manga y siguió.
—Perdón por haber dejado que mi familia se metiera en mi cabeza —dijo finalmente—. Ya sabés lo fácil que caigo en hacer lo que ellos esperan de mí. No es excusa, pero…
—Licha —cortó Cuti—. Yo sé.
—Sí, pero igual. No te merecés que mis inseguridades te afecten. Voy a trabajar en eso, te lo prometo. Pero de verdad, no quiero que te quedes con la idea de que secretamente yo pienso lo mismo que ellos. Es… es lo contrario. Creeme, por favor.
Licha ya no sabía más cómo hacerle llegar el mensaje, cómo decirle que lastimarlo era lo último que quería hacer en esta vida. Se había quedado sin palabras, pero parecía que Cuti había entendido igual.
—Mi amor —le dijo en un susurro—. Gracias.
Cuti se acomodó mejor, sentado como indio en el sillón, sus rodillas rozando las de Licha. Sus manos encajaban perfecto, como si estuvieran hechas para no soltarse.
—Gracias por… por decirme todo esto. Me diste miedo hoy —dijo, y una lágrima se escapó sin permiso por la cara de Licha. Cuti la limpió—. Me dio miedo… no sé. Haber estado viviendo una mentira. Pensar que vos estabas feliz conmigo, pero al final haber estado limitándote.
Desde su camita, Polito soltó un bufido, haciendo que Licha emita una risa mojada.
—Me dolió pensar que todo lo que me decías había sido mentira. Y que pensabas lo mismo que tu familia– que, al final, estás mejor sin mí.
—Nunca —susurró Licha.
Cristian sonrió. Estrechó a Licha en sus brazos en un abrazo de oso de esos que ambos amaban mucho, y exhaló.
—Gracias por decirme todo esto. Pero no digas que tenés que manejarte vos solo y trabajar en las cosas que te lastiman. Yo sé que con tu familia no la tenés fácil y que estas cosas te afectan mucho, pero nunca te diría que te arregles vos solo. No estás solo —enfatizó—. Sos el amor de mi vida, obvio que sos mi hogar. Vos y el gordito bondiola que anda ahí morseando y que en breve nos va a atacar para que le convidemos empanadas.
Licha rió contra su hombro.
—Y no tenemos que quedarnos acá para las fiestas si no querés —siguió Cuti, volviéndose para mirarlo a la cara—. Podemos ir, y prometo ponerme bien pituco. Yo sé que te gusta ver a tu familia a fin de año.
—A mí me gustás vos —respondió Licha con una media sonrisa. El corazón le pesaba, igualmente, porque Cuti se sacrificaría hasta el final de los días con tal de que Lisandro pudiera estar feliz—. Y no quiero ir. Ya se lo dije a mi mamá. Prefiero pasar las fiestas con vos, donde vos te sientas cómodo– y prefiero pasarlas con alguien que me quiera por como soy.
—¿Y dónde encontrás de esos? —bromeó Cuti.
Licha lo golpeó suavecito en el hombro. —No digás esas cosas, Cristian Gabriel. No sé si estoy para un segundo discurso de por qué te amo tanto.
(Se lo diría todos los días, en realidad, pero no hay que dejar que se le suban los humos).
—Podemos quedarnos acá en el departamento, ver quiénes se quedan en Buenos Aires y festejar. O podemos irnos a algún lado– vos siempre quisiste visitar la costa argentina. Lo que vos quieras, mi amor. Yo quiero que vos seas feliz.
Cuti le dejó un beso en la sien. —Yo también quiero que vos seas feliz. Por mí, celebramos en un puestito de panchos. Si es con vos, voy a estar feliz en cualquier lado.
Licha lo miró desde su lugar en su hombro. —¿Sí?
—Obvio, mi amor —le respondió Cuti, esta vez con un tierno beso en los labios—. Te amo.
—Yo también te amo.
Polito ladró, sintiéndose excluido.
—Y a vos también te amo, gordito —le dijo Licha con esa voz que le ponía siempre, exclusivamente para él, levantándose del sillón y tomándolo en brazos—. ¿Querés que nos vayamos a San Clemente con papá? Te podemos comprar ropita de playa…
—No podemos comprarle más ropa a Polito hasta el año que viene —dijo Cuti, irguiéndose—. Estamos en números rojos por todos esos suéteres que le compraste en invierno.
—Totalmente necesarios —respondió Licha—. ¿O no, Polito? Ese gorrito de lana de Minion era im-pre-scin-di-ble, decile a papá.
Cuti giró los ojos, desperezándose, y se acercó a Licha y su hijo. —¿Comemos, manga de vagos?
—Sí —dijo Licha, pidiendo un beso y sonriendo cuando lo consiguió—. Vamos a ver qué onda esas empanadas que trajo papá, Polito.
—Si no les gustan, ahí está la puerta —bromeó Cuti, prendiendo el horno para calentar las empanadas—. Se pueden ir cuando quieran.
Ni en pedo, pensó Licha, y comenzó a poner la mesa.
