Chapter Text
Tienes cinco años cuando lo notas por primera vez.
Es el cumpleaños número ocho de tu tercer hermano mayor, Cedric, y una cuerda delgada de color rojo se anudó en su dedo anular izquierdo, extendiéndose a la distancia, lejos muy lejos. Sucedió justo frente a tus ojos inocentes, demasiado fantástico como para ser ignorado (y nunca habías visto que esto sucediera antes). Tu hermano -aunque tenía un brillo de alegría en sus ojos azules- parecía… triste al ver el hilo, como si algo malo fuera a pasar.
Corriste a los robustos brazos de papi al ver tan mágico suceso y la pregunta salió tu boca con rapidez.— ¡Papi, papi! ¿Qué es ese hilo que tiene Cedric?
Papi alzó la mirada para ver a Cedric en cuestión, sus ojos vidriosos estaban fijos en el hilo rojo.
— Es... Es un lazo, nena.
— ¿Por qué Cedric se amarró un lazo en el dedo? —vuelves a preguntar, ¡la inocente curiosidad de un niño pequeño!
— Lo sabrás cuando crezcas.—respondió papi, sin ofrecerte más información.
Pero eso fue suficiente para ti, porque un día crecerás, serás una niña grande, y lo sabrás. Sonríes por eso.
Cedric tira felizmente del hilo, juega con él como lo hace un gatito, y el cumpleaños transcurre sin más: juegan a las escondidas y a perseguirse entre los árboles, los adultos charlan en una esquina sobre cosas de adultos, Cedric abre sus regalos, cortan el pastel y la fiesta termina casi a las once de la noche. Lo típico.
No pasa mucho tiempo después del cumpleaños de Cedric, cuando mami anuncia un viaje junto a él. Tu primer hermano mayor, Allen (de doce años años), tenía el ceño fruncido y se mantuvo callado, tu segundo hermano mayor, Félix (el gemelo de Allen), miró a mami con una expresión triste mientras que papi, con sus ojos de cachorro, solo preguntó si quería que él les acompañara. Sientes que todos saben algo que tú no, algo muy malo, pero no sabes qué es y temes preguntar al respecto (mami a veces no tolera cuando te pones preguntona).
Sin embargo, los temores merman al recordar las palabras de papi, sabrás más cuando seas mayor, cuando seas una niña grande, por ahora solo le sonríes a Cedric y le deseas un feliz viaje. Cedric y mami regresan un par de días después; el dedo de Cedric está tan desnudo como antes de su cumpleaños número ocho: ya no hay hilo rojo.
— Mami.
Es un sábado por la tarde, tus hermanos discuten por quien juega en la consola de videojuegos, papi permanece en un sillón mirándoles pelear (aunque les regaña cuando las cosas están por descontrolarse, tú solo ríes), coloreas tranquilamente el nuevo libro que papi te trajo, con imágenes de flores y animales. Y mami… mami solo está ahí, sentada en otro sillón al otro lado de la sala de estar, pero sin ver nada en específico; asumes que está cansada por el viaje.
No obstante, tu curiosidad puede más y te atreves a hablarle.
— ¿Qué quieres, Enid? —preguntó mami, sin mirarte, su rostro cansado y triste.
— No le hables así a la niña, Esther.—advirtió papi. Tus padres se miran hasta que mami decide apartar la mirada, y papi vuelve a concentrarse en ti.— ¿Qué ocurre, nena?
— ¿Qué le pasó al hilo de Cedric?
Silencio. Todos se miran las caras, mami arruga las cejas en esa expresión de descontento tan familiar (cuando está a punto de regañarte, como cuando olvidaste lavarte las manos antes de comer), papi siquiera sonríe y Allen y Félix ignoran la pregunta, como si tú nunca hubieras dicho nada (ellos ya son grandes, te ignoran de todos modos). Y Cedric en cuestión…
— Ya no hablemos de eso, Enie.—pide, concentrándose únicamente en controlar al pequeño Mario en la pantalla.— Por favor.
Papi solo asintió y te miró con ojos tristes, instándote a ceder a la petición de Cedric. Tú misma te sentiste decepcionada.
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Tienes ocho años cuando tu propio hilo rojo aparece en tu dedo anular izquierdo.
No fue en tu cumpleaños, como había pasado con Cedric, sino meses después, a mediados de octubre. Ocurre durante una de tus carreras en el bosque circundante, donde la manada solía correr durante las noches de luna llena, te tropezaste en tu camino de vuelta, tus rodillas se rasparon al caer, pero fue cuando lo viste. No podías creer lo que tus ojos veían ¡una nueva oportunidad para saber que era el hilo misterioso! y tiraste de él, le diste vueltas y trataste de ver hacia donde se dirigía.
Y supiste de inmediato que nadie debía saberlo.
Temiendo un destino similar al de tus otros hermanos, o que si mostrarlo ante el mundo anularía la magia, decidiste ocultarlo de tus padres ¡estabas segura de que ellos nunca debían enterarse! Y te escabulliste a tu habitación mientras tus hermanos discutían qué iban a comer. En la soledad de tu habitación, rozaste tu dedo contra el hilo, de alguna manera se sentía tangible pero no allí en absoluto. Real pero también sólo una parte de tu imaginación, te gustaba su brillante color rojo, como el de una fresa o el de una frambuesa, y cómo parecía estirarse más allá del bosque y cómo, incluso cuando tiraste de él con fuerza, esté solo se retorcía. Nunca se rompió.
Y notaste que tu dedo se volvía púrpura cuando una fuerza misteriosa tiraba con demasiada fuerza, lo que ocasionó una risa. Tiraste de él en respuesta y, casi de inmediato, sentiste que algo se atraía hacia ti, casi como si hubieras jalado a algo (o alguien) desde el otro lado. ¡Qué increíble! Te pones de pie caminando hacia la salida de la habitación, siguiendo el hilo, curiosa por saber qué podría haber al otro lado del hilo.
¿A dónde conduce?
¿A qué parte del mundo quiere este hilo rojo que vayas?
¿Qué está al otro lado?
— ¿Enid?
Te encuentras con mamá (en algún momento de tu vida, mami se convirtió en mamá, y nunca volvió a ser mami) sin siquiera darte cuenta de que está allí. El pánico creció en ti, porque mamá no debía estar en casa, había salido de viaje con papá, y siempre podías sentir cuando ella se acercaba a tu habitación, escuchabas sus pasos en las escaleras, antes de que apareciera.
¡Oh, no! Piensas, estabas tan distraída con el hilo que siquiera te diste cuenta.
— Deberías fijarte por donde caminas, Enid.—te regaña con solo un leve sonido de interés en su tono, agachándose a tu altura mientras colocaba su mano en tu hombro.— Tu papá te espera abajo, te trajimos algo de casa de la tía Carolina.
Miras a mamá con grandes ojos azules, y antes de que puedas asentir en respuesta, desenredarte de su agarre e irte corriendo a los brazos de papá, la atención de mamá cae en el hilo rojo que se estira. La decepción es un poco amarga al ver que mamá también puede verlo, y empiezas a temer, porque es la misma mirada en sus ojos como cuando el hilo de Cedric apareció en su cumpleaños.
— ¿Qué es esto? —te pregunta. Se acerca para tocarlo y sientes un repiqueteo de energía, una chispa como un relámpago, desagradable, como si aceite caliente chisporroteara a través de tu piel.
— Simplemente apareció, mamá.—respondes, tirando de tu mano hacia atrás lo suficiente como para que mamá deje de tocar el hilo.
No quieres que te pase lo mismo que a Cedric. Quieres saber qué significa este hilo, o qué está atado al otro lado, quieres saber por qué deben cortarlo.
— Muy bien, le diré a tu papá.
Y mamá no insiste en el tema, solo mira el hilo detenidamente y se marcha de tu habitación.
Pero sabes que no terminará aquí.
Mamá nunca se rinde, mamá siempre sabe más.
— Enid, ven aquí.
Es una mañana de un nublado y triste miércoles. Mamá te llama, papá no está en la casa y tus hermanos están afuera, jugando en la tierra o mejorando su cacería para la próxima luna llena. Cuando vas hacia ella, ves la mirada de decepción en sus ojos, y trae unas extrañas tijeras consigo, unas que se asemejan a las tijeras de costura de tu abuela.
— Dame tu mano izquierda, niña.
Temblorosamente y con mucho miedo, estiras tu mano hacia ella, temiendo que se enojara y empezara a gritarte. Tu hilo cuelga descuidado, y tu mamá mueve las tijeras junto a él, el hilo rojo encaja delicadamente entre las hojas filosas de las tijeras y puedes volver a sentir esa electricidad, las desagradables vibraciones que salen de los dedos de tu madre sobre el hilo.
— ¿Sabes? No necesitas esto.—dice con decisión, casi con alegría.— La manada es lo único que necesitas en tu vida, cariño.
Estás bastante segura de que el apodo 'cariño' que sale de la boca de alguien puede sonar dulce, cariñoso, suave, porque ya lo has escuchado dirigido hacia tus hermanos cuando triunfan en algo o cuando traen algo de la cacería. Pero ella no es así contigo, mamá nunca te ha dedicado palabras bonitas ni sonrisas, mamá siempre está ahí criticando hasta la forma en que atas tus zapatos, mamá jamás te dicho siquiera cuánto te ama. En cambio, observas el hilo atrapado entre las cuchillas brillantes.
— ¡Espera, mami! Sólo quiero saber qué significa.—gritas en lágrimas, luchando contra su férreo agarre.
Siquiera llamándole así te hace caso, ella solo niega con la cabeza y prosigue.
— Nada de eso, Enid. Confía en mí.—tus instintos te dicen a gritos que no confíes en ella, que te alejes de ahí, pero el miedo te dejó paralizada, ya sin fuerzas para ir en contra.— Nada de esto significa nada para alguien como tú, ni para nuestra manada.
Con eso, corta las tijeras y observas patidifusa cómo el hilo que parecía irrompible se afloja, cae al suelo y se desvanece en una nube de polvo roja.
— Algún día vas a agradecérmelo, Enid.
Sentías un abismo abierto en su pecho, como si una parte de ti hubiera sido cortada también.
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Tienes diez años cuando te enteras de la verdad detrás del hilo.
Internet ofrece una solución a la búsqueda de respuestas; con tu primer teléfono en las manos, no pierdes el tiempo y buscas al respecto. Cientos de artículos se abrieron a sus ojos, relatos de personas, entrevistas, y pare de contar; todos explicaron qué era el hilo rojo.
Nacido como una leyenda oriental casi tan antigua como la civilización misma, se suponía que el hilo rojo (llamado por los investigadores como “El Hilo Rojo del Destino”) te conectaría con tu alma gemela, que te llevaría al amor verdadero y el eventual “Felices para siempre" que tanto pregonan los cuentos de hadas. El hilo aparecía por primera vez a la edad de ocho años. Una constante, siempre aparecía, y se supone que ayudará a encontrar a la persona destinada, la otra mitad.
Con la verdad descubierta, te sientes incómoda en su propia piel.
Hasta ese momento, solo has conocido a los hombres lobo de tu manada (mamá no te deja visitar San Francisco todavía ni explorar más allá de los terrenos de la manada), y nadie menciona sobre el misterioso hilo, nadie habla de almas gemelas o personas destinadas; las únicas prioridades de un hombre lobo hecho y derecho eran la caza, la manada y la luna. Algo debe estar mal contigo entonces, porque piensas de más en el hilo, porque quieres saber quién se supone es tu alma gemela.
Te obligaste a tí misma a no volver a pensar en el vacío en tu pecho desde el día en que mamá cortó el hilo rojo en dos. Y, sinceramente, finges tan bien que tampoco has vuelto a pensar en el hilo rojo desde que descubriste la verdad al respecto. Mamá sabe que es lo mejor para ti, después de todo, y ¿quién eres tú, Enid, para cuestionar sus decisiones? No es que salga nada bueno si lo hace.
Pero cambia cuando asistes a tu primera escuela normie.
La mayoría de los marginados asisten, alguna vez, a una escuela normie, con el fin de formarse y funcionar correctamente en conjunto (para eliminar el racismo existente entre la comunidad de los marginados y los normies), casi como un requisito obligatorio en sus agendas de vida. Los hombres lobos no son la excepción a ello. Te sientes asfixiada casi al instante en que pisa los pasillos, hay hilos rojos por donde tus ojos inocentes alcanzan a ver: estudiantes, profesores, hasta el horrible conserje. Docenas y docenas de ellos. Donde quiera que mires.
Creíste que lo superarías una vez te acostumbrara, pero los días iban y venían, poco a poco te cansabas de eso y no solo porque ver todos los hilos brillando en las esquinas de sus ojos todo el tiempo está comenzando a darle un poco de dolor de cabeza. Todos te miran extraño al pasar, juzgan tu dedo desnudo, se preguntan qué habrá pasado para que no tengas un alma gemela, o lo peor, si tu alma gemela te detesta tanto que cortó el hilo para no saber de ti.
A veces piensas en ti misma, ser considerada un bicho raro por no tener un hilo.
Te preguntas si mamá arruinó tu vida con esa decisión.
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A los once años empezaron los verdaderos problemas.
Se supone que un hombre lobo cambia a inicios de la pubertad, raros han sido los casos donde el cambio es prematuro o un poco fuera de la norma (catorce años ha sido lo máximo en la manada), pero tu caso fue más allá. Vienes de una larga línea de hombres lobos fuertes, el cambio era siempre a tiempo, como un reloj dando la hora, ¡y no pasaba nada si después de tu cumpleaños número once el lobo no salió! El siguiente mes quizá lo iba a hacer.
Pero ese mes pasó, y luego el otro y el siguiente a ese, hasta que tu cumpleaños número trece tocó la puerta y lo único que salían eran tus garras. Papá te llevó a comer helado y te animó como siempre, su voz tan tranquila diciéndote que sucederá en algún momento, desesperarse no ayudaría y que no importaba si tu transformación no ocurría, él nunca dejaría de amarte.
No obstante, antes de cumplir catorce años ya casi eres considerada una causa perdida dentro de la manada; los murmullos comenzaron, los rumores sobre ti y si en realidad eres un hombre lobo, la preocupación de mamá no se hizo esperar ni las comparaciones con tus otros hermanos, comenzaron las visitas a todos los especialistas en la Costa Oeste en licanología, las sesiones por Skype, múltiples viajes (por tierra y por aire) y numerosos exámenes que no arrojaban resultados. Nadie creería que tuviste que viajar a Milwakie para una consulta, solo para ser considerada una “madura tardía” tras varios exámenes físicos.
Mamá consideró, entonces, un cambio de ambiente, lejos de la manada (lejos de la vista, lejos de la mente, para no ser considerada una decepción, leíste entre líneas), un nuevo panorama sería suficiente para ti, que exploraras nuevos puntos de vista, y fue cuando la Academia Nevermore (un maldito internado, para el colmo) hizo su aparición. Como si fuera la salvación a todo el sufrimiento y el aislamiento impuesto.
Estarás al otro lado del país en un pueblito llamado Jericó, en el estado de Vermont.
Oh, pero Esther Sinclair no sabía el enorme favor que te hizo. Tienes catorce años oficialmente y Nevermore se sintió como el cielo en la tierra, no tenías que preocuparte por el siguiente comentario de tu madre sobre su apariencia o si ha ocurrido la transformación (aunque los rumores han corrido por el resto de las manadas). Es perfecto, en conclusión, un paraíso ¡Y nadie te pedía explicación sobre el hilo desaparecido! Muchos vampiros ya no tenían hilos, y ninguno de los hombres lobos de la manada escolar tampoco tenían, ningún hombre lobo en Nevermore tenía un hilo rojo y ellos no chillaban al respecto (aunque quisieras preguntarles sobre ello).
Hiciste amistades verdaderas, tras tanto tiempo solo conviviendo con los lobos de la manada. Yoko Tanaka, tu mejor amiga, es con quien pasabas la mayor parte del tiempo fuera de clases. ¡Hasta creaste un blog donde desentrañabas los chismes más recientes de todo Nevermore!
Fue lo mejor, una oportunidad para ser tú misma.
La oportunidad de preguntar tu duda más personal se da a principios de tu primer año en Nevermore, y con Aiden Maxwell, un alumno de último año. Él dentro de un par de meses se estaría graduando de Nevermore; segundo hijo de la rama principal de la manada Maxwell, un líder innato según los otros pieles; el profesor de Historia de los Hombres Lobo los había emparejado para un trabajo de investigación. Pese a ese exterior tan atemorizante y la fama construida en torno a él, Aiden era chistoso por naturaleza, con una sonrisa confiada.
Aiden es alto, mucho más alto que tú, de piel oscura, contextura esbelta, se podía notar muy bien que iba a un gimnasio: tenía los brazos tonificados y el uniforme le quedaba algo apretado en el área del pecho, resaltando sus pectorales. Lo que más te agradaba de él, o de su apariencia física, era su cabello: se había rapado los costados y varios rulos caían del copete que se había dejado. Similar al peinado de ese cantante de Puerto Rico, Bad Bunny.
El chico te mira, parpadeando a través de la mala iluminación de la biblioteca, están dando vueltas por los numerosos estantes, en la sección de Licantropía, su profesor quiere un ensayo de diez páginas explicando la jerarquía dentro de la manada, y sin usar experiencias personales, contenido netamente de autores conocidos, y quiere además la caligrafía de ambos en el trabajo. Él te ayuda a tomar los libros en los estantes más altos, contándote algunas breves anécdotas de su manada.
— Oye.—le llamas en un murmullo, siguiéndolo de regreso al banco con al menos cuatro libros, todos gruesos y con títulos extensos.— ¿Alguna vez tuviste...? en realidad no importa, olvídalo.
— ¿Tuve qué? —Aiden te mira con interés mientras sacaba las hojas y el material para escribir.— Habla sin pena, Sinclair.
— Es… tonto.—expresas rotundamente.
— Probablemente.—tararea él, pero hay una sonrisa en su rostro y, de verdad, no puedes recordar la última vez que otro hombre lobo te sonrió mientras te animaba a hacer algo.— ¿Qué ibas a decir?
Te miras los dedos de nuevo, y frunces el ceño como tantas veces has hecho antes.
— ¿Alguna vez tuviste… un…? —los mira y te obligas a hacer la pregunta.— ¿Un hilo rojo saliendo de uno de tus dedos? ¿Como el que tienen los otros?
Las palabras salen a borbotones y, cuando las dices, te das cuenta de que has estado esperando mucho tiempo para hacer esta pregunta en particular a otro hombre lobo. La duda te ha carcomido por años, ¿acaso eres la única que vio eso importante dentro de la manada? Por supuesto, preguntarle a mamá estaría fuera de discusión, y papá seguramente no ofrecería una respuesta concreta. Y no tiene a nadie más, apenas conoces a Yoko, y ella no es un hombre lobo.
Quieres saber cómo se siente otra persona que ha pasado por ello.
Quieres escuchar su versión.
Quieres saber si algún día podrás recuperarlo.
La expresión de Aiden vacila un poco, su sonrisa desaparece.
— Sí, yo lo tuve... cuando era un niño.—contesta apesadumbrado, apartando la mirada de ti y mirando hacia los estantes llenos de libros viejos y polvorientos.— Sin embargo, mi papá se deshizo de él, al igual que con mi hermano.
Dejas escapar el aliento que has estado conteniendo.— Mi madre hizo lo mismo, conmigo y con mis hermanos, creo.
Aiden suspiró y se puso de pie, para irse al fondo de la sección de Licantropía. Él no dijo nada, siquiera te dijo que iba a hacer o por qué se marchaba, sin embargo, no tardó mucho, él regresa con un libro diferente en manos. Las hojas son amarillentas y la cubierta es de cuero bovino, es más parecido a un diario antiguo que a un libro de estudio convencional.
— Es mejor que leas esto, Enid.—te dice mientras deja el libro en la mesa, abierto en una página en específico.
El título del capítulo es “El Hombre Lobo: Compañeros y el Hilo Rojo”.
Se le llama "El Hilo Rojo del Destino" a la cuerda de color rojo atada al dedo anular izquierdo de una persona. El color rojo brillante, cálido y positivo, es visto como la materialización de las necesidades físicas y la voluntad de unir dos almas.
Las dos personas conectadas por el hilo rojo son compañeros/amantes destinados, sin importar el lugar, el tiempo o las circunstancias. Este cordón mágico puede estirarse o enredarse, pero nunca romperse. Muchas criaturas encuentran este lazo como una unión sagrada, la búsqueda de la otra persona se supone la primera necesidad y, una vez unidos, se ha demostrado un complejo sistema de interrelación donde ambas personas trabajan como individuos separados pero en busca de un fin en común.
Sin embargo, no todos aceptan de la misma forma la veracidad de las almas gemelas, existe un caso atípico entre la comunidad de los marginados. Desde hace siglos los hombres lobo han cortado los hilos de los cachorros antes de que conozcan a su alma gemela, con el fin de preservar la manada y evitar la mezcla de especies. Los hilos del destino tiran y empujan por sí solos, sin la interferencia de las personas en sí, un poder considerado peligroso y perjudicial por los líderes de manada.
En la actualidad, todavía se practica esta medida ortodoxa…
Los siguientes párrafos utilizan una jerga que no comprendes del todo (porque son palabras en latín y suenan a hechizos) pero que logra leer entre líneas, hablan de cómo algunos hilos eran más tensos que otros y el por qué, explica la dinámica de manada y su ajuste referente a la supresión de las almas gemelas y cómo se han adaptado a su propio sistema de emparejamiento.
Fue como un escupitajo en la cara.
— Pero… Aquí dice que nunca puede romperse...
Alzas la mirada para ver a Aiden, señalando con tu dedo el pasaje en específico.
— Es mágico.—contesta Aiden a su duda.— Es obvio que la magia misma puede romperlo.—agrega.— Ellos... ellos cortan los hilos con tijeras encantadas.
Recuerdas las extrañas tijeras que tenía tu mamá, el extraño brillo en sus hojas, la forma en que hacían que tu hilo te dolía como si fuera tu propia carne siendo cortada.
— Pero… ¿Por qué lo hacen? —la angustia es cruda en tu voz, incluso sientes lágrimas picar en las esquinas de tus ojos, y dejas el libro abierto en la mesa.— ¿No sería fantástico encontrar a nuestra pareja sin tener que unificar manadas?
— Ellos lo hacen porque… son muy raros los casos donde estás conectado a otro hombre lobo… —procede él a explicarte, y puedes notar que es algo que él ha tenido que aprenderse porque una vez fue como ella, buscó información en lugares donde jamás obtendría y vino aquí para conseguir esto.— Pero…
Él pasa algunas páginas del libro, hasta dar con la que busca, se ve una ilustración de varias parejas interraciales. Te enderezas para mirar mejor: un hombre lobo y una sirena; un hombre lobo y un hombre gato; un hombre lobo y un humano.
— No parece ser el caso en realidad.
Más abajo lees fragmentos de entrevistas realizadas a las parejas referenciadas, todos alegando vivir felizmente a lado de su persona destinada. Sientes envidia, sientes dolor, porque quizás esta fue la razón por la que tu mamá cortó tu hilo. Tu persona destinada no es un hombre lobo.
— Ellos dicen que es lo mejor para la manada.—una mirada triste atraviesa los ojos de Aiden, y tu propio rostro refleja el mismo dolor.— Lo cierto es que... te hace sentir… roto y solo. Nunca vuelves a ser el mismo.
Jamás volverías a ser la misma.
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Estás en la cúspide de tu adolescencia, tienes un blog conocido tanto en Nevermore como en Jericó, esperas algún día ganar algo de fama con esto, es visto tanto por marginados como por normies; tienes amigos, te has hecho conocida entre las diferentes camarillas de la academia y no hay nadie que no conozca a Enid Sinclair. Te acostumbraste a la idea de ya no buscar la dichosa persona destinada a ti, dejaste de pensar en la cursi idea del destino eligiendo a alguien para ti y te centras en tu único problema, aquel que te llevó a la Academia Nevermore en primer lugar.
A los dieciséis años, tú, Enid Sinclair, te das cuenta de tu destino y lo que te espera si no te transformas: la perpetúa soledad. Sin manada, sin pareja: un lobo solitario.
Pero este será un año diferente, lo presientes.
Al menos tendrás una nueva roomie.
