Chapter Text
El insoportable martilleo en el interior de su cabeza, que parecía golpear más fuerte cada vez que una gota de agua que caía sobre el techo de madera que la protegía de la lluvia que caía esa noche; y la creciente frustración que, a su sentir, le estaba quemando desde las plantas de los pies hasta la punta de la nariz, parecían competir por cuál de los dos lograría primero que entrara a su castillo y consiguiera dormir aunque fuera solo unas horas.
Pero no se iba a rendir. Trató de ser positivo: por fin había encontrado la manera de tirar abajo los cortafuegos de la federación por periodos lo suficientemente cortos para que Cucurucho no se diera cuenta.
«Cellbo, Richarlyson y Leonarda están bien, también tenemos un nuevo niño, Pepito; Cucurucho los trajo de regreso a la isla quesadilla 48°52.6′S 123°23.6′W.
Te extrañamos muchísimo. Te extraño muchísimo
-Roier»
[ENVIAR]
Encriptando mensaje…
… ERROR …
«Puta madre… » pensó al mismo tiempo que llevó ambas manos hasta sus ojos presionando suavemente sus párpados cerrados, como si eso hiciera que le ardieran menos después de pasar horas frente al monitor de su computadora.
Al parecer eso era un problema, el mensaje no podía ser muy largo o tardaría en encriptar acabando el tiempo que el cortafuegos estaría abajo. Solucionado, pensó, en un momento más tranquilo podría hablarle de Leo y de Pepito, sólo necesitaba decirle a Cellbit que Richas estaba bien, que estaban esperándolo en casa, y que…lo extrañaba muchísimo.
¿Podía decir eso último?
No era mentira pero, ¿por qué no lo sentía correcto?
Apretó la mandíbula en un intento de ignorar cualquier otro pensamiento que no fuera conseguir comunicarse con Cellbit, derribó el cortafuegos una vez más y cicló en “enviar”
Encriptando mensaje…
…estableciendo contacto…
… ERROR …
Otro problema. Suspiró pesadamente para después soltar un sonoro quejido lamentándose de su situación. Sí, había conseguido rastrear y establecer conexión con una torre de comunicaciones en el purgatorio, ahora sabía que se llamaba isla Huevo, pero era inestable, lo que le dio a entender que no había nadie del otro lado que atendiera sus intentos de comunicarse.
—¿Dónde mierda estás, Cellbit? —lanzó en voz alta, no pudiendo contener más la desilusión que le aprisionaba el pecho.
Aún así, se aferró a sus intentos. El purgatorio no era muy grande así que se aferró religiosamente a la idea de que su marido tarde o temprano daría con esa torre abandonada que se había convertido en su única esperanza.
Leyó una vez más el mensaje que había escrito con más cuidado, ¿Qué tanto podría resumirlo? También estaba la probabilidad de que Cellbit no creyera en su mensaje, pensando tal vez que era una trampa de la federación para traerlo de vuelta. Ese pendejo paranoico. Sabía de alguna forma que eso podría pasar. Después de todo eran muy parecidos en ese aspecto.
Llevó sus manos hasta sus sienes y se masajeó la cabeza.
Piensa, Roier, piensa maldita sea.
¿Pudiera ser un mensaje en clave, tal vez?
Sí, eso definitivamente llamaría la atención de su marido.
Podría ser algo relacionado al gorro de vaca de Richas, ¿tal vez?, ¿ algo referente a su color favorito?
¿Su flor favorita?
Entonces la idea lo iluminó tal y como el rayo que cayó justo en ese momento iluminó por un instante el cielo lluvioso.
«En Isla Quesadilla el girasol vuelve a crecer sano y a salvo.
48°52.6′S 123°23.6′W »
Solo eso era suficiente. Era todo lo que Cellbit necesitaba saber…
Tal vez lo único que Cellbit quisiera saber…
Preparó el ataque contra el cortafuegos de la federación para derribarlo de nuevo, entonces el comunicador de su muñeca timbró.
Lo vio solo por encima y leyó el nombre de su padre, Foolish, en un texto privado. Decía en un español bastante bueno que Pepito se había quedado dormido después de comer sus galletas del día y podía ir por él cuando quisiera.
Roier sonrió sin muchos ánimos.
Pensar en Pepito le hizo recordar que su hijo más pequeño también tenía una flor favorita. Y curiosamente era la misma flor que Cellbit le había dejado la primera vez que desapareció.
Su computador hizo un sonido que él reconoció como el que le indicaba que el cortafuegos estaba abajo.
Antes de enviar el mensaje decidió editarlo un poco:
«En Isla Quesadilla el girasol vuelve a crecer sano y a salvo.
Y el amaranto seguirá sin marchitarse.
48°52.6′S 123°23.6′W »
Presionó “Enviar” sin pensarlo demasiado o se arrepentiría.
Tomó su chaqueta del respaldo de la silla, se la puso sin dirigir su mirada hacia ninguno de los dos monitores de su computador y emprendió su camino hasta el dragón de su padre para traer a Pepito a casa.
Encriptando mensaje…
…estableciendo contacto…
…enviando mensaje…
… MENSAJE ENVIADO …
