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Cut & Run (adaptación)

Summary:

Una serie de asesinatos en la ciudad de Nueva York ha bloqueado tanto a la policía como al FBI, y ambos sospechan que el culpable es un solo asesino que manda un indescifrable mensaje. Pero cuando los dos agentes federales a cargo de la investigación desaparecen del mapa, el FBI se interesa personalmente en el caso.

El agente especial Louis Tomlinson es retirado de una operación encubierta después de que el caso se le fuera de las manos. Louis es arrogante, mordaz y sin duda el mejor en lo que hace. Pero cuando le asignan como compañero al agente especial Harry Styles, es odio a primera vista.

Styles es el modelo perfecto de un agente: serio, sobrio, y centrado, lo que hace de su relación un clásico tópico: totalmente opuestos, poli bueno y poli malo, una extraña pareja. Inmediatamente ambos saben que su relación como socios va a suponer un obstáculo, incluso más que la falta de pruebas del asesino.

Prácticamente antes de que su misión empiece, el asesino ataca de nuevo… esta vez contra ellos. Ahora, en inferioridad de condiciones, Tomlinson y Styles tendrán que encontrar la manera de cómo trabajar juntos antes de que se conviertan en dos marcas más en el cuchillo del asesino.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

Allison McFadden caminaba lentamente por el fresco aire de la noche, con los brazos bien envueltos alrededor de su delgado cuerpo para que el viento no azotara su abrigo. El hombre la vio estremecerse y suavemente la rodeó con un brazo, haciendo que la atravesara una eléctrica sacudida de anticipación.

Ella rio suavemente, un poco mareada por los martinis que él le había pagado toda la noche. Ahora mismo la estaba acompañando desde el Bar Bemelmans en el hotel Carlyle, que era posiblemente el lugar más romántico en el que ella jamás había estado, con música de piano en directo y un ambiente sofisticado y antiguo que la había seducido tan completamente como él.

Era ingenioso y encantador, y guapo y caballeroso casi hasta la exageración. Ni siquiera le había robado un beso.

Allison sonrió al recordar cómo la había llevado a los murales que cubrían las paredes de Bemelmans y le había hablado de ellos, como un escritor que había vivido en el hotel los había pintado y habían formado parte de algunos libros para niños. Había tratado de escuchar, pero sólo había sido capaz de concentrarse en su mano, que descansaba más abajo en su espalda de lo que lo había estado más temprano, y en esos labios que se movían junto a su mejilla mientras hablaba. Sólo recordaba que las pinturas eran de animales en Central Park. Había dibujado un elefante patinando. Y él había señalado un conejo armado acechando a sus compañeros conejitos con un arma automática en uno de los murales como dibujos animados.

Los dos se rieron ante el humor mórbido del mismo, y a Allison le encantó la manera en que se reía.

Ahora, la acompañaba caminando a su casa, como un verdadero caballero. Le había pedido al taxista que se detuviera a varias manzanas de distancia de su edificio para tener el privilegio de hacerlo. Era sólo su primera cita, y Allison no podía creer que fuera a hacer lo que estaba planeando.

—Te…, quiero decir, ¿te gustaría subir? A tomar un café, o…

Él sonrió, y Allison se perdió en el modo que sus ojos se volvieron más cálidos. Levantó las manos y las pasó por su cabello, observando el modo que los mechones rubios brillaban a la luz artificial de las farolas.

—¿Está en casa tu compañera de habitación? —le preguntó en voz baja, la íntima voz cortando a través del viento frío y yendo directamente a su interior.

Ella se lamió los labios y asintió.

—Pero no nos molestará —insistió ella con rapidez, sus palabras casi sin aliento mientras ella extendía la mano y le acariciaba la solapa, sintiendo la placa debajo del material.

—Entonces guíame —murmuró él con una sonrisa.

Hubiera sido el momento perfecto para que la besara, pensó ella, mientras tomaba su mano y le conducía al interior del edificio. Hubiera sido igual de ridículamente romántico como el resto de la noche. Sin embargo, suponía que nada podía ser perfecto.

Horas más tarde, mientras Allison luchaba por su último aliento, no podía dejar de preguntarse porque dejaría su ADN si nunca la había besado.

 

****

 

La llamada telefónica no podía haber llegado en un peor momento. El agente especial del FBI, Louis Tomlinson, seguía cabreado y maldiciendo sobre su desafortunada coincidencia temporal dos días más tarde mientras estaba sentado a solas en su sala de estar.

Cuatro semanas de trabajo infiltrado, vigilancia, escuchas telefónicas, cables, informantes y persecuciones a alta velocidad, todo se había ido a la mierda porque algún novato listillo se olvidó de dejar el móvil en casa. Los sin techo que piden limosna en la calle no tienen móviles que suenan al ritmo de una orquesta de Mozart, y por desgracia para el equipo de cansados agentes encubiertos del FBI que seguían a Antonio de la Vega, su objetivo era consciente de ese particular elemento de información. Desapareció tan rápidamente como las ratas en las aceras de Nueva York mientras Louis y su equipo irrumpían.

La operación había volado, ahora su objetivo estaba en algún otro país en el que no tenían jurisdicción, y todas las pruebas serían embolsadas, etiquetadas y metidas en una caja en el sótano, para nunca ser vistas de nuevo. El hecho de que la mayor parte de lo que habían hecho hubiera sido bajo la dirección ligeramente irregular de Louis, y que dependiera de un encorbatado de alto nivel evitar que les despidieran y les enviaran a la cárcel, no estaba ayudando al estado mental de Louis.

Estaba tumbado en el sofá, todavía cubierto de sudor por sus intentos de borrar la frustración en el gimnasio de la oficina de Baltimore, y miraba fijamente a la ciudad a través de los grandes ventanales a cada lado de la televisión. Podía ver su propia imagen reflejada en la pantalla negra de la TV de plasma en la pared de enfrente, y se veía aún más exhausto de lo que se sentía. Necesitaba un afeitado, la mayor parte de su apuesto rostro estaba cubierto por una barba de tres días y su cabello castaño probablemente necesitaría un corte. Era un hombre alto, de casi uno noventa de altura y por lo general su forma era como la de un gato grande, ágil y grácil. Esta noche, sin embargo, tenía los hombros caídos mientras estaba allí tumbado. No tenía ninguna intención de moverse a corto plazo.

No hasta que su móvil comenzó a sonar exigente. Con un profundo suspiro, se lo sacó del cinturón y contestó la llamada.

—Tomlinson —respondió secamente, con su pronunciado acento de West Virginia incluso después de todos los años que había pasado fuera de casa.

—Agente especial Tomlinson, al director adjunto Burns le gustaría verle —le informó una entrecortada voz profesional.

—¿Cuándo? —preguntó Louis sin emoción.

—Agente especial Tomlinson, el director adjunto de la División de Investigación Criminal no llama para pedir una cita. Le espera en treinta minutos.

—¡Treinta minutos! —exclamó Louis—. ¿Tiene usted alguna idea de dónde estoy?

—Dentro de su ropa interior sucia, sin duda. Esté aquí en treinta minutos — respondió la voz con el mismo monótono y serio tono antes de colgar.

Louis cerró los ojos y mentalmente pateó algo. Treinta minutos para llegar a DC iba a exigir las llamativas luces azules. Él odiaba las putas y escandalosas luces azules.

 

****

 

—Buen trabajo, Agente Especial Styles. Es un sólido valor para la oficina —dijo el Director de la División mientras estrechaba la mano del tipo—. Por supuesto, tendrá un elogio en su expediente por su trabajo.

—Gracias, señor —respondió cortante el agente especial del FBI, Harry Styles, mientras el resto de agentes, un poco reacios, murmuraban felicitaciones.

—Y le recompensaré por su trabajo bien hecho —continuó el director suavemente—. Va a ser promovido fuera de esta división. Estoy muy triste por verle irse —siguió, sacudiendo la mano de Harry vigorosamente.

Harry le estrechó la mano sombríamente, su cara era una máscara de profesionalismo puro que cubría los pensamientos brutalmente honestos que albergaba debajo.

—He disfrutado trabajando para usted, señor. Pero ya me conoce, siempre busco estar donde más pueda hacer por la Oficina.

—Ese es un buen hombre. Despídase y suba. El director adjunto Burns quiere verle en diez minutos.

Sin mostrar ni un asomo de sonrisa o desdén por la alabanza por hacer su aburrido trabajo de escritorio, Harry se dio la vuelta y caminó entre los otros agentes con los que había trabajado en la división que perseguía delitos cibernéticos. Se había llevado bastante bien con ellos, teniendo en cuenta que hacía su trabajo, y a veces el de ellos también, con una concentración total y absoluta. Harry sabía que muchos de sus compañeros de trabajo estarían tan felices de verlo irse como de que se quedara, su estricta adhesión a las reglas y a la lógica, su decidido trabajo por alcanzar las metas era a menudo agotador para los que le rodeaban. Él tenía metas, varias, y eso era todo lo que importaba. Ninguna de ellas incluía trabajar en esta división más tiempo del necesario.

Mirando por la oficina abierta, Harry sabía con toda seguridad que no la echaría de menos. Mientras que su obsesiva atención al detalle le había dirigido perfectamente a lo largo de esas misiones, sabía que valía mucho más para la Oficina que para este trabajo soporífero y lleno de detalles. Ahora tendría su oportunidad de demostrarlo.

Estrechando algunas manos y soportando unas pocas palmadas en la espalda de "siento que te vayas", se despidió de sus pronto excompañeros de trabajo. Le dijo al administrador de la oficina que volvería más tarde para limpiar su escritorio y se dirigió hacia la puerta. Tenía ganas de ver lo que el director adjunto de la División de Investigación Criminal tenía reservado para él. Había trabajado intensamente para conseguir esta promoción. Tenía que ser bueno, ya que el hombre quería verlo inmediatamente.

Harry se detuvo en el baño para enderezarse la corbata y asegurarse de que su corto pelo castaño estuviera cuidadosamente peinado. El traje que llevaba se adaptaba perfectamente a su cuerpo de metro noventa y cinco, pero no ocultaba los músculos abultados que se movían debajo de la tela. El suyo no era un cuerpo que esperaras ver detrás de un escritorio, un hecho que se recordaba todos los días al mirar a los agentes ligeramente regordetes que trabajaban a su alrededor. Frunció un poco el ceño, inspeccionando las patas de gallo en las comisuras de los ojos y las crestas de su dos veces rota nariz. Con una mueca de disgusto, se pasó las manos por las mejillas afeitadas y despidió a su imagen antes de abrocharse la chaqueta del traje y ponerse rumbo escaleras arriba.