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—Gilbert, hay algo que tengo que decirte.
Solo escuchar esa oración de parte de Óscar Vessalius provocaba que todo el cuerpo de Gilbert empezara a tensarse, sentía que la mano que sujetaba la taza de té se estaba debilitando, por lo que en cualquier momento podia dejarla caer.
Él quería intentar mantenerse firme, decirse a sí mismo que nada malo iba a pasar, pero tenía que saber que eso no era cierto porque el tono de voz utilizado del tío de Oz no era el que habitualmente usaba. No percibía ninguna señal de esa habitual alegría, más bien estaba hablando de una forma apagada.
Gilbert siguió en silencio. Todavía no le decía nada y ya su mente estaba empezando a crear muchos escenarios trágicos, incluso parecía que en cualquier momento podía empezar a llorar, lo cual sería muy vergonzoso para él. Con tal de intentar que sus lágrimas no cayeran, quería darle un sorbo al té, pero sus manos temblaban. Aún cuando se esforzara no podía beber del líquido, por lo que se rindió.
—Es sobre Oz, ¿cierto?
Al mencionar ese nombre vio como el rostro de Óscar dejaba en claro el dolor que sentía. No necesitó que pronunciara alguna palabra, pero el mundo de él comenzaba a hacerse pedazos. Se mordió el labio para seguir reprimiendo las lágrimas, ahora las ganas de probar el té desaparecieron.
—Lo siento, Gil.
—Me dijo que estaría al pendiente de él… —musitó.
De sus ojos salían lágrimas que era ya incapaz de contener. Tapó su cara con sus manos y se inclinó, quería organizar sus pensamientos antes de soltar muchos reclamos al tío de Oz, esto lo hacía más porque sabía que a su joven amo no le gustaría que tratara de una mala forma a alguien de su familia. Sin embargo, no estaba seguro de poder contenerse.
Desde el momento que Oz dijo que se adentraría al abismo con el fin de investigar, un sudor frío recorrió a Gilbert. Estaba asustado, tenía muchas razones para estarlo porque entrar al abismo no garantizaba la posibilidad de regresar ni que la época fuera la misma. Hasta Alice se asustó demasiado, sacudió a Oz de sus hombros en espera de que fuera una mentira lo que había dicho. Claro que no lo era. Un día después se fue, solo les dejó una nota a los dos de que no lo olvidaran y que pronto regresaría.
Recordó esos días en los que estaban angustiados, Alice preocupada y considerando la idea de entrar al abismo y Gilbert diciendo cualquier cosa para convencerla de no hacerlo. Todavía seguía el riesgo de que Oz no regresara, así que no quería que pasara lo mismo con ella. Siendo honesto no podría soportar la pérdida de ellos dos, al menos tuvo el apoyo de Óscar y Ada para que Alice no se fuera.
—Sabes que no era seguro su regreso.
No lo era, pero ahora de saber que ya no había manera de volver a ver a Oz lo hacía sentirse muy mal contigo misma porque debió haberlo evitado. Tal vez si hubiera sabido que era el último día en el que lo podría ver, quizás habría dicho todo aquello que no pudo, también miraría esos ojos esmeralda al punto de memorizar su color.
—Pero no lo pude proteger…
Sus manos formaron puños que los apoyó sobre sus piernas. Ya se había tranquilizado aunque eso no significaba que la culpa no le estuviera carcomiendo. Deseaba que la noticia hubiera sido otra cosa y no el hecho de que Oz fue consumido por el abismo. Eso le dolía.
—No fue tu culpa.
Oscar trataba de animarlo, pudo sentir como él se sentó a su lado y le dio unas palmaditas. Esa acción solo le recordó a Oz, de las veces en las que lo consolaba cuando sentía que no era un buen sirviente o cuando imaginaba un mundo en el que fuera separado de él. No sé sentía bien, quería encontrar una manera en la que pudiera retroceder en el tiempo con tal de que fuera mentira lo que le dijo.
—¡Si lo fue! —habló en un tono alto—. No pude hacer nada para que se quedara.
—A mi sobrino no le gustaría escuchar que te estás lamentando.
Se volvió a tapar la cara. Pudo sentir como él se levantaba para volver a estar en el sillón de enfrente, lo que quería era un tiempo a solas para reflexionar, para tratar de asimilar y para inhalar y exhalar en el intento de que sus lágrimas ya no salieran. Por eso fue que bajó las manos y le dio un sorbo al té de manzana. Lo relajó, el sabor era suave, era la primera vez que lo bebía en la mansión Vessalius.
—Pero ¿qué puedo hacer? ¿No se sentiría molesto por como su sirviente no hizo nada?
—Gil. —Al mirar a Óscar notó la decepción en su rostro, se esforzaba en no derrumbarse delante de él. Una manera de saber que no era el único afectado por la noticia. Claro, porque se trataba de su sobrino—. Lo que molestaría a Oz es que te refieras a ti mismo como un inútil.
Sorbió por la nariz. Se limpió los ojos, ya sus lágrimas habían dejado de salir. No respondió, miró al señor Vessalius por unos segundos, luego se enfocó en mirar los cuadros de las paredes para tratar de que su atención se fuera en otra cosa, lo que resultó imposible porque había una gran fotografía de Gilbert, Oz y Ada cuando eran pequeños. Sonrío de lado, no tenía dudas de que fue tomada por Óscar y mucho antes de que conocieran a Alice.
—Me diría que no lo soy —dijo en un susurro. No despegó la vista del cuadro porque en vez de traerle recuerdos dolorosos, más bien sentía que era reconfortado por esos ojos esmeralda y su sonrisa que brindaba la misma calidez del sol—. ¿Y ya lo saben Alice y Ada?
Oscar dejó la taza sobre la mesa, alcanzó a escuchar el suspiro que soltó. No sabía si tenía que interpretarlo como que dijo algo que no debía, y lo hizo porque estaba preocupado por ellas.
—Las dos están muy afectadas, yo creo que necesitan un tiempo para procesarlo.
«Yo también necesito estar solo» pensó Gilbert. Bebió todo el contenido de la taza de golpe, lo que tenían que hacer ante una noticia de la pérdida de alguien muy querido dentro de la familia sería estar unidos, también pensó en que tendrían que recordar todos los momentos que pasaron con él porque así Oz lo hubiera querido, no le gustaría ver cómo sus amigos pasan mucho tiempo tristes.
—Perder a Oz fue un golpe duro para todos.
—¿Sabes? Él me dejó un mensaje en caso de que ya no pudiera regresar.
Un mensaje. Sus labios formaron una «o», no lo podía creer. No sabría cómo describir la felicidad al saber que Oz pensaba en él, la emoción empezó a crecer dentro de Gilbert, al menos tendría unas últimas palabras que recordaría cada vez que se sintiera deprimido.
—¿Qué dijo?
—Mi sobrino no quiere que lo olvides, las momentos que pasó con nosotros forman parte de un tesoro preciado y muy feliz…
De nuevo volvió a sentir su rostro húmedo, volvió a llorar. Lo que haría a continuación era hacer todo aquello que pudiera para hacer sonreír a Oz desde cualquier parte que él lo estuviera viendo, también esperaría el momento para volverlo a ver, abrazarlo, y esta vez decir todo lo que sentía por él.
