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Nando no está seguro de cuando comienza, no sabe si fueron las miradas cruzadas, las sonrisas apenadas o incluso las mejillas sonrojadas. No sabe en qué momento exactamente la emoción se toma el tiempo de crecer tanto, en qué momento se desliza lentamente, cruel y nociva, por su tórax y entre sus costillas para enredar sus pulmones, para atravesar su corazón.
No sabe cuando comenzó, pero ahora sabe que está ahí. Y podría ser una cruel jugada del cielo, o una completa coincidencia, pero en este momento, durante una de esas noches en las que el frío da un descanso sin calar los huesos y las estrellas brillan impresionantes arriba de sus cabezas, ambos se encuentran fuera del avión.
Fernando había salido a nada más y nada menos que orinar, y una vez atendida la tan básica urgencia humana es cuando su cerebro finalmente se da el tiempo de prestar atención.
Numa yace recargado en uno de los destartalados asientos con un cigarrillo humeando entre sus dedos, y es la desgastada chaqueta amarilla bien abrazada contra su cuerpo lo que lo delata, entre la nieve y la oscuridad, el rubio podría por todo lo que sabe estar viendo un fantasma. Acercarse más ayuda, y una vez que Nando toma asiento al lado del mayor, puede enfocar su mirada con más claridad.
—¿Cómo estás?
Y es una pregunta estúpida, tan estúpida como la forma tan dolorosa en que su corazón late más rápido cuando el contrario voltea a verle. Sus ojos, como parecen hacerlo siempre, brillan, pero esta vez con la luz de las estrellas, de miles de galaxias, reflejada en fuentes interminables de compasión.
Esa mirada lo deja sin aliento por un momento.
—¿Que cómo estoy? —su voz no es más que un susurro, apenas levantándose contra el silencio que los envuelve—. Un poco borracho supongo, y un poco desesperado.
Fernando nota entonces entre las sombras de los restos del avión, una imagen borrosa de Numa llevando la boca de una botella de vino hasta sus labios.
Y era una pregunta estúpida para empezar, lo sabe. No solo porque todas las pobres almas que tuvieron la suerte de sobrevivir el choque inicial comparten ese mismo sentimiento, pero porque por primera vez en días, Numa se ha alimentado hoy, porque finalmente ha tomado la decisión de ponerse delante de alguien más, y eso parece estarle torturando por dentro.
—Tenemos que vivir, Numa, recuperar fuerzas para salir de aquí—Fernando extiende entonces la mano, y el mayor le pasa sin ninguna queja la botella de la que el rubio toma un gran sorbo—, tengo veintitrés años, vos tienes veinticinco, una vida entera por delante y tantas cosas que-
Es su risa lo que interrumpe al menor, suave y triste, un contraste colosal con lo que es su voz a la luz día. Cuando ayuda a Roberto a mover a los enfermos, cuando sale a expediciones y regresa con explicaciones, cuando da, y da, y da. Y por supuesto que a su querido Numa le duele más, tan lleno de compasión y altruismo, de desinterés por si mismo. La única razón por la que ha comido es porque sin combustible no puede ayudar a los demás.
—No me estoy rindiendo, Nando, —finalmente habla y esta vez cuando el rubio voltea a mirarle en sorpresa por el uso del apodo la sonrisa que alcanza a ver en su rostro es genuina, con mas valentía que resignación, con más firmeza que tristeza—, más bien estoy de luto. Es lo menos que podemos hacer, ¿sabes? Agradecerles así, pensando en ellos y en sus nombres, deseándoles paz y recordando que sin ellos no se puede.
Cuando Numa voltea a devolverle la mirada, Nando se encuentra a centímetros del contrario. Y es, una vez más, la primera vez que puede ver el rostro de otro ser humano con claridad, pero también es la primera vez que se puede permitir apreciar cada detalle, cada imperfección y particularidad. Sus pómulos afilados, la curva de su nariz, el arco de sus labios, la profundidad de sus ojos, y es tan dolorosamente bello que el rubio comienza a pensar que podría ser un ángel. Puesto en la tierra para recordarles porqué pelean, porqué siguen vivos.
Bajo las estrellas Nando cree que puede observar el infinito, miles de años luz reducidos a un momento en el que sus respiraciones se entrelazan en vino y humo, en el que sus miradas buscan por algo más en el contrario, algo más que admiración, más que apreciación, más que miedo. Numa es el primero en apartar la vista para tomar una última calada del triste cigarrillo antes de dejarlo caer a la nieve, donde la pequeña chispa se apaga en un abrir y cerrar de ojos.
—Buenas noches, Nando, —se despide, llevándose consigo la calidez de su cercanía, el fulgor de las estrellas y su botella de vino.
—Buenas noches, Numa.
Así que no, Fernando no está seguro. Quizá fueron aquellas palabras de consuelo intercambiadas furtivamente, los descansos compartidos en el frío gélido, o la compasión en la mirada del mayor. Tal vez fueron las caminatas hombro a hombro entre el frío interminable o aquella noche en la que se dio cuenta de que ni siquiera el brillo de las estrellas podía competir con el mayor.
Honestamente, tal vez ocurrió desde el primer momento en que lo vió en aquel aeropuerto, con su sonrisa despreocupada alrededor de sus amigos, sus brillantes ojos color chocolate cruzándose con los del rubio, el sol resplandeciendo de manera justa para hacerlo parecer de otro mundo y el corazón de Nando latiendo el doble de rápido.
Ambos inocentemente libres de la pesadilla a la que se enfrentarían juntos.
La realidad es que no está seguro de cuando ha sucedido, si han sido todos los momentos compartidos, o si la emoción se ha potenciado cada vez que reza en silencio para liberarse de ella, lo único que sabe con certeza es que está ahí. Sabe que le ha devuelto las ganas de vivir, la voluntad, el valor, sabe que ahora haría lo que fuera por él, por Numa.
