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helada devoción.

Summary:

Un momento de reflexión para Numa, un momento de devoción para Nando.

Notes:

Primero que nada quiero aclarar que esto no está hecho con ningún fin de lucro, la experiencia de estas personas no me pertenece y tampoco la película en la que la conocí.

Como segundo punto, quiero decir que no escribo esto acerca de, ni pretendiendo conocer a las personas reales que tuvieron que pasar por esto, este fanfic es basado en la película y en los personajes que ahí aparecen, por ende no busco ofender ni nada parecido. Si este tipo de contenido no es tu taza de té, simplemente da media vuelta y no leas más.

Como tercer punto, me he enamorado del personaje que han creado alrededor de Numa Turcatti en la película de la Sociedad de la Nieve, y espero haberle echo justicia a su caracterización con esto.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Numa Turcatti ha perdido la esperanza por un rescate. Y él nunca ha sido un joven débil, nunca ha sido del tipo desertor, más sin embargo el frío calando hasta sus huesos, el aire que quema sus mejillas y el vacío que retuerce dolorosamente sus entrañas hacen la ya ardua tarea de mantenerse optimista aún más difícil que lo que otros la hacen ver.

La espera se siente interminable, ha sido interminable, los días sin sustento comienzan a afectarle y aún así la idea de tomar la carne humana de entre los dedos de los primos Strauch le provoca náuseas. Se encuentra entre la espada y el abismo, un abismo blanco e interminable que amenaza con tragarle entero.

—Tienes que comer algo eventualmente, —a pesar del sonido nivelado de su voz, el comentario de Parrado suena como un grito en el pequeño refugio que es el esqueleto del avión. Numa se sobrecoge, abriendo los párpados de par en par, y con vergüenza se da cuenta de que el rubio ha asustado al agotamiento que le cerraba los párpados.

—Es mi decisión, —murmura, pero los ojos entrecerrados del contrario le hacen apartar la mirada, —no puedo simplemente tomar sus restos, Parrado. —Tiene una idea de porque el de ojos verdes se preocupa ahora, dé porqué ha elegido hablarle después de tanto tiempo.

Su cuerpo se encuentra increíblemente exhausto por la falta de alimento que lo consume lentamente, y la ayuda que puede proveer no es ni de cerca lo que era en un principio.

—A mi no me van a matar Los Andes, Numa —la voz decidida con la que lo dice no es nueva—, y tampoco puedo dejar que te maten a ti —pero la cálida sensación que inunda el pecho del peli-negro lo es.

El mayor puede sentir como la sangre que sube a su cara lucha una batalla feroz contra el frío, y teme que haya ganado a la vez que agradece a la oscuridad que los rodea por ocultar sus mejillas sonrosadas. Una emoción extraña le recorre el cuerpo y niega con la cabeza.

—Nunca dije que me estuviera rindiendo, Parrado.

Pero aún así, todavía se siente como pecado imperdonable, tomar la carne del prójimo, profanar las tumbas de hielo y arrancar sus pieles. Tomarles como sustento, como dadores de vida. Numa puede sentir sus ojos llenarse de lágrimas y aprieta las manos en puño para no llorar. Sabe que no puede dejarse morir, sabe que en algún momento tiene que comer, tiene que poner poner pedazos de seres humanos en su boca y tragarlos, dejarlos caer a sus propias entrañas como piedras, sabe que tiene que sobrevivir.

Una mano cálida sobre su mejilla y un pulgar limpiando lágrimas que ni siquiera se había dado cuando que dejaba caer, hacen que su tren de pensamiento frene abruptamente y se sobrecoge una vez más en el corto tiempo que lleva descansando dentro del decadente refugio. Sus ojos negros chocan con irises verdes que lo observan con atención -con algo parecido al apego-.

El rubio se encuentra de cuclillas enfrente de Numa, casi sobre el mayor que, recargado contra la pared y con los brazos alrededor de las rodillas, se hace ver más pequeño de lo que en realidad es. El peli-negro no puede hacer más que inconscientemente agradecer por el refugio del frío que el cuerpo del contrario provee, y sin pensarlo despegarse un poco del metal que son los huesos del avión, acercarse a la fuente de calor que es el jugador de rugby y cerrar los ojos con un suspiro satisfecho.

—Puedes llamarme Nando, —dice el menor, y su voz es un susurro, privado y discreto, totalmente contrario a la declaración que inició el intercambio—, me parece que es lo justo, Numa.

Cuando Nando finalmente vuelve a su incansable caminata por los interminablemente blancos alrededores del accidente, el frío que calaba los huesos de Numa regresa con venganza, pero la calidez que florece con lentitud en su pecho aparece para quedarse.

Notes:

¡Gracias por leer! Se que este pequeño trabajo es bastante corto, pero yo de verdad tengo ganas de escribir más estos dos, si quieren que vuelva esto una serie déjenme saber en los comentarios <3

P.D. Me pueden encontrar en tumblr como @aanon04. ¡Nos vemos!

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