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La nota no dejaba lugar a dudas, había escrito un mensaje claro y conciso que no generase ningún tipo de malentendido, sin florituras ni palabras de más de cuatro sílabas, pues bien sabía que quien la recibiría no era ningún aficionado a la lectura y huía de las palabras demasiado largas. Había escrito, con una línea de tinta temblorosa sobre el pergamino: «Feliz día del amor, Canuto. Te espero esta noche en el sitio de siempre; nuestro sitio».
Remus leyó la nota una vez, dos veces y hasta tres, pero a la cuarta tuvo que echarla a un lado y correr a vomitar lejos del papel. Un movimiento de varita sirvió para dejar impoluta la alfombra del dormitorio que compartía con los Gryffindor pero, al sacudir la túnica mientras se vestía, mandó a volar tan importante pedazo de pergamino, que revoloteó libre y sin preocupaciones hasta acabar bajo la cama del propio Remus. Protegido por la oscuridad y las náuseas del nervioso escritor, pasó totalmente inadvertido.
Remus guardó su varita, cogió la cesta con todo lo que había preparado y salió, todavía nervioso —¡de qué manera temblaban sus tobillos al bajar las escaleras!— rumbo a los jardines de Hogwarts. El sitio del que hablaba en la nota no era del todo suyo, de hecho, estaba bastante cotizado entre los estudiantes, sobre todo en una fecha tan señalada como lo era San Valentín. Las mejores vistas al Lago Negro bien valían meterse en discusiones con algún alumno que hubiera llegado primero. La suerte estuvo con Remus esta vez, y aunque sí había más de un grupito de personas por aquí y por allá colocando tiendas de campaña encantadas (que parecían diminutas pero, por dentro, eran tan espaciosas como una casa), el sitio que buscaba estaba libre. Por cuestión de intimidad se alejaban unos alumnos de otros, y el pequeño montículo que cubrían las hojas caídas de un sauce blanco estaba desierto. Remus prácticamente corrió hasta el lugar para estirar una manta sobre la hierba, marcándolo como propio.
Hizo flotar un par de velas alrededor del sitio, no se encenderían hasta pasadas unas horas y llegara la noche, pero ya marcaban el tono íntimo del encuentro. Dejó la comida todavía dentro de la cesta para evitar que se estropease, pero sí sacó los tres libros que había traído con él. Se sentó para apoyar la espalda en el árbol y empezó a leer para distraerse.
Confiaba en que sus manos dejaran de temblar en algún momento, no podría disfrutar de su primera cita con Sirius con tantos nervios encima. Aunque, no podía llamar a esto una cita. Esto era un plan de amigos donde pensaba confesar, de una vez por todas, lo que sentía por él, si es que acaso era necesario hacerlo tras haber citado a Sirius aquí la noche de San Valentín.
Soltó una especie de chillido tapándose la cara con uno de los libros. Cuánto más pensaba en Sirius, más nervioso se ponía y, por lo más sagrado, no quería volver a vomitar. Miró hacia el cielo por entre las ramas del árbol, los primeros tonos anaranjados del atardecer le decían que el entrenamiento de quidditch debía estar a punto de terminar, así que en un rato Sirius vendría hacia aquí para encontrarle. Y podía imaginarle con esa arrebatadora sonrisa que nunca presagiaba nada bueno en sus intenciones, era una sonrisa que resaltaba sin ningún esfuerzo el atractivo en el rostro algo afilado del heredero de la casa Black; era una sonrisa que Remus podía mirar durante horas enteras, perdiéndose en ella.
Se obligó a centrarse en la lectura, si seguía pensando en la noche con Sirius acabaría vomitando de los nervios, otra vez.
*
James fue el primero de los Merodeadores en aparecer por el Gran Comedor aquella mañana. Le pareció extraño no ver a Peter agenciándose las mejores tostadas de la mesa, y aunque se hacía a la idea de que ni Sirius ni Remus aparecerían por aquí tan temprano, no pudo evitar sentirse algo decaído. Debía ser de las pocas, poquísimas veces, que James Potter desayunaba solo.
Claro que la soledad no duró más de cinco minutos, pues Sirius apareció por allí con una expresión que daba buena cuenta del enfado monumental que llevaba encima, hasta parecía andar dando pisotones de pura rabia. Desde luego, no era la cara de alguien que había pasado la noche con el «amigo que no sentía para nada un amigo». De solo verle, supo que algo no iba bien.
Sirius se sentó a su lado mientras farfullaba lo que a James le parecieron insultos y maldiciones, no logró distinguir si a alguien en particular o insultaba a la existencia en general.
—¿Todo bien con Remus?
—No pienso hablar de ello.
—De acuerdo.
Cinco segundos. Esta vez fueron cinco segundos lo que duró la calma.
—¡¿Te puedes creer que no apareció?! —Sirius golpeó la mesa con los dos puños—. Puedo entender que el plan le haya podido asustar, ¿qué sé yo? Hablamos de Remus Lupin el intachable, ni siquiera sabrá cómo hacerse una paja. Pero, no teníamos por qué llegar hasta el final si no quería, no pienso obligarle —dijo—. Claro que me muero por poder besar a Luni cuanto quiera. Mierda, soy un chico joven y sano, esta es la edad para estar cachondo, ¿no? Pero eso no significa que no quiera a Luni, porque le quiero, en serio. Y no solo para follar, que también, pero no todo es eso con él, ¿me entiendes? —Guardó silencio casi un minuto, con la mirada perdida en la mantequilla que se derretía en su tostada—. James.
—Dime.
—Quiero follarme a Luni.
James suspiró negando con la cabeza.
—Quiero escalar la torre en la que se ha convertido, ¿tú le has visto? ¿Le has visto bien? ¿Tú has visto cómo ha crecido el muy hijo de puta este verano? ¡De repente es altísimo! ¡Una puta torre que casi no cabe por la puerta! —Alzó las manos y las dejó un rato en el aire, las volvió a bajar dando un segundo golpe a la mesa—. Ha pasado de ser un larguirucho a ser… A ser una torre que pienso escalar entera, muy en serio te lo digo, James. Además, tengo mucha curiosidad, ¿cómo crees que será la polla de un licántropo?
James miró hacia el cielo (visible gracias a los conjuros sobre sus cabezas en el techo de la bóveda) pidiendo piedad a todas las deidades de las que había oído hablar. Conocía a Sirius, y seguiría hablando de lo mismo toda la mañana, desde hacía meses Sirius no hablaba de otra cosa que no fuera Remus. La verdad, el tema empezaba a aburrirle. A sus ojos, era evidente lo que sentían el uno por el otro, pero la vista de James no era del todo buena, dudaba que pudiera convencer a nadie con cosas que solo él veía.
—Así que, ¿te dio plantón?
—¡El muy cobarde no apareció! —Respondió Sirius en un grito—. Estuve horas esperándole, ¡horas! Toda la puta noche en vela esperando a ver si aparecía por allí.
—Me cuesta creerlo.
—Te estoy diciendo que no apareció, ¡me dejó colgado! —Se quejó—. Y una cosa más, ¿le ves por aquí? ¿A que no? Me está evitando. No solo me rechaza, ¡se atreve a rechazarme el muy cabrón! Sino que no tiene los huevos de decírmelo a la cara.
—Algo no me cuadra en todo esto: hablamos de Remus. —Se acomodó las gafas mirando a Sirius, le devolvía una mirada llena de curiosidad—. Hablamos del mismo Remus que no parpadea cuando te está mirando por no perderse ni un instante tuyo. Le gustas. Le gustas un montón. —Repitió al verle sonreír—. ¿Cómo no va a querer pasar San Valentín contigo?
Sirius se alzó de hombros, se aseguró de borrar la sonrisa antes de contestarle.
—Su cama estaba fría. A saber dónde pasó la noche.
—La pregunta es con quién.
—¿En serio? ¿Esta es tu manera de animarme? Tengo el corazón roto y los huevos morados. Ten algo de consideración conmigo, ¿quieres?
—Me pregunto quién habrá escalado ya esa torre que decías. —Le divirtió el ceño fruncido de Sirius—. ¿Crees que lo estarán haciendo ahora?
A pesar del fuerte golpe en la rodilla que le dio Sirius, consiguió reír. Y a pesar, también, de la imagen tan extraña y desagradable en su cabeza. Remus era el completo opuesto al ideal de belleza que tenía James en sus estándares, pensar que alguien pudiera encontrarle atractivo era sorprendente. Alguien, aparte de Sirius Black, por supuesto. Ya daba por hecho que ni la cabeza ni los gustos de Sirius encajarían nunca con los de una persona corriente, de ahí que se hubiera enamorado, quién sabía desde hacía cuánto, de alguien como Remus Lupin.
—No ha tenido ninguna gracia —le dijo—. Luni no ha podido pasar la noche con nadie.
Y es que Sirius sabía muy bien cómo era despertar una mañana entre los brazos de Remus.
La primera vez que le pidió dormir juntos había usado sus pesadillas como excusa. No era del todo mentira, sus sueños solían ser horribles y oscuros, todo lo relacionado con su familia lo era de alguna forma. Y le hacían despertar entre gritos, empapado en sudor y con la respiración demasiado acelerada para estar a mitad de la noche.
Con el paso del tiempo se acabó volviendo una costumbre buscar refugio bajo las sábanas de Remus, sus abrazos mantenían alejados los malos sueños.
*
Esta mañana, Lily Evans se vistió lo más rápido que pudo, debía darle tiempo de desayunar y hablar con Remus antes de que empezaran las clases. Preguntó por él en el dormitorio masculino, llevándose una sorpresa cuando le dijeron que no solo no había dormido aquí, sino que nadie le había visto a lo largo de la mañana.
Tuvo un buen presentimiento yendo hacia el Lago Negro, que Remus no hubiera pisado el dormitorio solo podía significar una cosa, ¿verdad? Pensaba si debía, a modo de broma, llamar a Remus «señor de Black», o quizás a Sirius «señor de Lupin». Mantuvo el buen humor sin importarle el frío en los jardines, había sido un San Valentín pasado por agua, la lluvia apareció casi a medianoche y no dejó de llover hasta que rompió el amanecer. A Lily le pareció una mañana gélida, ideal para compartir con alguien en un abrazo. De esta manera esperaba encontrarse a Remus, ajeno al frío de febrero al tener a Sirius al lado.
Se llevó la segunda sorpresa del día al ver solo a Remus, que no abrazaba a nadie, sino a sus rodillas, con la cabeza enterrada en ellas. Se acercó deprisa y se agachó a su lado.
—¿Remus? —Le llamó sacudiéndole por el hombro, su túnica estaba empapada. Ahora que se fijaba, todo Remus estaba empapado—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Sirius? —Tembló al oír su nombre—. Remus, oye. ¿Qué pasa?
—No apareció. Estuve esperándole y no… —Remus suspiró alzando la cabeza, no le parecía cortés hablar con Lily sin mirarla a la cara, sintiendo la calidez de su compasión—. No apareció —dijo a punto de echarse a llorar—. He debido imaginarme las señales: no le intereso. Lo ha dejado bien claro.
—No, eso no puede ser. —Lily no daba crédito. No dudó en sentarse a su lado y abrazarle, Remus estaba helado—. ¿Cómo no va a venir si le invitas tú?
—Habrá tenido mejores planes para San Valentín. Fui solo uno más y, a la vista está, no el más interesante. —Suspiró frotándose los ojos—. La culpa es mía, no tendría que haberme hecho ilusiones.
Lily seguía sin poder creérselo. Había visto las miradas, las sonrisas compartidas, había que estar ciego para no darse cuenta de que entre Sirius y Remus había «algo» de lo que todavía no habían hablado. Un asunto que debía haberse solucionado anoche de la mejor manera posible, no así, con Remus al borde del llanto y Sirius, ¿dónde estaba Sirius?
—He hecho el ridículo. —Remus se levantó y comenzó a guardarlo todo en la cesta: la manta, las velas casi del todo consumidas, los platos de comida sin tocar—. Lily, ¿podrías cubrirme hoy en clase? No estoy listo para ver a Sirius.
Lily asintió con una sonrisa que buscaba animarle. Fue curioso que un gesto tan común en ella desapareciera en el mismo instante que Remus se fue. Lily nunca había estado tan enfadada con nadie como lo estaba ahora y llegó a preocuparse, no se consideraba una chica violenta, así que no sabía muy bien cómo gestionar una emoción tan explosiva.
*
A pesar de faltar apenas quince minutos para que empezara la clase de Encantamientos, Sirius y James seguían en el comedor, uno hundido en sus pensamientos más dramáticos y el otro sin perder la esperanza de ver a cierta bruja de melena pelirroja a la que quería desearle un muy Feliz San Valentín. La cara de James se iluminó cuando vio a Lily caminando hacia la mesa, aunque no entendía por qué estaba tan enfadada.
—Buenos días, Lily, ¿estás bien? —La saludó poniéndose de pie—. ¿Te ha pasado algo?
—Buenos días a ti también, James. —Le devolvió el saludo, incluso sonrió (le era difícil no hacerlo cuando James rondaba cerca) y volvió la mirada a Sirius—. Me preguntaba cómo puedes tener la poca vergüenza de romper el corazón de la persona más dulce y buena que conozco, y sentarte aquí a desayunar como si no hubiera pasado nada.
—¿Disculpa? —Sirius la miró sin tener la menor idea de a qué se refería. Hizo memoria, no había hecho nada cuestionable esta noche, poco más que llorar a solas en la torre de Astronomía, dudaba que con eso hubiera podido hacerle daño a nadie—. ¿Qué se supone que he hecho?
—¡Eres menos que un ser humano, Sirius Black! —Le acusó, y aunque se conformó con señalarle, le hubiera gustado amenazarle también con la varita—. Como se te ocurra siquiera mirar a Remus te las verás conmigo, ¿me has entendido?
—¿Qué? ¡Espera! ¡Espera un momento! —Sirius se levantó y si no atrapó su mano fue por la mirada de James. Si empezaba esta discusión sabía que no iba a poder contar con su apoyo, debía calmarse—. ¿Luni me da plantón y soy yo el malo del cuento? ¡Estuve toda la noche esperándole y no apareció! Si alguien tiene derecho a estar enfadado, ¡soy yo!
—¡Serás mentiroso! —Lily se dio cuenta de que estaba gritando, carraspeó y se sentó. Usarían a James como barrera, a un lado estaba ella y al otro Sirius, también volviendo a sentarse—. Remus se quedó toda la noche a la intemperie por si acaso te dignabas a aparecer. ¡Pero no! ¡El señorito Black tiene mejores cosas que hacer! ¡¿Verdad?! —Apretó los puños, contó hasta tres para calmarse y bajó la voz—. Estuvo lloviendo toda la noche, y no se movió de allí. He ido a verle hace un momento, está calado hasta los huesos, pero todavía estaba esperándote. Y resulta que tú estabas aquí desayunando tan tranquilo. ¡Maldita sea! ¡Es que no puedo ni verte!
James no estaba del todo cómodo en la posición de mediador, este era, irónicamente, el lugar de Remus bajo circunstancias normales, pero esto de normal no tenía nada. Hizo su mejor esfuerzo por llamar a la calma, y aunque le divirtió la manera en la que comía Lily cuando estaba enfadada, mantenía el ceño fruncido mientras masticaba y tragaba, hizo la vista a un lado y le dio el turno de palabra a Sirius. Era su turno para dar explicaciones.
—Pasé la noche en la torre de Astronomía —dijo—. Lo preparé absolutamente todo para tener la noche de nuestras vidas: hice los encantamientos para que nadie, además de Luni, pudiera entrar, tapé todas las imágenes de la luna llena para que no se pusiera nervioso, preparé todo un lecho con los cojines rellenos de plumas para estar lo más cómodos posible. También me encargué de la comida y la bebida, y de… De esto. Mirad, es genial. —Movió las manos y en la derecha apareció un botecito desconocido. Sirius se lo entregó a James, con Lily inclinándose a su lado para leer la etiqueta—. Es lubricante con sabor a chocolate, obviamente es comestible. ¿Sabéis lo difícil que es comprar cosas en el mundo muggle? —Lily volvió su atención al desayuno esperando que no se notara mucho su sonrojo, James carraspeó devolviéndole el bote a Sirius—. Íbamos a tener la noche perfecta, ¡joder! Y la mañana también. Todo iba a ser jodidamente perfecto. —Contuvo el grito y se apretó las manos en el cabello, tiró un poco antes de alzar la cabeza, miró hacia Lily—. ¿Qué demonios hacía Luni fuera? ¿Bajo la lluvia? ¿Por qué?
—¿No recibiste su carta? Te citaba en el Lago Negro.
—¿Qué carta? No. Él tenía que recibir la mía. Le escribí muy clarito que le esperaba bajo las estrellas en Astronomía. James, ¿Luni no te dijo nada? James.
—¿James? —Lily también miró hacia él, confundida.
—James, te pedí que se la entregaras a Luni mientras yo terminaba de prepararlo todo. Se la diste, ¿verdad?
—Quizá.
—¿Quizá?
—Quizá, y solo quizá, el mensajero anoche se distrajera un poco. —Rebuscó en los bolsillos de su pantalón, sacando de uno de ellos un sobre arrugado—. Y se olvidara por completo de su importante misión. Lo siento, Canuto. Por mi culpa…-
—¡Mierda! —El primer grito de Sirius le interrumpió, el resto solo le hizo encogerse en el sitio al devolverle el sobre, todavía sin abrir—. ¡Mierda James! ¡Te pedí que hicieras una sola cosa! ¡Una! ¡Tenías que hacer una sola cosa! ¡Mierda!
—¡Te acabo de pedir perdón, para ya de gritarme!
—Parad los dos, discutiendo entre vosotros no arreglaréis nada. —La voz de Lily consiguió calmarlos—. Sirius, hoy Remus no va a venir a clase, si quieres hablar con él tendrás que… ah. Ah, bueno.
James se echó a reír casi en carcajadas, a mitad de su frase Sirius se había convertido en perro, desapareciendo del comedor en cuestión de segundos. Y dejando a Lily hablando sola.
*
Había muchas historias, rumores y leyendas circulando por Hogwarts, una de ellas era la del perro negro que paseaba por los pasillos del castillo y, cuando alguien intentaba alcanzarle, desaparecía sin dejar rastro. El caso es que ese perro tan misterioso entró en la Sala Común de Gryffindor (qué clase de acuerdo tenía con la Señora Gorda y sus contraseñas nadie lo sabía) y se convirtió en humano cuando llegó a los dormitorios. Sirius esperaba encontrar a Remus en su cama.
—Luni, ¿estás aquí? ¿Has cogido la capa? —Guardó silencio para poder oír. La capa de invisibilidad evitaba ser visto, no escuchado. Esperó unos segundos, pero no pudo oír nada, ni una respiración ni un estornudo. Suspiró, Remus no estaba aquí.
Solo por si acaso volvió a revisar todas las camas, mirando incluso bajo ellas. Fue cuando encontró el desafortunado pedazo de pergamino con la letra temblorosa de Remus. Después de leerlo y contagiarse con el sentimiento tan cálido que deja el amor en el cuerpo, lo guardó en el segundo cajón de su mesilla de noche, aquí guardaba las cosas que consideraba importantes. Curiosamente, había muchas cosas de Remus en este cajón.
Regresó a la Sala Común intentando adivinar quién tenía el Mapa del Merodeador, creía recordar que Peter iba usarlo anoche para encontrarse con alguien, ¿quién? No tenía ni idea, la vida privada de Peter Pettigrew no le interesaba lo suficiente como para indagar demasiado en ella. Y ahora tenía mejores cosas en las que pensar como para recordar el nombre de su cita.
Miró hacia la puerta cuando se abrió y le fue imposible no sonreír cuando vio a Remus entrando en la sala, buscando el calor de la chimenea. Llevaba una bata enorme sobre su pijama, el cabello todavía mojado después del baño y una taza de chocolate caliente en sus manos.
—Luni.
Remus se sobresaltó al oírle, y al mirar hacia él, Sirius pudo ver lo muy hinchados que estaban sus ojos, seguían rojos, había dejado de llorar hacía muy poco. Él, y ninguna otra persona porque no había más culpables, había hecho llorar a Remus Lupin. Sirius conocía a muchísima gente dentro y fuera de Hogwarts, pero dudaba que ninguno de ellos se odiara tanto a sí mismo como se estaba odiando él en estos momentos.
—Luni, ¿podemos hablar?
—¿Es necesario? —Sonrió, y no hubo una sola parte del cuerpo de Sirius a la que no le doliera ver aquella sonrisa—. No estoy bien, hablaremos mañana, ¿de acuerdo?
No podían dejar esto para mañana. Sirius no podía dejar que Remus pasara en este estado tan deplorable ni un solo segundo más, así que le siguió hacia la zona de los dormitorios. No se apartó de su lado y hasta se sentó en su cama, mirando cómo terminaba de secarse el pelo y hacía desaparecer la toalla.
—Hablaremos ahora.
—Sirius, por favor, no estoy listo para tener esta conversación.
—Bueno, pues me da igual, te estoy diciendo que vamos a hablar.
Remus resopló, esto iba a ser durísimo.
—Muy bien, dime. ¿De qué tenemos que hablar? —Preguntó dejando el chocolate sobre una de las mesitas. Vio revolotear un sobre arrugado en su dirección, siguiendo los movimientos de varita que daba Sirius—. ¿Qué es esto?
—Léelo.
Remus volvió a resoplar, en otro momento se hubiera divertido con las ocurrencias de Sirius, pero ahora mismo estaba siendo especialmente doloroso. Terminaría con esto cuanto antes, así que rasgó el sobre para abrirlo con cierta prisa, leyendo la pequeña nota que había dentro.
—«Vamos a pasar juntos la noche de los enamorados. Te estaré esperando en Astronomía, no tardes. En serio, no tardes, la comida fría no vale nada». —Miró la nota después de leerla, miró a Sirius y otra vez la nota. Reconocía su letra—. ¿Y bien? ¿Qué es esto?
—Oh vamos, Luni. —Fue el turno de Sirius para resoplar, salió de la cama y caminó hacia él—. ¿Qué crees que es? Es una carta que anoche perdió el mensajero que debía entregártela.
—¿Para mí?
—¿Tú ves a alguien más aquí? ¿Para quién va a ser?
—¿Me estás invitando a mí? ¿Tú a mí?
—Bueno, creo que, ¿es evidente? —Se rascó la nuca, estaba nervioso—. Tú también quisiste invitarme, ¿no?
—Sí, pero no viniste.
—¿Cómo voy a ir si no me invitas? No leo la mente, Luni. Mucho menos la tuya. El papel estaba debajo de tu cama, lo descubrí antes. —Caminó hasta su mesilla de noche para hurgar en el segundo cajón—. No mires, este cajón es privado. Gracias. —Volvió con Remus, le gustó verle con los ojos cerrados, era imposible resistirse a hacerle alguna broma—. Pon las manos. Bien. Toma, lo compré para ti. Realmente, para los dos, yo también quiero probarlo.
Remus parpadeó mirando sus manos, reconoció al instante la letra temblorosa de su propia nota, pero tuvo que leer la etiqueta del botecito que sujetaba para descubrir lo que era. Remus aprobaba cualquier cosa que existiera y tuviera sabor a chocolate, pero que Sirius le regalara un bote de lubricante fue demasiado que asimilar.
—Entonces. —Luchó por ignorar tanto el ardor que sentía en las mejillas como el temblor en sus tobillos—. Entonces, ¿habrías venido?
—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a ir? —Aseguró—. Pasar una noche contigo me parece un plan perfecto, Luni. ¿Y tú? ¿Habrías venido a no ver las estrellas conmigo?
—Pero, ¿qué esperabas hacer conmigo en Astronomía si no es ver las estrellas?
—Puedes venir esta noche y comprobarlo.
Remus no pudo soportarlo y se agachó soltando una mezcla de gritito y aullido, era un sonido que Sirius reconocía, solía hacerlo cuando se asustaba o se frustraba. Ahora mismo se preguntaba qué estaría sintiendo para hacerle reaccionar de esta forma. Se arrodilló frente a él sin dejar de mirarle, si bien hacía un momento reconoció el tono del aullido, ahora reconoció las sacudidas en su espalda. Retrocedió de golpe, pudiendo evitar el vómito a duras penas.
La sensación del dejavu golpeó con fuerza a Remus, claro que era muy diferente vomitar a solas que vomitar a los pies de Sirius. Se marcharon las ganas de vomitar para dejar paso a las ganas de llorar, ¿había una reacción peor que esta a una confesión? Lo dudaba.
—¿Has comido algo raro esta mañana? —Preguntó Sirius haciendo desaparecer el vómito con un poco de magia, la alfombra se lo agradecería (de poder hacerlo).
—No.
—¿Bebido alguna poción? —Volvió a preguntar, esta vez alcanzándole la taza de chocolate.
—No.
—Ah, ¿son las náuseas matutinas del embarazo?
—Idiota. —Murmuró Remus dando un par de sorbos, sonrió antes y después de tragar—. Son los nervios.
—¿Nervios? ¿Por qué?
—¿A ti qué te parece? Acabo de descubrir que un amor que creía imposible ha dejado de serlo, ¿te haces una idea de cuánto tiempo llevo queriéndote en secreto? —Hizo flotar la taza vacía hasta la mesita más cercana, y se acomodó en la alfombra estirando las piernas. Estaba demasiado cansado como para levantarse—. Han sido demasiadas emociones de golpe, lo siento, ¿te he salpicado? ¿Estás bien?
—Estoy perfectamente. —Contestó gateando por la alfombra hasta quedar sentado entre las piernas de Remus. Se pegó todo lo posible a él, incluso enterró la cabeza en el hueco que dejaban cuello y hombro, le faltó muy poco para empezar a ronronear (más bien, gruñir a baja frecuencia, los perros no ronroneaban) cuando Remus le acarició el pelo—. Como anoche no aparecías, comenzaba a creer que no me habías tomado en serio, no sé, que te estaba tomando el pelo o algo así. —Apartó un poco la cabeza para poder mirarle, estaban tan cerca, ¡tan cerca! Tan cerca que podía ponerse a contar sus pestañas—. No es ninguna broma lo que siento por ti, Remus.
—Ya. Ya lo veo. —Carraspeó, orgulloso de sí mismo por sentir cientos de mariposas revoloteando en su estómago, pero ni una sola náusea—. Estamos bien ahora, ¿no? Los dos sentimos lo mismo, ¿creo?
—No soy muy bueno con esto de los sentimientos, ya lo sabes. Pero, no pienso alejarme de ti. —dijo volviendo a enterrar la cabeza en su hombro, sonrió con la nueva ronda de caricias, era de lo más agradable sentir los dedos de Remus jugando con varios de sus mechones. Juró no volver a pisar nunca una peluquería.
—¿Te estás durmiendo?
—No he pegado ojo en toda la noche. —Hablaba con los ojos cerrados, su peso totalmente apoyado contra Remus, que le abrazaba y sostenía contra él—. Si me sigues abrazando no tardaré en roncarte al oído.
—Un detalle muy romántico por tu parte.
—Hasta mis ronquidos serían poemas de amor. —Bromeó en una lucha por enderezarse, no lo consiguió del todo, volviendo a quedar cerca, muy cerca de la cara de Remus. La diferencia esta vez fue que no se apartó, al contrario, inclinó un poco la cabeza hacia él.
El beso fue cálido, lento e incluso inocente. Un roce de labios que no debían hacer demasiado esfuerzo por entenderse, como si estar unidos fuera tan solo el orden natural de las cosas.
—Luni, vamos a la cama —susurró, pues no veía necesario alzar la voz.
—¿En serio? —Remus rio—. ¿Eso es lo primero que quieres hacer?
—¡No! A ver, sí. Por supuesto que sí, y lo haremos, pero no ahora. Por Merlín, estoy cansadísimo, quiero dormir. —Contuvo el primer bostezo, que parecía haber esperado la mención del sueño para aparecer—. Solo puedo dormir cuando estás conmigo.
*
Peter Pettigrew entró en el dormitorio terminándose la segunda caja de bombones que se había agenciado esta mañana. El objetivo era conseguir una tercera, y para ello confiaba en Remus y sus interminables reservas de chocolate, en cualquier cajón, en cualquier mueble, podía encontrar bombones de casi cualquier tipo.
Lo que se encontró en su lugar fue al propio Remus dormido en su cama, compartiendo el poco espacio libre que daba un colchón individual con Sirius. No era la primera mañana que los veía juntos, pero sí fue la primera mañana que sintió algo diferente en ese abrazo. Era distinto a los anteriores, quizá fueran las piernas de Sirius enredadas con las de Remus, o quizá el brazo de Remus cayendo despreocupado sobre el costado de Sirius, ¿no estaban sus caras demasiado cerca? ¿Cómo podía dormir Remus con la nariz prácticamente enterrada en el pelo de Sirius? ¿Y Sirius? ¿Cómo podía dormir si se aferraba con tanta fuerza al pijama de Remus?
Definitivamente, había algo distinto en ellos. Algo en lo que no pensaba indagar, prefirió coger un botecito del suelo, el que tenía una etiqueta brillante que decía: «¡sabor a chocolate!». No sabía lo que era, pero siendo de chocolate estaría de muerte.
