Chapter Text
La primera vez que Marlene vió a Dorcas fue en el avión a París. Les tocó sentarse juntas, Dorcas en el asiento junto a la ventana y Marlene junto al pasillo.
Marlene odiaba viajar en avión, se sentía indefensa y sin control. Su respiración se agitaba, sus ojos se cerraban, y su cuerpo empezaba a temblar. Fue en ese momento, en su ataque de ansiedad, que Dorcas tomó su mano y con palabras suaves la empezó a tranquilizar.
Dorcas le hacía muchas preguntas personales. Marlene contestaba todas, sin saber la razón por la cual esta desconocida le seguía haciendo preguntas. Cuando al fin decidió sacarse la duda, Dorcas respondió: “Estoy intentando distraerte, ¿no es obvio?” Marlene corrió su mirada hacia la ventana, notando que ya estaban volando, a miles de metros de altura.
Para Marlene era fácil distraerse con Dorcas presente. Era fácil perderse en esos ojos marrones, en esa mirada cálida. Era fácil dejar de pensar en el alrededor cuando toda la atención de Dorcas estaba puesta en ella, cuando sus preguntas iban dirigidas a ella. Era fácil escucharla, cuando su voz sonaba tan relajada y suave. Marlene estaba segura que podría escucharla por el resto de su vida y aún así no sería suficiente.
Sus manos, que habían estado apoyadas una en la otra, pasaron, naturalmente, a estar entrelazadas. Naturalmente… natural . Así se sentía. Ellas no se conocían, pero sus cuerpos actuaban como si se reconocieran de otra vida. Sus cuerpos se juntaban como si fuera magnetismo. Como si fuera que se habían estado buscando por tanto tiempo y, al fin, lograron encontrarse.
El vuelo solo duró una hora y veinte minutos. No fue suficiente. Ambas querían más tiempo para compartir, pero fue bastante como para conocer a la otra: Su color preferido, su comida, su animal, la razón por la cual estaban viajando, sus miedos: Marlene el volar en avión y Dorcas el enamorarse. Se escuchaban con atención y, en silencio, aprendían sobre la otra.
Entre el intercambio de palabras, Dorcas se desató una pulsera que tenía en su muñeca izquierda y la ató en la muñeca derecha de Marlene. La pulsera era negra y tenía una piedra azul. “La piedra se llama Angelita. Es una piedra protectora que aporta seguridad y comodidad,” dijo Dorcas, mientras terminaba de atarla en su muñeca. Marlene se sentía muy segura y cómoda, pero para ella el crédito se lo llevaba Dorcas y no la pulsera.
Cuando el avión aterrizó, ambas hicieron todo lo posible para ser las últimas en desembarcar. Caminaron lento, intentando ganar todo el tiempo que podían.
En el aeropuerto de París, Dorcas y Marlene se perdieron de vista. La multitud las había separado. Las personas caminaban con sus maletas de un lado al otro, empujándolas… separándolas.
Marlene la buscó con su mirada. Se paraba en puntitas de pie, haciendo equilibrio, y moviendo su cabeza de un lado al otro, intentando localizar a Dorcas.
“¡Marlene!” Esperanzada dió media vuelta. Mary, su mejor amiga, corría hacia ella.
Marlene estaba muy contenta de ver a su amiga después de varios meses, pero por un pequeño instante, deseo que sea alguien más.
“¡Mary!” Soltó su mochila y abrazó a su amiga. “Te extrañé.”
“Y yo a tí,” dijo Mary, aferrándose más al abrazo. “Vamos, James está esperando en el auto.”
“¿James sigue aquí?”
Mary asintió, riendo. “Él te contará el por qué. Vamos.”
Marlene tomó su mochila y antes de empezar a caminar, volvió a recorrer el aeropuerto con su mirada.
“Marlene,” Mary la llamó y tomó su brazo para incentivarla a caminar. “¿Estás bien?”
“Sí,” respondió, mirando hacia atrás. Dándose por vencida, volvió su mirada al frente. “Pensé que– no importa.”
“Qué linda pulsera.”
“¿Qué?” Marlene miró sorprendida su muñeca. La pulsera de Dorcas seguía ahí. “Ah, sí. La persona que estaba sentada junto a mí me la dió para estar tranquila en el vuelo.”
“Qué amable.”
Marlene sonrió para sí misma. “Sí…”
“Allí está-”
“¡Marls!”
“¿Puedes dejar de tocar la bocina?” Mary lo reprendió cuando llegaron al auto y se subió a él.
James se bajó del vehículo, tomó la mochila de Marlene para guardarla en el baúl. “Hola,” la saludó con una gran sonrisa y la abrazó.
Marlene lo saludó, devolviéndole el abrazo. “¿Por qué sigues en París?” Preguntó una vez que el abrazo acabó.
James le abrió la puerta del auto y ella entró. Dió la vuelta y subió él. “Sigo aquí por tres razones,” empezó, mientras arrancaba el auto. “Primero, quería aprovechar para estar con Mary antes de que se vaya,” Mary resopló al escuchar eso. “No me interrumpas. Segundo, quería verte y saludarte porque no te veré por dos meses y te voy a extrañar mucho,” Marlene resopló esa vez. “Y tercero… me enamoré. Me enamoré del amor de mi vida. Me voy a casar con él.”
“Tres razones… Si claro.”
Mary soltó una carcajada. “Te dije que no te creería.”
“No estoy mintiendo.”
“Sí, sí. Como sea,” Marlene rodeó los ojos. “¿Quién es este nuevo amor de tu vida?”
“Mi único,” James la corrigió. “Se llama Regulus. Es francés. Es hermoso y muy malo.”
Marlene asintió. “¿También es pelirrojo?”
James fingió una risa. “La única persona pelirroja que me gustó fue Lily. Y ese chiste ya pasó de moda.”
“Gideon y Fabian,” Mary y Marlene mencionaron al mismo tiempo.
“Fue un momento de oscuridad que tuve,” James se aclaró la garganta. “En fin, Regulus tiene el pelo negro. Tiene unos rizos color azabache y unos ojos color plata. Una sonrisa-”
“Eh…” Marlene frunció el ceño. “Mejor finjamos que nunca pregunté.”
Mientras el tráfico parisino avanzaba, James continuó con entusiasmo hablando de Regulus y sus cualidades. Marlene observaba la ciudad con una sonrisa en los labios y el recuerdo de Dorcas flotando en su mente.
"Y créeme, cuando conozcas a Regulus, entenderás por qué me he enamorado perdidamente."
Mary se rió, lanzándole una mirada burlona. "James, siempre te enamoras perdidamente… ¿Recuerdas a Lily Evans?"
"Sí, sí, lo admito, eso fue diferente. Pero Regulus... hay algo especial en él."
"Entonces, ¿cómo han estado ustedes dos? Mary, ¿qué tal todo?" Marlene los interrumpió.
Mary sonrió, volviéndose hacia ella. "Estoy estresada por mi proyecto, pero más allá de eso, todo sigue siendo increíble, como siempre. Y también estoy ansiosa por regresar a Argentina y ver a mi familia."
Al llegar, James tomó la mochila de Marlene y subieron por la escalera hasta el acogedor apartamento de Mary. El sonido de la ciudad entraba por las ventanas abiertas, junto con la luz cálida de la tarde.
El teléfono empezó a sonar. “¡Es para mí!” James gritó, dejando caer la mochila al suelo. Corrió hacia el teléfono y contestó. “ Bonjour mon amour. Tu m'as manqué. ”
Marlene lo miró impactada. Giró su cabeza para mirar a Mary. “¿Desde cuándo habla francés?”
“Su petit ami le está enseñando,” contestó tomando la mochila de Marlene y llevándola a su cuarto.
Marlene la siguió. “¿Su qué?”
“Novio.”
“¿Cómo supo que ya estaba aquí?”
“Vive al frente del edificio. Ven,” Mary abrió las puertas de su balcón y ambas salieron. “¿Ves esa casa?”
“Sí…”
“Ahí vive.”
“¡¿Qué?! A James se le olvidó mencionar que su amado es millonario.”
“Es uno de los millonarios buenos, lo prometo. No bueno exactamente, pero no es un idiota como otros.”
“¿Cuántos años tiene?”
“Veintitrés.”
“Ah, un heredero…”
“Exactamente. Míralo, ahí está.”
“Lindo. No es mi tipo, pero es lindo.”
“¿Qué están haciendo?” Preguntó James detrás de ellas.
“Observando a tu amante.”
“Dejen de hacer eso, lo van a incomodar.”
“Pero es tan guapo…” Mary dijo, parpadeando rápidamente y jugueteando con un mechón de su cabello.
James fingió una sonrisa. “Y es tan mío.”
“Me vió,” dijo Marlene, levantando su mano para saludarlo. “Hola,” canturreó.
“Suficiente. Entremos y les prepararé té.”
Más tarde, por la noche, Marlene estaba acostada junto a Mary en su cama, intentando dormir. Intentando porque su mente seguía mostrándole imágenes de Dorcas, del destello de sus ojos marrones, y de su cálida sonrisa. Sus dedos, involuntariamente, empezaron a acariciar la pulsera. Cuando por fin pudo dormirse, lo hizo con una sonrisa.
(***)
Caminó por las calles de París, observó la arquitectura, visitó museos, bebió mucho café, probó comida, disfrutó con sus amigos, conoció a Regulus, y buscó. Buscó a Dorcas. Con atención observaba a cada persona que pasaba por sus ojos. Buscó, pero no la encontró.
Y de repente, pasaron los días y llegó su hora de partir.
Marlene no había organizado su viaje. Tenía en mente todos los lugares que quería visitar, pero decidió que todo lo demás fuera más… espontáneo, como: A dónde se hospedaría y cómo viajaría a cada lugar.
Su próximo destino era Ardenas y Marlene decidió hacer dedo para llegar a la ciudad. A James no le causaba mucha gracia que ella quisiera subirse al auto de un extraño y viajar por horas con él… o ella, pero Marlene ya estaba decidida.
“Yo puedo llevarte, no tengo problema.”
“Pero yo sí, James. Quiero aprender a hacer las cosas por mi misma. Quiero animarme y arriesgarme. Necesito hacer esto. Voy a estar bien, lo prometo.”
“Necesito que me llames seguido, ¿si?”
“Lo haré.”
“Bien.”
Marlene tomó su mochila, se despidió de sus amigos, y salió del edificio para emprender su caminata en busca de alguien que la llevara.
ARDENAS
BRUSELAS
BRUJAS
