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Laena Velaryon
Observó con diversión disimulada los insultos que volaban de un lado a otro entre la familia Hightower del rey y su nuevo yerno.
Forrest Frey era una cosa salvaje.
Laena no lo imaginó así cuando lo conoció la primera vez.
Él era un hombre unos pocos años mayor que Rhaenyra, apuesto para ser un ándalo y un Frey, alto y delgado, con una expresión siempre seria y ojos que oscilaban entre mirar a todos con indiferencia aburrida o apatía. Emociones que lo hacían parecer inaccesible y que despreciaba a todos, cuando la realidad era que los demás no podían importarle menos.
Bueno, todos excepto Rhaenyra.
La actitud de Lord Forrest molestaba a muchos nobles, especialmente a la familia de la reina, quienes consideraban que actuaba demasiado alto considerado su origen bajo. Él era parte de la nobleza, pero siendo de la Casa Frey, podía verse como si fuera un campesino.
Justo la razón por la que la reina y la Mano convencieron al rey de desposar a Rhaenyra con él.
Con un hijo y una hija de apariencia común, la reina estaba desesperada por elevar la existencia de sus hijos sin importar nada, incluso arruinar la vida de su hijastra.
Su madre le había contado una vez que la reina Aemma había sospechado de la máscara de piedad que Lady Alicent ostentaba. La difunta reina había visto la envidia y la crítica que esa chica había sentido siempre hacia Rhaenyra. No fue una sorpresa que en cuanto se convirtió en reina, todo cariño y sumisión se transformó en vanagloria y arrogancia.
Alicent Hightower había esperado el momento justo para enseñorearse sobre Rhaenyra.
Si bien se mantuvo como la obediente y recatada Lady Alicent durante el inicio de su matrimonio, se transformó en una reina mezquina y burlona en cuanto alumbró a un hijo varón… por mucho que le disgustara que su primogénito, aquel que debía ser nombrado heredero, fuera idéntico a ella en coloración y rasgos.
Lo único que Aegon Targaryen tenía en común con el rey era la gordura. No era una crítica, en realidad Laena consideraba adorable que un bebé fuera tan rechoncho, pero era evidente que el príncipe había nacido con huesos anchos.
La princesa Helaena era muy parecida, aunque su cabello era más castaño que rojizo. Lord Ormund, el primo de la reina, había comentado que la princesa se parecía a su bisabuela Hightower, una dama proveniente de una Casa menor de la que parecía que todos se avergonzaban porque nadie estaba dispuesto a recordar el nombre de dicha Casa. La reina había enrojecido de vergüenza ante la estupidez de su primo, pero el daño ya estaba hecho.
La Corte no estaba convencida que los hijos de la reina fueran hijos del rey.
La posición que ella y la Mano tanto querían reforzar estaba entorpecida por sus propios hijos. De ahí que naciera su estúpido plan.
El rey se había dejado convencer y anunció a Rhaenyra que debía cumplir su deber como heredera. Que la reina, su madrastra preocupada, estaba en lo cierto al señalar que más que un lord que aportara oro a la Corona, debía aportar cero desafío a su herencia.
Rhaenyra, sola, triste y furiosa Rhaenyra, no tuvo más opción que aceptar.
Sin madre, sin padre y sin tío, no estaba dispuesta a perder una de las pocas cosas que le quedaban, especialmente no a manos de la amiga que la traicionó.
Además, los susurros ya eran fuertes en la Fortaleza Roja, sobre Rhaenyra perdiendo su virginidad a manos del Príncipe Pícaro. ¿Quién la querría así? ¿Qué lord no tendría ese hecho sobre su cabeza para menospreciarla o manipularla?
Forrest Frey era tan baja nobleza que no se atrevería a hacer nada de eso, pensaron.
Y no se equivocaron, al contrario, fueron gratamente sorprendidos. Rhaenyra y Laena, es decir.
Lord Forrest no había obligado a Rhaenyra a participar en la ceremonia de cama, le aseguró que podía esperar. Sin embargo, la prima furiosa de Laena había estado tan indignada con todo que decidió no ser humillada más por la nueva familia del rey. Rhaenyra no les daría el gusto de criticarla más, así que procedió con la noche de bodas.
La reina había ordenado que mostraran las sabanas a la mañana siguiente, esperando que el pecado de Rhaenyra quedara a la vista de todos. Ya que no logró que el rey aprobara que la ceremonia de cama fuera pública, se empecinó en al menos respetar una tradición.
Laena nunca olvidaría cómo Alicent Hightower se hinchó y adquirió casi un color morado cuando las sabanas manchadas de sangre fueron colgadas en el patio principal de la fortaleza.
Lord Forrest se cortó sin que Rhaenyra se lo pidiera y nunca la cuestionó o hizo sentir mal al respecto. Sería hipócrita de mi parte esperar que llegues intacta a la cama cuando yo tampoco lo estoy. Lo único que me importa, mi princesa, es que seamos el único y último del otro a partir de ahora.
Esas palabras habían sido suficientes para que Rhaenyra empezara a mirar amablemente a su nuevo esposo. Laena casi había soltado un chillido de emoción cuando su prima le habló de ello, por cosas como ésta era que estaba contenta de servirla como la dama principal de la Casa de la Princesa Heredera.
Estaba muy consciente que la invitación para tal honor nació del nuevo desprecio del rey hacia la Casa Velaryon por ignorar a Laenor como consorte de Rhaenyra. Mientras Laenor estaba aliviado, su madre estaba indignada y su padre, furioso. Laena a veces no podía creer que ellos realmente estaban dispuestos a empujar a Laenor a una vida que no deseaba para lograr sus ambiciones.
Laena se había salvado de ello por poco.
La única cosa que le agradecía a la reina Hightower.
—No te he visto visitar mucho el septo, Lord Forrest, aunque tengo entendido que las Tierras de los Ríos es uno de los reinos más devotos de los Siete —comentó la reina, limpiando las comisuras de su boca con una servilleta.
Toda la familia real, excepto los niños, estaban rompiendo el ayuno juntos.
Como pariente de sangre, Laena estaba invitada, sentada al otro lado de Rhaenyra, una barrera entre su prima y la reina. Como los acaparadores e inseguros que eran, los Hightower mantenían al rey para ellos al sentarse de manera que él quedara entre ambos. Lord Forrest estaba sentado junto a la Mano, justo de frente a la reina.
—Mi consciencia está tranquila, Lady Alicent, es innecesario arrodillarme durante horas y días frente a los Siete para pedir perdón por mis pecados. Además, no me gusta molestarlos con mis problemas irrelevantes; los Siete son una luz guía, no la respuesta a todos mis problemas. Considerarlos así sería irrespetuoso y poco piadosos de mi parte —fue la respuesta de Forrest.
Laena ocultó su sonrisa detrás de su copa, Rhaenyra no se molestó en hacerlo.
Su primo por matrimonio acababa de decir a la reina que era una pecadora y una molestia para la Fe, aunque Laena dudaba que esa mujer fuera capaz de sentir remordimiento.
—Es reina Alicent, no lady —la Mano salió al rescate de su hija feamente sonrojada.
—Y es príncipe Forrest, no lord —dijo Rhaenyra, mirando con aburrimiento a la Mano.
—Disculpas, pensé que la reina estaba intentando acercarnos como familia al llamarme por mi título de soltero y sólo correspondí —la expresión apática de Lord Forrest no cambió cuando miró al rey —. Espero no lo haya malinterpretado, Su Gracia.
La reina enrojeció más.
La disculpa debería ser para ella, pero como era esperado en su mundo, el que la recibía era el esposo. Si Laena no conociera a Forrest Frey como lo hacía en este tiempo, no se daría cuenta de que estaba actuando a propósito al pasar sobre la reina.
Él siempre defería a Rhaenyra, respetando su posición superior. Sin que lo instruyeran, él caminaba un paso detrás de ella cuando estaban en público, se sentaba a su izquierda, como su ejecutor y su segundo, y nunca permitía que nadie le faltara al respeto. Laena recordaba muy bien cuando el primo Borros le preguntó a él sobre la opinión de Rhaenyra, y todo lo que Forrest gruñó fue creo que has olvidado que mi esposa, la princesa heredera, posee su propia lengua.
Desde entonces, la Corte se dividía entre aquellos que hablaban directamente a Rhaenyra y entre aquellos que preferían no hablarle en absoluto.
—No te preocupes, hijo —el rey le sonrió, siempre ajeno, fuera a propósito o no, de lo que sucedía entre su familia —. Aprecio que apoyes la iniciativa de Alicent.
En las pocas lunas que Rhaenyra y Forrest llevaban casados, él se ganó por completo el aprecio del rey. Ver cómo el esposo de su hija la respetaba y protegía de la Corte, parecía que hizo pensar al rey que no se había equivocado con ese matrimonio. Además, Forrest Frey no era Daemon Targaryen.
Hobert Hightower
Una vez más estaba en Desembarco del Rey para celebrar el onomástico de un príncipe Targaryen. Sólo que este príncipe no era pariente de Hobert.
Jacaerys Targaryen tenía un onomástico recién cumplido y celebraciones en forma de banquetes, cacerías y torneos estaban siendo celebrados en su honor.
En honor al primer nieto del rey, el nieto con cabello plateado y ojos lila, el nieto cuyo dragón eclosionó en su cuna a las pocas semanas de nacido.
El nieto que era todo lo que no eran ninguno de los hijos de su sobrina, la reina de los Siete Reinos.
Hobert esperaba que su rostro no estuviera haciendo las mismas muecas que Otto y Alicent, quienes parecían que estaban oliendo mierda mientras veían al príncipe Forrest acomodar galantemente la silla de la princesa Rhaenyra en la Mesa Alta para que tomara asiento, sentándose él mismo, después de ella, con el pequeño príncipe Jacaerys en su regazo.
El principito lucía como si fuera sólo hijo de su madre, un Targaryen de pies a cabeza, pero interactuaba con Forrest Frey como sólo un niño lo haría con su padre.
Su hermano y sobrina estaban seguros que el niño era un bastardo, engendrado por el príncipe Daemon, pero las fechas entre el nacimiento y la noche que se decía la princesa Rhaenyra fue seducida por su tío no cuadraban. Además, cuando el Príncipe Pícaro visitó Desembarco del Rey para intentar robar sin éxito a Lady Laena, la princesa Rhaenyra ya tenía un par de lunas de embarazo.
Otto y Alicent se estaban volviendo estúpidos.
Hobert no los culpaba, pero esperaba más de ellos.
¿Y qué si sus sobrinos nietos no parecían Targaryen?
Hobert estaba muy orgulloso de su ascendencia y apariencia ándala, los Reyes del Faro habían gobernado durante generaciones antes de que los valyrios aparecieran. La coloración de los hijos de Alicent simplemente eran prueba de la supremacía ándala.
Su sobrina debería estar orgullosa de eso.
Un rey con sangre y apariencia Hightower, los Siete los estaban bendiciendo.
—Padre, ella es Lady Sabitha Vypren —la llegada de su hijo lo hizo apartar su atención de la Mesa Alta, parándose para saludar a la joven dama.
—Lady Sabitha —saludó como correspondía —. He escuchado mucho de usted últimamente.
Ormund era inaguantable como un hombre enamorado, aunque ya era hora de que encontrara una esposa.
—Es un honor conocerlo, Lord Hightower —sus modales eran impecables, un contraste con los susurros que la seguían.
Lady Sabitha Vypren llegó a la capital para formar parte del séquito de la princesa Rhaenyra. Una ribereña noble que rápidamente se hizo fama de ser despiadada y poseer más coraje que la mayoría de los hombres en un dedo meñique. Alicent, especialmente, se quejaba de lo poco femenina que era la dama y cómo regañaba a sus sirvientas por la mínima mirada a la princesa Rhaenyra.
Si bien el interés en la espada y la equitación la hacían poco favorable como su nuera, todo ese carácter fuerte era apropiado como Lady Hightower, especialmente cuando Ormund era tan enclenque. Hobert amaba a su hijo, pero si lo dejaba solo con el mando de Lord del Faro, sería aplastado por el peso. Además, quitarle una dama a la princesa sólo serviría a Casa Hightower.
En cuanto al desprecio de Alicent, si su sobrina fuera más inteligente al instruir a sus sirvientas, éstas no serían castigadas por actuar por encima de su posición. La princesa Rhaenyra podía ser una puta, pero seguía tendiendo sangre real y era, lamentablemente, la heredera del rey.
— ¿No es hermosa, padre? —Ormund prácticamente suspiró.
Hizo todo lo posible para no regañarlo por actuar como un idiota enamorado. La inteligencia se había quedado en Hobert, de entre toda su familia, al parecer.
—Lo es, una de las damas más hermosas que he visto —al menos sus nietos nacerían con rasgos agraciados.
—No tan hermosa como nuestra reina —agregó la dama.
Hobert asintió, complacido.
Sabitha Vypren también era inteligente, sabía dónde colocar los halagos. Además, que estuviera dispuesta a jugar bien con la familia que estaba contra su ama decía mucho de su ambición. Una persona ambiciosa haría lo necesario para lograr su cometido, tal como Alicent había hecho.
Pobre princesa Rhaenyra, rodeándose de compañeras que estaban dispuestas a traicionarla.
—No soy el único que se ha elevado más allá de lo que correspondía —la voz ronca del príncipe Forrest resonó por el salón.
¿En qué momento se había detenido la música?
—Como hijo de una Casa menor, mi matrimonio con la princesa heredera no aportó oro ni ejército a la Corona —miró con sus ojos azules oscuros a la sobrina de Hobert, sentada al otro lado de rey, quien parecía querer estar en cualquier lugar excepto ahí —. Tampoco sangre valyria. Como ocurrió con usted, reina Alicent, ¿o me equivoco?
Un golpe tras otro.
Alicent era la hija, entre varias que fallecieron de la misma fiebre que su madre, de un segundo hijo.
Por mucho que Hobert estuviera de acuerdo con los planes de Otto, nunca le daría a su sobrina más de lo que le correspondía como hija de una rama secundaria de Casa Hightower. Ah, si tan sólo hubiera tenido una hija propia.
—No te pongas al mismo nivel, esposo, después de todo eres el heredero de Casa Frey y tienes hombres a los cuáles liderar directamente —la princesa Rhaenyra posó sus ojos dracónicos en Alicent, haciéndola ver muy pequeña bajo la mirada de ambos.
Alicent idiota, ¿cuándo aprendería a hacer sus comentarios en privado? No habría tanto problema si su sobrina por lo menos supiera contrarrestar las púas que provocó.
—Una Casa menor —Alicent se burló.
Los ribereños presentes soltaron exclamaciones indignadas. Podían estar resentidos porque un Frey fue el elegido como consorte real, pero a final del día un ribereño sería rey consorte, eso por sí mismo los hacía sentir orgullosos y los unía contra aquellos que atacaban a su compatriota.
—Como Casa Hightower —la princesa Rhaenyra lo dijo con total naturalidad que tomó un tiempo para que los parientes de Hobert se indignaran.
Apenas notó que nadie más del Dominio lo tomó como una afrenta personal.
—Casa menor o no, mis hijos tienes sus herencias aseguradas —la princesa se inclinó para besar los cabellos plateados de su hijo, provocándole risitas —. Mi Jacaerys será rey, nuestro nuevo príncipe o princesa gobernará el Valle —hubo exclamaciones de sorpresa ante esa revelación —, y nuestro tercer bebé heredará Los Gemelos de su padre.
— ¿Eso significa que debemos tener por lo menos tres bebés? —el príncipe Forrest la miró con una suavidad que no dirigía a nadie más que a su esposa e hijo.
—Por lo menos —la princesa asintió, orgullosa y radiante.
—Rhaenyra, mi hija, ¿quieres decir- —el rey se inclinó hacia la princesa, haciendo caso omiso por completo a los insultos que acababan de lanzar contra Alicent.
—Sí, padre —la princesa colocó una mano sobre su vientre, contra el terciopelo de su vestido rojo —. Estoy embarazada de nuevo. Forrest y yo planeamos anunciarlo al final de las celebraciones para no quitar la atención de Jacaerys, pero ya ves.
—Esta es una noticia maravillosa —el rey casi sollozó, colocando una mano temblorosa sobre la de su hija —. ¡Mis buenos lores y damas, nuestra princesa bendecirá al reino con un nuevo príncipe o una princesa! ¡Una semana más de celebraciones tendrá lugar en honor al futuro dragón de la Casa Targaryen!
Los vítores y aplausos fueron ensordecedores.
Otto estaba susurrando furiosamente al oído de una sonrojada Alicent.
Su sobrina tenía seis meses de embarazo y el rey nunca ordenó una celebración en su honor, ni por este bebé ni por Aegon y Helaena.
Primero la humillación de la princesa Rhaenyra sobre los hijos de Alicent sin herencia y ahora la humillación del rey al no darle la misma importancia a sus hijos que a sus nietos.
No importaba.
Que tuvieran sus pequeñas victorias, al final sería Aegon quien se sentaría en el Trono de Hierro. Un rey Hightower en todo menos en el nombre.
Jacaerys Targaryen
— ¿Por qué vemos partir a Ser Otto? Él no le agrada a muña y tampoco a ti, padre —Jace fue levantado de las puntas de sus pies para ser cargado por su padre.
Era demasiado mayor para eso, pero ya que no había nadie alrededor se dejó mimar. Además, así tenía una mejor visión de lo que ocurría abajo.
—Porque debemos asegurarnos que la rata realmente deje el castillo. Además, nunca sabes cuándo será la última vez que veas a alguien.
—No me importa no volver a verlo, él siempre nos mira con desagrado.
Cada vez que estaban en la misma habitación, la Mano de su abuelo miraba a Jace y Luce como si los despreciara. Un poco menos intenso que la reina, quien también los miraba con asco y odio.
Jace no tenía idea de qué le habían hecho a ella para que los tratara así.
Muña decía que la actitud de la reina nacía de la inseguridad y la envidia ya que Jace y Luce parecían Targaryen, pero sus tíos no. Sus tíos y tía, que se parecían mucho a la reina, también trataban mal a Jace y su hermano. Bueno, Aegon y Aemond lo hacían; Helaena estaba concentrada en sus insectos y Daeron quería mucho a muña, ellos eran los únicos a los que no les afectaba lo diferente que lucían al resto de la familia.
No lo entendía.
Jace estaría muy contento de parecerse a su padre. Le gustaba su cabello oscuro y sus ojos azules que parecían negros cuando la luz no los golpeaba directamente. Al menos se parecía a él en todo lo demás; sería alto y fornido como su padre, y ya era protector y cariñoso con su familia como él.
Sabía lo que decían en la fortaleza, que Jace y Luce no eran hijos de su padre, pero la sonrisa de Jace y los lunares en el rostro de Luce indicaban que sí lo eran.
—No te preocupes, dragón, no volverás a ver esa horrible cara fea —padre alborotó su cabello.
Padre resopló burlón cuando la reina casi se deshizo en sollozos al ver el carruaje que llevaba a su padre a Oldtown comenzó a avanzar afuera de la fortaleza. El tío Aegon ya estaba entrando al castillo, el tío Aemond permanecía serio junto a la reina, la tía Helaena miraba el suelo y el tío Daeron se balanceaba en su lugar, aburrido.
—Pero él sólo va al funeral de Lord Hightower, en unas semanas estará de regreso.
Lord Hightower falleció debido a un vientre reventado, más rápido que la fiebre que tomó a Lord Ormund el año anterior. Muña había enviado condolencias a Lady Sabitha por la pérdida de su esposo y suegro; le tenía un gran cariño a la dama que le sirvió durante varios años y la dama correspondía el cariño con lealtad.
Jace se sentía mal por Lady Sabitha, pero ella al menos tenía a su hijo y su hija para superar el dolor. Lord Lyonel y Lady Bethany eran feroces y fuertes como su madre, al menos eso decía muña, quien los conoció por los viajes que hacía por todo el reino.
—Las carreteras están llenas de peligros, sólo podemos esperar que Otto Hightower sucumba a uno de ellos.
—Eso es malo de tu parte, padre —Jace amonestó.
—Lo es, ¿no? —padre lo vio con diversión y entonces lo besó en la sien —. Pero verás, Jace, siempre desearé el peor de los finales para las personas que causan daño a los que amo. No soy un dragón, tampoco tengo uno, pero pobres de aquellos que se atrevan a poner un dedo sobre ti, tu hermano y tu madre.
Jace asintió.
—Padre y esposo de dragones —era lo que muña siempre decía sobre padre.
Alguien menos fuerte y decidido no podría ser el esposo de Rhaenyra Targaryen ni el padre de sus hijos.
El único favor que los Hightower me han hecho, decía muña.
Jace sabía que sus padres no se casaron por amor, pero lograron construir un matrimonio sólido y cariñoso. Padre amaba a muña, y aunque muña nunca lo decía con palabras, sí lo hacía con sus miradas. Muña no miraba a nadie como miraba a padre.
Esperaba que un día Tyshara lo mirara así y que él fuera tan devoto con ella como padre lo era con muña.
Eran niños todavía y una parte de Jace se sentía extraña sabiendo que su futura esposa ya había sido elegida por él, pero también se sentía aliviado porque su esposa sería alguien que conocía.
Tyshara era hija de la tía Laena, la segunda hija de Casa Lannister, y aunque creía que Lord Jason era demasiado pomposo, Cerelle, Tyshara y Loreon eran buenos niños. Bien educados y, un poco arrogantes aquí y allá, agradables para mantener como compañía. Definitivamente prefería tener a su lado a sus primos leonados que a sus tíos Verdes.
La reina había comenzado a vestir el color verde después de que Daeron nació. Hacía que sus hijos vistieran igual y todos los que le eran leales siguieron su ejemplo, por pocos que éstos fueran.
Jace había escuchado que fue una declaración de guerra, aludiendo al faro Hightower que se iluminaba para llamar a los estandartes, pero tampoco lo entendía. ¿Qué guerra? La enemistad de la reina con muña era extraña; muña nunca le había hecho nada, además, su guerra era unilateral. Muña nunca había respondido de ninguna manera a las acciones de la reina.
Muña tenía sus seguidores, sí, pero no los destacaba con algún color en particular. ¿Y darle la razón a sea lo que sea la tontería que está pensando? No. Sería como echarle más leña al fuego.
Cada vez que los sirvientes llegaban con noticias de las rabietas que la reina hacía en sus aposentos, Jace entendía a su muña.
¿Enojarse porque Jace se comprometió con Tyshara?
¿Enojarse porque Cerelle fue nombrada heredera de Casterly Rock y Loreon fue elegido heredero de su Casa materna como futuro Lord de las Mareas?
¿Enojarse porque el tío abuelo Daemon regresó de su exilio y se hizo cargo del entrenamiento de Jace y Luce?
¿Qué le importaba a la reina cuando Casa Lannister y Casa Velaryon no tenían nada qué ver con ella? ¿Por qué le molestaba que el tío abuelo prefiriera a los hijos de muña en vez de a los suyos cuando estaba tan asustada de él?
Daeron Targaryen
—El príncipe consorte no se deslizó como un gusano en los aposentos de la princesa heredera —alcanzó a escuchar mientras caminaba por los pasillos de la fortaleza.
— ¡Cómo te atreves a llamar gusano a la reina! —exclamó escandalizada una sirvienta.
—Yo no dije eso, pero si le queda el zapato a tu ama —dijo la primera moza.
—Te cortarán la lengua por esto —amenazó la sirvienta más joven, una de las que siempre atendía a su madre.
La sirvienta mayor se encogió de hombros, no se veía asustada.
—Y a ti te cortarán la cabeza por decir que los hijos de la princesa heredera son bastardos. Eso o desaparecerás como todos los sirvientes que han dicho tonterías sobre los pequeños príncipes, ¿qué será peor, morir por orden del rey o un destino incierto a manos del príncipe consorte?
El rey había hecho un decreto real contra todo aquel que se atreviera a dudar de la legitimidad de sus nietos. No que eso detuviera a la madre y hermanos de Daeron para dejar de soltar su veneno. Sus palabras odiosas las mantenían en privado, dejando que sus sirvientes hicieran el trabajo sucio y sin importarles el final de éstos. Si Daeron no quisiera cargar en su consciencia la muerte de su familia, por poco que le agradara, ya habría revelado todo al rey.
De cualquier forma, su hermana y cuñado estaban haciendo un buen trabajo por sí mismos.
Ya se habían deshecho de Otto Hightower y asegurado la lealtad de Oldtown por medio de Lady Sabitha.
Sin aliados, la madre y hermanos de Daeron no tenían ninguna base para impulsar el derecho de Aegon como heredero al Trono de Hierro. Así que intentaban aferrarse al poco poder que tenían al alcance. Aunque llamarlo poder era otorgarle demasiado crédito.
Susurros maliciosos, discusiones con insultos velados y socavamiento sin pies ni cabeza era todo lo que los Verdes tenían. Y ni siquiera eran inteligentes al ejecutarlos.
El ejemplo más claro era que nunca lograban ganar cualquier discusión mezquina que comenzaran, de hecho, lo que acababa de escuchar era una reminiscencia de las púas que su madre y cuñado se habían lanzado la semana anterior.
Su madre, la bendita reina, había querido rebajar a Forrest señalando que estaba donde estaba por haber logrado seducir a Rhaenyra.
Estupidez. Completa y absoluta estupidez.
¿No había sido la reina quien orquestó ese matrimonio? Es más, ¿cómo se había convertido ella en reina? ¿No eran ambos miembros de una Casa menor?
Forrest no fue lento al recordárselo, rematando con un no hubo nada traicionero en mi matrimonio. Señalando exitosamente que la reina había sido la doncella y amiga que servía a Rhaenyra, que además había mantenido su relación con el rey en secreto hasta que su boda se anunció.
El recordatorio hizo que la poca simpatía que quedaba hacia la reina, si es que había alguien tan idiota, en la Corte muriera por completo. Su imagen había sido bastante pobre durante años, pero lo que había intentado hacer cuando Gaemon nació la sentenció para siempre.
Rhaenyra se había negado a levantarse de la cama de parto para llevar a su hijo recién nacido a la reina y obviamente no permitió que una sirvienta lo llevara con ella. La reina había hecho todo un espectáculo al quejarse sobre lo poco obediente que era la princesa con su reina, pero su rabieta –no podía considerarse algo más– sólo la hizo quedar peor.
Y la gente se preguntaba por qué Daeron evitaba pasar tiempo con su madre.
La única razón por la que la consideraba su madre era por biología, pero emocionalmente consideraba a Rhaenyra como tal.
Como el último hijo que nació como nada de lo que la reina deseaba, Daeron fue prácticamente olvidado. El primer recuerdo de Daeron era el de Rhaenyra sosteniéndolo y sonriéndole, presentándole a Jace. Sólo tenía recuerdos cálidos de su hermana, cuñado y sobrinos, pero solitarios y llenos de muecas de su madre y hermanos.
La única que no contaba era Helaena, pero era porque prefería mantenerse para sí misma, lejos de todos.
Solitaria Helaena que sería esposa de Aegon si no se hubiera unido a la Fe antes de que la reina acudiera al rey con su fantástica idea. ¿Alicent Hightower tenía mierda en lugar de cerebro? Era la única manera en que Daeron comprendiera que estaba dispuesta a entregar a su única hija a su hijo borracho y prostituto.
Aegon ya parecía enfermo por retozar con tantas putas. A Daeron no le sorprendería el despertar un día con la noticia de que su hermano estaba muerto. No se tenía que ser un maestre para darte cuenta que acostarte con tantas prostitutas era insalubre. Lo único bueno que se podía decir de él era su dragón, Sunfyre.
No tan hermoso como el Tessarion de Daeron, pero definitivamente más de lo que Aegon merecía.
Y oh, cómo carcomía a Aemond que de entre el hermano decepcionante y el hermano traicionero, fuera él, el hijo dedicado de la reina, quien no tenía dragón.
Era Aemond quien más se parecía a la reina; demasiado inseguro, demasiado mezquino, demasiado estúpido y tan, pero tan odioso. Si no comenzaba a tener cuidado, tendría un final parecido al de Criston Cole.
El perro de la reina había hecho lo más idiota al insultar a los sobrinos de Daeron durante un entrenamiento. A la fecha, Daeron no sabía qué poseyó a Cole para decir sus tonterías cuando Daemon Targaryen y Forrest Frey habían estado al alcance del oído. Tal vez fue el ver a Rhaenyra riendo feliz en los brazos de Forrest mientras felicitaba a sus hijos por su mejoramiento en la espada, con el tío Daemon observándolos contemplativo y reaciamente cariñoso por ver a Rhaenyra tan contenta, en lugar de verse amargado y celoso como el mismo Cole estaba.
En un parpadeo, Cole había estado de rodillas, gritando de dolor por sus manos cortadas. Los gritos no duraron mucho porque lo siguiente que sucedió fue Darksister rebanando limpiamente su cuello.
La reina fue rápida en demandar justicia por su escudo juramentado cruelmente asesinado, pero ya que era un edicto real la pérdida de la cabeza por acusaciones viles contra los príncipes del reino, nada de lo que pidió fue aceptado. El rey incluso la amonestó por no haberse dado cuenta del traidor que tenía a su lado; el recuerdo de que su cuello también estaba en juego por la mínima palabra mal dicha, calló a la reina de inmediato.
Forrest y el tío no quedarían impunes si hacían algo parecido a Aemond o Aegon, pero no eran idiotas como para, de hecho, hacerlo. Al contrario, serían los hermanos de Daeron quienes serían castigados. No perderían la cabeza, pero podrían ser enviados al Muro o exiliados sin dragón.
Lástima que Daeron no fuera tan afortunado.
