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amar y ser amado.

Summary:

Numa pide perdón por aprender a amar tan tarde, por no poder seguirle hasta el final.

Notes:

Primero que nada quiero aclarar que esto no está hecho con ningún fin de lucro, la experiencia de estas personas no me pertenece y tampoco la película en la que la conocí.

Como segundo punto, quiero decir que no escribo esto acerca de, ni pretendiendo conocer a las personas reales que tuvieron que pasar por esto, este fanfic es basado en la película y en los personajes que ahí aparecen, por ende no busco ofender ni nada parecido.

Si este tipo de contenido no es tu taza de té, simplemente da media vuelta y no leas más.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Numa nunca creyó merecerlo, ese sentimiento, esa emoción que te llena el estómago de mariposas, que hace las palmas de tus manos sudar y te acelera el corazón. Nunca creyó ser suficiente, nunca creyó que sería capaz de caer por alguien aceptable a los ojos de su familia, de la iglesia, de dios. Demasiado extraño, incorrecto, un pecador.

Mirando atrás, el castaño se da cuenta de que tal vez nada de eso importó realmente alguna vez, y que aquellas cosas que se veían tan grandes, que le avergonzaban y le aterraban: bailar, exámenes, hablar en público, no encajar, enamorarse…

Todos esos miedos que en algún momento fueron tan agobiantes se miran tan lejanos ahora, pequeños a la vista de las estrellas y el universo entero, tan insignificantes como él mismo, de pie a la orilla de una montaña que parece tocar el cielo, de un valle que nunca termina, una cordillera inacabable que amenaza con enterrarlos y con borrarlos de la existencia.

El punto es que Numa le conoce una tarde amena y soleada en medio de un aeropuerto lleno de desconocidos, justo antes del desastre.

Su cabello es largo, los lentes que lleva se ven muy grandes para su rostro, y no se ha separado del costado de su hermana y su madre en todo el tiempo que llevan esperando para abordar. Pero ahí está, conversando y sonriendo, y cuando mira en su dirección, Numa siente un tirón en el estómago y la boca seca, siente sus mejillas volviéndose rojas a pesar de que esos ojos claros apartan la vista en una milésima de segundo.

En ese momento no sabe lo que viene, así que encuentra vergüenza en la atracción que acelera sus latidos, siente las manos sudar ante la idea y cierra los ojos intentando olvidar lo que percibe inmoral.

Y sin embargo, no sabe lo que viene.

 

 

 

 



 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

Es casi instintivo, la forma en que sus manos heladas se aferran con fuerza a la chaqueta húmeda del contrario, la calidez que siente en sus huesos cuando esos brazos lo envuelven y lo acogen con fuerza.

Numa es extrañamente consciente de su propio cuerpo, de la forma en que sus dedos tiemblan a causa de la tumba de nieve, de su respiración agitada y de el miedo que hace a su corazón latir casi dolorosamente. Pero también es consciente del cuerpo de Nando, que lo abraza contra su pecho con algo que se siente demasiado como desesperación, que exhala contra su mejilla suspiros de vida y opaca con su voz los lamentos que llenan el avión.

—Gracias, gracias, gracias, —es algo que el rubio repite una y otra vez, algo que suena como una oración, como una plegaria susurrada, un secreto entre ellos y para ellos.

Y el cerebro del mayor no hace más que hacer eco de las palabras. Es algo extraño, hasta hace una horas, cuando todavía quedaba un hilo de esperanza y una fina noción de seguridad, quizá el castaño no se hubiera dejado abrazar con tanta fuerza, quizá no se hubiera entregado tan plenamente al sentimiento que ahora le lacera el pecho y le encoge el alma.

Pero el alivio que le había inundado cuando después del segundo alud surgió de entre la nieve una vez más, sólo para encontrarse con un par de ojos azules llenos de lágrimas, había sido simplemente abrumador.

Está vivo, y por supuesto que Nando seguía vivo; fuerte y valiente, afable y testarudo.

Nando Parrado.

El que le había acompañado cuando se ahogaba en culpa por haber hecho lo necesario para sobrevivir, el único con el que podía desarmarse un poco, con quien podía sentirse pequeño y un poco menos osado, quien le había invitado a bailar como quien realmente no tiene nada que perder.

Y es que ahí, en medio de la nada y rodeados por frío y desolación, Nando le había sostenido, había puesto una mano sobre su cintura y le había hecho sonreír, le había hecho reír al ritmo de un son desconocido, tan fuerte y genuino como había olvidado que podía hacerlo; Nando le había hecho soñar.

Soñar con salir de ahí, con tal vez ser valiente, con tomar su mano en un parque de Montevideo y disfrutar del sentimiento, le había hecho soñar con finalmente amar y ser amado.

—Estamos vivos, —dice entonces, una vez que su respiración se calma, una vez que se asegura de que los gritos de angustia en el fuselaje no ahogarán su voz, su declaración, —estás vivo, Nando.

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se convierte en un hábito, algo de lo que no sabe como deshacerse. Cuando el sol se encuentra en su punto más alto, brillante, amarillo, cálido sólo a ratos, Numa se recarga sobre los tristes asientos fuera del fuselaje después de haber prestado sus manos a quienes lo necesitan, y cierra los ojos.

Siente la luz acariciando su piel, la brisa fría recorriendo su rostro, disfruta del hecho de estar vivo mientras entrelaza sus dedos con los de Nando que, sentado a su lado, se aferra al mayor como si tuviera miedo de perderle, de que se escape entre sus dedos como arena fina, o como agua.

Ha sido algo inesperado, Numa reflexiona, la angustia que le ha encogido el corazón después de pasar días enterrados, la furia burbujeando en su estómago cuando comenzó a golpear la ventana del avión, el agudo dolor en su pierna que ignora con todas sus fuerzas. Pero aún recuerda la mirada oscura de Canessa, la desesperación en sus ojos al cortar la carne nada más que un reflejo de lo que Numa sentía, esa cruda determinación por seguir con vida.

Había sido abrumador, esclarecedor, aterrador, y lo único que siente que puede lavar su culpa ahora son las manos del rubio, el frío mordiendo su rostro y el sol que le calienta el alma.

—Hay que salir pronto —dice Nando de repente, y Numa voltea, abriendo los ojos para toparse con la expresión del menor, determinada y un poco fuera de sí—, finalmente ha comenzado el deshielo y lo de Nogueira… Roberto ha aceptado a salir mañana.

Y es algo que ha estado molestando a Numa, la forma que en nadie puede mencionarlo, la forma en que se ha convertido en un tabú. Arturo no ha podido respirar más, está muerto, muerto como tanto en la montaña. Numa no puede permitirse dejar que nadie más muera, no podría perdonarse si alguien mas encuentra sepultura entre el hielo.

—Para Argentina, —responde entonces, y se acomoda una vez más, dejando que su vista se pierda en la pureza de la nieve y en la inocencia del paisaje, como si la inocencia alguna vez hubiese salvado a alguien—, lo vamos a lograr Nando, por ellos, por Arturo, por la fe que parece y nos queda.

Y Numa lo cree de verdad a pesar de que el dolor en la pierna le hace titubear por un segundo; lo siente en los huesos, sabe que Nando va a salir del infierno en el que están, sabe que Pancho, Javier, y los demás le seguirán, se trata de una certeza más que de una esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nando lo sostiene una vez más, sobre la nieve y en la sombra de la montaña, ante la mirada dura de Canessa y la confusión de Vizintín. Indudablemente se siente como un alivio, tener esos brazos rodeándole una vez más aunque sea para ayudarle a levantarse porque su cuerpo le ha fallado, porque él ha fallado.

Siente sus ojos arder, lágrimas agolpándose en las esquinas de sus ojos por la fatiga, por el dolor que no puede ignorar más.

—Me vuelvo solo, —declara de repente, alejando el rostro un poco del rubio, hablando a través de una voz segura y que no se siente suya ya—, el avión está acá nomás.

Nando aún le deja apoyarse, a pesar de que intenta alejarse un poco en principio, y le deja apretar su mano con fuerza cuando pone peso sobre un pie que se siente ardiendo. Numa tiene que morderse la lengua para no quejarse, para no dejar escapar un sonido, para no desalentar a Nando, para no disuadir a Canessa de la expedición.

—Numa… —es una pregunta, un consuelo y una súplica todo en una, y Nando lo susurra tan bajo que el castaño casi no escucha.

Numa se acerca entonces, sus manos aún apoyadas sobre los hombros del menor, aquellos brazos aún rodeándolo, protegiéndolo del frío y del miedo, el peso y el dolor nada más que un murmullo del valle por un momento, y besa la mejilla de Nando. Es suave, algo frágil, delicado e inocente, algo que podría perderse entre la nieve que les rodea.

—Perdón, —dice como respuesta antes de alejarse definitivamente, de entregarse al viento helado y volver. Pero espera que Nando escuche todo lo que realmente quiere decir, que sienta todo lo que no puede enunciar, el dolor de mil promesas y la esperanza de seguirle hasta el final.

 

Perdóname, no puedo más.

 

Perdóname, sigue sin mi.

 

Perdóname, te amo.

 

Notes:

Primero que nada quiero disculparme por la tardanza y la calidad de este one shot, tenía la idea y necesitaba sacarla de mi cabeza a pesar de las mil tareas y el trabajo.

Y en segundo lugar, espero que a pesar de la calidad les haya gustado, déjenme saber que piensan. La verdad es que leo sus comentarios como no tienen una idea y de vez en cuando incluso me inspiran a escribir más, aprecio con todo el corazón cada kudo y cada crítica.

Gracias por leer, de verdad espero les guste este vistazo a los pensamientos de Numa —que es el penúltimo trabajo de esta serie, oop—, ¡les quiero mucho!

P.D. Me pueden encontrar en tumblr como @aanon04. ¡Nos vemos!

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