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Brillante e inalcanzable como todo lo divino, arrogante, acérrimo creyente de sus propias facultades y supremo por sobre los simples mortales. Nacido para sacudir los más profundos cimientos del mundo Jujutsu, ese es Gojo Satoru.
Mientras tanto Suguru, que creció en una familia de humildes granjeros normales y como él único hechicero vivo con una técnica maldita como la suya, no podía siquiera soñar con estar cerca de él; o eso es lo que se habían dedicado a afirmar tantos hechiceros como pudo conocer antes de cruzarlo por primera vez en su primer año en Jujutsu High. Casi dos años después, ambos lograron la clasificación de grado especial juntos.
Son los más fuertes, como iguales.
Incluso cuando Satoru se dedicó a mirarlo con desinterés, evitando hablar con él, rehuyendolo como la peste encarnada. Todavía habían sido empujados el uno al otro.
Es algo natural, piensa Suguru cada vez que evoca el recuerdo. Cuando en su deber están constantemente siendo empujados contra la línea de lo peligroso y al roce con lo letal, no hay tiempo para las enemistades entre futuros hechiceros. Satoru pudo detestarlo todo lo que quiso hasta que compartieron su primera misión sin supervisión, todo salió mal y luego Suguru se ganó su respeto salvándolos de ser aniquilados por una maldición de grado especial cuando Satoru se había agotado e incapacitado para seguir luchando, arrogante como era, le costó una cantidad finita de tiempo aceptar sus errores y darle las gracias.
Ahora lo tenía pegado casi a la cadera, su presencia una constante más que bienvenida en su vida. Aún cuando Suguru disfrutaba del silencio, una taza de té sin azúcar y todos esos aburridos libros de jujutsu (palabras de Satoru, nunca suyas), aprendió a hacerle espacio en su vida a los propios deseos y características peculiares de su mejor amigo.
Fue fácil ser solo su mejor amigo, hasta que se encontró a sí mismo observando su rostro hermoso tanto como pudiera, buscando detalles encantadores, perdiéndose en las profundidades místicas y sobrenaturales de los orbes cerúleos protegidos por bellas pestañas nevadas. Ni siquiera era su exquisita apariencia lo que hizo que cayera en cuenta de que su afecto había escalado a algo más, algo mucho más complicado...
Sucedió una tarde como cualquier otra, regresaban de una misión exitosa un día frío de diciembre, Satoru había estado quejándose reiteradas veces por lo mismo, así que Suguru le había hecho espacio bajo su brazo para mantenerlo cerca y caliente contra su costado. No supo si fue porque lo tenía cerca (pero esa era una conjetura ridícula, cuando Satoru no conocía el concepto de espacio personal), si acaso se debía al dulce aroma que flotaba en el aire o el mismo sentimiento feroz que no dejaba de consumirlo desde adentro con la fuerza de un volcan en erupción.
Fue necesario mirarlo una vez, sonrisa deslumbrante, su encantador rostro sonrojado, ojos con la capacidad innata de destruirlo todo con un chasquido de dedos atentos a él, solo a él.
Una frase interna de realización fue suficiente para sellar su destino, pero no tenía pensando ser ambicioso con esto, cómodo como estaba con su amistad.
La emoción nerviosa de reconocer estos nuevos sentimientos fue sencilla de dominar con el tiempo, y luego, todo lo que necesitaba era tener a Satoru alrededor para sentirse bien. Por ello, no pasó desapercibido el comportamiento curioso del peliblanco durante las últimas semanas.
El cambio se dió tan sutil como la rápida transición entre la fresca época otoñal y el crudo invierno japonés.
Era apenas un indicio de algo distinto y quizás para los demás no era fácil reconocerlo ni notarlo a simple vista, pero Suguru había pasado el último año orbitando alrededor de Gojo el tiempo suficiente para saber con certeza que el hechicero estaba actuando... extraño.
No extraño de una manera que pudiera molestarle, todavía estaba siempre presente para entrenar en conjunto, compartir misiones y pasar las tardes en esas raras ocasiones en las que los superiores les daban un respiro de sus responsabilidades.
Lo primero que salto a su vista fue la diferencia en su trato, cuando fue consolado por él luego de ingerir una maldición de grado uno que le pareció útil en una de sus misiones.
Antes se hubiera sentido mortificado por la muestra de debilidad, nunca se le habría pasado por la cabeza derrumbarse frente al heredero prodigio del Clan Gojo, algo sobre preservar su orgullo como hechicero y sus instintos de desafiar la posición como Alfa que tanto él como Satoru ostentaban. Pero hacía mucho que cayó ante los encantos de ese chico y donde otros lo veían como un arma, algo para usar, él vió su humanidad. Debajo de esa fachada intocable de poder, Satoru era suave y considerado.
Reemplazó su pobre ofrecimiento de dulces para combatir el sabor pútrido de la maldición y una larga perorata de tonterías que buscaban hacerlo reír, por su peso cálido sobre la cama de Suguru, dedos largos serpenteando por su cuero cabelludo y desenredando los mechones oscuros de su cabello suelto del moño apretado que llevó todo el día. Suguru ni siquiera tuvo una oportunidad de resistirse, apoyando la mejilla sobre los muslos de su mejor amigo, en cuanto la asquerosa sensación de náuseas era eclipsada por el alboroto de su propio corazón cuando cayó en cuenta de que Satoru lo estaba tocando sin la barrera impenetrable del infinito impidiéndole sentirlo directo sobre su propia piel.
Y ese solo fue el primero de muchos, mientras los días transcurrían más fríos, Satoru era exigente en el contacto físico. Abrazándolo, tomándolo de las manos y apoyándose en él cuanto pudiera, intentó no sentirse decepcionado al notar que no era algo exclusivo entre ellos, también había ignorado el espacio personal de Shoko en favor de recibir abrazos y paletas gratis.
Atribuyó su curioso comportamiento a una nueva muestra de confianza que antes no poseía con ellos para exigirles más a su amistad, después de todo, había estado privado del contacto humano durante quince años de su vida antes de venir a Jujutsu Tech y conocerlos. No hubiera profundizado en buscar otras razones, si no fuera por la reveladora acción del hechicero de robarles prendas de ropa.
Si bien era raro en los Alfas, todavía tenían la acción instintiva de anidar, muchas veces un celo cercano en ausencia de compañeros Omegas o el mismo sentido de protección los empujaban a actuar de dicha manera. No obstante, desde que Geto lo conocía nunca lo vió sufrir un celo, y si acaso lo hizo alguna vez, nunca mostró signos reveladores de ello.
Era nuevo e íntimo. Como Suguru no quería entrometerse y hacerlo sentir incómodo, permitió que siguiera pensando que no lo veía adueñarse de sus sudaderas sucias, al punto en que sus opciones de cambio empezaron a escasear. Pero entonces pasó un mes y cualquier hambre de afecto habitual en Satoru mermó, se enfrió tan rápido, inesperadamente, que no tuvo tiempo de asimilarlo.
Llegó a su límite de tolerancia cuando comenzó a ser muy evidente como Satoru solo lo estaba manteniendo alejado a él, de todas las personas, porque todavía pasaba una cantidad absurda de tiempo con Shoko, Nanami y Haibara.
Romperse la cabeza pensando en todo lo que pudo haber hecho mal para ofender al Alfa estaba fuera de discusión, así que tras regresar de una misión rápida durante la tarde, procedió a plantarse frente a su habitación con los puños apretados a los lados de su cuerpo decidido a exigirle respuestas cara a cara.
Tocó, porque por muy irritado que estuviera, a diferencia del hechicero peliblanco, todavía tenía algo de modales en él. Contabilizó los segundos en su cabeza y volvió a tocar: una, dos, tres veces, a la cuarta casi pudo sentir las bisagras temblar bajo la fuerza de su empuje.
—Satoru, se que estas ahí, ábreme.
Escuchó movimiento detrás, pero para su absoluta consternación no fue Gojo quién le abrió, sino una muy sospechosa Shoko Ieri.
—¿Dónde está Satoru? —preguntó de inmediato, frunciendo el ceño en su frustración.
—Suguru, no deberías estar aquí —respondió ella, mirándolo con ese rostro inmutable. Usando su cuerpo para cubrir la mínima abertura.— Le diré que viniste, pero créeme que lo mejor para ambos es que vengas en otro momento.
Por desgracia para ella, Suguru se había vuelto muy bueno en reconocer cuando Shoko estaba nerviosa por esconder algo. Aunque ella siempre se viera igual, estoica, todavía era claro como el agua cuando pretendía algo. Un ligero movimiento de sus manos y una mueca casi imperceptible en sus labios.
Entonces no pudo contener el ruido gutural que se formó en su garganta, una advertencia primitiva, un gruñido; algo que Suguru definitivamente nunca había usado antes y menos con sus amigos. La observó tensarse como un cable y fruncirle el ceño a cambio, entonces empujó esos vergonzosos instintos alfa tan rápido como salieron a la superficie, pese a que no comprendía porque se alboroto de la nada. Avergonzado como estaba, se quedó callado, huyendo de la mirada escrutadora de la hechicera.
El silencio se extendió entre ellos en lo que pareció una eternidad, Suguru pensando si debía seguir insistiendo para obtener respuestas sobre Gojo y disculparse por su arrebato previo o darse la vuelta para volver por donde vino. Shoko, por su parte, mantuvo sus ojos pensativos clavados en él como un par de dagas.
—¿Sabes qué? Al diablo con esto, ustedes son un dolor de cabeza y prefiero estar en cualquier otro lugar antes que aquí —lo empujó por el pecho y salió dando ruidosas zancadas, dejando la puerta entreabierta a su espalda.— Solo se responsable por los dos y asegúrate de que ese cabeza hueca se tome sus pastillas.
Suguru la miró sin comprender cuando ella pasó por su lado y le dejó una caja de pastillas en la mano a toda prisa.
—Dile a Satoru que estaré en la morgue si quiere venir a gritarme por esto —gritó, agitando su mano en un saludo casi burlón.
La observó hasta que desapareció al final del pasillo, extrañado por todo el desarrollo de los acontecimientos, meditando sus breves palabras por si se perdió de algo importante. Así, antes de entrar a la habitación de Satoru, observó el paquete en sus manos, curioso por determinar que rayos le estaba pasando al otro para que tuviera que medicarse.
Gojo Satoru no se enferma, el infinito es su barrera contra los males del mundo.
Suguru hecha un vistazo a la caja que le dejó Shoko, blanca con letras en fuente negrita y color morado.
Él lo sabe, son supresores.
Lo que tiene en la mano, lo que Shoko le había dicho que le diera a Gojo Satoru, son supresores.
Contuvo el aliento cuando empujó la puerta y finalmente entró.
