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Le cuesta diez días de dolor, de cansancio, de caminata y montaña interminables para siquiera rozar con sus dedos la idea de salvación, y le cuesta dos días de espera agonizante y preocupación para volver a la montaña, pero ver el cuerpo inerte de Numa siendo cargado por Pancho y Tintín es lo que finalmente le cuesta el alma.
Siente el corazón golpeando contra su pecho, sus pulmones expandiéndose contra sus costillas cada vez más rápido, la necesidad que le nubla la vista y le hace, sin miramientos ni dudas, abrir la puerta del helicóptero y arrojarse una vez más al abismo que representa el Valle de las Lágrimas.
Su cuerpo sigue débil después de la caminata, sus brazos siguen cansados, sus piernas destrozadas, pero a pesar de todo y sin saber cómo, toma el cuerpo del castaño entre sus brazos, lo arrebata de los otros dos muchachos sorprendidos y se aferra a él como si fuera lo único que lo mantiene con vida.
—Numa, —dice acercándolo lo más que puede, sosteniéndolo como no pudo hacerlo cuando salió a intentar salvarlos a todos—, lo logramos, Numa, lo logramos todos.
Entonces acuna al mayor contra su pecho, toma su peso y lo carga con las fuerzas que aún le quedan, y aunque es únicamente con la ayuda de los rescatistas que logra montarse al avión, no se separa de él por un segundo, no le deja ir.
Su corazón sigue latiendo, sus pulmones siguen funcionando, Numa sigue con vida.
Llega como un golpe al pecho, como un choque, o como la conmoción que se aferra a la mente después de una pesadilla.
Es repentino, la forma en que sus costillas se expanden lancinantes cuando finalmente respira, su cuerpo sentándose en un movimiento brusco que lo deja sin fuerzas, lo brillante que es la luz que se cuela a sus ojos cuando tentativamente comienza a abrir los párpados.
Puede sentir las gotas de sudor deslizándose por su espalda, el dolor lacerante que le quema el cuerpo entero y la debilidad trepidante en sus brazos temblorosos que se afanan por mantenerlo erguido. Es una lucha que percibe perdida pero lo hace de todas formas, e intentando ahuyentar las lágrimas que se agolpan en las esquinas de sus ojos y luchando contra la fatiga que le aplasta, moverse le toma lo que parecen horas.
Aún así, cuando después de todo logra apoyar las plantas de sus pies en el suelo frío, el alivio que lo inunda es indescriptible; sus brazos siguen temblando al momento en que sus dedos se envuelven alrededor de la barandilla de la cama, sus ojos todavía se mueven lentos alrededor del lugar, su mente aún nublada y sus sentidos desorientados.
—¿Nando? —el nombre que se escapa de sus labios sale como un susurro tentativo, como una pregunta, y es que voz se arrastra violentamente por su garganta para poder escapar; seca y rasposa por desuso, intentar hablar no hace más que que provocarle dolor.
Pero el pánico que se instala pegajoso y calcinante en sus entrañas es más intenso, más urgente que la necesidad de alivio. Lo último que recuerda es el frío, inclemente y penetrante, la nieve, recorriéndole las venas, el metal helado clavándose en su espalda adolorida y los restos del avión su único refugio y hogar. Puede recordar a Nando, arrodillándose a lado suyo y poniendo sus labios sobre sobre su frente, disculpándose y prometiendo salvación, puede recordar su propia voz, agradeciendo los cuidados de Roberto y de Gustavo, despidiéndose de Pancho.
Después nada, solo oscuridad y frío, solo sus propios párpados pesados siendo incapaces de abrirse, solo el dolor agonizante de su pierna envolviéndole el cuerpo, y muerte tal vez, la nada tragándoselo entero, la montaña consumiéndolo.
—¡Nando, Pancho! —esta vez su voz es una exclamación desesperada que le desgarra la garganta—, ¡Roberto, Gustavo! —puede sentirla luchando por salir, llenando su boca de un sabor metálico. Y se sorprender de poder gritar, se sorprende porque puede hablar siquiera, porque puede moverse; estaba muerto, estaba helado en la montaña, estaba seguro de que su destino era una tumba de hielo.
Y sin embargo, la habitación en la que está yace iluminada por luces naranjas que le recuerdan su propia casa, la calidez que fluye por el lugar le acaricia el rostro con una gentileza de la que el aire en el valle nunca fue capaz y él está sentado sobre una cama suave, completamente solo en medio del lugar.
Es el último pensamiento lo que lo hace arrancar esos cables y tubos que lo confinan a la cama por su brazo izquierdo y aunque la aguja abandonando su piel quema y el sonido de la máquina perdiendo la razón llena su cabeza como una advertencia, aún así apoya sus manos con firmeza sobre los barandales y empuja su cuerpo al límite intentando ponerse de pie. El piso frío le conecta a la realidad, su cuerpo tembloroso intenta con todas sus fuerzas apoyarse en un par de piernas que no pueden sostenerlo, y no puede evitar preguntarse dónde están, si le han dejado, si han muerto, si están bien.
—Oh dios mío, —la suave voz de una mujer desconocida lo hace alzar la mirada para encontrarse frente a frente con una enfermera, que lo observa con los párpados abiertos de par en par, que se aferra a la puerta como Numa se aferra la baranda de la cama—, ¡María, llama al doctor Cortez ya, se ha despertado!
Numa se tensa, aprieta sus dedos con más fuerza alrededor del metal, lucha contra la gravedad que arrastra su cuerpo hacia las sábanas blancas de la cama de hospital.
—Señor Turcatti, —ella se acerca entonces, ojos brillantes de preocupación, mirada incrédula, manos extendidas y listas para ayudarle—, por favor regrese a la cama, no debería de estar fuera y mucho menos intentando ponerse de pie, los antibióticos-
—¿Dónde están? —su voz aún suena dolorosa, rasposa, aún le llena la boca de metal, y Numa puede ver a la enfermera haciendo un gesto de sorpresa e incredulidad ante la desesperación que la tiñe de angustia—, Nando, Pancho, los muchachos, ¿están bien?
Nando se abre paso a través del hospital con la determinación de diez hombres, tiene la espalda recta, los ojos llenos de lágrimas, y sus pies le guían por los pasillos como si hubiese sido ayer que le dijeron que Numa tal vez no iba a despertar, que tal vez era el final.
Y sin embargo, se detiene en seco cuando finalmente está frente a la habitación; tiene la mano estirada, temblando y apenas rozando el pomo de la puerta, pero su corazón late tan fuerte que sus costillas duelen, las lágrimas que tanto lucha por contener están ganando, y su mano izquierda aprieta el ramo de girasoles que lleva hasta que sus dedos duelen.
—¿Qué estás esperando? —la voz que le habla es áspera, interrogante, lo toma por sorpresa pero es conocida. Nando aún recuerda la primera vez que conoció al dueño, recuerda la ansiedad, el miedo, la forma en que el parecido entre los dos le golpeó como un tren moviéndose a toda velocidad.
—Leonardo, —responde eventualmente, su mano finalmente apoyándose en el pomo de la puerta—, ¿cómo está?
—Preguntando por ti, Pancho ha visitado diez veces ya, Canessa y Zerbino estuvieron aquí ayer, hasta los Strauch se han dignado a visitar —la voz se acerca aún más desde su izquierda, llena de indignación, de enojo—, pero por alguna razón él sigue preguntando por ti.
Nando abre la puerta entonces, cuando sus costillas se contraen en su tórax, cuando su corazón agoniza dentro de su pecho, cuando la culpa lo quiere arrastrar hacia el suelo una vez más, y después de voltear a ver a Leonardo una última vez, se adentra a la habitación cerrando la puerta detrás de si mismo.
La visión que lo recibe es como una ilusión, algo de ensueño, algo que se sentía imposible en la montaña pero aún se siente como nada más que un sueño del que podría despertar en cualquier momento. El cuarto está inundado de la luz naranja del atardecer que se filtra por las ventanas abiertas, la brisa que lo llena es cálida y reconfortante, y Numa yace ahí. Recostado sobre una camilla en medio del cuarto, con una maquina haciendo zumbidos suaves a su alrededor y una bolsa intravenosa a su lado, pero con vida, respirando y sanando, vivo.
Su piel tiene de nuevo ese tono bronceado que tenía la primera vez que lo vio, sus mejillas tienen un tono rojizo saludable, por primera vez en semanas su respiración es tranquila, suave, natural y sin esfuerzo y cuando sus ojos se abren ante el sonido de la puerta cerrándose, Nando siente el calor del sol llenando su pecho.
Y es que el hombre más bello ha visto en su vida está ahí, frente a él, vivo, sanando, regalándole una sonrisa que se siente como primavera.
—¿Nando?
—Lo siento, —hay un momento de silencio, un momento de seriedad en el que Nando no puede hacer más ahorcar las flores que tiene entre las manos. Luego Numa está dejando salir una pequeña risa y el mundo se endereza una vez más.
—No se que te ha dicho Leo, —comienza, y cuando le ve intentando sentarse, corre para ayudarle; el mayor acepta la mano que le extiende cuando finalmente deja los girasoles en la cómoda al lado de la cama—, pero nunca estuve enojado contigo. Lo entiendo, es… Distinto, Nando, el mundo se siente distinto y yo ni siquiera he puesto pie allá afuera.
Cuando finalmente se acomoda con el par de almohadas detrás de su espalda, Nando se permite relajarse, se permite respirar una vez más y se da cuenta de que la mano de Numa sigue en la suya, sus dedos atrapados y su brazo alzado. Ninguno de los dos se separa.
—Aún así lo siento, —repite, y su voz suena temblorosa, débil—, creí que te perdería Numa, allá arriba en la montaña y de nuevo aquí, todos creían que-
—Pero estoy aquí, Nando, —el castaño el interrumpe, inclinándose hacia el, sonriendo como no le había visto hacer desde el día que le invitó a bailar en el infierno— estoy aquí, estás aquí, estamos vivos.
De repente es el mayor quien jala su mano, quien apoya la palma de Nando sobre su propio pecho, y cuando lo ve a los ojos el mundo se detiene por una corta eternidad. Cree que puede sentir los latidos de Numa a través de sus costillas, a través de su piel y la triste bata de hospital, tiene su corazón en la palma de la mano al tiempo que la respiración de Numa le confirma que nada de esto un sueño, o una alucinación, que es real, que escaparon y están vivos.
Nando se acerca entonces aún más, y lentamente, dándole tiempo al mayor para que huya, para que se aleje, para que tome una decisión, apoya los labios sobre su frente en un beso gentil, suave, proveniente de una memoria en otro tiempo.
—Traje algo más para ti, —susurra alejándose un poco, y cuando de la chaqueta de su bolsillo saca a la vista un par de pequeñas tabletas envueltas en papel dorado, el rostro de Numa se ilumina como el sol.
Nando pasa la noche ahí, y en algún momento termina sobre la cama de hospital al lado del mayor. Hablando, riendo, y con Numa entre sus brazos, vivo y a salvo finalmente.
