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humanidad.

Summary:

Nando encuentra su salvación en alguien dolorosamente humano, encuentra fuerza en algo que se siente frágil.

Notes:

Primero que nada quiero aclarar que esto no está hecho con ningún fin de lucro, la experiencia de estas personas no me pertenece y tampoco la película en la que la conocí.

Como segundo punto, quiero decir que no escribo esto acerca de, ni pretendiendo conocer a las personas reales que tuvieron que pasar por esto, este fanfic es basado en la película y en los personajes que ahí aparecen, por ende no busco ofender ni nada parecido.

Si este tipo de contenido no es tu taza de té, simplemente da media vuelta y no leas más.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La música le lastima los oídos nada más entrar, y tiene la urgencia de poner sus manos sobre sus orejas, de acallar el ruido alrededor. Es como pisar un mundo nuevo al atravesar la puerta: la oscuridad del pasillo abre paso a una ilusión de luces de colores que parpadean veloces, de decoraciones verdes y rojas, de falsos copos de nieve y una cena navideña que llena el bar de aromas que deberían de ser irresistibles.

El ambiente está lleno de júbilo, de celebración. Puede verlo en sus amigos, algunos que a pesar de sus cuerpos cansados y endebles bailan con las chicas que les han venido a ver, algunos que se aferran a sus familias con desesperada alegría y lágrimas en sus ojos.

Fernando quiere creer que lo que siente en el pecho ante la imagen es felicidad, alivio tal vez, pero hay un agujero ahí por el que hasta su esperanza se está drenando ahora, un vacío que se ha abierto al acabársele la determinación por salir del valle, al lograr su cometido.

—Te dije que estaríamos en casa para Navidad, —la palmada amistosa le sorprende un poco, pero no duele, ambos están demasiado débiles como para ejercer fuerza real alguna—, te dije que Dios no nos abandonaría.

Cuando Nando finalmente voltea su cabeza para enfrentarlo, se encuentra con más sonrisa que cara en el semblante de Carlitos. El menor se ha afeitado a su gusto una vez le permitieron tomar una navaja entre sus manos, y ahora se presenta a la fiesta vestido en traje, con el cabello engominado y oliendo a una colonia cara que el rubio cree reconocer. La elegancia hace a Nando, quien no ha tenido motivación para afeitarse y solo se ha puesto un par de pantalones de mezclilla y una cazadora marrón, sentir mal vestido.

—Cuanta elegancia traes vos, —dice, y se obliga a sonreírle, a no amargarle la noche con sus pensamientos podridos, con el duelo que ha estado acallando con éxito desde que despertó en la montaña—, es solo una fiesta de bar, Carlitos.

El menor solo se ríe, y suena más que como un eco, mas real de lo que alguna vez sonó en el valle. Abre la boca para responder seguramente, pero ninguna palabra sale de su boca porque algo parece captar su atención, Nando ve sus ojos brillar con lágrimas, su sonrisa casi partiéndole la cara, la forma en que abre sus brazos con tanta naturalidad para abalanzarse sobre su padre.

—Nando, —cuando el hombre lo ve asiente con la cabeza como saludo, sonríe, y luego se va, llevándose a su hijo con él hacia la barra. No hay nada más y el rubio lo agradece, lo que tenían que hablar lo han hablado justo después de la caminata, y el respeto y el agradecimiento siguen aún plasmados en sus ojos.

Fernando se acerca entonces a una mesa en la que alguien ha dejado olvidada una botella de vino, probablemente a favor del baile, a favor abrazar a quienes quieren, a favor de la alegría natural que les causa verse, que les causa regresar a sus vidas. Una alegría que él no puede sentir, que no puede compartir.

Toma un sorbo del vino entonces, y procura no pensar en el cadaver de su madre, medio enterrado en la nieve. Toma otro sorbo y procura no pensar en Susy, en el día en que su cuerpo dejó de temblar entre sus brazos. Toma otro sorbo y procura no pensar en su padre, en sus ojos vacíos, en sus mejillas hundidas. Toma otro sorbo y procura no pensar en Panchito, en su rostro desfigurado y sus gritos congelados.

Intenta no pensar en Numa, en su figura inerte siendo cargada por Delgado, en lo frágil que se veía sobre la cama de hospital, intenta no llorar ante la ironía que resulta de lo cerca que estuvo de salvarlo. Tan solo veinticinco kilos, había susurrado una enfermera, con lágrimas en los ojos, a su compañera cuando creía que nadie las escuchaba, ya es un muerto en vida, María.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sentado bajo el sol de de verano que sin piedad consume y quema todo a su paso, con los pies sobre la arena caliente que hace sus pies arder, y sonriendo a un par de chicas que no han dejado mirarle y soltar risitas, Fernando se siente como un cobarde.

Le ha costado poco huir, le ha costado poco montarse en su motocicleta e irse. Al único que ha traído consigo es a Jimmy, y la forma en que sus ojos le observan llorosos hacen a Nando pudrirse en culpa. Recuerda exactamente cómo se sintió, sentarse sobre una vieja silla al lado de una cuna, posar en lo que alguna vez fue su cuarto cubierto ahora de decoraciones infantiles, recuerda el flash cegándole momentáneamente, el rostro apologético de su hermana y a los fantasmas de su familia observándole con tristeza.

Lo que más le hiere es que su padre estaba entre ellos, aún con la mirada vacía, aún buscando propósito, aún buscando a Susana en las sombras de la casa, aún esperando encontrar a su esposa en la cocina a la hora de la cena. Había sido tortura, o tal vez una prueba de Dios que no supo cómo afrontar.

Así que huir es ahora lo único que parece hacer bien, nada más que seguir caminando, alejarse de la voz monótona del doctor que todavía puede escuchar declarando una sentencia, de la lástima en los ojos de las enfermeras cuando Gustavo se echó a llorar, del duelo que se podía respirar en el cuarto de hospital cuando la familia de Numa rodeó su cama después de la noticia.

Un funeral había sido, todavía le mantenían vivo, con agujas en los brazos y a punto de conseguir una máquina para respirar por él, pero a pesar de todo el moreno seguía viéndose dolorosamente bello, tranquilo sobre las sábanas blancas pero aterradoramente frágil, muerto ya. Sostiene la arena de la playa entre sus puños, y cree que es casi como fue sostener la mano de Numa durante los primeros días en el hospital, la vida y la esperanza se les escapaban entre los dedos, y cuando Fernando finalmente le besó la frente una última vez y salió a intentar vivir, descubrió que no le quedaba una vida a la cual volver.

—Vamos Jimmy, —se levanta de la arena cuando su piel comienza arder, cuando está seguro de que a la quemadura del sol le tomará días sanar—, vamos a casa.

La palabra suena como burla ahora, como una mentira, no tiene casa ya, pero al entrar al departamento aún se sacude la arena de los pies en la entrada, aún limpia a Jimmy lo mejor posible para mantener los recuerdos del lugar intacto, y cuando el teléfono comienza a sonar, junta las fuerzas para responder.

—¡Nando! —es la voz de Roberto, agitada, desesperada, tan enfadada como ya la oído antes.

—¿Roberto? Si ya he dejado de ser juez en concursos de belleza, —responde, intentado inyectar humor a su voz, un poco de vitalidad, de tranquilidad que no siente—, ¿qué más queréis-

—Es Numa, boludo, ¡es Numa y no respondes! Se despertó, Nando, se despertó.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Verle había sido como un sueño, o tal vez una ilusión. Se había sentido irreal, como que en cualquier momento iba a desaparecer enfrente de sus ojos, como que en cualquier momento le iba a despertar la llamada de Roberto diciéndole que no había habido nada más que hacer, como que en cualquier momento le iba a llegar la invitación a otro funeral.

Pero aquí está Numa, aún confinado a la cama de hospital pero entre los brazos de Nando, con su corazón latiendo y respirando, vivo. Y aún así, pesar de lo lleno que se siente su corazón, aún hay un vacío en su pecho justo a un lado, un vacío que se siente más cuando se ríe de un chiste rancio sin Panchito, cuando voltea a cuchichear con Susana y encuentra aire, cuando al lado de su padre no ve a su madre, orgullosa y sonriente, llena de paciencia y ternura por sus hijos.

—Hey, Nando, —es Numa, quien con su voz suave y hablando en un susurro, le saca de sus pensamientos—, estoy aquí, estoy contigo, Nando.

Solo cuando el mayor se aprieta más contra su pecho, cuando le rodea más fuerte con el brazo que tiene sobre su torso, y le susurra consuelo una vez más, es que se da cuenta. Hay lágrimas rodando por sus mejillas, sollozos bajos saliendo de su boca, y es como si un grifo de dolor se hubiera abierto en su interior.

—Podés descansar acá, —el mayor sigue hablando, y Nando agradece que no le diga que pare con las lágrimas, que no le diga que todo va a estar bien—, sos valiente, Parrado, pero podés llorarles acá.

Y por supuesto que entendería, por supuesto que sabría, con sus ojos oscuros tan sabios para su edad, con la empatía que a veces le ahoga. Por supuesto que Numa iba a saber la razón de sus lágrimas, de su dolor, de su duelo.

—Gracias por quedarte, —y suena tosco por la voz rasposa aún de sollozos atrapados, suena ambiguo, pero Nando se asegura de abrazarle más fuerte, de poner un beso sobre su cabeza, de inhalar su aroma, y disfrutar del calor que su cuerpo finalmente emana.

—No te ibas a deshacer tan fácil de mi, Parrado, —y la risilla que se le escapa es angelical, algo nuevo, finamente sin manchar por las sombras de la montaña.

Y el vacío sigue ahí en el pecho de Nando, y el dolor todavía le parte el alma de vez en cuando, pero la risa que deja salir entre lágrimas le recuerda hay más, el calor que nace en su corazón le recuerda que eventualmente van a estar mejor, y la cabeza de Numa apoyada contra su pecho le recuerda que se siente tener esperanza, que siente estar vivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son semanas, de dolor continuo, de esfuerzo físico increíble, de lágrimas que resbalan por el rostro de Numa y nadie sabe cómo parar, de visitas públicas y clandestinas, de los ojos de Leonardo Turcatti siguiéndole con recelo.

—¿Cómo te sientes? —Numa voltea a verle entonces, desde dónde está abotonándose una camisa azul con la ayuda de su madre, sonriendo tanto que los hoyuelos en sus mejillas se marcan con una claridad que nunca había visto.

—¿Pues cómo crees que se va a sentir? Boludo, —pero es la voz de Roberto la que interrumpe al moreno, que ya estaba abriendo la boca para hablar—, finalmente le están dando el alta.

Roberto que no ha dejado de moverse por toda la habitación ante la mirada cansada de Pancho Delgado, que le lanza pequeñas bolitas de papel para la diversión de Gustavo, quien ha decidido sentarse en silencio y con un libro entre las manos.

El hospital de Montevideo finalmente está dejando a Numa ir, con una palmadita en la espalda, botellas de antibióticos y promesas de visitas continuas… Pero Numa va a ser capaz de caminar fuera de ahí, aún usando muletas, pero listo para empezar a vivir de nuevo. Nando cree que el chico brilla con emoción contenida, con felicidad, cree que se ve hermoso así, intentando no echarse a reír de la emoción.

—Bueno, —la voz de la señora de Turcatti llena el cuarto de repente y todos voltean atentos ante la severidad de su tono—, va a haber cámaras allá afuera, Numa. Quiero que tus amigos te ayuden a subirte al coche de Pancho y que manejen directo a la casa.

Todos asienten, nerviosos, tensos. Si ellos han sido el Milagro de Los Andes, a Numa le han hecho un santo. Algo divino para ser adorado, alguien a quien Dios ha tocado para salvar.

—Los esperamos allá entonces, vayan con cuidado.

Y esas son las últimas palabras que ella les dirige en una semana porque las calles fuera del hospital son una locura, la gente se forma para mirar a Numa, y para entrar a la casa de la familia Turcatti hay filas de reporteros. El que sale a recibirles es el hermano mayor de Numa, Gastón, que niega con la cabeza.

—¡Si lograron meterse al piso de Daniel Strauch, acá no va a ser nada! —les había gritado, su cara roja del esfuerzo por hacerse escuchar, la seriedad que emanaba colándose al coche—, Llévate a Numa otro lado hasta que las cosas se calmen.

Así es como terminan todos amontonados en la el departamento de Punta del Este, donde Jimmy les recibe a todos con singular alegría después de días de solo recibir visitas para comida.

Encuentra a Numa sentado frente a la ventana de su habitación en una silla que se mira incómoda, tomando el sol e ignorando la forma en que los otros tres cuchichean acerca de los noticieros y los reporteros en la sala, acerca de los fanáticos que creen al mayor algo más que un humano. Nando no puede evitar preguntarse cómo es que Numa puede radiar tanta paz durante algo que hizo a Nando huir como un cobarde, que le hizo rendirse ante el alcohol y una diversión que le envenenaba hace apenas unas semanas.

—Vamos, siéntate conmigo, —Nando se ríe incrédulo, pero aún así se sienta sobre la mesilla al lado del mayor, deja que tome una de sus manos entre las suyas y siente su corazón llenándose de calidez—, voy a confesarte que a veces aún siento el frío Nando.

—Numa… —las palabras no le toman por sorpresa, pero aún así duele escucharlas.

—En la montaña y en el hospital por igual, —su voz no es más que un susurro, suave y tranquila, como un bálsamo para la preocupación que había comenzado a crecer en el estómago de Nando—, pero sentarme contigo, tomar tu mano entre las mías, hablar y nada más… Me daba esa calidez que tanto necesitaba, Nando, esa luz.

El mayor se levanta entonces, sin soltarle de la mano pero poniéndose de pie delante de él, sonriéndole cuando Nando tiene que inclinar su cabeza hacia atrás para seguir mirándole a los ojos. La luz de sol que se extiende detrás de Numa evidencia su existencia terrenal, le hace ver más humanamente imperfecto, le hace ver más bello que nunca.

—Te amo, Nando, —murmura, con una sonrisa triste en su rostro, inclinándose con lentitud y dando tiempo a Nando de reaccionar, de moverse, de alejarse antes de finalmente posar sus labios contra los suyos en un beso suave, corto, dulce. En un beso que les llena los ojos de lágrimas, que les llena el pecho de emoción.

Notes:

Si has llegado hasta acá, muchísimas gracias por leer. Espero que hayan disfrutado de este corto escrito desde el punto de vista de Nando.

La verdad es que batallé bastante con cómo escribir su regreso a casa, con lo vacío que se sintió cuando volvió a una vida que parecía haber seguido sin él, así que espero haya quedado al menos decente.

Una vez más, muchísimas gracias por leer y por los comentarios que han dejado en la primera parte de esta serie, la verdad me la paso releyéndolos <3

P.D. Me pueden encontrar en tumblr como @aanon04, donde estoy atenta a cualquier ask o mensaje. ¡Nos vemos!

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