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How to warm a cold heart

Summary:

«El pedazo de papel, por su parte, era un rectángulo blanco con una simple escritura a mano: ‘ya empezó la temporada de frío, abrígate bien’. Ni un nombre, ni una inicial; nada».

Severus empieza a recibir regalos de una persona anónima y muy en contra de su voluntad, termina apreciándolos.

Notes:

Ni siquiera sé cómo terminé escribiendo esto; en un momento estaba hablando con Lorenna sobre una idea que se le ocurrió y al siguiente las dos teníamos oneshots listos para intercambiar. Pero bueno, a caballo regalado no se le ve el colmillo.

El promt era “James le da regalos a Severus de forma anónima”. Por favor lee también la versión de Lorenna que puedes encontrar relacionada a este trabajo; es una completa joya.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En cuanto una lechuza dejó caer el paquete frente a él durante el desayuno, todas las alarmas de Severus se encendieron. Podía enumerar con los dedos de una mano las veces que recibió correo en sus seis años en Hogwarts y le sobrarían dedos; cualquier tipo de correspondencia inesperada no podía significar algo bueno, especialmente cuando la última vez que sucedió fue para notificarle el fallecimiento de su madre.

Echó un vistazo al otro lado del Gran comedor y se encontró con la mirada curiosa de Lily. Ella le instó a abrir el paquete con un gesto de la cabeza. Severus, en cambio, hizo la cosa a un lado y retomó su desayuno, como si la intriga no le hubiese suprimido cualquier vestigio de apetito.

Mientras comía, no pudo evitar mirar de reojo cada tanto hacia el paquete descartado.

No era demasiado grande o pesado, una mera caja mediana envuelta en papel marrón. A ojos de Severus, la aparente simpleza lo hacía más sospechoso. Quizá era la paranoia hablando por él, o las innumerables veces que se encontró en el extremo receptor de una broma; de cualquier manera, le resultó imposible no sospechar de algo tan fuera de lugar. ¿Quién le enviaría correspondencia? Su madre estaba muerta, su padre bien podía estarlo y Lily se encontraba frente a él. Solo quedaba la posibilidad de que alguien intentara hacerle daño.

Antes de darse cuenta la comida en su plato había desaparecido y tenía ante él el dilema de dejar atrás el paquete o recogerlo. Argumentando que la correspondencia en Hogwarts era monitoreada y no recibiría una maldición solo por tocarla, tomó la caja y la deslizó entre los pliegues de su túnica. Ya pensaría que hacer con ella más tarde.

Las horas pasaron y Severus siguió su rutina como cualquier otro día: asistió a clases, estudió en la biblioteca, comió y leyó un poco en su tiempo libre. Fue recién cuando se preparaba para dormir y escuchó un golpe seco al dejar caer su túnica, que recordó la existencia de la caja. Se obligó a continuar con su preparación nocturna y una vez al interior de la seguridad que brindaban las cortinas de la cama, finalmente se permitió examinar el objeto con la ayuda de un lumus.  

No había nombre del remitente o una dirección, tampoco alguna nota adicional adherida al papel. Agitó un poco el paquete y por el ruido sordo, descartó que se tratara de objetos de vidrio o metal. Tampoco pesaba demasiado, ni producía algún efecto de rozamiento, por lo que cualquier cosa al interior muy seguramente estaba hecha de papel o tela; eso le hizo sospechar todavía más. Era fácil encantar ambos materiales y debido a su constitución, las maldiciones aplicadas sobre ellos resultaban casi indetectables.

Por un momento consideró olvidarse del paquete e irse a dormir, pero la curiosidad pudo más que la precaución. Lanzó cuanto hechizo protector conocía sobre sí mismo y sus alrededores, para acto seguido ubicarse a una distancia que consideró prudente, levitar el paquete y empezar a desenvolverlo con magia.

Una vez retirado el papel, la caja debajo no dio indicios de lo que contenía. Era lisa y de un color café ligeramente más oscuro que el de su ahora destruida cubierta, carente de cualquier información que aclarara sus orígenes, o al menos proporcionara alguna pista sobre ellos. Severus no sabía si lo que aceleraba su corazón era la aprensión o el ansia.  

Abrir la tapa de la caja fue un poco más difícil sin usar las manos, pero luego de un buen par de minutos, Severus se las arregló para lograrlo. En su interior descansaban dos objetos; tuvo que dejarla caer sobre la cama y acercarse, para advertir lo que eran: una bufanda y un pedazo de papel.

Su atención se centró primero en la bufanda. Era de un rico color verde bosque y parecía tejida a mano en un patrón delgado y elegante. Severus no pudo evitar pasar las manos por su superficie, el recelo reemplazado por la fascinación. Se sentía suave al tacto y sorprendentemente cálida, como si tuviera imbuidos hechizos de temperatura. En un extremo y con hilo plateado apenas visible, se encontraban bordadas sus iniciales en una bonita cursiva.

Se veía como una pieza costosa.

El pedazo de papel, por su parte, era un rectángulo blanco con una simple escritura a mano: ‘ya empezó la temporada de frio, abrígate bien’. Ni un nombre, ni una inicial; nada.

Con cuidado, Severus vació el contenido de la caja y revisó esta última a profundidad, esperando encontrar algún dato del misterioso remitente; tuvo que rendirse cuando incluso una inspección detenida no arrojó resultados. Era un paquete anónimo.

 La sospecha regresó tan rápido como se fue. Severus lanzó hechizo tras hechizo de detección a la caja, la bufanda e incluso el maldito papel; ninguno lo alertó de maldiciones presentes en los objetos, y los únicos hechizos encontrados fueron los de calefacción que ya sospechaba, tenía la bufanda.

Incluso con el peligro inmediato descartado, Severus todavía se sentía receloso. ¿Quién le enviaría algo tan caro y con qué razón? ¿Por qué mandarlo de forma anónima? Y sobre todo, ¿Por qué a él? Debía tratarse de un error; algún fallo en el correo o en la dirección que proporcionó el remitente. Pero esas eran sus iniciales en la bufanda, ¿no? Severus dudaba que existieran muchas personas al interior del castillo cuyo nombre y apellido casualmente iniciaran con ‘s’. Además, la bufanda era verde Slytherin, lo que reducía incluso más la lista de posibles destinatarios. Debía tratarse de él.

¿Significaba eso que Severus tenía un patrocinador anónimo?

No, por supuesto que no. Debía ser una trampa. Probablemente alguien le envió la bufanda con malas intenciones y cuando Severus la usara, le acusaría de haberla robado. Todos y sus gatos en Hogwarts sabían que Severus era pobre como una rata; ni siquiera dudarían de las acusaciones si se le veía pavoneándose con una bufanda que, con seguridad, costaba el doble de su patrimonio total. Severus no le daría el gusto a quien quiera que fuera el imbécil.

Puso la prenda de vuelta en la caja y luego la ocultó en lo más profundo de su baúl. En cuanto a la nota, la deslizó entre su libro de pociones avanzadas con la intención de analizar la caligrafía e intentar encontrar a quien la escribió. Si el muy idiota compartía clases con Severus, bien podría darse por muerto cuando lo atrapara.

El incidente de la bufanda pronto se quedó en eso, un incidente. La cruzada de Severus por encontrar al remitente anónimo duró poco más de dos días antes de desinflarse como un globo. Las clases y la búsqueda de una práctica de pociones para sus vacaciones de verano, apenas le dejaban tiempo libre que prefería pasar en compañía de Lily, en lugar de buscar al estúpido bromista que consideró el epitome de la comedia fastidiar a Severus.

Todavía se mantuvo atento a cualquier comportamiento sospechoso —sobre todo por parte de Potter y su pandilla de idiotas—, en caso de que el bromista se dejara en evidencia; sin embargo, las señales, si es que existieron, escaparon a los ojos de Severus. Los merodeadores seguían siendo insoportables y Potter todavía se metió con él cada vez que tuvo la oportunidad, pero eso no estaba fuera de lugar en su día a día. La normalidad de Severus no se vio perturbada.

Entonces solo se olvidó de todo el asunto y lo descartó como la broma fallida de algún imbécil con mucho tiempo libre entre manos. Si cada tanto sacaba la bufanda, cobijado por la oscuridad de la noche, y la acariciaba, nadie tenía porque saberlo. Así que cuando el segundo paquete cayó frente a él, casi volteándole un tazón de avena encima, Severus ya había bajado la guardia.

Este era más grande. El papel seguía siendo liso, pero ahora era de un tono verde oscuro, casi negro. Otra diferencia era la nota pegada al exterior de la caja, en ella se leía: ‘este color me recordó al de tus ojos’.

Severus se sonrojó.

Ni siquiera tuvo la paciencia de terminar su desayuno esta vez. Tomó el paquete y abandonó el Gran comedor, en lo que esperaba no pareciera una carrera desesperada a cualquiera que pudiese estar observando. Nada más atravesar las puertas, chocó de frente con alguien; la caja se deslizó de sus manos y aterrizó frente a los pies de el muchacho que se quejaba con bastante espaviento.

—Fíjate por donde vas, Snivellus.

Por supuesto de entre todos al interior del castillo, Severus tenía que tropezar con el maldito James Potter.

—No es mi culpa que vayas por ahí con la cabeza metida en tu trasero y no veas a las personas frente a ti.

Severus era plenamente consciente de que fue él quien se atravesó en el camino de Potter, pero prefería tragarse la lengua antes de siquiera pensar en disculparse con el mocoso.  

—Tú, pequeño… —Se detuvo de repente, su atención atraída por la caja que todavía se exhibía a sus pies— ¿qué es esto?

Hizo amague de agacharse para tomar el paquete, pero Severus fue más rápido. Lo levantó y lo colocó bajó su brazo de forma protectora.

—Nada que te interese.

Potter sonrió con burla.

—Mira nada más, Snape tiene un admirador —Se acercó a él y miró por encima de su brazo, a Severus solo le quedaba esperar que la nota no fuera visible desde su ángulo—. ¿Quién es el pobre diablo?

Antes de que Severus tuviera la oportunidad de responder con el insulto que picaba en su lengua, Sirius Black apareció en la esquina del pasillo. Severus podía lidiar con Potter la mayoría de los días, pero Black era otra cosa; el idiota no conocía la definición de ‘limites’ y era insistente como la peor de las pestes. Si terminaba atrapado con él en esta situación, las insinuaciones tontas sobre un admirador secreto serían la última de sus preocupaciones.

Sin darle a Potter tiempo de reaccionar, dio media vuelta y se alejó por el pasillo opuesto. A lo lejos pudo escuchar la voz de Potter intentando detenerlo; fue con gusto que Severus lo ignoró y siguió adelante.

Ni siquiera la idea de un regaño por parte de McGonagall lo disuadió de saltarse transformaciones y encerrarse en su habitación para espiar el contenido de la caja. El proceso fue mucho más rápido esta vez, con la desesperación de Severus convenciéndole de saltarse cualquier precaución y revisar la maldita cosa de una vez por todas.

Lo que encontró al interior del paquete le dejó momentáneamente sin aliento. Un abrigo, el más hermoso que Severus hubiese visto antes, se exhibía a frente a él en todo su esplendor. El color del material coincidía perfectamente con el papel en que venía envuelta la caja y la fila de botones a cada lado brillaban con un resplandor plateado. Un análisis más de cerca reveló que estaban hechos de plata pura y contra marcados de la misma forma que la bufanda. Los hechizos de calefacción y unos cuantos más que suavizaban el interior, también se encontraban presentes en la prenda.

Severus casi cayó de su cama en la prisa por abrir el baúl a sus pies y sacar la bufanda. Fue cuestión de ponerlos juntos para confirmar que ambos combinaban perfectamente. El conjunto que hicieron no solo era elegante; exudaba dinero.

La impresión por el abrigo casi hizo que Severus ignorara la nota que descansaba al fondo de la caja. Una vez que la encontró, su rostro ya de por sí cálido ardió con mayor fervor.

‘Te dije que te abrigaras mejor, debí esperar que me llevaras la contraria; eres bastante terco. Una de las muchas cosas que me gustan de ti.

 Usa el abrigo, por favor; espero que te mantenga cálido en mi ausencia.’

Dejó caer el pedazo de papel como si le quemara las manos e intentó respirar con tranquilidad. No podía negarlo ahora; esto era una de esas cosas… ¿cómo lo había llamado Potter? Un admirador. Al parecer uno con tendencias a la cursilería y el anonimato. Severus estaba enloqueciendo.

En lo que a él respectaba, siempre creyó que su atractivo era nulo a ojos de cualquiera. Un chico pobre, feo y huraño no podía tener pretensiones románticas, mucho menos cuando era tratado como un paria por la mayoría de personas a su alrededor. Sin embargo allí estaba, con un abrigo carísimo entre sus manos y rodeado del papel que alguien compró pensando en sus ojos.

Si esto era una broma, era una muy cruel.

Esa noche Severus durmió acurrucado entre las cálidas prendas, mientras soñaba con un reino de hielo y los brazos de alguien sin rostro protegiéndolo del frio. Al día siguiente despertó para ver la nieve cayendo a través de su ventana; la primera nevada del año.

Severus, como el ser testarudo que era, se privó de usar el abrigo, a pesar del esfuerzo considerable que le tomó apegarse a esa decisión. El temor seguía allí, en el fondo de su mente, esta vez con un rostro distinto. Temía confiar en la persona anónima, solo para recibir el baño de agua fría que sería verlo revelarse ante toda la escuela como un bromista, o peor, alguien deseoso de dañarle. La sola posibilidad le revolvía el estómago. Podía arriesgar su integridad física, pero se negaba a regalar en bandeja de plata lo que le quedaba de la emocional; su corazón era de las pocas cosas que le pertenecían solo a él y no estaba dispuesto a compartirlo tan fácilmente.

Así que no usó el abrigo, pero sí la bufanda. La escondió estratégicamente bajo su túnica y se dejó inundar por el calor que le brindaba. Le divertía pensar que estaba allí, oculta a simple vista de quien se la había regalado, mientras se paseaba por los pasillos de un castillo cada vez más frio.

Los días de diciembre cayeron uno tras otro, como la nieve que se acumulaba en los terrenos de la escuela. En un parpadeo los estudiantes habían regresado a casa para las vacaciones y Severus se encontró al interior de un Hogwarts casi vacío. No haría daño —pensó— usar su abrigo perfectamente funcional en medio de un invierno tan despiadado; no era como si hubiese mucha gente alrededor para notarlo.

Debió abstenerse.

Por supuesto que la primera persona a la que se topó en los pasillos fue el maldito Potter. Severus no podía ser feliz sin que el imbécil apareciera para arruinarlo.

—Lindo abrigo, Snape —El comentario fue dicho sin inflexión, pero Severus sabía perfectamente que pretendía ser humillante.

—¿Tu familia finalmente se cansó de ti y te dejó abandonado en el castillo? —Severus se negó a avergonzarse por lo que estaba usando; era una prenda exquisita y si Potter esperaba que reaccionara a la defensiva ante sus palabras, él no le daría esa satisfacción— Bien por ellos, podrán tener una navidad decente por primera vez en años.

Potter se quedó callado, solo mirando fijamente a Severus con una mueca extraña en el rostro.

—Y por lo que se ve tu grupo de perros falderos también se fue; parece que tienen algo de sentido común oculto en medio de toda esa estupidez —Potter siguió sin responder y Severus empezó a sentirse incómodo—. ¿Qué pasó, Potter? ¿Eres mudo ahora? De ser así, dime a quien tengo que agradecerle semejante misericordia.

—Te queda bien ese color —Potter se encogió visiblemente en cuanto las palabras abandonaron su boca.

—¿Qué?

Severus podía sentir su mandíbula caer como en una de esas caricaturas muggles; lo último que esperó viniendo de Potter fue un cumplido. ¡Merlín, James Potter le había hecho un cumplido! Bien podía despertarse con el sol ardiendo en pleno diciembre, el mundo se había vuelto loco.

Potter, para mayor confusión de Severus, solo atinó a balbucear excusas ininteligibles; sus ojos pegados al suelo como si leyera directamente de la piedra la sarta de tonterías que dejaba escapar en forma de vómito verbal.

—Solo digo que es un hecho y no hay nada de malo en mencionar un hecho, ¿verdad? —concluyó—. Es decir, te ves horrible en todos los otros colores, pero este te hace ver menos horrible. No como hermoso, o algo así; solo bien.

Ahora era Severus quien lo miraba fijamente, sin palabras.

—Eres insoportable, quítate de mi camino.

Con un golpe en su hombro, Potter prácticamente huyó de la escena. A Severus le tomó unos segundos recuperarse después de la interacción.

¿Qué carajo fue eso? ¿Realmente el abrigo lucía tan bien en él que incluso Potter no pudo evitar notarlo?

El recuerdo de la conversación lo acompañó todo el camino de vuelta a las mazmorras y luego se quedó con él por el resto del día. La próxima vez que dejó su habitación, lo hizo envuelto en los trapos a los que solía llamar abrigo antes de que su benefactor anónimo apareciera. Se aseguró de ignorar las miradas que Potter envió en su dirección durante la cena en el Gran comedor y decidió olvidar por completo lo sucedido en la mañana.

Fue más fácil decir que hacer. Potter, como ya había demostrado antes, era alguien difícil de ignorar. Después de la incómoda conversación el imbécil no había parado de observarlo; Severus incluso comenzó a tomar sus comidas en las cocinas para huir del escrutinio. Eso no evitó que Potter se topara con él en numerosas ocasiones.

A veces solo se burlaba de Severus.

—Parece que tu mal gusto en ropa regresó para quedarse —dijo esa vez que se lo encontró mientras salía de la biblioteca, luego de adelantar sus tareas para el siguiente término.

—No se puede decir lo mismo de tu cerebro; ese se fue y nunca miró atrás.

Potter solo lo hizo a un lado y se fue en la dirección contraria a la suya.

En otras ocasiones antagonizaba con Severus solo por el placer de antagonizar; justo como el día después de ese, cuando tropezaron frente a la pintura que llevaba a las cocinas.

—¿Me estás siguiendo, Potter?

—Ya quisieras —Se recostó contra la pared y cruzó los brazos—. Hay comida en el Gran comedor, ¿sabes? ¿O es que me tienes tanto miedo que prefieres comer aquí?

Severus copió su posición.

—Más bien te tengo tanto asco que la sola visión de tu cara me quita el apetito.

Potter resopló.

—Podría decir lo mismo de ti; sobre todo cuando vistes eso —Señaló despectivamente la ropa de Severus—. Me sorprende que no hayas muerto de hipotermia aún.

—Se lanzar hechizos térmicos; no todos somos unos incapaces como tú.

—Lo que digas —Se apartó de la pared y continuó su camino, hablando a medida que se alejaba—. Solo no esperes que recoja tu cadáver tieso del suelo cuando te congeles las bolas.

Severus volvió a tomar sus comidas en el Gran comedor después de eso; se negaba a permitir que Potter siguiera pensando en él como un cobarde que huye de su presencia. Eso le dio a Potter otro lugar donde acosar a Severus. Un día antes de noche buena, se sentó a su lado en la larga mesa donde estaban reunidos todos los estudiantes que se quedaron en el castillo durante las vacaciones y robó una empanada de pollo del plato de Severus, en lugar de tomar una del centro de la mesa.

—¿Qué pasó con tu abrigo, Snape? —habló con la boca llena. Severus no estaba seguro de qué le alarmaba más: los modales atroces del idiota o el tema que trajo a colación de manera directa.

—¿Desde cuándo debo rendirte cuentas de mi ropa? Métete en tus propios asuntos.

Potter robó otra porción del plato de Severus antes de responder.

—Solo digo que me parece un desperdicio tener un abrigo bonito como ese y no utilizarlo —Mordió la empanada mientras se encogía de hombros—. Verte usar esos trapos mientras hace suficiente frio para congelar el aire es casi doloroso.

Severus apartó el plato de su alcance con saña.

—Ten cuidado Potter, o voy a empezar a pensar que te preocupas por mí.

Potter, el imbécil, sacó su varita y robó con un accio la ultima empanada de Severus.

—Solo no quiero ver a un compañero muerto, incluso si ese compañero eres tú —Tomó del vaso de Severus antes de levantarse—. Pensé que no eras tan tonto, Snape.

Se fue igual de rápido como llegó, dejando a Severus con la palabra en la boca y un plato vacío.

En la cena de noche buena, Severus se apareció con su flamante conjunto de abrigo y bufanda. No tenía nada que ver con lo que dijo Potter, por supuesto; solo le pareció una buena ocasión para usarlo y así lo hizo. Y obviamente no se sintió decepcionado cuando Potter no apareció en toda la velada. Severus estaba contento de que fuera así, la constante presencia del idiota solo le fastidiaba mientras comía. Él estaba perfectamente feliz, incluso si la comida le supo a nada.

Potter tampoco apareció en el desayuno tardío la mañana de navidad. En cambio, quien hizo acto de presencia fue su benefactor anónimo.

Esta vez el paquete estaba envuelto bellamente; atrás quedó la austeridad de las cajas anteriores. El mismo papel verde oscuro recubría las cajas, pero una bella cinta de seda la rodeaba, coronando la caja con un intrincado moño plateado. Un regalo de navidad. La última vez que Severus recibió uno completamente decorado, ni siquiera había empezado la primaria. Nadie pudo decir que se le humedecieron los ojos gracias al cabello que le cubría gran parte del rostro.

Como abrir el paquete en su cama ya se había vuelto una tradición, decidió esperar a terminar su desayuno y luego revisar el contenido allí. Mientras comía se preguntó vagamente si, de haber estado presente, Potter le abría acribillado con preguntas sobre el regalo. En cuanto se percató de hacia donde estaban yendo sus pensamientos, los cortó de raíz.

Una vez en su cuarto, Severus no se quitó el abrigo y la bufanda; en cambio se deslizó fuera de sus botas y subió a la cama con la caja en el regazo. Se aseguró de retirar el papel y la cinta con cuidado de no dañarlos y quitó la tapa de la caja una vez la envoltura le fue retirada. El familiar pedazo de papel blanco descansaba sobre una tela negra que ocultaba el contenido de la caja a sus ojos curiosos. Tomó la nota y la leyó en voz alta:

‘Tejí estos yo mismo; no son tan lujosos como los otros y definitivamente son más feos, pero puse todos mis sentimientos en ellos con la esperanza de que su calor mantenga tu corazón abrigado. Feliz navidad.’

Severus apartó la tela con el corazón latiendo como loco en su pecho. Debajo yacían un gorro con orejeras y un par de guantes tejidos, ambos en el tono exacto de su bufanda. El punto de las dos prendas era descuidado, por decirlo de manera amable. En algunas zonas había agujeros visibles, los dedos de los guantes estaban disparejos, el gorro tenía una orejera más pequeña que la otra, los hechizos térmicos eran defectuosos y las siglas bordadas —o al menos lo que parecía serlo— eran ininteligibles. Nada lujoso, definitivamente feo. Severus los amó.

Más que los botones de plata y el hilo fino, Severus adoraba esto con pasión. El gesto en sentarse y tejer algo para él era, en sí mismo, más valioso que cualquier otra cosa. Sintió las lagrimas llenarle los ojos y ni siquiera se molestó en intentar retenerlas. Esa noche, por primera vez en años, durmió la noche de navidad con el corazón igual de cálido que su exterior.

Después de ese día sucedieron dos cosas: Potter no volvió a aparecerse por el castillo y el admirador secreto de Severus le envió regalos cada mañana. Ya no se limitaban a ropa: primero fue una pluma hermosa, equipada para escribir sola; luego libros de pociones actualizados, algunos firmados por sus respectivos autores; a continuación, un hermoso pasador de corbata con el escudo de Slytherin tallado en plata. Los detalles iban desde objetos de uso común, hasta joyería ridículamente cara, todos acompañados de notas cursis.

Para cuando las vacaciones terminaron y los alumnos regresaron a Hogwarts, Severus estaba tan halagado como abrumado por toda la situación. La mañana del banquete de bienvenida fue la primera después de varios días en la que no recibió algo de su benefactor. También fue entonces cuando se encontró con Potter.

Lo divisó fácilmente entre los pocos que habían llegado temprano desde sus casas, gracias al flu de Hogsmeade. Severus no se acercó a él mientras comía en la mesa de Gryffindor, pero lo interceptó en cuanto vio que abandonaba el Gran comedor.

—Mira nada más lo que escupió el troll —dijo, plantándose frente a él a unos metros de las puertas.

—Snape —Potter lo observó fijamente en un símil de esa primera vez al comienzo de las vacaciones. Severus llevaba su conjunto de estación completo, con los guantes sobresaliendo de su bolsillo derecho—. Veo que decidiste no morir este invierno después de todo.

Severus rodó los ojos.

—Veo que tu desaparición repentina no te quitó lo melodramático.

Potter, en lugar de molestarse como Severus esperaba, sonrió ante el comentario.

—¿Qué puedo decir? Es parte del paquete James.

Severus abrió la boca en varias ocasiones con intención de responder, pero se quedó sin palabras. No se suponía que era así como funcionaba. Severus decía algo mordaz y Potter respondía con algo más mordaz, perpetuando el ciclo hasta el fin de los tiempos. Potter no abandonaba una oportunidad de discutir y definitivamente no se divertía con los comentarios que le lanzaba. ¿Reírse de Severus? Por supuesto, pero no reírse con él.

—¿Te reemplazaron mientras estabas fuera del castillo o finalmente perdiste los pocos tornillos que te faltaban?

—¿Por?

—¿Cómo que ‘por’? —Imitó el tono de Potter en la última palabra—. Acabo de insultarte y no explotaste como las pociones de Pettigrew; claramente algo anda mal contigo.

La sonrisa de Potter se amplió, para mortificación de Severus. Tenía hoyuelos.

—Se llama madurar, Snape —Le dio a Severus lo que solo podía describirse como una mirada de compasión—. No te preocupes, tú también lo experimentarás algún día.

Se apartó de Severus, quien todavía lo miraba boquiabierto, y le dio dos palmadas en el hombro mientras pasaba a su lado.  

—Ah y no te preocupes por Sirius y los demás, ellos tampoco van a molestarte a partir de ahora.

Empezó a caminar, pero Severus lo tomó del brazo antes de que tuviera oportunidad de alejarse.

—¿Qué carajos, Potter?

El aludido no hizo esfuerzo alguno por librase del agarre que ahora apresaba su muñeca.

—Solo digo que es algo infantil, ¿no lo crees? Las bromas y las discusiones; somos demasiado grandes para eso —Miró a Severus fijamente, una extraña tención colgando en el espacio entre ellos—. A decir verdad, ni siquiera me caes mal y puedo decir que a ti tampoco, porque sigues buscándome para hablar, ¿no crees que es hora de dejar todo esto de lado? En todo caso, siento mucho como te traté y espero que podamos… ¿avanzar, quizá?

Los dedos se Severus se aflojaron y su agarre se soltó. A pesar de lo bien abrigado que estaba, un repentino frio le heló los huesos e hizo que los vellos en sus brazos se erizaran. Potter lo estaba descartando. Después de años siendo la ruina de su existencia, pretendía terminar todo con un discurso pseudo maduro y disculpas tontas. Severus estaba más allá de furioso; la sangre en sus venas hervía de rabia. Los ojos le picaban y sentía la garganta pesada, muy seguramente por la cólera.

—Te equivocas; yo te desprecio —Su voz sonaba extraña, incluso a sus oídos—. Te odio con todo mi ser, James Potter y eso nunca cambiará. ¿Avanzar? Solo si eso significa no tenerte cerca por el resto de mis días.

La sonrisa de Potter cayó. Ambos chicos se miraron el uno al otro por lo que pareció una eternidad. Fue la voz de Potter quien finalmente rompió el tenso silencio.

—En ese caso bien por ti; no vas a tener que soportar mi despreciable presencia de ahora en adelante. Supongo que eso te hará feliz.

—Dichoso —respondió Severus de inmediato.

—Bien —Potter le dirigió una mueca nada parecida a su anterior sonrisa y se alejó—. Hasta nunca, Snape.

En cuanto vio la figura de Potter desaparecer, Severus corrió al baño más cercano y se lavó la cara con agua fría. Sus estúpidos ojos habían empezado a lagrimear de la nada y la cabeza le palpitaba sin descanso; quizá estaba por enfermarse. Necesitaba descansar y ahora que Potter supuestamente iba a dejarlo en paz, tendría oportunidad de hacerlo. No debía preocuparse por ese idiota nunca más. Era libre de Potter.

Otra oleada de palpitaciones en su cabeza lo azotaron y su garganta se espesaba más con cada segundo que pasaba. Dormir. Debía ir a su cama, rodearse de los obsequios que tan feliz le habían hecho y dormir. En lugar de hacer eso, se deslizó hacia el piso del baño y esperó hasta que las lágrimas irrazonables dejaron de ahogarlo. Para cuando volvió a su habitación, estaba tan cansado que ni siquiera se molestó en desvestirse antes de dejarse caer en la cama. No durmió por más que lo intentara; tampoco asistió al banquete de bienvenida. Solo se quedó allí y languideció hasta que empezó a sentirse entumecido.

La mañana después de eso su admirador volvió a encontrarse ausente y Potter bien podría estarlo también, considerando cuan descaradamente ignoraba a Severus. Ni una vez lo miró siquiera, incluso cuando Severus caminó deliberadamente lento hacia la mesa de Slytherin en cuanto notó que se encontraba allí. Al parecer tenía pensado cumplir su promesa después de todo.

Perfecto. Severus estaba dichoso, como le dijo el día anterior. Extasiado.

Asistió a sus clases, pasó tiempo con Lily, estudió y comió; todo sin que James Potter o sus amigos aparecieran para llover sobre su desfile. ¿Cómo no iba a sentirse encantado por eso? Por supuesto que lo estaba. No cabía de la maldita dicha. Severus se fue a la cama con una puta sonrisa en el rostro y apenas durmió de lo feliz que se encontraba.

Bajar a desayunar fue un reto, cansado como estaba después de una noche de insomnio; sin embargo, Severus se obligó a hacerlo, atraído por la idea de un shot de energía en forma de una buena taza de té. Lily lo abordó antes de llegar al comedor.

—¿Cómo amaneció el cumpleañero? —Ella lo abrazó por detrás y plantó un sonoro beso en su mejilla—. Espero que contento, considerando que ahora ya puedes usar magia libremente.

Cierto, era nueve de enero; Severus acababa de convertirse oficialmente en un adulto a ojos del mundo mágico. No pudo reunir energía suficiente para que le importara.

—Buenos días para ti también, Lily.

Ella lo miró, con la nariz pecosa fruncida.

—Uy, veo que alguien se levantó del lado izquierdo de la cama esta mañana —Examinó su rostro con detenimiento—. ¿Siquiera dormiste? Pareces un mapache.

—No pude, la emoción me sobrecogía —respondió Severus sonando cualquier cosa, excepto emocionado.

Lily no reconoció el sarcasmo en su voz y volvió a iluminarse.

—Claro, no todos los días se cumplen diecisiete años —Ella incluso dio pequeños saltitos a su alrededor; Severus se sentía un poco mal por no estar debidamente entusiasmado—. Mi regalo tardará un par de días en llegar, pero puedo decirte de que se trata, ¿estás listo?

Asintió, más por compromiso que por curiosidad genuina.

—¡Esas algas luminiscentes de las que no has parado de hablar! Llegaran este fin de semana en un cargamento fresco desde el caribe. Fueron difíciles de obtener, pero solo lo mejor para mi mejor amigo.

Eso en realidad animó un poco a Severus. Lily era la única que se detenía a escuchar sus peroratas sobre ingredientes raros de pociones y prestaba suficiente atención para recordar los detalles. En momentos así se sentía inmensamente afortunado de poder llamarla su amiga.

—Gracias Lils, eres la mejor —Le sonrió a la chica y ella devolvió el gesto.

Dejó bloqueara sus brazos juntos mientras avanzaban hasta el Gran comedor en medio de una charla amena. Los dos se separaron para ir a sus respectivas mesas con un gesto de la mano. 

Severus apenas si se había sentado, cuando el correo aterrizó en su regazo. De no ser por el color que había aprendido a asociar con su admirador, ni siquiera habría adivinado que se trataba de algo enviado por él. En lugar de la acostumbrada caja, encima de sus piernas descansaba un sobre verde oscuro, con la leyenda ‘feliz cumpleaños’ escrita en letras plateadas. Se sentía grueso entre sus manos, como si estuviera cargado con varios pies de pergamino.

Severus debatió si debía revisarlo allí mismo, o esperar para abrirlo en su habitación. Por un lado, el ansia de conocer el contenido de la carta era incluso más grande que con todos sus paquetes anteriores y deseaba saciarla lo antes posible; pero al otro se encontraba su vieja amiga la paranoia, temerosa de que alguien pudiera leer las palabras por encima de su hombro y extender rumores al respecto.  

La paranoia ganó.

Se obligó a tomar su té y mordisquear un par de biscochos, antes de abandonar el comedor con sus manos humedeciendo el sobre que sostenían. Mientras dejaba atrás las mesas abarrotadas de estudiantes, echó un vistazo en dirección a Potter y lo encontró sonriendo alegremente, rodeado de un grupo considerable de admiradores. De inmediato lo poco que había en su estómago se revolvió.

Agradeció tener un periodo libre a primera hora; su boleta de asistencias ya no podía permitirse faltas tan libremente. Con las cortinas de su cuarto cerradas y bloqueadas por el hechizo más fuerte que pudo conjurar, Severus rompió el sello del sobre y sacó los papeles en su interior.

Había dos documentos cuidadosamente doblados allí; uno bastante grueso y el otro con menos de una pulgada de espesor. Un vistazo a la caligrafía de ambos reveló que este último pertenecía a su admirador; Severus decidió empezar con él, aunque la curiosidad le instaba a leer el que tenía una letra desconocida.  

Leyó lentamente:

‘Querido Severus; usar la palabra ‘querido’ al iniciar una carta siempre se sintió muy cursi para mí, pero contigo me sale natural. Supongo que es porque en realidad te quiero.

Hoy cumples diecisiete años y espero de todo corazón que cumplas cientos, no, miles de años más. Si de mi dependiera, alguien como tú sería eterno; una bendición para todas las generaciones que estén por venir.

No imaginas lo que me costó pensar en un regalo perfecto para agradecerte por haber nacido. Sabía que al igual que tu existencia, debía ser tratarse de algo especial. Se sentía vacío darte algo que compré en una tienda y mis habilidades de tejido no se parecían suficientes tampoco. Se que aprecias la intención por encima del precio (después de todo te he visto usar ese feo gorro por todo el castillo, incluso más que las cosas bien hechas), pero en esta ocasión quería darte algo que en serio significara mucho para ti.

Después de casi volverme loco por días y por consejo de un amigo, pensé en ti y en lo te gustaba: leer, aprender, las posiciones y los momentos con tu mejor amiga. Me llevó algo de tiempo encontrar algo que combinara la mayoría, pero finalmente lo logré. Hoy, en tu cumpleaños 17, elijo regalarte mi contribución mínima a lo que espero sea una prospera vida futura para ti:

Existe este tipo, Damocles Belby. No sé tanto de pociones como tú, pero reconozco su nombre de algunas clases y se que es alguien importante en el rubro. Me enteré por buena fuente que se encuentra en medio de una investigación revolucionaria y está en busca de una ayudante capaz a quien pueda tomar como su pupilo. Luego de algunas conversaciones con él, logre convencerlo de que tú eres perfecto para ese puesto. Creo; no, que tienes todo lo que se necesita para trabajar codo a codo con Belby y después de hablarle de lo que eres capaz, él estuvo de acuerdo conmigo.

No me mal entiendas, se que eres perfectamente capaz de encontrar algo por tú cuenta; eres un pródigo en esto de las pociones y el gremio no tardará en ver todo el potencial que tienes. Esto soy solo yo actuando egoístamente porque hacerte feliz con cualquier cosa que esté a mi alcance es una de mis mayores satisfacciones. Esto puede asustarte un poco, pero creo que te amo; difícilmente puedes culpar a un pobre tonto por querer darle el mundo a la persona que ama, ¿verdad?

De cualquier forma, espero que no te moleste mi intromisión. Junto a esta carta están los documentos diligenciados por Belby con algo de información sobre la investigación y sus datos para ponerse en contacto. Él está más que feliz de esperar a la graduación para que trabajes a tiempo completo; mientras tanto hablará en la escuela para adecuar un laboratorio para ti, con el fin de que puedas trabajar cuando tengas tiempo antes de las vacaciones. Supongo que ustedes aclararán los detalles por correo si decides aceptar la práctica.

Por último, solo me queda desearte un feliz cumpleaños y soñar con el día en que pueda celebrarlo a tu lado.

Sinceramente (y en serio sinceramente) tuyo, tu admirador secreto.

  1. D: Casi muero de ternura cuando te vi ese gorro. Por favor nunca dejes de úsalo.
  2. D. 2: ¿Te asustó demasiado lo del ‘te amo’?
  3. D. 3: Belby me recuerda a ti, todo serio e inteligente; seguro que ustedes dos se llevarán bien.
  4. D. 4: Olvida la parte del ‘creo’. Acabo de verte de nuevo con el gorro y los guantes; definitivamente te amo.

Severus agradeció en silencio haber decidido leer la carta en privado; la gama de emociones que atravesó mientas avanzaba entre las palabras era algo que no podía permitirse mostrar en público. Desde la felicidad hasta el pánico, la confusión, el shock y luego un sentimiento tan puro y cálido, que amenazó con derretir su corazón y dejarlo en un charco inútil goteando de sus costillas.

Alguien allá afuera le consiguió una práctica con quien probablemente era el pocionista más grande de las últimas tres generaciones, solo porque estaba agradecido de que Severus existiera. Sabía que debería estar asustado por la situación; alarmado como mínimo, teniendo en cuenta las dos palabras que se repitieron varias veces a lo largo del discurso. Él no conocía siquiera el nombre de esta persona, mientras que ella sabía detalles tan personales como las cosas que disfrutaba y sus aspiraciones futuras. La carta tendría que espantarlo, no emocionarlo.

Tal vez enloquecería por ello más tarde; o mejor dicho, volvería a sus cabales y abordaría todo con sentido común. Quizá al día siguiente, cuando despertara, acudiría a Dumbledore para solicitar ayuda con un aparente acosador y el asunto quedaría allí. Por ahora, solo se permitiría disfrutarlo.

Revisó los documentos de Belby y luego releyó la carta de su admirador. Una, dos, tres veces más. Después de un rato ya podía recitar fragmentos completos de memoria.

Basta.

Él no era así. Este ser ridículo con aire en la cabeza en lugar de cerebro no lo representaba. Debía recomponerse. ¿Y qué si alguien básicamente se le confesó con el gesto más generoso, dulce y especial que Severus podía pensar? Él era un adulto ahora y estas cosas les pasaban a los adultos todo el tiempo. Nada del otro mundo.

Volvió a leer la carta y chilló un poco mientras ojeaba las posdatas.

Tuvo que obligarse a soltar el papel cuando se hizo evidente que se encontraba demasiado embobado para funcionar con normalidad. Se dio un par de golpecitos en las mejillas y procedió a centrase en el asunto que debió ser su prioridad desde que abrió el sobre: la práctica de pociones. Con pergamino y tinta, redactó su respuesta positiva para Belby y solicitó reunirse en su próximo fin de semana en Hogsmeade, con propósito de establecer los acuerdos necesarios para que todo se pusiera en marcha.

Por más emocionado que estuviera, todavía no descartaba la posibilidad de ser víctima de una broma donde esta supuesta práctica con Belby fuese el punto cúlmine en la estrategia de su perpetrador. Severus conocía el reglamente dentro del gremio de pocionistas y sabía que una vez ellos dos estuvieran en contacto directo con proyecciones a trabajar juntos, Belby tendría que usar su cello profesional imposible de falsificar al final de cada carta. Esta era la prueba definitiva; si Belby no respondía o su mensaje carecía de cualquier reconocimiento oficial, Severus sabría de inmediato que su admirador le mintió descaradamente en la misma carta que le confesó su amor. Ya no estaba tan profundamente sumergido en la negación como para fingir que eso no rompería su corazón.

Una vez redactado todo, envolvió el pergamino, lo direccionó y corrió a la lechucería, ignorando que su periodo libre había terminado hacía ya bastante tiempo. Antes de terminar de subir los escalones, escuchó una voz familiar al interior del lugar, conversando dulcemente con una lechuza. Severus se detuvo en seco y se ocultó antes de ser visto. Reconoció con facilidad al ave receptora de los cumplidos y la persona que se los prodigaba ¿Por qué razón James Potter estaba mimando a la lechuza parda que traía a Severus los regalos de su admirador?

Como si no hubiese suficiente evidencia que lo inculpara, junto a Potter había una caja cubierta con papel verde oscuro y una nota lista para ser entregada. Rápidamente Severus se acercó a la escena frente a él; para cuando Potter quiso reaccionar, él ya tenía el pedazo de papel blanco en sus manos, escrito con la misma letra en la que leyó ‘te amo’ solo unos minutos atrás.

Miró del papel a Potter, quién se veía casi del mismo tono de blanco.

—Eras tú…

La voz de Severus temblaba, no sabía si de rabia o de tristeza. Arrugó el papel en su mano y lo arrojó con fuerza a la cara de Potter.

—¡Tú, maldito! ¡Se trató de ti todo este tiempo! ¿te divertiste jugando conmigo?

—Severus yo…

Severus se acercó a él y lo sujeto por el cuello de la camisa.

—No te atrevas a decir mi nombre —Zarandeó a Potter, quién ni siquiera luchaba contra sus movimientos bruscos—. ¡Te hice una pregunta! ¿Te pareció gracioso verme usar las cosas que comprabas, mientras te reías con tus amigos del ingenuo Snivellus?

—No, si me dejaras explicar… —La voz de Potter sonaba desesperada.

—¡¿Explicar qué, idiota?! ¿Que no eras tú detrás de toda esta farsa? ¿Que no me mentiste en mi puta cara durante las vacaciones de invierno? ¿Eso quieres explicar?

—¡No! —Potter sujetó sus manos con fuerza y recién entonces Severus notó que temblaban. También había empezado a llorar en algún momento de la discusión—. Sí fui yo detrás de los regalos y sí mentí durante las vacaciones, pero esto no es una farsa; nunca lo fue.

Soltó una de sus manos del agarre en el que tenía las de Severus y le levantó la barbilla con ella, mirándole directo a lo ojos.

—Sentí cada palabra en esas notas y quise decir todo lo que dije en la carta —Tragó de forma visible—. Me gustas, Severus. Mucho. Creo que…

Tomó una respiración profunda.

—Creo que te amo.

Severus, un poco más calmado ahora, tuvo energía suficiente para reírse en su cara.

—¿En serio esperas que crea eso?

Potter no se dejó amedrentar por la desalentadora respuesta a su confesión.

—No, y precisamente por eso no me atreví a decírtelo directamente desde el comienzo —Su mano ahora acariciaba la mejilla de Severus—. Se perfectamente la mierda de persona que fui contigo; si estuviera en tu lugar ni siquiera querría tenerme cerca, mucho menos aceptaría una confesión.

La mano que aún sostenía las de Severus se apretó.

—Yo te juro que este no es una broma o lo que sea que está pensando. Necesito que me escuches, Severus, por favor.

El idiota debió tomar el silencio de Severus como un acuerdo porque tiró del agarre que tenía sobre él, instándolo a moverse.

—Vamos, al menos sentémonos para esta conversación.

Severus se dejó arrastrar, principalmente porque quería respuestas. También porque la mano cálida de Potter sosteniendo la suya fría se sentía bien.

Potter lanzo hechizos de calefacción en los escalones superiores de la torre y luego sobre ambos. También sacó un par de guantes de su bolsillo y se los pasó a Severus, quién los aceptó a regañadientes. Una vez sentados sobre la piedra tibia, Potter volvió a abrir la boca.

—Creo que me empezaste a gustar en tercer año, esa vez que el profesor de DADA armó un club de duelo improvisado en una de las clases y me mandaste a volar por los aires antes de que siquiera tuviera oportunidad de pronunciar mis hechizos —Soltó una risa—. Supongo que ese día literalmente caí enamorado de ti.

Severus lo miró con incredulidad. ¿Tercer año? ¿El club de duelo? Las palabras de Potter no parecían tener sentido en su cabeza por más que intentara procesarlas.

—En ese entonces era solo un niño inmaduro que no sabía cómo afrontar que le gustaba otro niño; uno al que creía odiar, nada menos. La forma que encontré para lidiar con mi confusión fue ser más cruel contigo. Pensaba que si te lastimaba, probaría que mi único sentimiento hacia ti era el desprecio; así que hice precisamente eso.

Severus podría corroborarlo. Durante tercer año la enemistad con Potter escaló de forma ridícula. Las bromas se volvieron cada vez más agresivas y los comentarios ya no consistían en apodos tontos, ahora tenían toda la pretensión de herir. Las cosas continuaron de esa forma hasta que…

—Supongo que recuerdas lo que pasó después —continuó Potter—. Cuando terminaste en la enfermería por esa estúpida cosa con las burbujas, supe que mi negación había llegado demasiado lejos. Fue más o menos entonces que acepté lo que sentía por ti.

Ciertamente después de ese día las bromas se habían reducido casi a cero y la mayoría de sus encuentros eran verbales, pero todavía Potter aprovechó cada oportunidad que tuvo para fastidiarlo.

—¿Entonces por qué seguiste molestándome? Han pasado tres años desde eso y antes de diciembre, no puedo recordar un solo día donde no me hayas insultado al menos una vez.

Potter miró a Severus con las mejillas rojas y el rostro ligeramente inclinado, señales claras de vergüenza.

—¿Has escuchado sobre los niños que tiran las coletas de la chica que les gusta? —Severus asintió, intuyendo ya por donde iba la cosa—. Bueno, puedes decir que fue algo así. Para ese punto creí que era imposible empezar a gustarte; me odiabas con justas razones y jamás aceptarías empezar algo conmigo. Mi yo de trece años pensó que la única forma de mantener tu atención sobre mi era molestarte cada vez que pudiera, con la esperanza de que me notaras.

Volvió a reírse de sí mismo, está vez con pena.

—No es una excusa, lo sé; ya hemos establecido que no soy el ejemplar más inteligente de la manada y por supuesto mi yo más joven tampoco. Aunque supongo que mi yo mayor es incluso más estúpido por apegarse al plan defectuoso de un niño de trece años.

Se encogió de hombros.

—Pensé que estaba condenado a pelear contigo para siempre, hasta que leí sobre tradición muggle entregar obsequios como forma de cortejo y pensé intentarlo.

—Potter, esa tradición desapareció hace siglos.

El muchacho solo se sonrojó más.

—Oh, no lo sabía.

Severus era un manojo de emociones y pensamientos confusos. Alivio, porque su admirador parecía ser sincero con sus sentimientos. Sospecha, porque el admirador en cuestión era Potter y Severus estaba predispuesto a desconfiar de él siempre. Enojo, porque Potter no tuvo la valentía de confesarle esto antes y cierto enternecimiento, por la misma razón.

Sin una reacción calculada disponible para actuar, Severus recurrió a su mecanismo por defecto: el sarcasmo.

—Y dicen que lo Gryffindors son valerosos —Tiró un poco de la mano de Potter solo para molestarlo, pero no la soltó—. Unos tontos, eso es lo que son.

Potter soltó un quejido angustiado y escondió el rostro entre sus rodillas.

—Lo sé, no tienes que poner sal en la herida.

Severus sonrió.

—No necesito hacerlo, tú solo ya te encargas de eso.

El chico ladeó el rostro, mirando a Severus de reojo.

—¿Al menos me crees?

Severus lo pensó.

—No estoy seguro. Tengo la carta para Belby aquí; quizá luego de recibir su respuesta tenga algo más de confianza en tus palabras.

Lo dijo esperando que Potter se opusiera a el envió, o le arrebatara los papeles de la mano y se jactara de revelarlos a todos en su año como prueba de que le había engañado; pero en lugar de eso el rostro de Potter se iluminó.

—¿En serio? ¿Aceptaras mis sentimientos entonces?

Severus desenredó su mano de la de Potter y le pellizcó la mejilla.

—Frena tus caballos, tonto; dije que te creería, no que empezaría a…

—¿Salir conmigo?

Severus sintió que se sonrojaba y se maldijo por eso.

—Sí, salir contigo.

Potter se desinfló. Severus dejó que el niño se revolviera unos segundos en su miseria antes de agregar:

—Eso te costará mucho más esfuerzo.

Como un perro al que su amo le ha permitido un capricho, Potter vibró con entusiasmo. La sonrisa en su rostro le hizo algo al corazón de Severus, pero se reservó esa información. Si Potter en serio lo quería —por alguna extraña razón—, debía trabajar duro para tenerlo; no haría nada que le facilitara la tarea. Tendría que ocultar el enamoramiento incipiente que ya crecía en su corazón por un tiempo.

—Oh —Potter habló, extendiendo su dedo meñique sobre el de Severus—. ¿Podrías darme una pista de como puedo empezar a pagar?

Severus sonrió; no con saña o burla, una sonrisa genuina.

—Cuéntame más sobre esa cosa del cortejo…

Notes:

Este es el primer trabajo en una serie de intercambios que Lore y yo hemos hecho desde febrero. No había tenido semanas tan productivas en cuanto a escritura desde 2017. Los fics del segundo intercambio serán publicados pronto también, así que estén atentos.

Lorenna tiene en su perfil ya disponible el fic del tercer intercambio y dios, es uno de mis jeverus favoritos hasta la fecha; ve y échale un vistazo si aún no lo has hecho.

Espero que hayas disfrutado la lectura. Agradecería inmensamente tus comentarios y kudos.

¡Nos leemos luego!