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Pese a la brisa de la madrugada, del suelo y las paredes todavía emanaba cierta sensación de calidez, como la que suelen despedir las superficies luego de un día realmente soleado. Las manchas oscuras eran la única prueba visible del fuego que había ardido ahí, controlado al inicio, un poco más colérico mientras se acercaba a las murallas de la ciudad, convertido en rotundo caos fuera de ésta. Apenas un par de detalles más: residuos varios y pasos presurosos que habían marcado la tierra y destruido la hierba hasta perderse entre los árboles.
Reconoció la calidez así que pudo imaginar lo que había sucedido sin necesidad de observar con atención. Ya estaba habituado a las cacerías nocturnas de Diluc y sólo en ocasiones especiales requerían su intervención; esta vez no tenía por qué ser diferente. Y aunque Diluc solía ser más ordenado en sus andanzas, la escena no llegó a inquietarlo.
No llegó a inquietarlo sino hasta días después, cuando ya no había manera de negar que Diluc había desaparecido.
1. Pesadillas
Kaeya a veces soñaba con “el día”. Lo llamaba así a falta de ingenio y porque sabía mejor que nadie lo que la vida de las personas puede cambiar un día cualquiera después de una serie de pequeñas muy malas decisiones. Le gustaba juguetear con los elementos que lo conformaban, manipulándolos a capricho con la intención de hacerlo más entretenido y así tener algo con lo que torturarse cada mañana antes de salir a cumplir su deber como Capitán de Caballería. Y aunque por su naturaleza los eventos en el sueño variaban, la expresión en el rostro de Diluc solía mantenerse; se había inmortalizado en sus recuerdos con una claridad abrumadora, intimidante la mayoría del tiempo, pero estaba bien así, quizá lo necesitara.
Aunque en ese momento no era la expresión que quería recordar. No que Diluc tuviera muchas para empezar, pero antes de que todo pasara, había reservado cada una para él. Le gustaba especialmente cuando esas expresiones se veían enmarcadas por las hebras sueltas de su cabello. Mucha gente solía decir que parte del atractivo del heredero favorito de Mondstadt no sólo yacía en su físico más allá de su espesa melena rojiza, que sin duda acaparaba las miradas. La seriedad es una cualidad buscada cuando se negocia y tal vez para una unión duradera. Diluc había labrado su reputación a partir de ella, otorgándole la clase de confiabilidad que jamás asociarían con un justiciero enmascarado, con una ruptura imprevista o con su capacidad para guardar rencores.
En el escritorio descansaban varios papeles sueltos, no desordenados precisamente, aunque nadie más ahí sería capaz de encontrarles sentido. Alguien como Diluc podía desaparecer de Mondstadt sin que un alma se enterara, si él no quería que nadie se enterase, claro. No era la primera vez que desaparecía y probablemente no sería la última; era un niño grande con un sentido de la justicia un poco demasiado intenso para su gusto, pero que sabía cuidar muy bien de sí mismo —con sus pequeños incidentes—, y de todos a su cargo. Tal vez un tanto cascarrabias y de temperamento escurridizo cuando se trataba de cierta organización a la que no le guardaba simpatía alguna, pero nada que se saliera demasiado de control la mayoría del tiempo.
Por eso mismo, el caos en la escena de la pelea le había hecho ruido, y se maldecía ahora por no haber prestado más atención en su momento. El que el incidente ocurriera en la madrugada y él ya tuviera un par de copas encima no era justificación. Las notas sólo podían servirle para tanto. Y temía que la preocupación dibujara detalles en su recuerdos que nunca estuvieron ahí sólo para encajar con lo que fuera que su cabeza estaba maquinando.
—¿Preocupación? ¿Qué pensaría el señor Diluc? —se preguntó Kaeya antes de responderse a sí mismo con una burda imitación de su cotidiana indiferencia—: tsk.
Sonrió.
Al final del día Diluc seguía siendo Diluc, y no podía decir lo mismo de sus corazonadas.
La tranquilidad de Kaeya se vio alterada dos noches atrás, con un sueño convertido en pesadilla. Despertó acalorado, su piel humedecida por una capa de sudor que ardía desde adentro como una molesta incomodidad exigiendo ser escuchada. De a poco la pesadilla se fue materializando en sus recuerdos. Un destello rojizo le revolvió el estómago e hizo que se inclinara sobre la orilla de la cama esperando que la arcada se convirtiera en vómito. No pasó, pero desde entonces ya no conocía la paz: había visto a Diluc siendo torturado.
Pero fue más que eso, con la vida que tenía, los sueños violentos sólo podían intimidarlo hasta cierto punto, y más de esa forma infantil en que las pesadillas atemorizan a los niños. No las sufría todo el tiempo, pero la mayoría no le valían más que un parpadeo en la oscuridad antes de volverse a dormir como si nada. Lo experimentado en esa pesadilla parecía casi real. Había soñado con Diluc antes, más veces de las que nunca llegaría a aceptar, y un par de ocasiones esos sueños se habían distorsionado demasiado, pero no a este nivel. Quiso rescatar de sus recuerdos alguno que le sirviera de comparación para convencerse de que su angustia no tenía sentido, no en el contexto, no entre las pocas asperezas que aún quedaban por resolver, menos aún con las conversaciones que habían logrado mantener los días previos a su supuesta desaparición. Pero por más que intentara racionalizar su reacción la sensación perduraba; no había manera de arrancarse de la piel ese increíble terror a la pérdida.
Los papeles sobre su escritorio comenzaron a hartarse de su insistencia, leídos y releídos con la ilusión de encontrar “el detalle” que había dejado pasar cien lecturas atrás: ruidos extraños la noche que recibieron la alerta del desorden; comentarios de los visitantes de Obsequio del ángel y del mismo Charles, que siempre tenía instrucciones para actuar en caso de que Diluc se ausentara más de lo normal; uno que otro incidente que pudiera pasar como irrelevante pero que tal vez no lo fuera; algún pequeño indicio desestimado... Volvió a la escena del crimen pero por más que se esforzó no fue capaz de ver nada que encajara con cualquier tonta suposición que hubiera invadido su cabeza. Sabía que si se dejaba llevar podría terminar en un callejón sin salida, sabía que no se estaba aproximando al asunto desde la mejor perspectiva, pero la inquietud en él se convertía en prisa, en una impaciencia poco palpable pero que sin duda alguna estaba ahí, entorpeciendo sus acciones.
Aprovechó la oportunidad para hablar con las personas. Pero su habitual elegancia desinteresada apenas pudo aflorar como genuina. La preocupación de Kaeya despertaba más sospecha que la supuesta desaparición de Diluc, y muchos se lo tomaron como una nueva treta por parte del Capitán de caballería, después de todo, con apenas tres días, nadie había reportado la desaparición como tal, ni se les ocurriría pensar tal cosa. Resultaba simpático reconocer cómo la gente de Mondstadt parecía tan habituada a su fingida dinámica de gato y ratón, y con gusto se hubiera unido a ellos en ese animado rapapolvo, pero no habría podido, no cuando cada vez que reía y cerraba los ojos sus pesadillas se materializaban detrás de sus párpados revolviéndole el estómago.
Todavía faltaban los resultados de los análisis realizados por Sacarosa —en ausencia de Albedo. Se había identificado una especie de reacción en el lugar de los hechos, tan débil que podrían haberla imaginado. Pero de no ser así, tal vez se garantizara un punto de partida. Estaba cansado de esperar, y no se podía arriesgar desperdiciar sus contactos hasta no tener una mejor idea de la situación. No tenía intención de exponer la identidad de Diluc. Creía ser más inteligente que eso.
Y todavía te falta contactar a Adelinde para, ya sabes, terminar de comprobar que no estás siendo un idiota paranoico.
O tal vez simplemente temía la respuesta que pudiera encontrar en ella.
Cansado, Kaeya regresó a su oficina para terminar de amontonar los papeles en su escritorio; al terminar, acercó una hoja en blanco. Una leve incomodidad no era suficiente para convencer a nadie, pero Diluc y él tenían un par de amigos que siempre estaban demasiado dispuestos a entrometerse en las preocupaciones de los demás. Y daba la casualidad de que estaban de visita en la ciudad.
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Kaeya despertó y necesitó un par de segundos para comprender por qué se sujetaba la cabeza con tanta desesperación: estaba aterrado. Nada dejaba de moverse y el palpitar en su pecho era un martilleo incesante que le cortaba la respiración. Y si antes apenas había sido capaz de recordar un par de instantes en el caos de sus pesadillas, ahora lo que se le dificultaba era diferenciarlos de la realidad. Parpadeó una y otra vez tratando de sacudirse todo de encima: los gritos de Diluc convertidos en ecos lastimeros; su piel lastimada llena de moratones; su postura, como un muñeco raído y desechado… el cabello le ocultaba parte del rostro y Kaeya lo agradeció porque sabía, por Barbatos que sabía lo que encontraría en sus facciones y no podía… Qué sofocante la forma en que, sin sufrir dolor físico, había despertado con la sensación de estarlo compartiendo, para segundos después ser consciente de cómo estos “recuerdos” se desvanecían, se mezclaban, se volvían más escurridizos o más reales, cómo saberlo, el dolor no le permitía procesar nada de lo que había visto y a ese paso se volvería loco.
Apretó fuertemente sus párpados con la intención de capturar alguna imagen que pudiera resultar familiar… Una cueva iluminada por la debilidad de un moribundo fuego que estiraba una silueta inerte… Diluc siendo arrastrado por manos desconocidas, un murmullo doloroso, su extremidades todavía más lastimadas, su cabello sucio y enmarañado, su ropa destrozada, era como si el fuego hubiera ardido desde adentro de él, incontrolable y ajeno. Levántate y pelea, quiso gritarle. Pero ya no estaba en el sueño, lo que visualizaba eran los remanentes que servirían para seguir torturándose el resto del día.
—Demonios, Diluc —suspiró. Su respiración era anormal, así que se sujetó el pecho, desesperado.
Odiaba ser capaz de reconocer su calor.
Nadie lo sabía, pero podía hacerlo.
La primera gran ausencia de Diluc significó un golpe desconcertante, aunque él mismo la había alentado. Le costó lo suyo entenderlo, aceptar de lleno su visión, descubrir un destino alejado de los Ragnvindr y su antiguo clan; y en esta confusión un par de sus borracheras le ganaron el doble de problemas.
No eran difíciles de resolver la mayoría del tiempo: pleitos callejeros con sujetos de poca monta que amanecían doloridos y poco más. Pero durante una de esas noches, luego de muchas copas, contemplaciones, arrepentimiento y añoranza, apenas fue consciente de lo que en realidad había bebido y del nido de bandidos en el que se estaba metiendo. Se supo manejar con su habitual gracia, y de no ser por la influencia del vino quizá se hubiera mantenido de pie lo suficiente para garantizarse una victoria sin muchas magulladuras, pero en plena lucha se las arregló para trastabillar, y aunque vio el brillo de la espada, enseguida supo que no tendría tiempo para reaccionar y alguna tonta herida se llevaría de recuerdo. Fue entonces que la visión de Diluc resplandeció, ardió cálida como el amanecer y tan brillante como el odioso cabello de su dueño; el resplandor lo protegió del ataque al sorprender al enemigo, ahora abrumado ante la posibilidad de enfrentar a un usuario de Visión. Los hombres se echaron a correr dejando a un más sorprendido Kaeya para que se hiciera cargo del desorden.
La visión Pyro había ardido lo suficiente para dejar una pequeña quemadura en el pecho de Kaeya, donde la había guardado celosamente porque todavía no se había cansado de ser un idiota.
La visión no volvió a brillar para él, quizá por su nueva adquirida sensatez o por otras cosas en las que mejor no se detuvo a pensar, pero fue suficiente para ser capaz de reconocer el fuego de Diluc donde fuera.
Y lo reconocía.
