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Eres igual a él

Summary:

Desde que Sukuna ganó su puesto como rey de las maldiciones en la segunda era dorada de la hechicería, Itadori Yuuji se había convertido en su prisionero, más tarde nombrado como su consorte y madre de sus hijos.

Y claro, a pesar de la complicada situación, Yuuji ama a sus hijos… pero
Últimamente no es capaz de siquiera mirar al mayor de ellos, no puede hablarle tranquilamente ni abrazarlo como antes.
No sin ver todas las similitudes que tiene con su esposo.

Notes:

Este One shot es bien dramático lo sé.

Work Text:

Al inicio todo se sintió como una pesadilla, una situación extremadamente cruel y duradera que amenazó muchas veces la estabilidad de Yuuji. 

Sukuna no solo había ganado el control del cuerpo de su mejor amigo, si no que también lo ocupó para causar dolor a todo ser vivo que se encontrara cerca, él incluido, y traer de vuelta la “Era dorada de la hechicería”. Lo que solo significó aumentar la cantidad de maldiciones y muerte a su alrededor, o por lo menos así lo sintió el chico de pelo rosado. 

Y peleó contra eso, por supuesto que lo hizo. 

En la que rezaba hubiera sido la batalla final contra el rey de las maldiciones, donde gracias a la ayuda de Yuta finalmente lo vencerían, pero Sukuna parecía haberse hartado de jugar con ellos. 

Recibió mucho daño, más de lo que antes había sentido con otros hechiceros que no fueran el gran Satoru Gojo. Incluso parte de ese daño había sido gracias a los golpes de Yuuji, por lo que el chico se sentía orgulloso.

Era lo justo, por todos sus amigos fallecidos y por todas las penas que le hizo pasar esa maldición. 

Asi penso, antes de que Sukuna los agarrara por sorpresa y ocupará sus últimas fuerzas para lastimar a Yuuta lo suficiente para huir a salvo; no sin antes llevarse a itadori con él. 

Estoy muerto.

Fue de las primeras cosas que pensó el chico una vez su resistencia se vio completamente inútil. 

 

Está bien, no voy a morir con miedo. No le suplicaré a ese imbécil. 

 

Fue más que sorprendente para el chico que en ese momento la maldición no había capturado a Yuuji para matarlo, ni para torturarlo o devolverle todos los golpes que le propinó. No, a diferencia del millón de escenarios sangrientos que se imaginaba el adolescente, Sukuna solo le exigió a sus sirvientes que cuidaran las heridas de Yuuji y que lo cambiaran a un atuendo más apropiado. 

 

Y ahí habían comenzado todos los futuros problemas de Itadori. 

 

Obvio, se resistió al principio. 

 

Rechazando cualquier contacto que el rey de las maldiciones intentara, tirando las ropas y sedas finas que le dieran, intentando pelear una y otra vez contra su secuestrador. Pero nada de eso pareció desagradarle a Sukuna, o por lo menos no lo suficiente para matarlo. 

 Pero después de dos años de la sorprendente paciencia y gentileza de la maldición, Yuuji empezó a bajar la guardia. 

El contacto entre ellos, aunque poco, comenzó a ser aceptado, peor aún deseado por el más joven. Comenzó a usar los regalos que Sukuna mandaba, incluso esas ropas que consideraba ridículas y antiguas. Y sus intentos de agarrar al rey desprevenido se volvieron una sesión esperada de entrenamiento, una pelea solo por diversión entre ambos. Hasta que todo eso se volvió una rutina diaria.

A pesar de la tranquilidad que le traía su nueva vida, el peli rosa todavía seguía sin convencerse de aceptarla. 

 

–Kenjaku mencionó algo sobre ti– la voz de Sukuna llamó su atención, no lo suficiente para levantar su cabeza de las piernas del rey, pero si para mirarlo. La pequeña sesión de entrenamiento que tuvieron lo dejó completamente agotado.

 

– Como su hijo, y una de sus mejores creaciones, tienes la capacidad de desarrollar un útero maldito–

 

–No sin algunos intentos, claro– mencionó con una sonrisa, como si ese dato hubiera sido el más común del mundo.

 

Oh…

Oh  

 

[...]

 

Ahora, Itadori se encontraba sentado en la orilla del piso de madera, viendo a sus dos hijos menores jugar en el jardín principal, afuera de la mansión que era su hogar. 

 

Un área verde hermosa, casi comparable al pequeño jardín floreado al interior de la mansión, sin embargo ese lugar estaba prohibido para los niños. Era demasiado delicado para ellos todavía, sin mencionar que fue uno de los primeros ajustes que Ryomen Sukuna había realizado solo para Yuuji. 

 

Un regalo solo para él

 

Sin importar que tanto le hubiera gustado al pelirosa acompañar a sus niños en los juegos inventados, era bastante difícil hacerlo con un embarazo ya de 6 meses.Pero todavía podía vigilar sus acciones mientras disfrutaba del aire fresco, así que había algo positivo.

Hasta que escuchó un fuerte aleteo.

Yuuji enfocó su mirada a su hija de 9 años, Akane, quien estaba agachada junto a Kenji su hermano menor, de apenas 7 años. Ambos viendo a un ave que anteriormente estaba muy tranquila en el jardín. 

La niña movió su mano al mismo tiempo que hablaba con su hermano, como si le estuviera dando una lección. Al poco tiempo ocurrió un corte muy familiar en el pasto, destrozando las hierbas en su camino y rozando el ala del pobre pájaro que había alcanzado a moverse por suerte, aunque no sin salir ileso. 

Yuuji hizo un intento inconsciente de levantarse se su asiento para ir a proteger al animal indefenso, pero no logró hacerlo con la misma rapidez de antes. 

 

–No– Yuuji soltó en un intento de detener a sus hijos 

 

–Basta. – una voz fue más rápida que la suya, y mucho más severa, ya que hizo que los dos niños se detuvieran al instante. 

 

La figura alta y silenciosa, que antes se encontraba mirándolos desde las sombras en las orillas de la habitación se acercó lentamente hacia el exterior. Ahora en plena luz del día se podía ver por completo la sorprendente figura, midiendo cerca de los 2 metros, con 4 brazos y un cabello de un color rosado algo opaco.

 

–Ryoma. – llamó itadori a su hijo mayor, haciendo que el adolescente lo mirara por unos segundos antes de volver a enfocar sus ojos color miel hacia los 2 infantes. 

 

Su hijo caminó hasta la orilla del piso elevado de madera, quedando casi de frente con sus hermanos

 

– ¿Qué creen que están haciendo? – fue un tono más de regaño que de pregunta. 

Los niños claramente se sintieron intimidados por el tono de su hermano, hasta que la mayor tomó el valor de hablar.

 

– Papá dijo que estaba bien así que– 

 

-No me importa, no quiero que vuelvan a jugar así– después de esas palabras ambos niños asintieron y dejaron al animal escapar. 

 

–Gracias Ryoma– Dijo Yuuji mientras sonreía – ¿No quieres quedarte un rato? — 

 

El chico comenzó a alejarse, dando a su “madre” una corta respuesta sobre estar ocupado antes de marcharse, dejando a yuuji preocupado. Jamás lo admitiría en voz alta, pero hace mucho el comportamiento de su hijo lo inquietaba. Y entendía lo mal que sonaba eso, pero no podía evitarlo. 

La voz intimidante, su altura tan gigantesca a pesar de solo tener 15 años, sus cuatro brazos, su manera de moverse, todo era igual.

Le recordaba demasiado a Sukuna. 

Si, había obvias diferencias entre ambos, como la falta de un par extra de ojos o el color de estos, los tatuajes más simples del chico, incluso la forma de actuar menos explosiva. Pero desde algún tiempo ya el carácter de su hijo le recordaba mucho al de su padre.

No es que no lo amara, después de todo, Itadori siempre había tenido un gran cariño por todos sus hijos desde el principio. Y desde antes que ellos nacieran había aprendido a amar varias cosas de su esposo, pero eso no significaba que quisiera ver lo mismo en sus hijos. 

 

Y se sentía horrible no poder ver al adolescente a la cara sin ponerse nervioso, escuchar su recién agravada voz sin recordar como Sukuna amenazaba a cualquiera que lograra enfadarlo. Claro Ryoma era menos irascible que su padre y la gran mayoría del tiempo escogía el silencio más que cualquier otra cosa, sin embargo la preocupación de Yuuji continuaba.

 

[...]

 

–Padre– la voz del chico resonó antes de entrar a la habitación  –¿me llamaste?–

 

Ese cuarto silencioso y oscuro era uno de los más amplios dentro de la inmensa mansión, siguiendo la temática tradicional japonesa de todo el lugar. Aunque toda la arquitectura del lugar y los diversos lujos que la adornaban palidecían en comparación con el trono gigante que dominaba el centro de la habitación. Casi tan imponente como el hombre, o más bien, la maldición que ocupaba su asiento.

 

–Ryoma sama– Uraume hizo una pequeña reverencia para el chico en forma de saludo, a lo cual él sólo asintió.

 

Era común en el sirviente de pocas palabras simplemente saludar como forma de respeto para después quedarse en completo silencio, esperando en la esquina de la habitación para seguir cualquier orden que le sea dada.  

 

– Tus hermanos me contaron que los regañaste – A pesar de la acusación no había ningún tipo de enojo o siquiera molestia en la voz de Sukuna, al contrario se podría decir que hasta se escuchaba alegre.

 

Un tipo de alegría y satisfacción que Sukuna solo mostraba cuando su hijo estaba presente. Pero nadie sería tan suicida como para mencionarlo. 

 

Después de una breve conversación, Ryoma se despidió de su padre y de Uraume, este último sonriendo ocultamente.

 

–Pareces feliz con mi hijo Uraume– habló Sukuna, volviendo a su tono de aburrimiento una vez el adolescente se marchó. 

 

– Todos sus hijos me importan Sukuna sama, pero debo admitir que Ryoma es un caso especial. No espere tanto de un hijo de itadori sama-

 

–¿Tanto?– aunque el rey ni siquiera se movió de su asiento, la molestia en su voz se hizo evidente, llenando la habitación con una sensación de peligro y una energía maldita abrumadora.

 

Su sirviente, dándose cuenta de su error, intentó remediarlo de inmediato.

 

 -Perdone mi atrevimiento- dijo Uraume agachando su cabeza para el rey en señal de sumisión, tapando suavemente su boca con su mano mientras unas pequeñas gotas de sudor comenzaban a salir de su rostro. Porque sabía bien que les pasaba a quienes molestaban a Sukuna.

 

–No hablo de poder o habilidad, eso estaba asegurado con usted como su padre. Sin embargo ese niño es su viva imagen, no logro ver casi nada de Itadori Yuuji en él.– 

 

Luego de su disculpa y la aclaración, la energía en la habitación pareció volver a la normalidad. 

 

–Él es todo un orgullo– Agregó antes de volver a su típico silencio.

 

Aunque el rey de las maldiciones estaba de acuerdo. Su hijo mayor había superado las nulas expectativas que Sukuna se había planteado cuando Kenjaku le informó que podría ser padre. Al principio todo partió como simple curiosidad, una forma de satisfacer su creciente aburrimiento después de que no quedaran más hechiceros con quienes pelear, y también, una forma de amarrar aún más a Itadori a su lado. 

 

Fue irritante al principio, ver como una parte de él era tan débil y frágil, dependiente de los brazos de su madre. Incluso contempló acabarlo después de unas noches seguidas de escuchar el molesto llanto del niño. Pero Itadori se aferraba tanto a él, que incluso en el sueño el mocoso mantenía siempre su abrazo al bebé.  Y eso,  por una extraña razón, le hacía sentir una calidez inmensa a la maldición. Aún más cuando se le permitía acercarse a ambos. 

 

Cuando su hijo creció el comportamiento algo tosco de Sukuna cambio, el pequeño había demostrado un potencial increíble, su gran energía maldita sumado a la fuerza bruta heredada de Yuuji era suficiente para derrotar a algunos de los pocos hechiceros que quedaban y a maldiciones con un poder decente, a pesar de la corta edad. Generando un gran orgullo en su padre. 

 

Tal vez por eso deseo más niños corriendo alrededor de la mansión. 

Tal vez por eso no podía evitar sentir una extraña calidez en su pecho cuando pasaba tiempo con sus hijos y su esposo. Incluso, por primera vez, empezó a preguntarse qué le depara el futuro. 

 

Sukuna era incapaz de imaginar un futuro donde él no reinara, pero si eso algún día llegara a pasar no podía evitar pensar en que sus hijos estarían ahí para continuar su legado. Si algún día dejará de existir… 

 

No, no debe pensar así. 

 

[...]

 

Salir a caminar por lo que antes era una ciudad tranquila de Japón no era lo que la mayoría de familias solía hacer, pero ¿desde cuando las familias normales eran hijos del mismísimo rey de las maldiciones? 

 

Ryoma miraba a su alrededor, dejando el ruido de las maldiciones acechantes y los destrozos de alguna pelea cercana de lado. No era un escenario inusual después de todo, podría decirse que el desolador ambiente hasta lo ayudaba a calmarse, aunque esa podría ser la genética de Sukuna hablando.

 

Estaba más que dispuesto a ignorarlo y volver a casa con sus hermanos menores, de no ser por que apenas se dio la vuelta notó la falta de esos dos. 

 

La energía maldita aumentó de una forma conocida a poca distancia del lugar. 

 

Lamentablemente su intuición no había fallado, sus hermanos menores interrumpieron la pelea cercana y decidieron tomar el lugar de la ya eliminada maldición que se enfrentaba a un grupo pequeño de hechiceros. Ninguno se veía lo suficientemente fuerte como para darle problemas a los pequeños, ni siquiera estaban en condiciones de pelear por sus heridas, pero más de una vez le enseñaron a no confiarse. 

 

Y justo como temía, cuando su hermana estaba por dar el golpe final al humano una energía maldita surgió, seguido de una extraña maldición que protegió al hechicero. 

 

La maldición tomó al herido en sus manos y lo llevó al frente de quien parecía ser su amo, mientras los demás escapaban. El hechicero, un hombre alto de pelo negro y ojos cansados le dio las gracias a la maldición, sacando su katana y mirando en la dirección de Ryoma y sus hermanos.

 

Se veía fuerte. 

 

– Akane, Kenji– el adolescente llamó la atención de los niños . –Váyanse–. 

 

–¿Qué?–. La niña gritó completamente ofendida –¡¿Por qué tú puedes quedarte a divertirte y nosotros no?!–.

 

Se sentía como si su hermana ahora estuviera lista para atacarlo a él en vez de al enemigo enfrente. 

 

–No me respondas y solo vete. Este tipo es más fuerte que tú– Aunque el adolescente no quiso sonar tan molesto su tono de voz lo traicionó, pero por lo menos la chica entendió. 

 

Aceptando a regañadientes las órdenes del mayor, tomando a Kenji de la mano y listos para irse. 

 

–Cuídate– Dijo su hermano menor antes de ser forzado a alejarse. 

 

El momento de ternura que tuvo por el pequeño fue interrumpido por el humano pelinegro acercándose. 

 

–No es necesario pelear, no quiero golpear a un niño– Dijo el hombre. 

 

Al ver que el adolescente no respondía el pelinegro suspiró, poniéndose en una pose defensiva. 

 

–oye, antes de pelear ¿puedo saber quien eres?– Dijo, tal vez por cortesía. 

 

–Ryoma– contestó de forma cortante el chico –y tú ¿quién eres?–.

 

– Yuta Okkotsu– respondió el hechicero. 

 

Yuta Okkotsu, repitió en su mente. 

 

Ese nombre se le hacía muy familiar. El chico se perdió en sus pensamientos, preguntándose dónde había escuchado el nombre antes. Hasta que finalmente lo recordó. 

 

En un rápido movimiento se acercó al humano, quien reaccionó sorprendido de la velocidad del chico, pero justo cuando se preparaba para contraatacar el adolescente se encontraba agachado enfrente de él. 

 

–Necesito tu ayuda, escúchame por favor–

 

Uh?

 

[...] 

 

Llevar al chico a una de los pocos lugares seguros que quedaban en las ruinas de la ciudad no era la mejor idea, hasta el mismo Yuta lo sabía, pero la súplica del adolescente lo sorprendió demasiado. 

 

Además se aseguró desde antes que el lugar estuviera vacío, así que si todo eso era un engaño no habría ningún herido. Un poco más de destrucción en un edificio viejo y abandonado que solía ser de la escuela de hechicería no sorprendería a nadie. 

 

–Por favor, ayúdame a derrotar a mi padre– Suplico Ryoma, sentado en el viejo sofá del  edificio. 

 

Definitivamente no era el favor que esperaba el adulto. 

 

–¿Tu padre?– repitió Yuta aún sin creerlo - ¿Ryomen Sukuna?- Ryoma asintió. 

 

–¿por qué?- 

 

–Para poder liberar a mi madre- El ambiente se sintió más pesado después de esa declaración.  

 

–¿Tu madre?–

 

–Itadori Yuuji–

 

Yuta estaba casi seguro de que la información hubiera hecho que cualquiera de sus compañeros se desmayara, de hecho, él mismo sintió por un momento como su cuerpo se quedaba congelado por la noticia y como todo el mundo empezaba a girar. 

 

–¿Cómo está él?– fue lo único que se le ocurrió preguntar para quitar ese ambiente incómodo que se había formado, además de asegurarse de que su ex compañero siguiera vivo y estuviera a salvo. Sin mencionar, darse unos momentos para recuperarse. 

 

Ryoma fue sorprendentemente comprensivo, a diferencia de lo que había pensado inicialmente del chico, no parecía mala persona. Aunque no se podía negar su apariencia intimidante. 

 

Pero cada palabra que decía, cada extensión de su conversación hacía que el mayor se diera cuenta de la energía cálida y deslumbrante que tenía el chico en todas sus expresiones, tanto que lo llevó a preguntarse como lo había reprimido tan bien al momento de conocerlo. 

 

Tenía una vibra similar, algo familiar que había olvidado con los años de enfrentar la realidad en la que vivía. Pero todavía no podía descifrar que era. 

 

–dijiste que quieres liberar a tu madre, pero lo que describiste no suena muy… malo que digamos– A excepción de estar casado con Sukuna, pero Yuta no estaba dispuesto a mencionar eso. 

 

– Sé que mi madre nos ama, siempre fui consciente de eso pero…también supe que él siempre extraño a sus compañeros hechiceros, y que no fue su elección dejarlos –  

 

Un recuerdo de su infancia asaltó su mente mientras hablaba, uno de los que más lo había marcado.

 

Una noche, cuando Ryoma era apenas un niño, despertó repentinamente y fue incapaz de volver a dormir. Buscó la calidez de su madre a su lado, pero Yuuji no estaba en su lugar habitual. 

El niño se asustó, sabiendo que no era común que Itadori lo dejara solo, ni siquiera por un segundo, debido a lo sobreprotector que era y al temor de que el niño pudiera molestar a su padre. Sin embargo, ya no estaba allí.

 

El pequeño sintió ganas de llorar, pero recordaba bien las amenazas que su padre le hizo si volvía a llorar. Así que simplemente se levantó, asustado y agarrando nerviosamente su pijama, se dirigió en busca de su mamá.

 

Cerca de la única ventana del lugar, encontró a Itadori, mirando hacia afuera en medio de la oscuridad, completamente absorto en sus pensamientos. Fue la primera vez que el niño vio tanta tristeza reflejada en el rostro del mayor, mirando con anhelo hacia la distancia.

 

–¿Mamá? – Itadori se dio la vuelta rápidamente, poniendo una sonrisa en su rostro para su hijo mientras parecía volver a la realidad.

 

No fue la última vez que captó esa tristeza en él; de hecho, fue un hecho recurrente en su infancia despertarse a veces por las pesadillas de su madre, quien sollozaba mientras se aferraba desesperadamente a las sábanas, soltando súplicas y disculpas junto con los nombres de sus amigos fallecidos.

 

Nanami…

Kugisaki…

Gojo…

Fushiguro…

 

Mientras crecía había escuchado a su padre hablar de su madre casi como si de un animal exótico se tratara, y aunque doliera, tal vez la comparación no estaba tan equivocada.

 

Muchas veces Sukuna había hablado de su incomparable belleza y su fuerza devastadora, claro, nunca frente a Yuuji, pero si exhibiéndolo a otros. Y al igual que un animal salvaje, sin importar cuánto tiempo pasara en cautiverio, siempre había algo en su interior anhelando volver a su hogar.

 

La idea se quedó atrapada en su mente. Su madre era como un ave en exhibición, con sus alas amarradas para que no huya, pero que inconscientemente aún intentaba volar.

 

Finalmente, Yuta suspiró.

 

–¿Estás consciente de lo que estás pidiendo?, dudo que Sukuna se rinda, incluso si su hijo pelea en su contra.–

 

Esto pareció deprimir al chico.

 

–Conozco a mi padre, se que jamás se rendiría, ni mucho menos estaría dispuesto a perder sin darlo todo– la calidez que recién empezaba a mostrar el chico se fue extinguiendo rápidamente con esas palabras, volviendo a esas vibras frías e intimidantes del principio. 

 

Hasta que… 

 

–Pero, me gustaría pensar que podríamos encontrar una solución cuando lo enfrentemos– Esa sensación conocida volvió. 

 

–Es tonto pensar así, lo sé. Pero prefiero seguir teniendo esa esperanza–. Luego el muchacho sonrió, de una forma genuina y cálida, y por fin Yuuta pudo hacer encajar esa pieza faltante. Finalmente supo que era tan familiar en el chico.

 

-¿Pasa algo?- el niño lo miró, disminuyendo su sonrisa dulce, pero sin eliminarla por completo. 

 

-Eres igual a él- Dijo

 

-¿disculpe?- 

 

-A itadori, te pareces mucho a Itadori Yuuji- Esa afirmación sorprendió al más joven, avergonzando un poco. 

 

Nunca nadie le había dicho eso, pero por alguna razón no le incomodaba. No de la misma forma que pasaba cuando los demás lo miraban, de inmediato comparándolo con su padre. 

 

–Bien, te voy a ayudar.– afirmó Yuta con confianza. 

 

– ¡Gracias! Muchas gracias señor Okkotsu– El adolescente tuvo que luchar con el impulso de abrazar al mayor, aunque no evitó hacer una pequeña reverencia. 

 

–Mmm… que curioso– agregó el adulto sin mirar al más joven, casi como si estuviera pensativo. 

 

– ¿qué cosa? – Pregunto el chico, haciendo sonreír a Yuta

 

– Contigo ya tenemos tres alumnos de primer año– 

 

¿Ah?