Chapter Text
Dedos fríos acarician mis mejillas y visten mi piel
Oscuro, todo está oscuro. No sé dónde empieza la luz y dónde acaba mi cuerpo. O cuándo despierto. O quién soy. Lo único que reconozco es la chica ante mis ojos; familiar, amable. Ella es diferente, conoce su verdad, conoce su nombre. Lia. Así lo han pronunciado cada mañana desde que estoy aquí; cada noche, cada luna. Un nombre que se pronuncia en apenas un susurro, tan efímero y dulce como ella, tan cálido como sus dedos, que ahora visten mi piel en un manto azul.
La puerta se cierra cuando ella se marcha y, durante un segundo, mi corazón se inquieta ante la idea de que no vuelva. La incertidumbre se me clava en el pecho, fría, y se desvanece cuando regresa al amanecer. Cuándo he comenzado a sentirme así, no lo sé. Tan solo recuerdo verla al abrir los ojos y escuchar cada día su voz; sus preocupaciones, su risa, su llanto... Mi memoria es un mosaico de conversaciones unilaterales y fragmentos borrosos. Recuerdo manos, sedas y nombres, demasiados, muchos más de los que una deidad debería tener. ¿Es eso lo que soy? ¿Una Diosa? ¿Una entidad eterna? Porque mis manos pesan demasiado y el marfil de mis pies se agrieta, vacío. Siento que he perdido más de lo que puedo reconocer y, que en cierto modo, no soy quién debería.
A veces, recuerdos lejanos me acompañan me al soñar; con flores, con estrellas. Como las que visten mi manto o coronan mi halo. Sé que las he visto de cerca, que las he atrapado entre mis manos y jugado con ellas. Antes de dormir. Antes de cambiar.
Virgen.
María.
Así me llaman y rezan las manos que por siglos me han venerado. Pero ningunas han sido nunca tan honestas, tan dulces.
Observo a Lia fruncir el ceño. Han vuelto a estropear el mantillo y ella exhala al borde del llanto; porque le importa todo lo que hace, porque ama su trabajo... igual que yo siento que la amo a ella. Como la calidez del sol invernal o el último suspiro de esperanza; despierta en mí una calidez extraordinaria. Al acercarse, endereza mi corona y un mechón rizado escapa por mi frente. Parpadeo por la molestia y casi ni me sorprendo del gesto hasta que me doy cuenta. Ella tampoco parece haberlo notado, porque continúa su labor hasta que escucha mi suspiro de anhelo; está cerca, demasiado cerca, y yo noto cómo palpita mi corazón y florecen mis mejillas. Solo entonces, reacciona, solo entonces, tropieza, perpleja, y yo logro sostenerla entre mis brazos antes de que pueda caer. Lia me mira perpleja, colorada, y yo sonrío conmovida con toda la devoción que siente mi pecho, con todo el aire del mundo contenido entre mis labios. Ella se acerca; roza mis labios y ya no tengo miedo. Y, en un suspiro, prueba mis labios.
Respiro, y la boca me sabe a gloria, y el mundo se mueve a todo a color.
