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Desde que partió a los Estados Unidos, tanto por cuestiones de estudio como también deportivas, Shintaro Midorima no había dejado de escribir o llamar a su pareja en Japón. Asimismo, Takao Kazunari no tomó más de un día en responder a sus mensajes, a pesar de saber que, en ocasiones, la agenda del escolta era un tanto apretada. El propio base tenía un trabajo allí en Japón, además de su carrera como basquetbolista profesional. No obstante, y afortunadamente para él, esta no ocupaba una gran cantidad de su tiempo. Midorima era médico y, en ocasiones, acostumbraba tomar largas guardias nocturnas; Takao era enfermero y, sin importar el momento del día en que debía trabajar, su turno siempre era de seis horas, a menos que fuera requerido para asistir en una emergencia.
Permanecieron en ese ritmo casi constante de comunicación hasta que, de un momento a otro, y sin que Kazunari comprendiera la razón, no recibió más mensajes o llamadas por parte de Shintaro durante alrededor de tres meses. Recordó en ese instante que, junto a sus amigos Aomine Daiki y Kagami Taiga, ambos también pareja, jugaban en Miami Heat. En el Estado de Florida; un área que, a esas alturas del año, siendo pleno verano, solía ser atacada por fuertes tormentas y huracanes provenientes del Caribe, literalmente, a un mar de distancia. La desesperación se apodero del muchacho de ojos plomizos cuando se cumplieron los tres meses desde su ultima comunicación e, incapaz de resistir la curiosidad pero, sobre todo, la preocupación, decidió averiguar si acaso estaba sucediendo alguna catástrofe por el estilo en Florida o en algún estado vecino. No era afín a las noticias, ni siquiera a la televisión, a menos que fuera para ver algún encuentro de baloncesto. Por lo tanto, recurrió a buscar dicha información en su teléfono móvil. Un suspiro de alivio escapó de sus labios al ver que nada había sucedido en el último tiempo. Aunque, por otra parte, abrió ligeramente sus ojos plomizos al ver que, en los siguientes siete días, habría altas probabilidades de fuertes vientos y lluvias.
—Dios... —dijo dejando escapar un hondo suspiro —Solo espero que este bien... Shin-chan, ¿que estarás haciendo ahora?
Apagó su móvil, o más bien lo puso en vibrador, y preparó todo para ir a trabajar. Tenía un trayecto de poco más de una hora en autobús hasta el hospital donde trabajaba, por lo que debía salir de inmediato si pretendía, como acostumbraba hacer cada día, detenerse en el bufete justo frente al hospital para tomar una merienda ligera.
Para Kagami y Aomine era una costumbre ejercitarse y practicar sus tiros en aros improvisados en la playa. Su apartamento no estaba muy lejos de allí, a diferencia del estadio en el que Miami Heat oficiaba de local. Estaban preparándose para realizar un breve calentamiento cuando, apenas volvieron la mirada hacia los enormes edificios que se alzaban frente a la playa, se percataron de que no una, sino tres personas se acercaban a ellos. Todos ellos japoneses. Los primeros dos eran sus compañeros en el equipo; Más precisamente, dos de los tres escoltas, Shintaro Midorima y Himuro Tatsuya. El tercero era Kiyoshi Teppei; un ex-alero que llevaba casi tanto tiempo como Midorima allí en América, aunque por diferentes motivos. Daiki y Taiga asintieron a modo de bienvenida apenas sus amigos se detuvieron frente a ellos, luego de lo cual el pívot moreno de ojos índigos volvió su atención específicamente a Kiyoshi y comentó más que preguntar que, suponía, aún no debía estar en condiciones de sumarse a ellos en una eventual práctica, pero si en sus ejercicios de calentamiento. El alero asintió, señalando que, en efecto, le habían advertido que comenzara la parte más 'pesada', por así llamarle, de su rehabilitación, tras haber finalizado casi en su totalidad sus sesiones de gimnasio y fisioterapia.
—Aunque, he de admitir, nada hubiera sido posible sin un poco de ayuda...
Mientras pronunciaba esas palabras, apoyó una mano en el hombro de Shintaro, quien solo asintió. Luego de un momento, decidieron comenzar sus ejercicios. Kiyoshi, mientras tanto, los observaba sentado en una silla.
Llevaban un par de horas practicando, de hecho habían comenzado un pequeño enfrentamiento de uno contra uno, cuando Kiyoshi se puso de pie advirtiendo a sus amigos de un por demás curioso movimiento entre las personas que se encontraban disfrutando de la playa. De hecho, estas huían rápidamente del mar, al tiempo que un fuerte viento sacudía las aguas como si estuviera a un punto de crecer en magnitud. Lo cual no tardaría en suceder, por lo que, viéndose uno al otro por una fracción de segundo, Shintaro y Kagami decidieron ayudar a los que se encontraban aún más alejados de la orilla. Asimismo, Taiga pidió a Kiyoshi que intentara pedir ayuda a las autoridades. O, mejor dicho, que pidiera una ambulancia.
—No; espera... —pidió Midorima de pronto, volviendo brevemente la mirada a su amigo —Antes que hagan nada, es necesario sacar a ese par de idiotas de ahí. Maldición... nunca pensé que fueran tan temerariamente imprudentes...
— ¿Pero que planeas hacer al respecto? Alguien debería ayudar...
Apenas el pívot de cabello rojo acabó de pronunciar esas palabras, los tres alzaron instintivamente la mirada al cielo, percatándose de que este estaba cubierto de espesas nubes negras. Y que el viento había aumentado aún más en intensidad. En ese instante se dio cuenta de que, además, Tatsuya no se encontraba por ningún lado aunque, antes de que pudiera siquiera entrar en pánico, una camioneta negra por demás familiar para Aomine y Kagami se detuvo a pocos metros de donde estaban.
— ¡Midorima! ¡Toma esto!
Exclamo Himuro, extendiéndole a su compañero una cuerda lo suficientemente larga como para alcanzar a los dos sujetos aún dentro del mar ahora revuelto por enormes olas. Shintaro la tomo, estirándola para luego lanzarla sin decoro alguno mientras gritaba en dirección del único de los dos hombres que se encontraba directamente en su campo de visión:
— ¡Sostenganse, ambos! Debemos sacarlos de ahí ahora o de lo contrario la próxima ola los arrastrará aún más lejos y probablemente no podamos encontrarlos...
Podía notar que, aun a pesar de aceptar su ayuda, el muchacho que finalmente se sostuvo de la cuerda, y quien no debía ser más de tres años más joven que él mismo, le observaba con un dejo de incredulidad. Hasta que su compañera, aferrada a su cuello, parecía insistirle en que accediera. Ninguno de los dos notó cuando la persona que les tendiera la cuerda desapareció de la orilla sino hasta que le vieron dirigirse nadando con cierta dificultad hacia ellos.
—Espera... —dijo la mujer — ¿Está lo suficientemente demente para intentar suicidarse nadando a esta distancia y profundidad?
Shintaro no respondió. En cambio, se sumergió, atando la muñeca izquierda de la mujer a la suya y repitiendo el proceso con la muñeca derecha de su compañero. Su plan era devolverlos a la orilla sirviéndose de su propia fuerza física, aunque nunca esperó lo que ocurriría a continuación. Llevaba alrededor de cinco minutos intentando contener la respiración, o conteniéndola, mientras estaba sumergido, hasta que ya no pudo sostenerlo y liberó el aire al punto de que una enorme bocanada de agua salada entró por su boca aún parcialmente abierta y sus fosas nasales. Aun a pesar de ello, no le tomó más de tres minutos llegar hasta la orilla, donde le esperaba Aomine, mientras que Kagami y Tatsuya ayudaron a los otros dos jóvenes.
—Tienes que estar demente para hacer algo semejante, ¿sabes? Tienes que agradecer que Satsuki no esté aquí; de lo contrario, esta misma noche tendrías un mensaje de Takao...
Shintaro tosió el resto de agua salada en su garganta y se cubrió brevemente el rostro antes de hablar:
—Creo que... Momoi no tiene idea donde vive aun. Solo le dejó su dirección a Tetsuya antes de marcharse... Y puedo dar fe de que el no la revelaría sin importar cuanto le insista...
Respiró profundamente y, en ese preciso instante y como si del azar, la suerte o como quisiera llamarle, se hubiera tratado, su móvil sonó dentro de su bolso. Tomo el dispositivo y la toalla que llevaba consigo y, tomando asiento sobre la arena mientras que aún intentaba recuperar el aliento, dijo:
—No esperaba recibir este llamado tan pronto, Takao... ¿Ha sucedido algo? Dime que al menos tu y Tetsuya se encuentran bien...
Shintaro oyó lo que sólo pudo describir como una leve risa al otro lado, lo que le hizo darse cuenta de que Kuroko no imaginaba que el adivinaría que, una vez más, estaba de 'niñero' de Takao en el apartamento que la pareja compartía en Tokio. No es que Kazunari lo necesitara en realidad, sino que, de hecho, era más bien un hábito que había adoptado Tetsuya. Comprendía que, en ocasiones, el hombre de ojos plomizos se sentiría solo, como sucedía con el mismo cuando su esposo Akashi tenía que jugar partidos fuera de Tokio. Luego de un momento, Takao tomó el móvil nuevamente y dijo:
— Tetsuya y yo estamos bien, Shin-chan. Sin embargo, tu suenas algo cansado. He oído reportes de un posible tornado en las costas de Miami... — su voz tembló de manera evidente mientras pronunciaba las siguientes palabras — Por favor, dime... Dime que ustedes están bien...
Midorima debió apartar el móvil de su oído y girar ligeramente el rostro a un costado cuando lo asaltó un nuevo, aunque breve, ataque de tos. Bebió un par de sorbos de agua para luego retomar la conversación.
—Por suerte, no llegó a ese extremo. Aunque no voy a negarte que el viento es demasiado fuerte en este momento... Y es probable que haya una fuerte tormenta eléctrica esta noche. No te preocupes, de todos modos; traigo mi objeto de la suerte conmigo...
Shintaro recordaba haber tenido discusiones con Takao. No obstante, siempre eran más bien en tono de broma, o duraban apenas un par de horas como máximo. De todos modos, ni siquiera cuando estas adquirían un tono más serio, la escolta recordaba que su novio le hubiera gritado como sucedió apenas dijo esas últimas palabras.
— ¡Tu y tus malditas supersticiones, Shin-chan! ¿Puedes, al menos por una vez, tomarte las cosas en serio? ¿Que hubiera sucedido si se hubiera desatado una verdadera catástrofe?
El móvil en su mano hubiera caído de no ser porque Aomine lo sostuvo justo a tiempo. A ambos, de hecho, puesto que el propio Shintaro perdió el equilibrio. Aunque, al cabo de unos minutos y cuando cayó en la cuenta de que Daiki aun lo sostenía, se apartó con cierta brusquedad del y, llevándose nuevamente el móvil al oído, dijo:
—Si aún estás ahí, Takao, volveré a llamarte en la noche, cuando te hayas calmado. Ahora debo irme; en caso de que lo hayas olvidado, no he venido aquí solo a jugar baloncesto...
Estaba a punto de cortar la llamada cuando, apenas retiró una vez más el móvil de su oído, escuchó a su novio pedirle que esperara un poco más. Dudó en hacerlo, hasta que una mirada por parte de Kagami finalmente logró convencerlo de que accediera. Apenas retomó el llamado, Takao simplemente se disculpó aunque, tras una breve pausa, admitió que lo extrañaba. Midorima suspiró profundamente antes de responder.
—No te preocupes. Ya no falta mucho para que nos veamos nuevamente...
Las palabras de Shintaro tras su última comunicación telefónica quedaron grabadas en su mente. Y Takao esperaría ansioso a que ese día llegara. Por lo tanto, el base de ojos plomizos respondió:
—Está bien, Shin-chan. Te estoy esperando...
Ese día tan ansiado finalmente llegaría. La temporada en la NBA había terminado, dando paso al Mundial de Básquet de ese año. Kagami, Aomine, Tatsuya y Shintaro fueron, de hecho, los primeros en llegar. No había muchos jugadores fuera de Japón, de hecho; tan solo Kise y Murasakibara, quienes estaban en las Ligas de Francia e Italia, respectivamente.
— ¡Muchachos! —llamaron Momoi y Riko al ver a los cuatro jóvenes. Aida luego dijo —Vengan; Kise y Murasakibara llegaran en un par de horas, pero los demás los esperan en casa... Y, antes que preguntes nada, Shintaro, hay alguien que ha estado demasiado ansioso desde que supo que regresarían hoy...
—Sinceramente, no puedo culparlo, Aida-san. A propósito, espero que Kuroko y tu padre se encuentren bien...
La enorme sonrisa en el rostro de la entrenadora de la selección les hizo saber a los cuatro muchachos que tenía noticias, aunque no imaginaban respecto de qué o de quien. Lo que si podía adivinar era que su padre Kagetora estaba involucrado en ellas en cierta forma. Decidieron esperar el momento en que todo el equipo estuviera completo, sabiendo a ciencia cierta que, apenas eso sucediera, Riko no resistiría su deseo de hablar.
Kise y Murasakibara llegaron finalmente alrededor de las 8pm, siendo recogidos en el aeropuerto por Akashi y Aomine, quienes rápidamente les explicaron donde se encontraban reunidos en ese momento.
—Vamos... —dijo finalmente Ryota, con un dejo de urgencia en su voz — ¡Los muchachos nos esperan! Además...
Consciente de lo que diría el rubio, Murasakibara le asestó un codazo no demasiado sutil en su costado izquierdo. Para su suerte, ninguno de sus tres amigos preguntó al respecto, a pesar de la evidente mueca de confusión, y además de curiosidad, en sus rostros.
Aomine no era alguien afín a conducir su vehículo de trabajo -el cual le pertenecía de todos modos- mientras no estuviera en la estación de policía, por la simple razón de que debía ser más cuidadoso al hacerlo. Y el amaba la velocidad, al igual que su novio Kagami y que el propio Kise. En esa ocasión, sin embargo, había tenido que dejar su vehículo particular en el taller. Mientras se acercaban a la residencia de Kuroko, se percató de que alguien mas que no habían esperado encontrarse allí estaba frente a la propiedad, conversando con la dueña de casa. Antaño, Atsushi Murasakibara habría volteado el rostro, o directamente ignorado a aquel hombre, considerando la 'historia' entre ambos. En ese momento, sin embargo, apenas descendió del vehículo, se acercó a Riko Aida y su acompañante y, saludando a la mujer con una leve inclinación, volvió la mirada a este último y, extendiendo su mano, saludó:
—Es bueno verte, Kiyoshi...
—Lo mismo digo, Atsushi... —respondió el alero —Tenía que estar aquí, aunque solo fuera para acompañarlos...
Se dirigieron hacia donde se encontraban los demás, percatándose en ese instante que había dos de sus amigos ausentes en el lugar. Sin poder evitar la curiosidad, Aomine arqueó una ceja y le preguntó a Satsuki si había visto a Midorima y a Takao. Momoi solo se encogió de hombros, aunque la expresión en su rostro delató lo que realmente sabía al respecto. Riendo a espaldas de su novio, Kagami se acercó a él y dijo, mientras lo rodeaba con un brazo alrededor de su cuello:
—Supongo que tu no querrías que nos interrumpieran cuando estemos a solas, Aomine, ¿verdad?
Daiki no dijo nada. En cambio, y sin importar la presencia del resto de sus amigos, se refugió aún más en los brazos de su novio.
En otro sitio algo alejado de donde se encontraban los demás, Shintaro y Takao estaban sentados en una amplia banca, abrazados uno del otro. De hecho, el escolta estaba ligeramente recargado sobre la misma, mientras sostenía la cabeza de su novio apoyada contra su pecho. Kazunari podía notar que Midorima estaba cuanto menos cansado, aunque temía preguntar el motivo para no interrumpir ese momento. Sin embargo, Shintaro dejó escapar un hondo suspiro y, bajando la mirada al base de cabello ébano, dijo:
—Has estado demasiado callado y, para ser honesto, comienzas a asustarme. ¿Hay algo que te preocupes? Dime que no estás pensando en eso aun...
Takao finalmente se apartó de su novio, se incorporó de manera que estaban frente a frente, aun con la evidente diferencia de estatura y, para sorpresa de Midorima, dijo mientras acortaba la ya breve distancia entre ellos:
—De hecho, sí; hay algo que me preocupa y es no poder hacer esto...
Lo besó de tal modo que el escolta tardó un par de segundos hasta que pudo finalmente seguirle la corriente. Poco les importaba que sus amigos los vieran en ese momento. Llevaban meses esperando el momento de estar a solas y poder demostrar su amor. Ese que ni siquiera un mundo de distancia lograría destruir. Cuando se separaron por la falta de aire, y aun jadeando sutilmente, ambos dijeron casi al unísono:
—Te amo, ¿lo sabes?
La respuesta fueron sus labios unidos nuevamente, esta vez, en un beso aún más apasionado. Casi como si intentaran sellar de una vez sus palabras.
