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simplemente te vi

Summary:

Obligados por las circunstancias a convivir con todo el plantel de la selección argentina durante la Copa América, Cuti y Licha descubren que hay más en su relación que una simple amistad.

En el medio, pasan cosas.

⋆˚✿˖° comisión ⋆˚✿˖°

Notes:

muchas gracias a @ mafaldaz por encargarme esta comisión!! me enamoré de la idea desde un principio y estoy muy muy feliz de que me hayas elegido para ejecutarla. me divertí mucho escribiéndola y escribiéndolos a ellos, también con la excusa de escribir el contexto copa america 21 que me fascina y con el que no he trabajado lo suficiente. gracias, gracias, gracias, y espero que lo disfrutes 💘

nota: hay breves descripciones de heridas, sangre, y procedimientos médicos no invasivos.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La Copa América estaba siendo un sueño para Cristian.

Las circunstancias eran más que excéntricas —con cambios de sede, quilombos burocráticos, y una pandemia de por medio— pero eso no le sacaba las ganas que tenía adentro de comerse el mundo y ganar absolutamente todo. Era su primera convocatoria a una Copa América: había logrado destacarse como para que Scaloni lo llamara a la Mayor para las eliminatorias, y su performance había conseguido que su nombre estuviera entre muchos otros elegidos para disputar el torneo en Brasil. Sentía que cada momento era una oportunidad para hacerse ver, para demostrar lo que valía y lo que aportaba al equipo.

La concentración en el predio de la AFA le permitió eso, en cierta forma: los entrenamientos cerrados y la convivencia con todo el plantel aseguró que todos pudiesen destacarse, y otorgó la chance de que todos pudieran conocerse mejor, y hacerse conocer.

Algo así fue lo que pasó con Lisandro.

Se conocían de antes, de los tiempos de Cuti como pirata y con Licha jugando en Defensa y Justicia. Se habían cruzado en algún que otro partido por las fechas de la liga y las copas nacionales, y se llevaban bien: se seguían en Instagram, se comentaban las fotos, de vez en cuando se mandaban algún que otro meme, y mantenían una relación cordial y amigable, que, a decir verdad, a Cristian siempre le supo a poco.

Sentía que daba para mucho más.

Cuando Scaloni, tres días antes del inicio de la Copa y en el medio de una incertidumbre bárbara del público y también sus propios jugadores, soltó por fin la lista de convocados, informando también que la concentración sería en el predio nacional de Ezeiza, Cuti vio su oportunidad para, quizás, probar un poco de ese más. Parecía el destino, incluso: sus dos nombres aparecían uno al lado del otro, como si algún ser divino lo hubiese estado observando desde arriba y le dijese «por acá es».

Las reglas estrictamente prohibían compartir habitaciones en el predio, para prevenir contagios y bla bla bla, pero los jugadores hicieron caso omiso del pedido apenas pudieron. Llegaron, permitieron amablemente que les metan un hisopo por las fosas nasales (Cuti fue muy valiente y se tragó las arcadas), y, cuando les dieron el negativo a todos, decidieron que sería ridículo no aprovechar el tiempo para estar pegados 24/7, como un grupo de egresados en Bariloche, tal como Aimar los apodó con una sonrisa exasperada. Los días en la concentración se pasaban entre muchos, muchísimos termos de mate amargo, torneos de truco interminables y partidas de Play que terminaban en almohadazos, siestas a cualquier hora y pijamadas que no tenían fin. Cada uno tenía su valija, pero había ciertos personajes que ignoraban tal hecho y hacían del closet de sus amigos un vestidor colectivo, lo que significaba que a veces Cuti bajaba a desayunar y se encontraba a Rodrigo usando un jogging suyo de Belgrano, y al Papu con la alternativa de Argentina que decía ROMERO atrás como si nada.

Y a veces también bajaba para encontrarse a Lisandro usando un buzo suyo, de esos que guardaba al fondo de la valija y no prestaba a nadie, pero que misteriosamente terminaban abrazando al cuerpo del entrerriano que sorbía su café con cara de sueño y que escondía una sonrisa detrás de su taza como diciendo me agarraste.

Lisandro y él tenían una relación especial. Cuti vio la oportunidad de acercarse durante la concentración, y no la desaprovechó en lo más mínimo. Con una sonrisa arriesgando entre tímida y canchera se acercó el primer día y le tendió un pañuelito a Licha, quien se lo agradeció con los ojos llorosos por el hisopado, y comenzaron a charlar como quien tiene tiempo de sobra. Así descubrió que Licha jamás había visitado Córdoba por fuera de los partidos que tenía que jugar, que su comida favorita era el locro que preparaba su abuela todos los 25 de mayo, que su estación favorita era el otoño y que la primavera le daba alergias, y que se sabía todas las canciones de Luis Miguel de memoria porque era el artista favorito de su mamá, y que así se había enterado de que le gustaban los hombres además de las mujeres.

La primera noche se sentaron juntos en la cena —lo más cerca que se les permitía estar, por protocolo— y cuando llegó el momento de ir a dormir decidieron que no tenían ganas de hacerlo. Se robaron un par de milanesas de la cocina y se hicieron un par de sánguches con mucha mayonesa, y se sentaron en el balconcito de la habitación de Cuti a mirar las estrellas de esa noche de invierno. Siguieron hablando, porque cuando Licha hablaba Cuti sentía que necesitaba saber más, más de él, de su vida, de lo que le gustaba, de lo que sentía, de lo que quería, tanteando por alguna pista de cómo ser lo que él buscaba. Porque esa voz pausada y tranquila le hacía sentir que necesitaba meterse en su vida y en su corazón, de ser posible, y quedarse ahí hasta el fin de los tiempos. Pero todavía no sabía cómo.

Tiempo después se dio cuenta de que en realidad no era tan difícil como pensaba averiguarlo.

—En realidad no estoy buscando nada —le dijo Licha una de esas tantas noches de cielos claros y vaho frío de sus respiraciones en el patio, con un brillo especial en sus ojos color miel—. Como dice Fito, ¿no? No buscaba a nadie.

—Y te vi —agregó Cuti en un susurro.

—¿Cómo?

Cuti sonrió.

No buscaba a nadie y te vi —cantó—. Así dice la letra.

—No buscaba a nadie —repitió Licha despacito, y le devolvió la sonrisa—. Y te vi.

Entonces los días eran así: se levantaban juntos (porque compartían cuarto, por supuesto), desayunaban con todo el equipo y se disponían a entrenar, y después… después podían encontrar a Licha con la cabeza en el regazo de Cuti, viendo a Rodrigo y Leandro jugar a la Play, o jugando al truco con Nahuel, o tomando mates juntos en el balcón, con muchos yuyos como le gustaba a Lisandro (“¿A vos te gusta así, Cuti?” “A mí me gustás vos”), o jugando al Tutti Frutti con el cuerpo técnico, porque el Ratón y Walter se ponían extra-competitivos, y a Cuti le encantaba ver la arruguita de concentración de Lisandro cada vez que tenía que pensar un color con H. Siempre andaban juntos por ahí, y el Kun los molestaba con que eran la parejita del plantel (obviándose a sí mismo y a Leo, porque tenían más años juntos que cabello en la cabeza); Lisandro siempre se reía y negaba con la cabeza, y Cuti se encontraba sin saber muy bien qué responder ante el planteo, confundido en un vaivén de abrazos que duraban un poquito más de lo normal, palabras dulces y miradas suaves antes de dormir, besos en la frente, en la sien, en el cachete, y tiroteos que agujereaban el aire en vano porque ninguno de los dos se animaba a actuar aún.

Todo siguió más o menos así hasta el partido contra Colombia. El equipo venía bien, en el traqueteo de entrenar y viajar para cada partido, pero con buenas sensaciones y sintiendo que, quizás, esta vez se les podía dar. Celebraron el cumpleaños de Leo entre todos, con bizcochuelo de durazno y dulce de leche, regalos absurdos que hicieron reír al capitán, y discursos sentidos que hicieron que más de uno soltara alguna que otra lagrimita. Entre mates que giraban en ronda y risas ligeras se sentía la unidad, el cariño, y, sobre todo, la fuerza del destino, diciendo en forma de cinco de copas que lo bueno estaba por venir.

Pero primero, lo malo tenía que pasar.

El partido contra Colombia por la semifinal fue duro. Áspero, trabado, de esos partidos que hacían a los suplentes agarrarse la cabeza desde el banco, y a quienes corrían en cancha redoblar sus esfuerzos y apretar los dientes para conseguir que todo se terminara lo más rápido posible. El arco se abrió para Argentina a los siete minutos sólo para cerrarse por lo que restaba del juego, convirtiéndose en un mal augurio para los delanteros que pateaban solo para ver sus jugadas sobrevolar el travesaño. Para colmo, Colombia logró empatar, convirtiendo un partido de por sí complicado en complicadísimo, poniendo mucha presión por ambos lados.

Lo peor llegó con un córner pitado para Argentina sobre la hora, en el área chica de Colombia. De Paul levantó la mano a la espera del silbatazo del árbitro y pateó un centro al área, buscando la cabeza de alguno de sus centrales, pero lo que encontró fue el impacto entre el hombro de Mina, el jugador colombiano, y la cabeza de Lisandro, quien cayó secamente al suelo.

Nunca antes a Cuti se le había ocurrido maldecir la decisión de su técnico de incluir a Lisandro entre los titulares de la noche. Cuando lo vio tendido sobre el césped del estadio, fue lo único en lo que podía pensar.

Todo había sucedido muy rápido. Cuti había mirado todo el partido desde el banco de suplentes, ya que había experimentado una sobrecarga muscular sobre la cual seguía trabajando con el fisio del equipo. Como el estadio estaba vacío por protocolo, las voces de los jugadores retumbaban en la noche; fue clara la queja del jugador colombiano cuando el árbitro pitó para detener el partido, y a Cuti se le tiñó la vista de rojo. Sin pensarlo, saltó del banco de suplentes y corrió enfurecido hasta el área colombiana, donde los médicos ya habían ingresado y medio plantel argentino se le iba al humo al rival. Con la mirada buscó a Mina, que aún se quejaba con el árbitro, y de un manotazo le cerró la boca para evitar que siguiera diciendo estupideces.

—Cerrá bien el orto, pedazo de pelotudo —le dijo con la mandíbula apretada y un puño cerrado alrededor de la camiseta amarilla— o te puedo cagar bien a trompadas.

El colombiano lo miró con sorna, y Cuti sintió que la vena de su frente iba a explotar.

—¿Le hice daño a tu amiguito? —dijo, ladeando la cabeza hacia donde los médicos atendían a Licha—. Pensé que los argentinos se la aguantaban más.

Ambas manos de Cuti tomaron la camiseta de Mina y lo arrastraron hacia atrás con toda la intención del mundo de pegarle una trompada, pero antes de poder levantar el brazo, el cordobés sintió que lo agarraban de atrás.

—Vamos, pelotudo —escuchó que le decía Dibu, llevándolo por los hombros—. No hagás bardo, vamos.

—Pero Licha—

—Lo están atendiendo los médicos, va a estar bien, pero si te cagás a trompadas con los del otro equipo a nosotros no nos vas a ayudar.

Con todo el pesar del mundo de tener que darle la razón a Emiliano y tragarse la bronca, Cuti se apartó del resto y se tomó unos segundos para recomponerse. Su corazón estaba latiendo enfurecido en su pecho, y todos sus sentidos apuntaban a Licha, por lo que apenas pudo se acercó al tumulto de gente rodeando a su compañero, entre quienes discutían con el árbitro y los que separaban a sus compañeros de los jugadores colombianos. Cristian no podía ver nada más que la camilla y los cuatro médicos que se estaban encargando de Lisandro, y varias toallas blancas manchadas de rojo sobre el brillante césped de la cancha.

Cristian sintió que el alma se le iba.

No tuvo mucho tiempo para pensar, porque de un momento al otro los médicos estaban retirando a Lisandro de la cancha y Scaloni no paraba de hablar a su lado.

—..nos quedamos sin un central, vas a tener que entrar. ¿Estás bien para entrar? Cuti, Cuti– ¿estás bien para entrar?

Como pudo, el cordobés asintió.

—S-sí, sí, estoy bien —dijo como en automático—. Licha–

—Licha está bien —cortó Scaloni— y necesitamos–

—Había mucha sangre —siguió Cuti, ausente.

El técnico lo tomó por el brazo y lo llevó a un costado de la cancha, lejos del ruido.

—Cuti– Cuti, mirame —pidió, y no siguió hablando hasta que los ojos marrones del defensor se encontraron con los suyos. Cuti sentía su corazón latiendo en sus oídos—. Licha está bien. Va a estar bien. Hablé con los médicos, me dijeron que se desmayó por el impacto del golpe, pero que ya estaba consciente, y que va a estar bien. Cuti, escuchame, ¿viste cuando te lastimabas de chico?

Cuti asintió.

—Bueno, ¿viste que sangrabas mucho? Licha sangró mucho porque se golpeó la cabeza, y suele sangrar mucho. Como cuando sos chico y te caés de algún árbol, ¿viste que después te reponés rápido? Así va a ser con Licha. Pero ahora necesitamos seguir el partido así podemos ganar e irnos a casa —explicó Scaloni, y su voz se suavizó—. Así lo podés cuidar bien a Licha. ¿Sí?

Cuti inspiró profundamente, contó hasta tres como Lisandro siempre le decía que haga antes de tomar decisiones difíciles, y soltó el aire.

—Sí, Lio. Gracias.

Y se metió a la cancha.

El partido se alargó un poco más y se fueron a penales, para desgracia de los colombianos y para felicidad de Dibu, que estaba re loco y había quedado con la mecha prendida por como se había dado el partido al igual que todo el plantel argentino. Ya les había dicho a todos que por lo menos dos penales se atajaba, y cumplió, ganándose no solo el partido y el pase a la final, sino también el grito desahogado de sus compañeros y abrazos que duraron toda la noche.

Eso que parecía destino y justicia divina a la vez le decía a Cuti que también ganaron por Licha.

Aunque Mina se acercó al cordobés al finalizar el partido a ofrecerle sus disculpas por el altercado, Cuti no pudo prestarle atención. Ahora que ya estaban en la final —estaban en la final— lo único en lo que podía pensar era en Lisandro. En lo mal que se sintió cuando lo vio tirado en el suelo, en lo mal que se debía sentir. En lo solo que seguramente se sentía, culpa de los protocolos de COVID, las burbujas, y mil mierdas más que no dejaban que nadie excepto el personal autorizado se acercara.

El chárter que los esperaba para devolverlos al predio de AFA en Ezeiza salió sin demoras, y Cuti se permitió, aunque fuera un poquito, disfrutar del ambiente de gloria y éxtasis que emanaba el equipo. Scaloni se había pronunciado ante ellos sobre la situación de Licha antes de despegar: el entrerriano se encontraba estable, pero por protocolo (Cuti ya se había hartado de la palabra) y por su seguridad, había partido en un avión sanitario rumbo a Buenos Aires apenas los médicos lo consideraron pertinente. Cuti se sintió apenas más liviano al oír eso y pudo relajarse un poquito más; sus compañeros habían notado su estado y se encargaron de meterlo de lleno en el festejo, así que pasó la mitad del viaje tocando un bombo que Luifa produjo de algún lugar recóndito del avión, y fue el encargado personal de enseñarle a Leo Messi la canción de los hinchas para la Scaloneta, porque el delantero aún no había logrado aprendérsela del todo.

Cuando el ambiente se calmó, la mayoría se dispuso a dormir lo que restaba del viaje. Las tensiones habían sido altísimas, y las ilusiones aún más, así que estaban todos fusilados por el cansancio. Cuti no consiguió conciliar el sueño, por lo que eligió un asiento de ventanilla al lado de Gio (quién lo usó como almohada personal), y conectó sus auriculares a su celular. Al abrir Spotify, lo primero que le saltó fue su lista compartida con Lisandro. Entran un cordobés y un gualeyo a un bar era el nombre con el que, en joda, la bautizaron. En la concentración solían escuchar música entre todos, reggaetón, cumbia, y el ocasional cuarteto, pero cuando estaban solos los dos les gustaba conocer géneros juntos. La playlist era una compilación de chistes internos y canciones que los hacían reír, llorar, cantar a los gritos y todo al mismo tiempo.

Cuti la guardaba como su tesoro más preciado.

Le dio play, y, suavemente, la voz de Shakira inundó sus oídos. El piloto había apagado las luces y todos a su alrededor dormían, Inevitable sonando sólo para él. De pronto lo golpeó un recuerdo: una tarde cualquiera en el predio, después de algún entrenamiento cualquiera, y Lisandro subido a una mesa en el salón de juegos, con esa canción al palo en un parlante y usando un rollo de papel de cocina como micrófono, cantando a los gritos y mirándolo sólo a él.

Si es cuestión de confesar, nunca duermo antes de diez —cantaba Licha— ni me baño los domingos–

—Ya sabíamos igual —le había retrucado Cuti desde su lugar en el sillón, con un almohadón que había aprisionado entre sus brazos al no saber qué hacer con la mirada del entrerriano tan fija en él.

Licha giró los ojos, pero sonreía.

Conmigo nada es fácil, ya debes saber, me conoces bien…

Y Cuti pensó con vos todo es más fácil, más lindo, más bueno, pero le siguió el juego.

—Más vueltero que vos no hay —le mintió.

Y siguieron así hasta que el ida y vuelta de chicanas le recordó a Licha de la existencia de los Pimpinela, y decidió que tenían que cantar el dueto de Lucía y Joaquín Galán. Y Cuti, como siempre, lo siguió con una sonrisa boba en el rostro, y aprovechó el drama de la canción para acariciarle la cara y fingir que no quería robarle un beso, o cien.

Cuti agradeció privadamente que las luces del chárter estuvieran apagadas, porque no quería tener que explicar por qué le sonreía al ala del avión como un tarado enamorado mientras escuchaba Shakira. Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo cantó la colombiana, y aunque Cristian siempre se creyó demasiado simple como para comprender las letras de las canciones, por lo menos como lo hacía Lisandro, esa frase caló profundo en él. El suave coqueteo que mantenían el entrerriano y él era divertido, hacía que su corazón latiera como si hubiese corrido una maratón con solo una sonrisa, y lo hacía imaginar diez escenarios distintos donde declaraba su amor como el protagonista de alguna de esas películas románticas que a Licha tanto le gustaban. Era divertido, y no tenía consecuencias mayores, y Cristian podría seguir por años con ese delicado baile de bordear las líneas de su amistad con cada roce y cada palabra, pero ahora mismo, como alguna vez siendo un jugador incipiente de Belgrano, sentía que daba para más.

Necesitaba más, y, por sobre todo, necesitaba poder darle a Lisandro todo de sí. Necesitaba decirle que estaba enamorado de él, que lo pensaba todo el tiempo, que cuando lo vio tirado en la cancha con los ojos cerrados sintió una opresión en el pecho que no le permitió respirar porque se imaginó lo peor, porque se imaginó siguiendo su vida sin haberle hecho saber al entrerriano que aunque verlo inconsciente en la cancha casi lo arruinó para siempre, también le recordó la curva de su nariz presionada contra el cuello del cordobés cada vez que dormían la siesta juntos, el destello en sus ojos cada vez que se buscaban con la mirada en una habitación llena de gente y se encontraban, la calidez de sus manos cuando, después de un amistoso tacle, Lisandro las extendía para levantarlo del suelo y atraerlo para sí.

Le recordó todas las cosas hermosas que Lisandro era, y Cuti deseó tanto habérselo dicho antes.

—Negro —sintió a Gio sacudir su manga, y se quitó un auricular—. Ya estamos por aterrizar.

Cuti inspiró hondo y asintió, y la luna de Buenos Aires le hizo un guiño a través de la ventanilla.


+


Ya en el interior del predio, Lionel despidió a los jugadores y los felicitó una vez más por la victoria. Algunos de los chicos se reían y reclamaban a su DT serio e inexpresivo, porque el mismo aún tenía los ojos aguados desde que había terminado el partido, y Scaloni los mandó a dormir con un reto a medias digno de un técnico que sabía que lidiaba con un grupo de egresados en excursión. Antes de poder siquiera atinar a retirarse, Cuti fue interceptado por Scaloni y Aimar.

—¿Cómo estás? —le preguntó Pablo sin rodeos.

—Bien —respondió—. Mejor, creo. Licha ya llegó, ¿no? Llegó antes que nosotros.

Lionel asintió.

—A eso íbamos. No te va a gustar lo que te vamos a decir–

—No digás protocolo, por favor.

Aimar se encogió de hombros con una mirada apenada.

—..Protocolo, Cuti. No podemos dejar que te acerques a él sin PCR negativo.

Cristian, por lo que se sintió como la enésima vez ese día, inspiró profundo, miró al techo y puteó para adentro, porque aún se sentía un poco cohibido estando a solas con el cuerpo técnico. Puteó al bendito protocolo, al COVID, a la madre, la abuela, y la tía de Yerry Mina, a Yerry Mina y su hombro por existir, a la pobre enfermera que iba a tener que hisoparlo, a los hisopados en general, a la CONMEBOL, a la AFA–

—Vamos a intentar que sea lo más rápido posible, porque sabemos que necesitás verlo —siguió Scaloni— y él seguro que también. Así que dale, andá para la carpa, te hisopás, y mientras esperás el resultado te pegas un baño.

Cuti alzó una ceja.

—Me bañé en el vestuario.

—Te duchaste, Cristian, hay una diferencia —marcó Aimar—. Y eso fue en campo brasilero. Ya sabés como es el–

—Protocolo —terminó Cuti, derrotado. Les dedicó una sonrisa débil a ambos y se dispuso a irse—. Gracias.

—Cuti —lo frenó Scaloni, y lo atrajo en un abrazo fuerte. Cristian se permitió unos segundos de derretirse en el contacto, pero no quería perder más tiempo sin ver a Lisandro—. Va a estar todo bien, vas a ver. Andá.

Y apenas lo dejó ir, Cristian salió disparado hacia la carpita de testeos que habían armado cerca de la entrada del predio. Se sometió al hisopado, puteó al protocolo una vez más, se bañó muy bien y se sentó a esperar el resultado en un banquito enfrente a la entrada al ala de enfermería donde sabía que estaba la habitación de recuperación del entrerriano. La noche era sumamente tranquila, pero su corazón estaba bailando carnaval carioca en su pecho, y solamente quería ver a Lisandro.

—Corazón —lo llamó la enfermera de turno, asomada por el umbral de la puerta. Cuti se giró a verla—. Negativo.

—¡Gracias a Dios! —exclamó el cordobés, sin importarle que eran casi las cuatro de la mañana y que había gente que intentaba dormir, y se fundió en un abrazo con la enfermera—. Perdón, perdón, ya sé que tenemos que hacer distanciamiento social, pero usted tiene barbijo, y yo di negativo, gracias, gracias.

La enfermera no supo qué hacer con tanta afectividad junta y simplemente le palmeó la espalda y lo dejó ir contento. Antes de pasar al ala de enfermería Cuti pasó por la cocina, se robó milanesas para hacer sánguches, y salió disparado hacia el cuarto de Lisandro.

Con los sánguches en los bolsillos, entró a la enfermería. Había poca gente —Cuti no contó más que a dos personas— y caminó hasta la habitación que le había indicado Scaloni más temprano. Se sentía nervioso y no sabía qué esperar; no sabía con qué iba a encontrarse una vez abriera la puerta, pero lo hizo.

Nunca había estado en esas habitaciones —sus sesiones de fisio eran en un cuarto designado— y le resultaron más acogedoras de lo que se había imaginado. Era casi como las habitaciones donde dormían: tenía una mesa, algunos sillones, y una cama iluminada por la luz cálida y suave del velador.

Y un Lisandro acostado en la cama con la cabeza vendada.

—Licha —exhaló Cuti, helado en el umbral de la puerta.

Él, apoyado en la almohada, le dedicó una pequeña sonrisa de perfil.

Siempre fue más chico que Cuti; el cordobés le sacaba por lo menos una cabeza. Ahora, recostado en la cama, y con un buzo negro de Cuti que le quedaba tres talles más grande que se robó en algún momento de descuido de su dueño, se veía más pequeño que nunca.

—Licha —repitió Cuti, esta vez poniéndose en marcha y arrodillándose al lado de la cama. Buscó la mano de Lisandro y la tomó entre las suyas—. Mi amor.

Lisandro cerró los ojos con fuerza pero le dio un suave apretón a la mano del cordobés que sostenía la suya, y una solitaria lágrima rodó por su mejilla.

—Cuti… —dijo con la voz apagada, aún sin poder abrir los ojos.

La venda tenía manchitas rosadas en algunos sectores, y Cristian supuso que se la habían cambiado hace poco. También la ceja de Lisandro estaba surcada por una serie de puntos que llegaban a su párpado, el hilo contorneándose con el ceño fruncido del defensor.

A Cuti se le rompió el corazón un poquito más.

—Eu —susurró, acercándose más al cuerpo de Lisandro—. No llores. Está todo bien. ¿Te duele algo?

Licha negó como pudo. Más lágrimas cayeron silenciosamente por su rostro.

—No quiero llorar —murmuró—. Me hace– me hace doler. Yo… Cuti…

El llanto no le dejaba hablar, y Cuti quería ayudarlo, quería abrazarlo y cuidarlo, y que nada malo jamás lo alcanzara. Quería sacarle la venda y llenarlo de besos y ayudarlo a llorar, a que se pudiera agarrar la cabeza y llorar como un niño pequeño que ha perdido su juguete favorito y necesita sacarlo todo de adentro. Pero Licha no podía, por lo menos no ahora, y le partía el alma verlo así.

—Me dijeron que no es grave —dijo luego de tomar aire varias veces—. Tuve una contusión muy fuerte y por el… por lo fuerte del golpe me desmayé. Y me sangró mucho, pero me explicaron que era porque hay muchos capilares y son sensibles…

Cuti rió.

—Scaloni me dijo lo mismo, pero me habló como si tuviera cinco años.

Lisandro sonrió, y con los ojos llorosos, encontró la mirada de Cuti.

Sus ojos color miel seguían viéndolo con el mismo amor de siempre.

Cuti apretó su mano más fuerte.

—No es grave —siguió Licha— pero no puedo jugar la final. Obviamente. Me hicieron una tomografía… encima todo estaba en portugués, entonces yo no entendía si me estaba agarrando un ACV o qué…

Cuti soltó una risa nerviosa.

—No saben… no saben cuándo voy a poder volver a jugar —susurró Lisandro. Las lágrimas habían vuelto, pero Cristian no las dejaba caer sobre el colchón, limpiándolas una por una—. Quieren ver que esté todo en orden, que no tenga secuelas.

Con la mayor delicadeza que pudo reunir, Cuti apoyó su frente sobre la de Licha. Él inhaló profundo.

—No vas a tener secuelas —susurró el cordobés—. Va a salir todo bien. Vas a poder jugar pronto. Te lo prometo.

—Cuti… ¿y si no? —respondió Licha y su voz se quebró—. Tengo miedo. Fue mucha sangre.

Cuti lo sabía. Casi lo podía ver, las toallas manchadas repartidas por el área chica, casi podía escuchar los gritos del plantel argentino entremezclándose con los de los colombianos, el pitar del árbitro repitiéndose en su cabeza una y otra vez. Casi podía sentir cómo las venas se le volvían de hielo al pensar que podía, por un segundo, perder a Lisandro.

Porque las lesiones ocurrían todo el tiempo en la cancha. Pero ver a Lisandro desvanecido no se sintió como una lesión más, un accidente más, un error más.

—Fue mucha sangre —repitió Cuti—. Yo la vi. Pero estás acá. Conmigo. Me hicieron un PCR que me dolió hasta el alma, porque no importa cuántos me hagan me siguen doliendo igual, y aún así no importa, porque me dejaron estar acá con vos. Y estás acá, y me estás hablando, y me estás diciendo que los brazucas te hablaban en portugués y no entendías un carajo, no porque te golpeaste la cabeza, sino porque tenés menos portugués que el Kun, y estás bien. Vas a estar bien, mi amor.

Cuti frotó suavemente su nariz contra la de Lisandro antes de dejar un beso en la misma. Las lágrimas del entrerriano mojaron la almohada en silencio, y Cuti lo sostuvo cerca todo el tiempo que fue necesario. En un momento Lisandro le pidió con un gesto que se subiera a la cama con él, aunque fuera de una plaza y media y los dos entraran bastante apretados — era lo que necesitaba. Cuti reemplazó la almohada con su pecho y Licha se acomodó lo mejor que pudo, sus piernas enredadas en las del cordobés.

—Cuti —susurró cuando la calma lo encontró, somnoliento.

—¿Sí?

—¿Estoy teniendo un ACV —dijo Licha, curioso— o te escuché decirme mi amor dos veces?

Los brazos de Cuti se tensaron alrededor de Lisandro, y su corazón bailó al compás de una samba brasileña bien movida.

—Te está latiendo el corazón muy rápido —observó el entrerriano—. ¿Es por algo en particular?

Cristian sintió los nervios apoderarse de su lengua, pero enseguida se dio cuenta de que no tenía nada que temer. Licha estaba bien —estaba bien, Licha estaba bien— y lo tenía estrechado entre sus brazos, sintiendo su suave respiración, y de repente se sentía como una siesta cualquiera después de una partida de FIFA, durmiéndose con el velador prendido y sus extremidades entrelazadas. Se sentía seguro, como cuando Lisandro le dedicaba una de esas sonrisas de sol que solo guardaba para él, como cuando se reían de algo que solo ellos dos sabían, como cuando Cristian se abría y le contaba secretos que nunca había compartido con nadie, y Licha lo abrazaba y le agradecía por confiar en él, como cuando se despertaba por la mañana y lo primero que veía era el perfil del entrerriano aplastado contra la almohada, colorado y suave con los primeros rayos del sol.

Y Cuti recordó que con Licha todo era más fácil, más lindo, más bueno, y el miedo desapareció.

—Porque te quiero muchísimo —le dijo suavemente—. Y estoy enamorado de vos.

Lisandro se movió despacio hasta poder estar frente a él, hasta que sus miradas se encontraron.

—Me asusté un montón hoy —siguió, acariciando con su mano el pómulo rosado de Licha—. Preguntale a quien quieras. Era un desastre. Me escuché toda nuestra playlist en el vuelo de vuelta.

Cuti sintió la sonrisa de Licha contra su mano.

—Y entre todas las pelotudeces que pensé cuando pasó lo que pasó, pensé en cómo no te dije lo que siento. No te dije que te quiero tanto que no me entra en el pecho, a veces, y que siempre quise tener algo con vos, incluso cuando todavía no éramos amigos, y que me gusta mucho que me robes mis buzos y que duermas en mi cama y que me dejes escucharte cantar mientras te bañás.

Los ojos de Licha se aguaron una vez más, y como tácita disculpa, Cuti le dejó un beso en la nariz.

—Me encanta lo que tenemos —siguió con cautela—. Me encanta nuestra amistad. Nunca tuve nada igual. Y si no te pasa lo mismo, si no querés nada más que esto, para mí está bien. De verdad– yo sé que a veces la gente dice eso cuando en realidad se quiere pegar un corchazo. Pero de verdad, Licha, yo… tomo lo que vos me des. Siempre.

Licha se sorbió la nariz con la manga del buzo.

—Sos un tarado.

El corazón de Cuti dio un vuelco. ¿Realmente..?

—¿Cómo vas a pensar que te voy a rechazar, boludo? —dijo Licha indignado, golpeando suavemente el pecho de Cristian—. Si desde que me desperté en la enfermería en Brasilia que estoy rompiéndole las bolas a todo el mundo con que te quería ver, y que estés conmigo– ¿sabías que pedí que te hagan videollamada? Me dijeron que no, igual, por la anestesia.

—¿Te anestesiaron?

—Sí, por el dolor, me dieron un poco de morfina. Poquito. Pero me dicen que pedía por vos.

La idea de un Licha medio drogado llamando su nombre fue enteramente muy divertida para Cristian, pero decidió cajonear el tema para cuando Licha pudiera devolverle las cargadas.

—¿Cómo no te voy a corresponder, si sos el hombre más bueno que conozco? —Licha se incorporó un poco más, como hacía siempre que quería enfatizar sus opiniones, y Cuti lo sostuvo de la cintura con manos titubeantes—. Sos lo más lindo que hay, Cristian. A mi también me encanta nuestra amistad, desde siempre, pero… no sé. Siempre supe que estábamos destinados para algo más. Reíte si querés, seguro pensás que es alguno de mis arranques hippies… pero de verdad lo siento así. Desde el día en que nos conocimos. Quiero estar con vos siempre.

—Fua, Licha —dijo Cuti con una sonrisa—. Me vas a hacer pensar que estás enamorado de mí.

Lisandro le regaló una sonrisa cansada pero hermosa, porque él podía ser muchas cosas a la vez, y unió sus frentes con suavidad.

—Estoy enamorado de vos —dijo despacito— y te amo.

—¿Me amás?

Licha asintió.

—Te amo.

Y con dulzura, depositó un tierno beso en los labios de Cristian. No duró más que un suspiro, apenas un toque de sus labios, y Cuti lo sintió como la estela de una estrella fugaz pasando por ahí.

—Yo también te amo, mi amor —le confesó en un susurro.

Se sintió ridículo decirlo como si fuera una novedad, como si el verbo no se hubiera hecho carne en todo lo que el cordobés hacía, día tras día, noche tras noche, como si fuera invisible en sus ojos, como si no tuviera el corazón escapando por el borde de su manga cada vez que Lisandro estaba cerca.

Se sintió como la obviedad más hermosa del mundo.

—Una pregunta más —dijo Licha entre besos. Cuti hizo un ruido de inquisición contra sus labios—. ¿Qué carajo tenés en los bolsillos?

Cuti arrancó en una carcajada que contagió a Licha de inmediato. Con toda la emoción del momento se había olvidado por completo de su robo furtivo en la cocina.

—Hice sánguches —dijo, tentado—. Me robé unas milanesas que sobraron de ayer.

—Antonia te va a matar —dijo Licha con una sonrisa boba, y Cristian se preguntó si así debía de verse él.

Se encogió de hombros y rebuscó en sus bolsillos para sacar los sánguches envueltos en film. Le ofreció uno a Licha y ambos disfrutaron de su cena/desayuno juntos, pausando para reírse y no atragantarse, porque no necesitaban más accidentes por el momento.

Lisandro se durmió casi enseguida. Luego de comer y llenar la cara de Cristian de besos suaves y repitiéndole esas dos palabras que los dos parecían haber descubierto juntos, como una canción más cuya letra podrían cantar a los gritos cuando la ocasión se presentara, el gualeyo se acomodó bien para descansar. Con la respiración pausada de Lisandro contra su cuello y una sensación irrevocable de que el destino estaba de su lado, Cuti apagó la luz y, finalmente, cayó rendido ante el sueño.

Notes:

aclaro que no odio a yerry mina pero por temas de plot tenía que hacerlo!!! todo bien con los panas de colombia 🤝🏼

espero de corazón que les haya gustado!! si pueden porfi tomarse un momento para comentar y decirme qué les pareció, me harían muy muy feliz 🥹♥️

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