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El lobo solitario y la chica neón

Summary:

Si Megumi hubiera sido un padre responsable y no hubiera dejado para el último momento la tarea de comprar comida para sus perros, no se hubiera arriesgado a coger un resfriado bajo la tormenta que agitó Tokio esa noche, pero tampoco hubiera conocido a la chica neón.

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Cuando Megumi conoció a la chica neón, esa noche de agosto, su vida se volvió un poco más brillante.

Notes:

hola, soy nisa ¡! espero que disfrutes este oneshot, también lo puedes encontrar en wattpad, bajo el usuario xNISAx :D

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Megumi corría por las calles de Tokio, empapado, a la merced del aguacero que la aplicación del clima en su celular no había predicho. Se maldecía mentalmente por haber sido irresponsable y descuidado con la comida de sus perros, quienes de seguro lo esperaban, hambrientos y solos, en el departamento. Jamás había subestimado tanto al tiempo de agosto, con suerte se puso unas botas de cuero resistentes.

Con una mano sobre sus ojos para tratar de protegerlos de la lluvia y otra sosteniendo con fuerza la bolsa de plástico que protegía la comida de sus perros, fue casi imposible evitar tropezar, pero lo logró. Sintió el frío colándose por las mangas de su chaqueta de repente, provocando que casi tropezara de nuevo por culpa de un estornudo.

Todos sus sentidos estaban nublados por culpa del fuerte viento, que atacaba sin piedad por su lado derecho, tanto que perdió el sentido de la orientación y ya no sabía hacia dónde tenía que ir. Las personas eran simples manchas en medio de la gran ciudad, donde lo único que podía guiarlo eran las luces nocturnas de Akihabara, brillantes y estridentes como siempre.

Cuando la cabeza le empezó a palpitar por las luces y el cansancio, el mundo dio vueltas y sintió que ya no podía avanzar más. Entornando los ojos, alcanzó a divisar un letrero de color rosado neón, no muy lejos, que resaltaba entre la multitud porque estaba en inglés: “Music Match”. Se sintió atraído hacia el lugar enseguida; sus pies se movieron de forma inconsciente hasta que abrió las puertas de par en par y entró en el local.

Alcanzó a distinguir el débil sonido de una campana y el de un trueno muy fuerte, a través del zumbido en sus oídos, justo cuando sintió la bolsa resbalarse de su mano y terminar en el suelo. Decidió tomarse un momento para recuperarse de la carrera, dando un par de respiraciones profundas y apoyando ambas manos en sus rodillas. Estaba exhausto.

Sabía que su condición física no era la mejor desde hace unos meses, cuando Yuuji se marchó a Australia para hacer sus pasantías. Era tan buen compañero de gimnasio que no se imaginaba asistir sin él —al menos esa era su excusa para no admitir que lo extrañaba mucho—, así que prefirió no hacerlo e ignorar el hecho de que Satoru seguía pagándole la suscripción. Solo se dio cuenta de que Megumi ya no iba cuando recibió una llamada de Toudou preguntando si había noticias del muchacho, y se lo reclamó en la cena de cumpleaños de Nanami.

—¿Estás bien?

Una voz femenina, suave y segura, como la de su hermana, Tsumiki, lo sacó de sus pensamientos y lo hizo estremecerse, pues hasta el momento no había tomado en cuenta que alguien más estaría en la tienda. Todavía con la respiración entrecortada, un poco mareado, trató de pararse derecho, fracasando en el intento y provocando que la chica le colocara una mano en el hombro para estabilizarlo. A pesar de eso, asintió con la cabeza en respuesta.

Su mirada quedó fija en la peculiar cabellera que tenía delante, rubia, con mechones rosados —del mismo tono que el letrero de Music Match— dispersos por todas partes, a excepción del flequillo que cubría su frente. La mitad de su cabello estaba recogido en un moño desordenado y adornado por algunos accesorios, al puro estilo de Harajuku. Si Nobara hubiera estado ahí, probablemente se habría burlado de ella.

Cuando Megumi salió de su trance, se encontró con un par de ojos grandes y oscuros, mirándolo con curiosidad y algo de preocupación, el rostro sonrojado de una chica cuyo nombre desconocía y la sensación de una mano sobre su frente. Enseguida, el calor subió a sus mejillas también, acompañado de un rayo que terminó asustando a la muchacha y la separó un par de centímetros de él.

—Eh, lo siento por eso —dijo, haciendo una reverencia que la hizo ver mucho más pequeña de lo que era en realidad. Solo perdía por unos centímetros contra Nobara.

Megumi dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, mientras observaba con cautela a la chica. Vestía una falda de tablones casi tan rosada como su cabello, acompañada por una corbata a juego, que hacía contraste con el blanco de su blusa. Sus brazos estaban cubiertos por una chaqueta negra con dibujos de diferentes colores y sus piernas por unas medias negras, algo transparentes. Por último, se fijó en las botas que le llegaban hasta debajo de las rodillas. El outfit parecía complementarse bien, tal vez Nobara no hubiera tenido tantas críticas.

La chica carraspeó, para después hablar con un tono un molesto.

—Y bien, ¿se te ofrece algo?

Megumi estaba cien por ciento seguro de que se enojó porque la ojeó mucho; qué pena, perdió la oportunidad de recibir su hospitalidad. Un poco más calmado que antes, pero con el corazón acelerado todavía, negó con la cabeza. Esta vez logró erguirse y recordó que había dejado la bolsa en el suelo, así que la agarró con cuidado.

—Uhm, adiós —se despidió, agitando su mano libre con lentitud, para luego voltearse en dirección a la puerta.

Quizás hubiera podido quedarse otro rato, si no hubiera observado a la chica con tanto descaro. La vergüenza lo carcomía, no había dudas de que quedó como un baboso frente a ella, cosa que le había prometido a su hermana que nunca sería. Tomó la manija de la puerta con su mano izquierda y dudó unos segundos antes de salir, pensando si debía halar o empujar. Para su sorpresa, la rubia habló de nuevo.

—¡Espera! ¿Vas a salir con esta lluvia?

Él asintió, frunciendo el ceño. No le gustaba que lo tratasen como a un niño pequeño y no necesitaba la preocupación de otras personas, él sabía bien cómo cuidarse y si quería enfrentarse al aguacero para llegar a casa lo más rápido posible, lo haría. Shiro y Kuro lo necesitaban, no pensaba dejarlos de lado para simpatizar con una extraña. A pesar de eso, una parte muy dentro de él le gritaba que tal vez correr bajo la lluvia no era la mejor decisión.

—¿Y si… te quedas aquí…?

—No —la interrumpió, más severo de lo que debería. Lo volvió a intentar enseguida, esta vez con suavidad—: No, gracias.

—¿No tienes alguien que pueda recogerte?

La mano con la que sostenía la funda de comida se apretó, tanto que podía sentir las uñas clavándose en su palma. Parecía que no entendió bien su mensaje de “no me molestes, puedo solo”, así que se volteó para dejárselo bien claro. Sin embargo, cuando se encontró con unos ojos marrones bien abiertos y brillantes, algo en su interior se removió. Ya no estaba mirando a la “chica neón”, sino a Tsumiki. Y era imposible decirle que no a Tsumiki.

Bajó la cabeza, un poco avergonzado por la forma en la que reaccionó. No alcanzó a ver la pequeña sonrisa que apareció en el rostro de la muchacha.

—Si tienes a alguien, puedes esperar aquí hasta que venga —dijo, con una voz dulce y cálida.

Megumi levantó la mirada y suspiró, antes de asentir. Tal vez la forma de llegar más rápido a casa no era correr bajo la lluvia, arriesgándose a coger un resfriado terrible, sino llamar a Satoru. Sabía que el mayor acudiría a toda velocidad, en su Mustang plateado y vistiendo unos caros lentes de sol a pesar del clima, ante la mínima señal de que necesitaba ayuda con algo, pero no lo quería molestar porque era un hombre muy ocupado. Después de todo, ser el CEO de Gojo Enterprises —una de las empresas japonesas con mayor influencia en el país— no era un trabajo fácil.

—Bien, ponte cómodo —sonrió la chica neón, señalando un sillón que tenía a su izquierda, cosa que él no había notado antes—. Ya te traigo una toalla.

—Gracias.

—Oh, y si llega un cliente, dile que ya vuelvo.

Enseguida, sin esperar respuesta, la muchacha corrió hacia la parte trasera del local y desapareció por una puerta, que tal vez era el baño. Megumi avanzó hacia el sillón, un poco dubitativo, pues estaba empapado de pies a cabeza y sentarse ahí solo arruinaría la tela. Suspirando, decidió que lo mejor era mantenerse de pie. No quería causarle más problemas a la extraña que se ofreció a ayudarlo por culpa de su propia imprudencia.

Buscó su celular en el bolsillo derecho de sus jeans, donde solía estar siempre. Esperaba que no se hubiera arruinado por la lluvia, aunque todo parecía estar en orden. Sonrió con cariño al ver el fondo de bloqueo, una bonita foto de Tsumiki y sus perros en la playa, frente al océano, de la última vez que fueron de viaje juntos. Yuuji había seleccionado cuidadosamente diez fotos para que aparecieran de forma aleatoria cada vez que encendía su celular, así que siempre tenía intriga por saber cuál se mostraría. Cuánto extrañaba a su mejor amigo…

Tras desbloquear el teléfono, enseguida buscó el contacto de Satoru en LINE. Dudó unos momentos, porque no estaba seguro de qué escribir, hasta que decidió enviarle su ubicación con un corto “ven por mí”. Era perfecto: preciso, conciso y fácil de entender. Un trueno le dio la razón enseguida. Optó por no revisar los chats que no había contestado y volvió a guardar el aparato en su bolsillo, para dedicar unos minutos a observar el lugar en el que estaba.

Music Match lucía como un sitio acogedor, gracias al suelo de madera oscura y las pequeñas luces de techo en tonos cálidos. Había otro sillón en la esquina contraria a la que estaba Megumi, junto a la que posaban dos estanterías con gran cantidad de discos organizados por color. Justo encima, había un letrero que decía “Clásicos de Rock”. En la pared, podía ver al menos diez discos de vinilo, que hacían contraste con las repisas rosadas que cargaban álbumes de Rock and Roll. Se volteó para fijarse en que la pared detrás de él también estaba organizada de la misma forma, con Blues y R&B. Había un parlante, además, que parecía estar reproduciendo canciones de Michael Jackson. La lluvia no le había permitido escucharlo antes, pero cuando se dio cuenta, se convirtió en lo único que sus oídos podían captar.

Su mirada bajó hasta divisar el lado derecho del sillón, donde estaba la sección de Rock, que tal vez ojearía un poco cuando estuviese seco, para buscarle un regalo de cumpleaños a la señorita Shoko, quien era fan de muchas bandas extranjeras en su adolescencia, según Satoru y Suguru. Dejó la bolsa en el suelo por un momento para adentrarse en la tienda. Frente al mostrador, había una rocola, que no supo si era solo decoración o si funcionaba en verdad, acompañada por un tocadiscos a su derecha. Debajo de ambos artilugios, yacía una alfombra rosa, haciendo juego con la vibra general del local y su dueña.

El mostrador era igual de curioso que todo el lugar, de un café algo más claro que el suelo, decorado con pegatinas de muchos colores, casi como la chaqueta de la chica neón. Encima tenía la caja registradora, pintada del mismo rosado temático de siempre, y una MacBook plateada, conectada al enchufe de la pared. Para su sorpresa, la silla era de color negro y no tenía ningún rastro de personalización.

En ese momento, la puerta trasera se abrió, causándole un pequeño escalofrío. Se sintió, de pronto, como un niño pequeño al que descubrieron haciendo travesuras, pero no hizo ningún esfuerzo por moverse a su posición inicial. La chica neón apareció entonces, con una toalla azul colgando de su brazo izquierdo y dos tazas en sus manos, una blanca y la otra morada. Apenas sus ojos se encontraron, sonrió.

—¿Entró alguien? —preguntó, mientras se acercaba al mostrador.

Dejó allí las tazas, con cuidado de no derramar nada, y tomó la toalla con las dos manos para ofrecérsela a Megumi, quien negó con la cabeza en respuesta y agradeció cuando agarró la tela suave. La apretó contra sí, al darse cuenta de que la chica estaba por hablar de nuevo.

—Ah… La tormenta espantó a mis clientes —suspiró, luciendo algo desanimada—. Por cierto, me llamo Shizuko. —Le extendió una mano y lo miró con insistencia para no ser rechazada, aunque estando los dos solos no había lugar para que eso pasara—. Shizuko Miyamura.

Un rayo iluminó su rostro.

—Fushiguro.

Megumi correspondió al gesto, apretando levemente. Preferiría no haber descubierto su nombre, porque ahora tenía razones para encariñarse un poquito con ella. Después de todo, no había dejado de ser amable desde el momento en el que entró a su tienda, empapado, agotado y temblando de frío. Suspiró y frunció el ceño un poco. No quería pensar en ello, ni sentirse más apegado a la chica neón. Solo por eso, no le dijo su primer nombre.

Aunque su rostro ya estaba casi seco, su cabello era una historia diferente, así que fue ahí donde llegó a parar la toalla, removiendo los mechones negros con la esperanza de que estuvieran presentables antes de la llegada de Satoru, pues sabía de antemano que este lo molestaría mucho. El mayor parecía tener una afición por ponerlo en vergüenza frente a otras personas, así que solo esperaba que no entrara a Music Match, para que Shizuko no se convirtiera en espectadora de sus payasadas, en primera fila.

Poco pudo hacer la toalla por su ropa, pero le sirvió. Con las manos y el cabello lo suficientemente secos, ya podía explorar más la tienda y ojear los discos de Bon Jovi, o algo por el estilo. Miró a Shizuko antes de hacerlo, notando que se había sentado frente a su laptop y escribía algo en una libreta. Se encogió de hombros; era mejor que ambos estuviesen en lo suyo. Sus oídos repararon en la música.

—¿Qué canción es? —preguntó, de forma involuntaria, tal vez en un intento inconsciente por eliminar el silencio antes de que se hiciera incómodo. Ese hábito lo sacó de Tsumiki, Gojo y Yuuji, sin dudas.

Miyamura levantó la cabeza y lo miró como si estuviera ofendida por la pregunta, con las cejas bien alzadas y la boca abierta. Se cruzó de brazos antes de contestar.

—¡The Trooper de Iron Maiden! Te falta cultura, Fushiguro-san.

—Bueno, yo nací en Japón —dijo, frunciendo el ceño, al sentirse insultado por el comentario final—. Con suerte conozco a los Beatles.

—¡Eh! Yo también nací en Japón.

Shizuko se levantó para acercarse a él, de forma lenta, mirándolo con los ojos entornados y los labios fruncidos en un puchero. Parecía que estaba a punto de hacer una rabieta, o que quería desafiarlo, aunque su estatura la hacía ver menos intimidante de lo que pretendía. En cualquier caso, Megumi se cruzó de brazos, igual que ella había hecho antes, y rodó los ojos. Creía que estaban en buenos términos, pero un relámpago apareció justo a tiempo para anunciarle que había adquirido una nueva enemiga.

—Te voy a enseñar —masculló la chica, colocándole una mano en el hombro. Su mirada estaba llena de una determinación que solo había visto en Nobara y Maki, cuando estaban a punto de enfrentarse en una competencia de Just Dance o Mario Kart.

De cerca, sí que se veía japonesa, pues sus ojos rasgados y oscuros la delataban por completo. Fushiguro se arrepintió de lo que dijo, aunque el daño ya estaba hecho. Y justo cuando pensó que se había ganado todo el odio de la chica neón, logró sorprenderlo otra vez. Cambió su expresión por una más amigable y se dirigió hacia uno de los estantes que él no había ojeado. Era la sección de Metal.

—Para que te conviertas en un hombre de cultura —habló, mientras buscaba entre las cajas amarillas de CD, sus dedos posándose en cada uno de los discos hasta que encontró el que quería—. Piece of Mind de Iron Maiden, 1983, cortesía de la casa.

Presionó el disco contra el pecho de Megumi, con cuidado para no hacerle daño a ninguno de los dos, acción que lo tomó por sorpresa, así que se tardó un poco en reaccionar. Desde que entró a Music Match, sintió que Shizuko era muy difícil de leer. Todas sus acciones diferían mucho de lo que se esperaba y al final resultó ser todo un reto descubrir qué haría a continuación. Impredecible, tal vez algo impulsiva y muy amable. Esas eran las tres palabras con las que describiría a la chica.

—Gracias… —murmuró, sintiéndose más cohibido de lo normal.

—Cuando lo escuches, vuelve aquí —sonrió, dándole un golpecito en el hombro con el puño derecho—. Abro todos los días, menos los domingos.

Menos mal era sábado, sino jamás hubiera conocido a la chica neón. Tal vez, hubiera seguido corriendo hasta que sus piernas colapsaran inevitablemente, en un callejón de mala muerte, solo para terminar recibiendo una golpiza de un matón, o algo por el estilo. Y ese hubiera sido el final de Megumi Fushiguro. Algún patrullero o transeúnte hubiera recuperado su cuerpo, cubierto de moretones y cortes, quizás con hipotermia. Al ser su primer contacto de emergencia, Tsumiki hubiera tenido que reconocerlo en la morgue, Satoru habría pagado todos los gastos de su funeral y los boletos de avión de Yuuji y Nobara para asistir al sepelio, y Kuro y Shiro se hubieran quedado sin padre…

Sus perros.

De repente, sintió que el alma se le salió del cuerpo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que salió por la comida? Olvidó revisar la hora cuando le escribió a Satoru. De seguro estaban esperándolo frente a la puerta, hambrientos y asustados por la tormenta, preguntándose si volvería o no. Frunció el ceño y se abrazó a sí mismo. No quería ser un padre negligente como Toji, era su peor pesadilla.

—Ey, Fushiguro-san, ¿todo bien? —Shizuko seguía siendo igual de atenta que siempre; el tono de preocupación en su voz hizo que Megumi la mirase—. Estás pálido.

—Sí, estoy bien —dijo, casi en un hilo de voz—. Pero… mis perros.

Escaneó la habitación en busca de la bolsa y cuando la encontró, justo donde la había dejado antes —junto al pequeño charco de agua, prueba de su delito—, caminó lo más rápido que pudo para llegar a ella en un instante. La tomó con su mano izquierda, siendo que en la derecha tenía el disco de Iron Maiden, antes de dirigirse a la salida con pasos temblorosos.

—Me necesitan.

Apretó los dientes cuando escuchó otro trueno. A través del vidrio, podía ver que el aguacero había empeorado, pero eso no lo detendría. No sabía cómo abrir la puerta con ambas manos ocupadas, así que se planteó en pedirle ayuda a Shizuko. Sin embargo, ella fue más veloz al detenerlo por segunda vez.

—¡Espera! Creo que… llamaste a alguien —habló, un poco menos segura que antes—, ¿recuerdas?

Megumi no se dio cuenta de que se le había acelerado el corazón hasta que lo escuchó en sus oídos. Tomó un par de respiraciones profundas, intentando calmarse, mientras se convencía de que Satoru estaría ahí muy pronto para llevarlo a casa. Asintió, cuando se sintió mejor, y se refugió en los ojos marrones de la chica, quien se iba aproximando a él con lentitud.

—Tranquilo, tus perritos estarán bien —dijo, cuando estuvo lo suficientemente cerca para colocarle una mano en el hombro, ofreciéndole también una sonrisa.

Se preguntó cuántas veces le había sonreído en la noche, a pesar de los momentos incómodos que tuvieron, y se sonrojó. No merecía su amabilidad, era demasiado para alguien como él. Pensó que debía compensárselo de alguna forma, pero no sabía cómo. No tenía nada que ofrecer y tampoco conocía mucho sobre Shizuko, solo su amor por la música, tan grande que la llevó a abrir una tienda en medio de Akihabara.

—Oye —empezó, sin estar muy seguro de hacia dónde se dirigiría la conversación—, ¿cómo podría…? ¿Hay alguna forma en que pueda…? —Se frustró consigo mismo por no encontrar las palabras correctas para expresarse, así que prefirió ser directo e ir al grano—. Quisiera compensarte lo que hiciste… por mí.

El volumen de su voz disminuyó a medida que la oración avanzaba, así que para el final no fue sino un susurro. Volteó la cabeza hacia un lado, avergonzado. Si tan solo alguien lo hubiera preparado para todo lo que pasó esa noche… Entonces, escuchó la risa de Shizuko y sus ojos se abrieron de par en par. Era una carcajada genuina, llena de vida, como todo lo que había hecho hasta el momento. Sintió que sus mejillas enrojecían cada vez más. Megumi necesitaba, con urgencia, que la chica dejase de ganarse su corazón poco a poco.

—Hablo en serio —dijo, en un último intento por rescatar su dignidad.

Miyamura levantó una ceja y soltó otra risilla.

—No tienes que pagarme de ninguna forma, Fushiguro-san. —Se colocó las manos en la cintura, mientras lo reprochaba con una mirada suave, como si fuera una madre explicándole algo obvio a su hijo—. No lo hice con segundas intenciones, solo quería darte una mano porque lo necesitabas.

Fue en ese momento cuando el chico se dio cuenta de la diferencia fundamental entre ambos, que había sido su desventaja toda la noche. Él no podía leer a Shizuko, pero ella parecía hacerlo con la misma facilidad que sus personas más cercanas, como si fuese un libro abierto, a pesar de que llevaran poco tiempo conociéndose.

Megumi era muy desconfiado —siempre lo había sido—, le costaba muchísimo recibir ayuda sin esperar que le pidieran algo a cambio y no le gustaba estar en deuda con nadie. Tal vez, la chica neón se dio cuenta cuando intentó escapar por primera vez. Cuando la rechazó por primera vez. Y en lugar de dejarlo marcharse, lo atacó con la mejor de sus armas, como si estuviera al tanto de lo solo que se había sentido durante los últimos meses. Fue una estrategia infalible.

Cada vez tenía más razones para estar agradecido con la muchacha; si seguía así, para cuando abandonara Music Match, le debería su vida entera. Suspiró. Ya había perdido la cuenta de las veces que Shizuko lo había derrotado.

—Está bien, entiendo.

—Me alegro —sonrió de nuevo—. ¿Sabes? Me daba miedo que fueras un cabeza dura. Qué bueno que me equivoqué.

La miró, desconcertado.

—¿Eh? ¿Qué me estás tratando de decir?

En vez de contestar, la chica se rio y se cubrió la boca con la mano, para después intentar huir hacia el mostrador. Frunciendo el ceño y sin evitar la sonrisa que se formó en sus labios también, Megumi la persiguió. Sin embargo, no llegó muy lejos, porque en ese momento sonó la campana del local.

Se quedó congelado por una fracción de segundo, reparando en la expresión de sorpresa que adornaba el rostro de Shizuko, hasta que descubrió que el nuevo “cliente” de Music Match era alguien conocido. Oh, no. Justo en el mejor momento. Había tenido quién-sabe-cuántos minutos para llegar, pero decidió hacerlo en ese instante… De verdad le gustaba torturarlo.

—¡Megumi-chan!

El mencionado se volteó apenas escuchó la inconfundible voz de su ex guardián, para que la chica tuviera el menor campo de visión posible de su humillación pública número setecientos setenta y seis —la única forma de saber si ese número era el correcto, sería que las hubiese contado de verdad.

Satoru tenía puestas las clásicas gafas de sol circulares que había predicho, una camisa celeste que hacía juego con sus ojos, unos pantalones de vestir negros y un paraguas en la mano. Pudo notar que su cabello blanco se veía intacto, al contrario que los tenis del mismo color que estaba usando; definitivamente esos no eran la mejor opción para un día de lluvia.

Apenas estuvo dentro de su rango de ataque, Megumi recibió una caricia en el pelo, de la que intentó zafarse, sin éxito. Así fue como terminó con un brazo sobre los hombros y un treintañero multimillonario aferrándose a él; sin dudas, una escena que su hermana inmortalizaría en una foto, solo para extorsionarlo después, cuando se negase a admitir que le tenía cariño a Gojo.

El clic de una cámara lo sacó de sus pensamientos. No supo en qué momento Shizuko se movió del mostrador, ni dónde consiguió una Polaroid igual de rosa que su cabello. Tenía muchísimas preguntas que no iba a hacer, solo porque quería que la tierra se lo tragase.

—Aquí tienen, un bello recuerdo en Music Match —dijo, sonriendo con inocencia, como si lo que acababa de hacer no se pudiera convertir en el final de Megumi.

Para rematar, Satoru era el único que podía apoderarse de la foto, porque no tenía ambas manos ocupadas. Después de apreciarla un momento y expresarse en voz alta sobre lo tierno que es Megumi, bajó un poco sus lentes para mirar a la muchacha.

—Muchas gracias, amable señorita.

Miyamura se sonrojó. Fue la única reacción suya que Fushiguro pudo adivinar en toda la noche, gracias a los encantos de Satoru Gojo. A pesar de haber sido derrotado varias veces por ella, se sintió orgulloso de ese pequeño logro y decidió que tal vez la entrada del mayor en la tienda no fue un suceso tan mortificante después de todo.

Se arrepintió a los dos segundos.

—Aquí tiene mi tarjeta, puede contactarme cuando quiera ver las fotos más tiernas de mi querido Gumi. —Le guiñó el ojo al finalizar.

El pelinegro ya podía presentir lo que se avecinaba en su vida: un nuevo dúo mortal formado solo para hacerlo sufrir día y noche. No tan letal como el trío de la muerte —Satoru, Yuuji y Nobara—, pero lo suficiente para hacerle temer por su vida. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Carraspeó, para llamar la atención de los dos antes de que planeasen un complot contra él.

—En fin, tenemos asuntos importantes que atender —dicho eso, le dio un codazo a Gojo, quien solo se rio.

—Bien, ya nos vamos. Gracias por cuidar de este pequeño cascarrabias. —Le extendió su mano derecha a la chica—. Pido disculpas por cualquier inconveniente que haya causado.

Shizuko sonrió, mostrándole todos sus dientes.

—No hay de qué Gojo-san, mucho gusto.

—No soy pequeño —masculló Fushiguro, en protesta, frunciendo el ceño.

—Te crees muy grande porque ya vas a cumplir veintidós, ¿eh? —contraatacó Satoru, apoderándose de una de sus mejillas y apretándola con cariño—. Podrás tener veintiuno o cincuenta, pero siempre serás mi bebé.

Megumi se sonrojó y le dio otro codazo, que fue esquivado con facilidad. El multimillonario siempre decía que no tenía pasatiempos, solo que él no estaba de acuerdo. Su mayor hobby era molestarlo.

—Basta, ya nos tenemos que ir…

—Bueno, bueno. —Finalmente lo dejó en paz.

El chico suspiró y se tapó el rostro con el disco de Iron Maiden; quería desaparecer de ahí en ese mismo instante y borrar los recuerdos de sus dos acompañantes. Tal vez ese era el día nacional de hacerle bullying a Megumi Fushiguro —fundado por Satoru—, solo que él no estaba enterado.

—Adiós, señorita.

La chica neón intercambió otro apretón de manos con el hombre de ojos celestes, perdiéndose en su mirada unos segundos. Ese era el poder que tenía Satoru Gojo sobre la gente.

—Adiós, Gojo-san —dijo, sonriente, para luego voltearse en dirección al menor—. Nos vemos, Fushiguro-kun.

Una sonrisa traviesa apareció en los labios de su antiguo cuidador. Oh, no. Eso significaba que se avecinaban problemas. En todo caso, decidió dejar aquellos pensamientos de lado y dirigirse hacia Shizuko por última vez en la noche. Su rostro se iluminó por un rayo otra vez, pero ya no lucía tenebroso, sino radiante, como una estrella.

—Gracias de nuevo —intentó mostrarle la más sincera de las sonrisas, por pequeña que fuera, para expresarle toda su gratitud.

Nunca fue muy bueno con los sentimientos, así que tuvo que poner mucho esfuerzo, porque no quería marcharse sin que la chica supiera que hizo lo correcto esa noche y que estaba muy agradecido. Supo que el mensaje le llegó con éxito cuando sus ojos empezaron a brillar.

—No te preocupes. —Le colocó una mano en el hombro, gesto que ya se había vuelto familiar para ese momento—. Music Match siempre estará abierto para ti. Excepto los domingos —soltó una risita.

El pelinegro había perdido la cuenta de cuántas veces se sonrojó por culpa de Miyamura en toda la noche, pero si lo recordara, se habría avergonzado aún más. No tenía palabras para describir la gratitud que sentía, ni para explicar el sentimiento cálido que se albergó en su pecho. Solo recordaba haber tenido la misma sensación tres veces: cuando recibió el helado de Tsumiki después de que se le cayera el suyo —unos diez años atrás—, cuando conoció a Yuuji, el primer día de clases en la preparatoria; y cuando Satoru llegó a casa con dos cachorros muy tiernos entre los brazos.

La sonrisa no se borró de su rostro ni cuando salió de Music Match, dedicándole una última mirada a Shizuko, ni cuando entró en el Mustang plateado de Satoru, tampoco durante el viaje a casa y mucho menos cuando Shiro y Kuro lo recibieron con ladridos, colitas emocionadas y muchos besos en la cara.

Antes de irse a dormir, Megumi miró otra vez el disco de Iron Maiden, que descansaba en su mesita de noche, con ganas de escucharlo cuanto antes. Después de todo, era la excusa perfecta para volver a ver a la chica neón.

Notes:

¿qué te pareció? ¡déjame saber en los comentarios! se aprecian los kudos<3