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No es ajeno a la perdida, la conoce demasiado bien. Nunca había temido a la perdida, cuando esta sucedió, ya no había nada que temer, solo quedaba seguir adelante. Entonces, ¿en qué momento había desarrollado ese miedo? Lo negaría si le preguntaran, pero lo tenía claro: Ahora que ellos le importaban, ahora que tenía “algo” entonces podía “perder” ese algo. En algún momento, sin que se diera cuenta, volverse fuerte ya no era sólo una cuestión de su promesa con aquella que representa su primera perdida, sino que volverse fuerte era un deber para no perder aquello que importa.
Una natural preocupación fue creciendo, tornándose en desesperación, irracional. “Si soy fuerte, podré protegerlos, no perderé”. Pero así no funcionan las cosas, puedes ser el más fuerte y aun así te arrebatarán lo que amas en algún momento. Sino te lo arrebata alguien más fuerte, te lo arrebatará el tiempo, quizás incluso el destino mismo. Aquella idea es una que Zoro no quiere confrontar, de la que huye cada noche, que ahoga junto con sus otros pensamientos catastróficos cuando se levanta a entrenar en las noches. Porque al menos así todo el dolor que se aglomera en su pecho puede pasar a segundo plano para enfocarse en el dolor que su cuerpo experimenta con cada kilo que agrega al peso de sus entrenamientos. Si tan solo se diera cuenta de que el peso que ya carga en sus hombros excede cualquiera que pudiera sostener en pesas.
A veces, en sueños y pesadillas, es confrontado con aquellos recuerdos tortuosos de fracaso y frustración. Las imágenes de Luffy en el suelo, sin poder moverse, tras haberlo dado todo mientras el resto apenas y podía servir de apoyo. Las imágenes que quizás nunca vio, pero su mente puede imaginar con total nitidez. Luffy llorando, Luffy sufriendo. Porque entiende el corazón de su capitán, sabe que es alguien que brilla como el sol, alguien generoso y simplemente increíble, pero ni siquiera su capitán puede evitar sufrir, evitar perder. Quizás, solo quizás, si le dijera estos sentimientos podrían acompañarse mutuamente en su tormento. La idea de decir una sola palabra al respecto le mortifica. Luffy sigue adelante, ¿qué derecho tiene de ponerle peso en sus hombros con sus preocupaciones? No, él solo tiene una tarea y es ser alguien digno, alguien que pueda permanecer al lado de su capitán, del hombre que lo salvó, del amor de su vida.
Zoro no es consciente de este amor, pero lo siente. No se ha detenido a entender esa felicidad de estar a su lado, de la paz de compartir bebida y comida juntos cuando el mundo se siente un poco más simple tras una proeza revolucionaria. Apenas puede darse cuenta de cuanto le importa cuando la angustia de alejarse de su lado o de perderlo le aprieta el corazón y le corta la respiración. Su amor es diferente, no es un amor que busque imponerse, acaparar o apropiarse de todo. Su amor es libre, nadie le explicó que el amor podría ser así, que podría experimentarlo hacia un hombre, que se sentiría diferente al respeto y a la admiración, que traería tanto euforia como momentos de agonía.
Su corazón duele cuando recuerda el dolor que cargó, solo una parte de todo el dolor, cansancio y pesar que su capitán lleva consigo al tiempo en que carga con todos en sus hombros y a veces el destino de muchos más. Porque aquel dolor, todo aquello, lo atormentará por el resto de sus días. La única razón por la que no murió ese día era porque la simple idea de abandonar a Luffy tras por fin haber entendido su carga lo obligó a aferrarse a la vida, a volver, a resistir para ser quien esté a su lado para darle todo lo que necesita hasta que su sueño pueda verse hecho realidad. Hasta el día en que su Rey sonría con una corona en su cabeza y ambos puedan disfrutar de ese momento.
Pero no puede evitar preguntarse, ¿qué otros dolores habrá en su alma ahora? Luffy jamás se queja, jamás busca a otros, solo sigue y sigue y sigue. Sonríe, se hace más fuerte, se eleva tan lejos que un día no podrá alcanzarle. ¿Será que hay algo de él que no comprende? Zoro piensa en el remordimiento que le dio no poder decirle nada sobre su hermano, sobre todo ese tiempo que pasó. Quería hacer algo más. Sin embargo, ¿con qué derecho? Lo reconoce, no está a la altura, nunca lo estará, aunque hace todo lo posible. Solo se le permite estar a su lado porque Luffy así lo consciente, de otra forma, quizás habría dejado de voltear a verle y buscar su mirada. Luffy es quien lo eligió, siempre será así. Aunque Zoro piensa que lo eligió, que lo elige ahora mismo, depende por completo de que Luffy lo siga viendo como su segundo al mando, como su confidente, como aquel que dará la vida si así lo pide.
Su mente vuela a veces, en sus sueños ve a Luffy, este luce casi celestial, como si estuviera a punto de partir lejos a donde jamás podrá verle de nuevo, puede verle brillando con el sol, alejándose a donde él. Intenta llamarlo: “Llévame contigo, ¡Luffy!”, su corazón grita, puede escuchar la voz de Luffy perdiéndose con el viento, una última risa, diciéndole que todo está bien, que es libre, que puede irse y vivir su vida, su trabajo terminó. “¡No es un trabajo! ¡No viviré así!”, lo que quiere decir es que sin él no vivirá más, pues todo habrá perdido el sentido. ¿Cómo puede hacérselo saber? ¿Cómo?
¡Luffy! ¡No puedo seguir…! ¡Yo… a ti… sólo a ti… a nadie más!
Cuando está por decir las palabras prohibidas, obtener la claridad que ha faltado, despierta cubierto de sudor. Sale corriendo a entrenar, el sonido de las olas suaves lo relaja, nadie más está despierto.
Aunque se equivoca, Luffy está observando el horizonte. Ver ese sombrero de paja calma al instante el pánico en su corazón.
—¿OH? ¡Zoro! ¿Qué haces despierto? ¿Vas a entrenar?
Zoro solo asiente.
—¿Por qué estás despierto? —pregunta Zoro.
—Últimamente entrenas mucho de noche, pensé en acompañarte un rato, además últimamente me da un hambre terrible de noche, ¡Sanji está siendo un demonio con las raciones!
Zoro no puede evitar sonreír.
—El maldito cocinero hará un escandalo si te ayudo a asaltar la cocina de noche.
Luffy sonríe, es una sonrisa de entendimiento mutuo, de cómplices. Como si con esa conversación Luffy en realidad le hubiera dicho que estaba preocupado y que lo acompañaría, y que Zoro aceptaba esto, que en realidad lo necesitaba en ese momento.
Quizás las cosas serían más sencillas si jamás hubiera conseguido algo que le aterrara tanto perder… pero solo verlo, ahí, solo compartir ese aire, ese momento… le dejó pensando.
Yo nací para este chico… le perteneceré y no tendré que temer perderlo, porque el día en que suceda, será el día en que habré cumplido con mi palabra y podré descansar, porque estoy seguro, que su sueño al cumplirse se llevará el resto de nuestros miedos lejos, donde el sol deja de brillar.
