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¿A qué edad descubres el amor? ¿Realmente un niño es incapaz de saberlo? Las opiniones son variadas al respecto, pero lo que es seguro, es que a lo largo del desarrollo siempre resultará natural para la especie humana generar vínculos. El entendimiento, complejidad y sentimientos involucrados va evolucionando junto con el crecimiento del individuo, eso es seguro. Otra cosa segura es que su primer amor fue Roronoa Zoro. Luffy recuerda perfectamente el día en que comprendió que algo diferente podía hacer ruido en su corazón, como si de pronto un pajarillo hubiera despertado y hubiera empezado a cantar. Y es que entiendan a la pobre criatura, hasta ese momento la familia y la comida era lo único que hacía sentido en su cabecita.
Once años, una edad para jugar en el riachuelo en las vacaciones sin preocuparse por cosas complicadas que deparan a los adultos. Desde hace ya tres años una tradición había nacido entre Luffy y sus hermanos, apenas podían desprenderse de su tiránica nana y escapar a las exigencias de su abuelo, salían corriendo en buscar de aventuras de verano. Cazaban insectos, buscaban arboles donde treparse, y luego iban a un riachuelo donde fuera seguro nadar y chapotear para después recostarse plácidamente bajo la sombra de los arboles y dejar que el viento y el calor les secara sus ropas. Fue en un día como ese donde conoció al niño cabeza de musgo. Al inicio no pensó mucho de él, hasta que le vio pescar usando solo un palo y una punta de roca afilada.
“¿Cómo te llamas?”, le preguntó Luffy, absolutamente fascinado por las habilidades de obtener comida de ese niño. Claro que había pensado en pescar alguna vez y comer, pero todo lo que obtuvo fue un anzuelo encajado en la mejilla y reproches de Ace y Sabo.
“Zoro”, respondió el niño, casi de malas, “¿Qué quieres?”
“¡Me llamo Luffy! Seamos amigos, ¿quieres?”
Zoro se le quedó viendo, tras meditar brevemente respondió con un gruñón: “No”.
“¿EHHHH? ¿POR QUÉ NO?”, chilló Luffy, absolutamente indignado de que le rechazaran, pero aun dispuesto a pelear para hacerle cambiar de parecer, así como hizo con Ace y Sabo alguna vez.
“No me junto con bebés”, dijo Zoro, muy seguro de sí mismo, como si él no fuera un moco más para los adultos con los que convivía.
“¿Qué edad tienes?”, preguntó Luffy, cruzándose de brazos, bastante seguro de que ese niño no podía ser tan grande como para decirle bebé.
“Catorce”, dijo Zoro con una sonrisa petulante.
“¡Solo me ganas por tres años!”
“Son los tres años necesarios para dejar de ser un bebé”, por supuesto esa lógica no tenía sentido, pero planeaba mantenerse firme en este punto.
“¡No soy un bebé! ¡No seas amargado y seamos amigos! ¡Déjame pescar contigo! ¡Vaaaaaaaaaamosssssssssss, vamosssssssssss, ándaleeeeeeeee, porfisssss!”, Luffy intentó zangolotear a Zoro por los hombros, pero este por fin perdió la paciencia y le gritó.
“¡Qué molesto! ¡Que no! ¡Y no es NO! ¡Ahora vete antes de que te haga pez frito!”
En ese momento llegaron Sabo y Ace, poniendo la más ridícula (pero para ellos muy convincente) cara de matones.
“¿Qué dijiste que le harás a nuestro hermano, cabeza de musgo?”, dijo Ace.
“¡Que sino me deja de molestar lo haré pez frito!”
“No puedes freír pescado sin aceite, y sino pones más leña tampoco cocinaras ese que tienes”, apuntó Sabo.
Esto le hizo sonrojarse ligeramente de la vergüenza, Zoro odiaba y no toleraba en lo más mínimo criticas que apuntaran a sus flaquezas, errores o descuidos.
Tras pleitos infantiles que no llevaron a nada, cada uno fue por su lado. Pero Luffy no pudo dejar su fascinación de lado. ¿De dónde salió ese niño? Aquello no podía quedarse así. Por lo que hizo todo por buscarle, hasta que por fin un día, en un pequeño dojo que daba cursos de verano, lo encontró entrenando. Contrario a su pinta salvaje del otro día, ahora lucía como un chico muy centrado y serio. Fue impresionante para Luffy verle derribar a un niño mucho más alto que él. Pero también pronto le vio ser tirado, lo cual le hizo sentir una extraña ansiedad, casi deseoso de saltar a derribar a aquel niño y decirle que lo dejara en paz. Entonces, Luffy tuvo una idea que por supuesto no pensó a fondo.
—¡Quiero ir al curso de verano de karate! —demandó a su abuelo que venía de visita. Este casi se atraganta la cerveza que tenía en la mano.
—¿Qué? ¿Karate? ¡¿Tú?! —no es que no tuviera fe en la fuerza de su nieto, pero peticiones así no tenían sentido viniendo de él. Era un curso de verano, para un arte marcial, con reglas, algo que involucraba DISCIPLINA… ¿acaso se había golpeado la cabeza?
—¡Sí! ¡Yo mero! —aseguró Luffy, inflando el pecho.
—… No irás ahí a jugar, ¿lo entiendes? Un enano debilucho no puede sobrevivir sino tiene convicción y disciplina —dijo Garp, eligiendo esas palabras duras con más selectividad de la que aparentaba, no es que quisiera desalentarlo, es que necesitaba entender cómo es que el niño al que a duras puede convencer de ir a la escuela de pronto quiere hacer algo tan ajeno a su carácter.
—¡Lo sé! ¡Quiero ir! ¡Vamos anciano, solo llévanos!
—¿Llévanos? ¿También quieren ir los otros mocosos?
—¡No, pero ya lo decidí!
Para sorpresa de Garp, de pronto todos estaban listos para ir al curso ese de verano. Tras hablarlo rápidamente con el encargado este le explicó que había un grupo de principiantes y que llevaban pocos días de empezar, que no había problema. Garp estuvo a punto de tener una crisis, se sentía en un mundo alterno o que el fin del mundo se acercaba. Ace y Sabo parecían de acuerdo con tal de tener a Luffy contento (y en parte se veían emocionados sobre aprender a pelear, ya que los dos tenían tendencia a buscarse pleitos, Ace especialmente, ya que era un muchacho orgulloso). “Bueno, a fin de cuentas, algo bueno les tendrán que enseñar”, fue lo único que concluyó Garp antes de dejarlos e irse a trabajar, su nana iría por ellos después.
A Zoro casi se le cae la cara al ver a ese trío ahí, con sus caras de tarados. Luffy volteó a verle y le sonrió.
—¡Zoroooooooooo! ¡Zoroooooooooooo! —le llamó agitando la mano. Todos voltearon a verle y claramente los niños mayores se estaban burlando de él, como tienden a hacer los niños mayores con poco seso. A Zoro le costó mantener su expresión seria e indiferente, en realidad estaba apretando cada musculo de su ser para no explotar ahí mismo y perder más cara aún.
Luffy fue llamado para empezar su entrenamiento y todos se pusieron a lo suyo. Curiosamente, Sabo destacó rápidamente, parecía tener una facilidad para las posturas y lo tomaba muy en serio. Ace realmente no estaba haciéndolo muy bien, pero tenía espíritu de pelea. Luffy por su parte era pésimo. Lo tiraban una y otra y otra y otra y otra y otra vez. “¡De nuevo!”, exigía una y otra vez. Todos estaban azorados de que ese chico no perdía los ánimos. ¿Qué estaba hecho de goma o algo así? Zoro en algún punto estaba observándolo, casi esperando a ver a qué hora se rendía. A esa edad él había hecho un par de berrinches al ser derribado tan fácilmente y se quejaba mucho. Luffy en cambio no perdía esa sonrisa en su rostro, parecía reírse de su propio dolor y de las adversidades, todo para levantarse de nuevo e intentar sin importar cuanto pareciera que era inútil. Pero, justo cuando parecía que de nuevo fallaría, de pronto reaccionó y logró derribar a su oponente. Este parecía sorprendido pues estaba seguro de su victoria.
—¡Lo logré! —declaró Luffy con una sonrisa ganadora—. ¡Shishishi! —parecía reír para sí mismo.
Luego ayudó a su oponente a ponerse de pie y le dio las gracias por ayudarle. Lo que dejó a todos absolutamente perplejos. Ese niño era un maldito alíen.
Y no tardaron en odiarle sin importar sus méritos.
Pasaron los días y con ello el acoso de los niños hacia Luffy incrementó, pero este siempre se terminaba riendo y seguía concentrado en su misión: Acercarse a Zoro. Zoro por un lado estaba en desacuerdo con el acoso y las bromas que hacían a Luffy, pero por el otro lado tampoco sabía qué hacer con él y le evadía a toda costa. Un día escalaron las cosas, unos niños mucho mayores habían acorralado a Luffy en la parte trasera y estaban empujándolo y terminaron pateándolo.
—¡Eres molesto! ¿Por qué no te largas de una vez?
—¡Ni hablar! ¡No me voy! —les gritó Luffy, intentando protegerse de las patadas que le llegaban, no lo estaban pateando muy fuerte, solo querían intimidarlo para que se fuera—. ¡Son unos cobardes que tienen miedo a pelear conmigo como se debe!
Uno de esos niños se enojó y lo pateó con más fuerza, lo que sacó un grito a Luffy. Zoro no pudo ignorarlo más y fue directo a ellos.
—¡Basta! ¿A qué viene esa conducta estúpida? ¡están deshonrando todo lo que nos han enseñado!
—¿Vas a defender al rarito ese? ¿Qué tiene? Es mejor que se largue.
—No les ha hecho nada, ¿por qué tienen que molestarlo? No ha hecho nada grosero, es molesto y ruidoso, pero pone empeño, eso es todo lo que importa. Los débiles que no soportan el entusiasmo de otros me enferman y deberían morir.
Los niños no soportaron su mirada y sus palabras, así que se voltearon a pelear con Zoro, teniendo mucho menos mesura que con Luffy, aquello ya era una batalla de supremacía, una tonta ridícula e inútil batalla por ver quién lograba imponerse al otro. Genuinamente era estúpido. Pero para Luffy era la cosa más seria e impresionante que había visto. A fin de cuentas, cada día había aprendido a admirar más y más a Zoro. Por desgracia, por más increíble que puede ser un chico de su edad, la cosa es que seis contra uno sigue siendo una grosería, especialmente cuando esos niños juegan sucio, y lo hicieron. No fue hasta que uno de ellos plantó un golpe en el estomago de Zoro a puño que entonces el demonio se despertó en Luffy. Una ira mucho peor que la de ese primer día en que lo había visto pelear se apoderó de él y lo impulsó a ponerse de pie.
Zoro entonces presenció a un niño salvaje de once años mostrando la fuerza de un monstruo, no había otra forma de describirlo. No era un estilo de pelea limpio o respetable, eso lo tenía claro. Pero ese mocoso, por lo general afable y con potencial, ahora era algo irreconocible, daba miedo. ¿Miedo? ¿Era eso todo lo que sentía? No… era otra emoción, como estar demasiado cerca de un tornado, o presenciar una ola enorme acercándose hacia ti. Tras ese día dos cosas sucedieron: Ace y Luffy dejaron de ir al campamento (Luffy expulsado y Ace ya harto de seguir las reglas), y que Zoro ahora buscaba a Luffy. Cuando tenía las tardes libres o cuando era domingo iba al río en búsqueda de él. Luffy le esperaba y los dos simplemente empezaron a platicar, a jugar, a chapotear en el agua, a pescar juntos.
Y un día, Luffy, acostado al lado de Zoro, le tomó la mano. El corazón de Zoro dio un vuelco y Luffy sentía como entre sus manos empezaba a hacer calor. Ninguno dijo nada ni se movió.
—¿Te acuerdas el día que te expulsaron? —preguntó Zoro, apretando suavemente la mano de Luffy.
—Sí, lo recuerdo.
—¿Por qué no te defendiste así antes? ¿Por qué de repente te volviste loco?
Luffy sintió que sus mejillas se calentaban, pero con una gran sonrisa declaró:
—¡Quién sabe!
Zoro, sin dejarle ir, se volteó quedando recostado sobre su hombro, Luffy le imitó y ahora los dos estaban mirándose directamente, sus manos aun incómodamente entrelazadas.
Zoro no lo sabía, pero su expresión era intensa, casi como si quisiera que Luffy le dijera algo, para completar esa última pieza del rompecabezas. Pero antes de decir nada más, algo suave tocaba sus labios. Los ojos de Luffy estaban cerrados, y Zoro sin moverse un ápice simplemente cerró los ojos. Por supuesto, ninguno sabía qué hacer después de esa parte. Zoro sabía porque había escuchado a las niñas que eso era un beso y que es algo que los niños deben darles a las niñas que quieren mucho. Luffy no sabía sobre esa regla, solo sabía que los besos dicen que quieres a alguien. Nunca entendió eso. Quería mucho a Ace y a Sabo, pero nunca pensó en besarlos ni una vez. Pero ahora, por alguna razón, tuvo la certeza de que quería dárselo a Zoro, porque Zoro era Zoro.
Cuando se separaron tras haberse cansado de mantener ese beso de piquito, Zoro no sabía ni para donde mirar.
—No se supone que los niños se besen, tonto.
—¿Quién dijo?
—… Pues… ya sabes, los adultos, otros chicos…
—Mmmm… la verdad no creo que me importe —los ojos de Luffy parecían brillar con ternura, su sonrisa dejaba desarmado a Zoro—. ¿Y a ti?
Zoro parecía no estar seguro, pero al final negó también con la cabeza.
—La gente se besa cuando se quiere —añadió Luffy.
Su primera torpe confesión de amor.
—Entonces…
Y Zoro se acercó a darle otro beso, aunque tenía mucho más miedo que Luffy, pues ideas más anticuadas atestaban su mente sobre si eso era correcto o no… la realidad es que no podía imaginarse besando a una niña, a nadie más en general, la idea de besar a otros niños le revolvía el estómago. Pero… Luffy, quizás Luffy era especial hasta en eso.
Zoro supo, de alguna forma, que ese era su primer amor, entendía mejor lo que significaba. Y estuvo bien con eso.
Tal vez ese amor no duraría más que el verano, pero ninguno estaba dispuesto a dejarlo disolverse en la nada.
El dulce amor de dos niños problemáticos.
