Work Text:
Thunderhowl echó un último vistazo a sus alrededores. Se quedó completamente quieto, atento a cualquier tipo de sonido inusual, y al no escuchar nada extraño, volvió en sus pasos en dirección a su hogar.
Todo estaba tranquilo.
Con la nueva era de paz en Cybertron y el acuerdo entre las dos facciones, su vida se había vuelto calmada.
No se acostumbraba del todo a esta nueva era. Las cosas eran tan distintas; los Trece habían dejado de existir, al igual que su propósito como caballero de Onyx Prime. Sin embargo había tomado como su propio deber el de cuidar los alrededores de la ciudad.
Por un tiempo consideró irse a vivir con los autobots, pero prefirió quedarse en el bosque ya que allí se sentía como en casa. Algo sobre éste le traía cierto confort. Supuso que era su modo bestia.
Observó el cielo, que estaba tiñéndose de un cálido naranja. Faltaba poco para que la oscuridad cubriera todo.
Asumió que Cheetor ya había regresado a casa, después de pasar el día junto a sus amigos en Maccadams.
La era de paz no era lo único que había cambiado la vida de Thunderhowl, también lo había hecho empezar a salir con el Guardián de la Chispa Suprema.
Ambos solían pasar la mayoría de los días recorriendo el bosque, asegurándose de que todo estuviera en orden.
A Thunderhowl le gustaba narrar todas sus hazañas como caballero de Onyx Prime, al igual que muchas leyendas y mitos de su era. Lo hacía con tanto fervor y elocuencia que Cheetor se quedaba escuchándolo embelesado, completamente fascinado ante estas historias, para después aportar con sus anécdotas en la tierra y con los autobots.
Cheetor amaba correr en su modo bestia, dejándose llevar tan rápido como le permitieran sus extremidades. Y de a poco, fue convenciendo a Thunderhowl para que lo imitara. No era raro encontrarlos durmiendo una siesta en un claro.
En otra época, a Thunderhowl esa actitud tan despreocupada le hubiera avergonzado, pero las cosas habían cambiado.
Una vez que se encontró frente a su hogar, se transformó en su modo robot y entró. Era una casa muy sencilla, con las necesidades básicas: una sala, cocina, baño y dormitorio.
Comenzaron a vivir juntos hace poco y aunque ninguno de los dos estaba acostumbrado a la vida hogareña (especialmente Cheetor, quien había estado viviendo en una cueva durante su tiempo en la Tierra) se habían habituado al otro, en una manera que simplemente funcionaba.
Encontró a Cheetor durmiendo en el sofá con un datapad encima suyo.
Thunderhowl se quedó observándolo, si bien tuvo un par de amantes a lo largo de su vida, esto era diferente.
Su chispa se sintió cálida en su pecho, Thunderhowl nunca se había considerado a sí mismo como un romántico, pero al estar con Cheetor de pronto comenzó a entender algunos de esos poemas de amor que tanto se cantaban en su época.
Se inclinó y depositó un beso en su mejilla con mucho cuidado. Un par de ópticos verdes parpadearon, mirándolo sorprendido.
— Mis disculpas. No quise interrumpir tu sueño.
Cheetor negó rápidamente con la cabeza. — No, no -Está bien. No estaba dormido, sólo descansaba los ojos — admitió con una sonrisa tímida.
Thunderhowl le devolvió la sonrisa y acarició suavemente su mejilla, haciendo que el otro cerrara sus ópticos y ronroneara contento.
Estuvieron un rato así, el único sonido que se podía escuchar en la habitación era su ronroneo. De pronto, Cheetor pestañeó y miró hacia otro lado, indeciso.
Thunderhowl iba a preguntarle si hizo algo mal cuando el otro, finalmente puso una mano detrás de su nuca y lo acercó hasta besarlo.
Fue un beso muy dulce. Tímido y lento al principio, pero haciéndose más intenso de a poco, con ambos mordiendo levemente los labios del otro.
Cuando se separaron, Thunderhowl lo levantó en brazos y lo depositó en su regazo.
— ¿Qué estás leyendo? — finalmente le preguntó Thunderhowl.
— Una colección de poemas. Sky Byte se ofreció a dármelo cuando me escuchó decir que nunca había leído poesía. Creo que se ofendió. — el chita rió.
— ¿Los escribió él? — no le sorprendería la idea de que el tiburón regalara copias de su propia poesía para que otros la leyeran.
Cheetor negó levemente. — No, son de un autor de la Época de los Trece — y con eso comenzó a explicar todo sobre éste.
Mientras Thunderhowl lo escuchaba atentamente, su mano acariciaba su espalda levemente. Adoraba como el otro se veía tan entusiasmado.
— ¿Thunderhowl? — preguntó suavemente. El susodicho emitió un ¿Mmm? — ¿Alguna vez pensaste en viajar?
— ¿Viajar? ¿A dónde?
— Bueno es que hay un par de lugares que me gustaría conocer en Cybertron. Nunca tuve la oportunidad de estar aquí y me gustaría explorarlos… — A pesar de que éste había arribado a Cybertron hace ya un tiempo, nunca se había alejado de Iacon. — No tienes que venir si no quieres. — Se apresuró a añadir Cheetor, viendo el semblante pensativo de su amante. — Sé que tienes tu deber aquí y no quiero que te sientas obligado a dejarlo para acompañarme.
— No me estás obligando a nada — contestó simplemente.
A pesar de que Thunderhowl viajó por casi todo Cybertron y otras colonias, lo había hecho mientras cumplía las encomiendas de Onyx Prime, no por gusto propio.
— Me gustaría ir contigo — admitió en voz baja. Podía ser divertido. Era una de esas pocas veces en donde se permitía hacer algo por sí mismo.
Y por la forma en que Cheetor reaccionó, con una sonrisa brillante como sus ópticos sabía que había elegido bien.
