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A fin de cuentos...

Summary:

Hay una maldición sobre el clan Mo: podrán reconocer el amor, pero jamás podrán declararlo.

#HBDQinghua2024

Notes:

La advertencia es por las palabrotas y la escena con sangre que no es explicita, pero por si las dudas.

Chapter Text

 

 


 

 

 

Para los demonios es difícil enamorarse, no conocen ese sentimiento. Era un tema casi tabú, como un mito, nadie sabía sobre ello ¿Sus síntomas? ¿Sus causas? Tal vez ¿Cuánto duraba? ¿Cómo salvarse de ello!

Algunos pensaban que ese dichoso "amor" era cuando los demonios se unían por una noche para tener hijos, y según la aceptación popular esa era la idea más adecuada.

Después de todo, la natalidad demoníaca era escasa, así que ese milagro podría ser amor ¿No?

Pero el clan regente del norte debía encontrar el "amor" sí o sí. No lo decían de esa manera, claro, ellos tenían el deber de engendrar un heredero (sí, con uno bastaba).

El poder que los hacía gobernantes legítimos del norte se transmitía de generación en generación, en la sangre de la familia Mo.

 

 

Hace muchas décadas había llegado al territorio del norte una mujer demonio de los páramos del oeste, de un lugar tan lejano que colindaba con los territorios del demonio celestial TianLang Jun.

El caso es que esa demonio trabajó en la Fortaleza de Hielo y se enamoró de uno de los dos príncipes, el heredero, BingWen Jun.

 

Cómo era de esperarse, su enamoramiento no solo era inadecuado y prohibido, sino que era unilateral. Ella persiguió al príncipe a todos lados y le declaraba su amor a viva voz para que todos se enteraran, pero el príncipe solo levantaba las cejas y la mandaba a encerrar.

Así pasó mucho tiempo, nadie en absoluto la tomaba en serio, hasta que hizo su mayor acto de amor: tomó uno de los torreones de la fortaleza y amenazó con quemarlo todo, incluyendo a los guerreros que se encontraban en el interior.

Era rarísimo ver fuego en el norte pero, al día de hoy, muchos ancianos aseguraban haber visto cómo ella sacaba llamaradas de fuego de su mano de una manera tan fácil como chasquear los dedos.

 

Cuando atraparon a la demonio antes de que cometiera un grandioso crimen, ella estaba iracunda, como una bestia atrapada, le pidió al rey ver al príncipe... El soberano oyó los chillidos una y otra vez hasta que algo cercano a la piedad le hizo conceder el deseo.

 

—Pararé si me llevas a tu lado.

Pero el príncipe no le tenía miedo y mucho menos a sus amenazas, la mandó a encerrar.

 

Antes de que se la llevaran, ella saltó hacia su príncipe y lo tomó de las manos, lo miró a los ojos mientras siseaba:

—Te maldigo: el día que encuentres el tan dichoso "amor" no podrás declarar ninguna palabra para decirlo, y callarlo te quemará por dentro y vivirás así porque no habrá ningún gesto de amor que te salve de ello...

 

El rey le cortó la cabeza con las uñas y su última queja quedó resonando entre los techos de la cueva.

 

Dada la demostración de poder de fuego que tuvo antes de morir, algunos miembros del concejo temieron por el futuro del príncipe, es decir ¿qué tal si esa maldición se cumplía? Sin embargo, varios años después, el príncipe fue casado con una noble demonio de un clan vecino, tuvo un hijo y, ya que, como se ha dicho, la natalidad es sinónimo de unión y eso a la vez es sinónimo de "amor", creyeron que la maldición de la demonio era falsa.

 

Por su parte, el príncipe se preguntó si entre su esposa y él existía ese "amor". Pensaba que ella le parecía admirable y respetable por su frialdad, inteligencia, una crueldad elegante pocas veces vista... Creyó que tal vez, sí; se conformó con esa idea y no se cuestionó nada más. Después, cuando ella murió dejando a su niño pequeño, el príncipe pensó que había sido una pena y se olvidó del asunto con el pasar de los años.

 

De algún modo, esa extraña maldición demoníaca buscó la manera de cumplirse y se transmitió a su heredero.

 

 

 

 

 

La procesión caminaba en fila sobre una montaña.

El rey detuvo su andar haciendo que el séquito parara de forma repentina, el camino estrecho estaba al borde de una pendiente, alguien podría tropezar y rodar unos doce metros abajo. La nieve por estos lares empezaba a derretirse haciendo que la tierra húmeda resaltara.

 

Shang Qinghua no estaba detrás de él, le preocupó la manera en que posiblemente pudo quedarse atrás ¿Se cayó?

Antes de mirar por el barranco, preguntó a uno de los demonios:

 

—¿Y Shang Qinghua?

—Eh, dijo que iba a subir a la carreta.

 

Mobei Jun empujó a varios demonios del camino para llegar a la carreta, levantó la lona y justo allí se encontraba el hombre, acurrucado entre el equipaje de Mobei Jun, tapado con uno de los sacos de mimbre y los ojos escondidos bajo su antebrazo.

Mobei Jun no había oído a Shang Qinghua en el momento en que le dijo que iba a subir al carro.
El demonio bajó la lona y volvió al frente.
Tenía la certeza de que el chico había trabajado hasta más de la media noche en el Reino Humano, otra vez.

El hecho de que se quedara dormido en los eventos más improbables era algo que aterrorizaba a los demonios del norte, al menos no podían contener su incredulidad cuando veían a Shang Qinghua hacerlo.

Lo segundo más inquietante era ver que Mobei Jun tomaba esto con total calma.

Y no importaba si sonaba cliché decir que el rey había sacado ojos por menos que eso.

 

El viaje continuó.

El rey viajaba a las afueras de la capital del reino, a un pueblo en el que pronto se haría la vigilia por las Hojas Negras de Betabel Llorón, era una actividad importante para el lugar ya que ese era su mayor producto de exportación a todos los territorios demoníacos y ultramar.

Ojalá tuviera a alguien para cubrir esa labor, Mobei Jun no tenía hijos aún y el único familiar directo vivo era su tío, LinGuang Jun, quién se había perdido hace un año luego de la ascensión de Mobei Jun (o poco más).

Enviar a alguien que no fuera de la familia estaría mal, los pobladores se pondrían furiosos y ahora no se le apetecía una revuelta en el reino, gracias.

 

Podría enviar a Shang Qinghua si estuvieran casados...

 

—¡Mobei Jun!

 

Mobei Jun respiró fuerte y se apretó la garganta como un método urgente para dejar de toser y no hacer más el ridículo. Detuvo la saliva en su boca y se giró para dar una terrible mirada a los demonios tras él.

Ellos se arrodillaron por la osadía de mirar a su rey mientras se ahogaba.

Mobei Jun carraspeó y siguió andando, tratando de volver a la normalidad.
Él sabía que no había nacido enfermo, pero tampoco recordaba en qué momento empezó a padecer de estas asfixias leves.

Pero ya que no dolía ni le impedía hacer sus tareas, no le dio importancia, era una simple torpeza de su saliva y su lengua, seguro pasó por juntarse mucho con Shang Qinghua.

 

 

 

 

El día era lúgubre en el pueblo a visitar, era muy bueno al parecer. Las nubes taparon el sol y le dieron al ambiente un ligero tono gris verdoso.

Al llegar al campo donde sería la festividad, fueron recibidos por el líder.

 

—Ah. Y este debe ser el Señor de la cumbre An Ding.

 

Shang Qinghua apenas tuvo tiempo de despertar y quitarse el sueño antes de llegar con los demonios, no sabía si su aspecto era más o menos decente.

No pudo evitar estirarse la ropa.

 

—Así es, es un gusto.

 

El líder estaba acompañado por su hijo, un demonio joven con nada más que un pantalón de lana y una hoz colgando de su cadera. Padre e hijo le sonrieron con alegría, lo que era raro en los demonios.

Shang Qinghua miró a Mobei Jun pero él ya iba caminando entre los surcos del huerto con el líder. Entonces caminó detrás y el demonio joven se le acercó, esta vez con un gesto más pequeño.

Mientras paseaban entre la siembra de Hoja negra de Betabel Llorón, el resto de demonios campesinos se preparaba para la vigilia con ramos de flores carnívoras y alfombras hechas de espigas. En el territorio norte era natural alumbrarse con piedra lumbre turquesa, así que esta no podía faltar en los palos que usaban a modo de faroles.

 

—Se asemeja mucho a un pueblo humano.

—¿Mh? Si usted lo dice. Debido al modo de producción de nuestra comunidad, pasamos la mayor parte del día sobre la tierra.

 

Los demonios preferían la oscuridad y las cavernas, pero estos demonios agricultores habían crecido acostumbrándose al escaso sol del reino. Incluso había una que otra choza en la superficie seguramente para descansar durante el día.

—Mi nombre es xxx, y mi padre es el líder de esta comunidad.

—Qué gusto.

—Señor, usted aún no lo sabe, pero nuestro pueblo lo respeta bastante.

—¿A quién?

—A usted, claro.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Porque es muy listo.

Shang Qinghua hizo una mueca, esa no era una razón taaan extraordinaria.

El demonio prosiguió:

—Hemos escuchado que usted produce y vende grandes cantidades de una semilla en el Reino Humano.

—Mmh ¿Si?

—Es decir que además de ser un señor distinguido, también es productor, como nosotros.

—¿Dónde oíste esas cosas?

—Quisiéramos aprender más y si el Señor Shang Qinghua nos guiara, sería lo mejor.

El demonio parecía sincero pero Shang Qinghua no creía que LOS DEMONIOS actuaran de esa forma tan humilde y modesta ¿Qué les pasaba?

Esto era todo lo anti demonio que podía existir en el reino.

Los demonios no apreciaban los talentos como el arte, la agricultura, la diplomacia. Ellos eran brutalidad bruta. Ni siquiera los antiguos cavernícolas se atrevieron a despreciar cosas como la pintura.

¿Qué pasaba con estos?

Shang Qinghua se sintió mal, mal de incómodo.

Y ¡Qué miedo! ¿Qué cosas BUENAS estaban diciendo los demonios sobre él?

Como sea, la festividad empezó al bajar el sol, las piedras lumbre palpitaban suavemente y brillaban tanto como las estrellas violetas en el cielo.

 

Pese a que el rey y su sirviente se acomodaron y disfrutaron de los rituales de celebración por la cosecha, aún hubo sorpresas incomodas para Shang Qinghua.

El hijo del líder presentaba a Shang Qinghua a cada persona que se aparecía, y los lugareños, al oír su nombre, se le quedaban mirando como si un sueño se hiciera realidad.

Pasada la medianoche, Shang Qinghua ya había pasado el extrañamiento y también había comido y descansado bastante; lo trataron de lo mejor, así que fue considerado y se sentó en unas rocas para dar una clase magistral sobre abonos y plagas.

A la vez, iba aprendiendo de primera mano sobre las tierras y los productos de esa parte del reino.

El séquito del rey se fue a los dos días y Shang Qinghua regresó feliz a la Fortaleza, ya había experimentado lo que era tener un fandom.

 

 

 

 

 

 

 

 

En la Fortaleza las cosas seguían como usualmente eran, a menudo había algo que hacer.

Una de esas tardes cuando sientes que no darás ni una más y que cualquier sonido te hará explotar, se oyeron unos tacones a un ritmo lánguido.
Los funcionarios estaban saliendo de una reunión de cinco horas que debía repetirse en tres semanas ya que no se había llegado a ningún acuerdo...

Al ver al recién llegado, Mobei Jun se frotó el cuello y se dejó caer en el trono.

 

—Creí que estabas muerto.

—Ni con la herencia de tu padre podrás acabar con mi vida.

LinGuang Jun rozó el límite del cinismo, él tenía muy claro que su sobrino podría aniquilarlo con ese nuevo poder.

El masoquismo era increíble.

El tío retomó la palabra:

 

—Mi dinero. Dejó de llegar al palacio.

—Creí que estabas muerto. Te retiramos de los gastos.

—¿Yo, un gasto? —y sonrió con cólera.

 

Mobei Jun reposó los brazos en el trono y miró a su tío.

No hubo palabra durante un momento largo.

 

—Quiero mi dinero.

—...

—Es más, esta vez exijo un aumento dado este agravio.

—Eso no es asunto mío.

—¿De tu rata, entonces?

 

Mobei Jun se puso de pie.

 

—Shang Qinghua, quiero decir. Ya. —LinGuang Jun apretó los dientes al recordar al humano. —¿Cuándo tendré mi dinero de vuelta?

—Yo qué sé, seguro que tomará tiempo.

—Mobei Jun —siseó, de mala gana. —Con mi hermano las cosas no eran así, yo le exigía mis cosas y él las despachaba sin demorar ¿Qué son estas mierdas?

—No soy mi padre. Las cosas se harán de esta manera te guste o no. Vete.

—Me quedaré en esta fortaleza hasta que me den lo que me pertenece.

 

LinGuang Jun iba a retirase para buscar una habitación en la Fortaleza, de seguro encontraría desocupada más de alguna, pero un demonio menor se atravesó en su camino, traía una cara de susto.

—¡Mobei Jun! Vienen los demonios agricultores del sureste.

—¿Qué? ¿Los que se la pasan debajo del sol? ¿Qué quieren esos campesinos? —farfulló LinGuang Jun.

Mobei Jun se hundió en el trono al resoplar, se recompuso y se acomodó.

—Deja que pasen.

La comitiva no tardó en entrar, venían dirigidos por el hijo del líder del pueblo que les había recibido la noche de la vigilia. Un pequeño grupo de seis o siete demonios le seguían jalando una carretera.

—Saludos, Mobei Jun.

El susodicho esperó a que el joven hablara.

LinGuang Jun, ya que no tenía nada más que hacer aparte de existir para que hubiera sangre Mo en el mundo, pues se quedó mirando para enterarse de los chismes.

—Señor, sé que esta petición no debería hacerla aquí pero ignoro dónde más pueda encontrarlo.

Mobei Jun ya estaba cansado de oír la voz de los demonios durante todo el día, no se resistió a balancear la cabeza.

—Sé que soy una persona digna y quiero saber si no es inoportuno venir a la capital para cortejar al Señor Shang Qinghua.

 

LinGuang Jun entendió el porqué de la cara angustiada del demonio: en la Fortaleza se sabía que Shang Qinghua era de Mobei Jun, lo que sea que eso significara para cada uno. A las afueras, la gente sabía que Mobei Jun solo aceptaba a Shang Qinghua a su lado.

Y más allá, apenas les habían visto pero sabían que el rey tenía una muy buena e inseparable mano derecha humana.

 

Esta ambigüedad era gracias al vaivén entre ambos. Era un hecho que Shang Qinghua era más que la persona de mayor confianza para el rey, pero tampoco había algún pacto de unión entre ellos.

El concejo de ancianos veía al humano como una amenaza que ya estaba ocurriendo pero que aún se podía prevenir.

Nadie podía definir exactamente su vínculo, por desgracia Mobei Jun y Shang Qinghua tampoco.

 

Mobei Jun pudo oír los murmullos de los sirvientes detrás de la entrada al salón.

"No, no es nada oportuno" quiso decir Mobei Jun pero los músculos en su cuello se contrajeron al momento de querer negarse. Sintió que esta vez se iba a ahogar en serio.

Respiró fuerte por la nariz, exhalar era lo difícil y más aún, hablar. Era como una parálisis parcial en su garganta.

—¿Llamo al Señor Shang Qinghua, Majestad?

Mobei Jun hizo un vago gesto y el sirviente no supo interpretarlo, se mordió las uñas con preocupación.

Mobei Jun esperaba que Shang Qinghua hiciera lo que a veces hacía: escribir una nota de que era urgente volver a An Ding y que lamentaba no despedirse pero que ya iba a regresar.

No hoy. Debería tener demasiada suerte para ello.

 

—¡Demonios chismosos! ¿Qué hacen escuchando detrás de la puerta? ¡Eso, corran o los pondré a lavar las escalinatas hacia la superficie otra vez!

 

La puerta se abrió y Shang Qinghua entró para detenerse y examinar la escena, luego siguió su marcha hacia el trono de lo más normal.

 

—Bienvenidos.

 

Se acercó al trono.

 

—Hola, Rey mío ¿Estás bien? Te ves un poquito... morado —susurró.

 

Mobei Jun, de pronto, volvió a respirar. Miró a Shang Qinghua como si con los ojos quisiese avisarle de algo importante.

Pero Shang Qinghua no supo.

 

—Señor Shang Qinghua. No sabemos dónde está la cumbre An Ding, así que trajimos estos regalos para usted a la Fortaleza de Hielo.

—Oh, qué sorpresa ¿para mí? —el humano se emocionó y fue a ver lo que había en la carreta. —Hojas negras de Betabel Llorón, Pescado lombriz de un ojo, Dientes de maíz carnívoro... esto es un festín, es magnífico.

—¿Le gusta?

—Amigo, esto es una joyita. Se lo mostraré a Pe... A mi hermano marcial y sabrá que el Reino Demoníaco es más que tinieblas.

—Me alegra. Le preguntaba a Su Majestad si puedo venir a cortejarlo a esta fortaleza, supongo que está bie...

—¿Cortejar? ¿A quién?

—Ja ja. A usted, Señor.

—Ja ja ¿Qué!

—Señor Shang Qinghua, yo tengo tierras, usted sabe usarlas. Yo soy digno y vengo con orgullo a pedir que se una a nuestra familia. Entiendo que tiene un trabajo en este y otros reinos, no estoy en contra de eso.

—Espera, eso no debería ser correcto ¿de algún modo? ¿no crees, Rey mío?

 

Pero Mobei Jun no podía declarar ni defender. No porque así lo desease, sino porque la demoníaca maldición revoloteaba alrededor de su sangre, gozando mientras cumplía su cometido.

Mobei Jun no podía hacerle saber a Shang Qinghua que estaba enamorado de él.