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Blood, bonds & instincts.

Summary:

Bruce ha construido su manada pieza por pieza a pesar del pasado, y sin embargo, cuando cree que hay una mínima de estabilidad en su vida ocurre lo inesperado.

Cada manada es única. Diferentes personas, aromas y costumbres.

Empezar de nuevo no siempre es fácil y más cuando es territorio inexplorado.

Notes:

¡Hola! Está historia tendrá algunas modificaciones en su narrativa y desarrollo, por ende, si estuviste en el comienzo: no, no es el efecto mandela.

Habrá palabras nuevas y escenas diferentes.

Espero que está nueva fase sea de su agrado, y para los nuevos lectores, solo les deseo que disfruten está historia.

Chapter Text

 

 

 

La oscuridad a su alrededor se sentía desconocida, extraña y helada, muy diferente a los sueños tranquilos. Por consecuente le toma tiempo detallar. La sensaciones son espaciadas, su cuerpo se siente pesado y dolorido, su cabeza nublada en la confusión con multitudes de recuerdos que tratan de ordenarse. Lentamente, recuerda fugazmente... soleado, cielo despejado y bosque verde oscuro. 

 

Un buen día... Uno ruidoso, muy ruidoso.

 

—¡Las encontré primero! —La voz de Jason retumbo en el claro del bosque. —¡Devuélvemelas o quemaré tú colección de plumas en la fogata! —

 

Richard, su hermano y el mayor de todos, jugueteó entre sus dedos con las piedras azules brillantes. —¡Por favor! ¡Son azules, ni siquiera te gusta ese color! —

 

Jason reveló los dientes y gruño hoscamente. —Entonces despídete de tus tontas plumas. —

 

—¡No! —Richard salto sobre Jason con todo su peso de lobo gris oscuro, empujándolo hasta rodar sobre la tierra para detenerlo de ultrajar sus posesiones.

 

Jason cambio durante rodo con fuerza, un lobo marrón gruñendo con el asomó de colmillos brillantes. Los hermanos se encontraron en forcejeo de colmillos, fuerza y garras, emitiendo gruñidos con aire de diversión. 

 

Nada demasiado agresivo. 

 

Timothy y Stephanie rieron, silbaron ánimos e incitaron más la pelea entre sus hermanos mayores: apostando algunas bayas azules sobre quien sería el vencedor.

 

La fogata ondeó cálida y vivaz dentro de la cueva, Bruce permaneció indiferente al caos mientras comía el estofado de carne, tubérculos y hierbas de Alfred, acostumbrado a la energía de sus alborotadores cachorros. El aroma y el sabor calmaron la agitación de su estómago, el cachorro en su matriz se acomodo relajado. Los labios de Cassandra se curvaron en una sonrisa y su nariz respingo ligeramente al sentir el movimiento a través de la palma de su mano, el ojo plateado de Bruce se cernió sobre ella, su aroma se endulzó en la fragante ondulación de feromonas complacidas, cuidado y manada. 

 

Luego... luego... 

 

No hubo ruido, ni aves e insectos, solo silencio.

 

Un silencio peligroso. 

 

Las condiciones extrañas no eran mera casualidad, y como un presagio de guerra y muerte unas sombras emergieron del bosque. El fuego consumió la madera, el humo sobrevoló la copa de los árboles y cenizas cubrió la hierba alrededor de la cueva. Consumiendo todo a gran velocidad.

 

Coordinados, fuertes y veloces.

 

El aroma de esta manada, un almizcle terroso y ambarino, fue suficiente para hacerle saber a Bruce que Ra's estaba detrás de todo. Era difícil pelear estando en su segundo trimestre de embarazo, pero los instintos omega eran un buen impulso. Más protectores, más feroces y brutales. Una lucha de fuerza y colmillos, instintos e intelecto entre dos manadas. Para su alivio —y, en igual medida, para su inquietud— Talía no se encontraba entre sus filas.

 

La sangre de su manada lo perturbo a nivel instintivo, alterándolo más y más cada vez que escuchaba un gruñido entre los forcejeos, aullidos entre los mordiscos y jadeos de dolor por heridas profundas. Era una cacofonía de guerra que resonaba horriblemente.

 

Ra's gruño furioso, forcejeando sin morderlo violentamente, intentando someterlo.

 

Una amabilidad impropia de alguien como él, y Bruce sabe por qué lo hace. 

 

Lo quería de regreso.

 

Él quería a su cachorro.

 

Bruce gruño profundo, sin miedo, más feroz y fuerte mientras arrastraba con sus fauces el peso del alpha anciano hacia el vacío. Cayeron sobre agua... la fuerza de la corriente los arrastro, los ahogo, helada y húmeda. Lleno sus pulmones, su corazón latió con fuerza mientras andaba tratando de llegar a la superficie para respirar pero, la oscuridad llegó de forma inesperada y dolorosa.

 

— 🍃 —

 

—Esta bien, tranquilo. —Una voz masculina lo consoló junto a manos suaves. La mirada plateada del lobo negro parpadeo lentamente, desenfocada, los ollares en su nariz se dilataron en un intento de reconocer el olor.

 

¿Quién eres? 

 

—Mi nombre es J'onn. Estás a salvo ahora. —murmuró con voz serena que buscaba trasmitir calma al lobo tembloroso postrado en su petate. De rodillas, con ambas manos colocó con cuidado la cabeza del omega en su regazo. —Tus heridas son graves... tóma, bebe esto. —

 

J'onn acercó un pequeño frasco, inclinando el recipiente sobre los labios del lobo negro para verter el líquido verdoso. —No, no lo escupas. —sostuvo el cuerpo del omega cuando se tenso y sacudió por el amargo sabor. —No, no lo escupas. Te ayudará, lo prometo. Eso es, lento... Muy bien. —

 

Una vez que el omega tragó, J’onn acarició brevemente su cabeza. —Ahora, solo debes descansar. —

 

 ¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas? Bruce parpadeo aturdido, el cansancio y el dolor obligándolo a dormir.

 

La siguiente vez que estuvo despierto, el dolor era más tolerable y sus pensamientos eran más nítidos. ¿Donde estoy? ¿Donde está su manada? ¿Alfred? ¿Sus cachorros? Bruce resopló irritado por no poder levantarse y moverse con normalidad: necesitaba respuestas. Cerro los ojos y la oscuridad lo envolvió de nuevo, está vez, suave y gentil.

 

—¿Como está, J'onn? —

 

—Esta sanando, mucho más lento de lo esperado. —J'onn respondió con serenidad mientras preparaba una mezcla de hierbas en el mortero. —Debería despertar pronto. —

 

—Comprendo. —Dijo esa voz masculina. —Si necesitas algo para sus medicinas no dudes en decirme. —

 

—Le tomaré la palabra, alpha. —La sonrisa de J'onn es pequeña y sincera. —Es un milagro que este vivo. —

 

Una mano acaricio el pelaje de su cabeza y oreja, una voz aguda y femenina habló cerca. —Es impresionante… nunca había visto un pelaje tan oscuro y, su tamaño es inusualmente grande para un omega. —

 

Bruce gruñe débilmente, arrugando el hocico; no deseando el contacto. Aléjate, aléjate, aléjate...

 

—Oh, vaya. —Esa voz murmuro sorprendido.

 

—Definitivamente tiene carácter. —Comentó la voz femenina con cierta diversión. —¿Quién en su sano juicio podría haberle hecho tanto daño? —

 

 

Abrió los ojos y logró mantenerse consciente apenas el tiempo suficiente para comprender que no estaba en su cueva, ni rodeado por su manada, ni en su territorio. Levantarse fue un esfuerzo en sí mismo; su cuerpo temblaba, débil y vacío. El hambre le roía las entrañas, pero fue otra sensación —más baja, más íntima— la que encendió su alarma: una inquietud en su vientre que lo llenó de temor.

 

El pánico lo envolvió como una niebla densa. Bruce deseaba con desesperación tener manos, poder tocar su vientre, buscar algún movimiento... alguna señal de vida. Pero el omega dentro de él siseaba con fuerza, una y otra vez: No es seguro. No es seguro. Somos vulnerables. 

 

Aferrarse a su forma de lobo no era una elección, era necesidad pura: su única posibilidad de seguir con vida. Las orejas de Bruce se movieron con un leve espasmo al captar el ruido del exterior: pasos ligeros y voces fuertes que se acercaban a la cabaña donde se refugiaba.

 

Huye, susurró su instinto, y eso hizo.

 

Era una manada numerosa, dominada por alphas y betas. Los omegas eran escasos, Bruce lo percibió en el aire, en los olores mezclados y el lenguaje corporal de quienes se cruzaban en su camino. Demasiado desequilibrado. Demasiado poder concentrado; no era una buena señal.

 

—¡Espera! ¡Para! —

 

—¡Va hacia el bosque! —

 

—¡No dejen que cruce el límite! —

 

Bruce gruñía cada vez que uno de los miembros de aquella manada le cerraba el paso. Corría con desesperación, forzando un cuerpo exhausto que apenas podía sostener el ritmo. No tenía fuerza para pelear, y lo sabía. Un siseo agudo brotó de su garganta cuando sintió una mano rozarlo; giró y mordió con fiereza, el sabor metálico de la sangre le llenó la boca. Pero no fue suficiente. En cuestión de segundos, lo habían acorralado.

 

—¡Mierda! ¡Me mordió! —

 

—Hal, por favor. —

 

—¡Casi me arranca los dedos, Barry! —

 

—Lo veo.—Barry se acercó al otro hombre, tomando su mano lastimada para revisarla. —No lo condenes por reaccionar naturalmente. Está asustado, herido y desorientado. Además, ¿eres tonto? ¿Por qué intentaste sujetarlo? —

 

¿Herido? Sí. ¿Asustado? Bruce prolongó un gruñido bajo, retumbante, cargado de advertencia. No le importaba que lo hubieran recogido de la orilla del río, ni que hubieran sido cuidadosos al vendar sus heridas. Él necesitaba irse. Necesitaba volver con su manada. Debía verlos. Debía asegurarse de que estuvieran vivos. Richard, Jason, Bárbara, Jim… Alfred… Los nombres se sucedían en su mente como un aguijón punzante. La idea de todos ellos a merced de Ra’s asfixiaba su pecho, y su aroma se impregnó en el aire con una angustia densa, desesperada.

 

—¡De no ser por mi, hubiera huido! —

 

—Hal, míralo. Está herido, no creo que hubiera llegado muy lejos. —Barry se refutó con una mueca. —Deberías saberlo. —

 

Hal gruño, malhumorado. —¡Basta! ¿Que hacemos ahora con él? —

 

—¿Convencerlo de que regrese a la cabaña de J'onn? —La voz de Barry expresó dudas en su idea, encogiéndose de hombros ligeramente.

 

—¡Oh, gran idea! —Hal resopló con diversión. Levantando la mano para darle un coscorrón en la nuca a su amigo. —Pero no creo que a nuestro invitado, a juzgar por esa mirada espeluznante, nos acompañe voluntariamente. —

 

Vaya, así que el alpha pulgoso sabe pensar. Qué sorpresa. Bruce dejó que el pensamiento se deslizara con sarcasmo amargo. Él se lo buscó. No iba a disculparse por lo que hizo.

 

Un aroma dulce se deslizó en el aire, irradiando calma y una sensación de seguridad. Bruce se encogió con más fuerza, sus músculos tensos, y dejó escapar un gruñido más intenso, desafiante.

 

—¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó una voz femenina firme y decidida.

 

—¡Lois!— exclamó Barry, aliviado—. Gracias a la Diosa que estás aquí. Necesitamos tu ayuda con nuestro… invitado. Tiene que volver a la cabaña de J’onn, pero no sabemos cómo manejarlo. —

 

—Sí, lo noté. Desde lejos pude oler el desastre. —respondió Lois con sequedad, entrecerrando los ojos hacia la figura agazapada de lobo negro.

 

—¿Qué quiso decir con eso? —preguntó Barry en susurro al oído del otro beta, frunciendo el ceño.

 

—Haz un esfuerzo, Barry... —murmuró Hal, rodando los ojos.

 

—Oh... —fue todo lo que alcanzó a decir Barry, al captar por fin el significado.

 

La mujer, omega —pero no la omega de la manada —se acercó con paso firme. Una brisa ligera precedió su llegada, llevando un susurro de avellanas junto a una sensación serena de calma y curiosidad. Instintivamente, Bruce respondió con un siseo—labios retraídos, dientes expuestos—midiendo la distancia entre ambos.

 

—Hola, soy Lois —se presentó ella con una sonrisa, voz clara y serena.

 

Lo sabe; lo había oído.

 

—Disculpa a mi manada. —La sonrisa de Lois se tenso un poco. — Son entusiastas y un poco brutos, pero sus intenciones son buenas. Aquí estás a salvo; no tienes por qué preocuparte. —

 

La sinceridad era evidente: era un olor muy difícil de reflejar. Detrás, los betas se removieron, medio ofendidos. Quizá otro omega habría aceptado aquellas palabras sin reservas, pero la vida había dejado demasiadas cicatrices, físicas y mentales, sobre Bruce: abandonar su instinto no era una opción. En su estado actual, no podía permitirse un acto de fe.

 

—Debes tener un nombre. —comentó Lois con tono paciente—¿Me lo dirás? Presentarnos sería un buen primer paso para todos. —

 

Diana, Hal, Barry, Oliver, Dinah, J’onn, Arthur, John, Shayera… desfilaban en su memoria: una ristra de nombres que, para Bruce, carecían de peso en aquel momento. No planeaba responder; su nombre no iba a cambiar la situación ni lo obligaría a adoptar otra forma. 

 

Él no pensaba quedarse.

 

Lois estudió la postura agazapada del lobo negro—pelaje lustroso, ojos grises afilados, un gruñido latente en la garganta—y esbozó una media sonrisa pensativa.

 

—De acuerdo. — dijo, cruzándose de brazos—Si no quieres compartir tu nombre, tendremos que conformarnos con un apodo. No pienso llamarte “oye‑tú” todo el día. —

 

Bruce arrugó el ceño y respondió con un bufido apenas audible.

 

—Muy bien. —murmuró Lois, inclinándose un poco para mirarlo fijamente. —A partir de ahora, lo llamaremos Lobo. Si quiere otro nombre, que lo diga él mismo. —

 

Hal soltó una carcajada breve y palmeó a Barry en el hombro, claramente entretenido; Barry abrió mucho los ojos y dejó escapar un silbido bajo, entre divertido y nervioso, mientras Arthur bufó con una sonrisa torva, murmurando algo. El aire ondea en olores de humor inesperado, un respiro en medio de la tensión, mientras la figura peluda y silenciosa del omega observaba a todos con el ceño hundido, la mandíbula tensa y la dignidad intacta, tolerando el apodo como quien se ve obligado a masticar bayas amargas.

 

No era solo por el apodo, sino el hecho de cómo está manada extraña ya comenzaba a tejer lazos a su alrededor sin pedir permiso. Bruce gruñó con más fuerza al percibir nuevos ruidos tras la manada, su cuerpo en tensión y los colmillos apenas asomando. Pero el sonido vibrante en su pecho se apagó de golpe al ver lo que se acercaba a gran velocidad.

 

Un pequeño cachorro peludo, blanco como la nieve, corría hacia él con tal entusiasmo y energía desbordante que no se detuvo a mirar a su familia… ni a considerar el peligro que él representaba.

 

El cachorro, totalmente embriagado por su emoción, ignoró a su madre por completo y, con un andar torpe pero decidido, chocó contra el pecho de Bruce, derrapando sobre la arena con un entusiasmo desbordante. El impacto fue ligero, pero la alegría pura que emanaba del cachorro fue suficiente para hacer desaparecer cualquier vestigio de miedo que nublaba su mente.

 

Un cachorro. Ellos tenían un bebé.

 

Uno cuyo olor era puro almíbar destilando alegría.

 

El ceño de Bruce se relajo, y no pudo evitar un pequeño resoplido, saludando al cachorro. El cachorro aulló y ladró, contoneándose a su alrededor, incapaz de detener su emoción.

 

—¡Jon! —

 

Esa voz...

 

— ¡Clark, se supone que no debes quitarle los ojos de encima! —espetó Lois, con los brazos cruzados y una mirada cargada de recriminación.

 

—Lo sé, Lois, intenté... —Clark jadeo y se detuvo en seco al ver a su hijo. — ¡Jon! Ven aquí. —

 

El hombre —y el alpha de esta manada—por como la actitud de todos ondulaba con su llegada. Su presencia era… serena. Era su voz la que lo identificaba, una voz que había escuchado en dos momentos cruciales: llena de preocupación en la ribera del río, y colmada de esperanza dentro de la cabaña mientras se recuperaba.

 

—Tienes un cachorro valiente, Lois —comentó Diana acercándose, con una mezcla de respeto y diversión.

 

—O simplemente muy tonto, como su padre —replicó Lois con un suspiro, sin apartar los ojos de Nerón, atenta a cada mínima reacción del lobo frente a su cachorro.

 

Una brisa cálida arrastró consigo el aroma de un prado de verano: terroso y cálido por el sol. No era abrumador, sino firme y constante. La libertad en su aroma... Este alpha, Clark, no olía a vínculo. No estaba emparejado. Pero había engendrado un cachorro con Lois… ¿sería un acuerdo?, ¿una alianza por necesidad? ¿Por qué? Una pequeña presión aguda en su oreja lo hizo tensarse. Jon lo mordió y gruño, juguetón y sin malicia. 

 

 El aire se espesó. Todos contuvieron el aliento.

 

Bruce gruñó bajo, más por reflejo que por amenaza, y sacudió la cabeza para liberar la oreja atrapada entre los colmillos de leche.

 

Que cachorrito tan audaz, pensó Bruce con un ronroneo profundo que reverberó en su pecho. Jon ladró encantado, y Bruce le sopló suavemente sobre la nariz. El olor agrio de su ansiedad cedió, dejando lugar a una dulzura más serena, casi maternal.

 

Era un buen cachorro. Joven. Amable.

 

Un movimiento áspero desde lo profundo de su vientre lo hizo resoplar, el alivio y la ternura reflejándose en su mirada por un instante. Su propio cachorro estaba allí. Vivo. Fuerte y... claramente celoso. El omega en su interior lo sabía con certeza: una vez naciera, no permitiría que su atención se dividiera demasiado.

 

Él solo deseaba, con el alma, estar junto a su familia cuando ese momento llegara.