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— A ver... Creo que era por aquí, ¿no?
Era la primera vez que iba a casa de Riccardo. Por suerte no estarían sus padres, no estaba listo para conocerles aún, aunque él ya conociese a Xavier y Jordan.
— Sí, es aquí.
Murmuró para sí mismo bastante seguro, delante de un portón con un cartel al lado donde se podía leer "Mansión Di Rigo". Picó al timbre a la espera de una respuesta, y tras unos segundos respondió una vocecilla que parecía pertenecer a una chica joven.
— Sí, hola, uhm... ¿Está Riccardo?
— El señorito Di Rigo se encuentra en su cuarto. Le diré que precisa verle. ¿Su nombre, por favor?
— Aitor Caz... Foster. Aitor Foster-Greenway.
Se escuchó cómo colgaban el telefonillo y tras un momento la chica dueña de aquella voz salió a su encuentro.
— Por aquí, señorito Foster.
Al peliazul se le hacía raro que le llamasen así. Tampoco le hizo mucha gracia que quitasen el "Greenway" de su apellido, pero no se iba a quejar en voz alta. Tras unos minutos caminando, la chica se paró al lado de una puerta.
— Esta es la habitación del señorito.
— Gracias.
La joven se marchó, y el peliazul picó un par de veces a la puerta.
— ¡Pasa! —se escuchó desde detrás.—
Abrió la puerta, viendo al de pelo castaño con dos gatos encima, llenándole de lametones.
— ¡Aww! —se acercó rápidamente a acariciarles.—
— No suelen dejarse acariciar por extraños, parece que les has caído bien. —"entre gatos se entienden" pensó.—_
— Qué cosas más lindas... ¿Cómo se llaman?
— El blanco es Cleff y el tuxedo es Libretto.
— Nombres muy apropiados. —rió suavemente, acariciándolos a dos manos.—
Riccardo sonrió, dándoles mimos también, hasta que en un momento sus manos coincidieron en el mismo sitio.
— Oh. Uhm... —Aitor no supo muy bien qué decir. No llevaban mucho tiempo saliendo, y aún no estaba acostumbrado al contacto físico. Ni siquiera se habían dado su primer beso aún.—
El de cabello castaño sonrió, acariciando sus nudillos con cuidado de no subir más. No quería tocar esa zona y que le afectase mal.
— ¿Quieres que pare?
— No... Se siente bien. Es solo que aún no estoy muy acostumbrado.
— Si quieres que pare, puedes decírmelo.
— Lo sé. —le sonrió, dando él también algunas caricias en la palma de su mano.—
Ambos se quedaron en silencio durante un rato aún dándose caricias en la mano, aunque no era un silencio incómodo, era acogedor y reconfortante. Sólo pararon cuando Cleff se metió en medio, exigiendo mimos. Los dos rieron, acariciando al gato.
— ¿Quieres tomar algo?
— ¿Mh? Ah, no, gracias. Estoy bien.
— Las matemáticas pueden ser algo agotadoras. Que no te de vergüenza pedir algo. —ups. Casi se le había olvidado que a lo que había venido era a estudiar y no a ligar.—
— Mhm.
— Bueno, ¿empezamos, entonces? —el peliazul asintió, yendo hasta su mochila y sacando las cosas.—
Tras un rato, su cerebro estaba saturado de números.
— Ugh, ya no puedo pensar más... —se quejó, dejando caer su cabeza sobre la mesa.—
— ¿Paramos un rato?
— Por favor...
Riccardo cerró el libro, levantándose de la silla y estirándose.
— ¿Quieres un té para reponer energías?
— Ahora sí que me entraba uno. ¿Matcha tenéis?
— Es probable. —llamó al servicio y pidió un té matcha para Aitor y un té negro para xem.—
— Gracias...
— No es nada. —se sentó en su cama y dio un par de palmaditas a su lado para que Aitor se sentase.—
Fue a su lado, de nuevo acariciando a los gatos.
Riccardo se tumbó en su cama, dejando que se pusiesen encima de él. Por suerte estaban muy bien cuidados y los cepillaban todos los días, o si no la ropa de ambos hubiese sufrido las consecuencias.
— Puedes ponerte a mi lado.
Aitor se tumbó junto a él, mirando al techo. Poco después dirigió su mirada a un lado, dándose cuenta de que el castaño le estaba mirando. Se puso rojo y volvió a mirar al techo, haciendo que Riccardo riese enternecido.
— Lindo...
Sus dedos volvieron a rozarse y esta vez Aitor tuvo el valor para cogerle de la mano. Se giró para mirar al centrocampista, quien no había apartado la mirada de él, y este alargó su mano libre para peinar un mechón de pelo rebelde –igual que su dueño– del flequillo azulado del más bajo.
— Riccardo...
— ¿Dime?
— Yo... Te quiero mucho. —susurró, con algo de vergüenza.—
— Y yo a tí, Aitor. —besó su frente con cuidado.—
Se escuchó cómo una sirvienta llamaba a la puerta y fue a abrir, agradeciendo a la joven y dejando el té sobre la mesilla.
— Gracias.
— Nada. He pedido también unas pastas por si quieres.
Estuvieron un rato en silencio, disfrutando del té.
— ¿Y tú tienes mascotas?
— Un gato. Ludovico. Es gris oscuro y tiene mucho pelo.
— Aww, ¿tienes fotos?
Se sentó más cerca de xem, sacando el móvil y enseñándole algunas fotos del minino.
— Qué lindo...
— Mhm.
— Me gustaría conocerlo algún día.
— Puedes venir cuando quieras.
— También me gustaría volver a ver a Xavier y Jordan. ¿Crees que les he caído bien?
— Mhm. Dicen que eres alguien muy educado y tal.
— Eso siempre está bien.
— Pues puedes venir cuando quieras. Mañana mismo estoy libre.
— Me pasaré por allí, entonces.
Tras terminar el té volvieron a tumbarse, esta vez un poco más cerca que la anterior.
— ¿Estaba rico el té?
— Mhm. Mucho.
Pasaron unos segundos en silencio.
— ¿Te importa si te abrazo? —preguntó Riccardo.—
— Um... No, adelante.
Riccardo se abrazó a él, inhalando.
— Te huele muy bien el pelo...
— Gracias... Lo tengo que lavar con un producto especial para que no se vaya tan rápido el tinte. Por lo menos huele bien.
— ¿Eres teñido?
— ¿Pensabas que mi color natural era turquesa?
— El pelo natural de Gabi es rosa, no me hubiese extrañado.
— Supongo.
— ¿Y de qué color es tu pelo al natural?
— Rubio oscuro, pero llevo un montón de años tiñéndome. Desde los 11 o así.
— ¿Seis años? ¿Y no se te ha quemado el pelo aún?
— Lo tengo quemado, pero me lo cuido bien.
— Se nota. —sonrió, acariciandole el pelo.—
— Mh...
— ¿Paro?
— No, sigue...
El centrocampista siguió acariciando el pelo del menor, mirando hacia sus labios de vez en cuando. Tenía unas ganas inmensas de besarle, pero no lo iba a hacer si no se lo decía directamente. No quería asustarle o darle una idea equivocada.
El defensa se acurrucó en el abrazo, apoyandose sobre el hombro del contrario poniendo las manos en su pecho. Riccardo bajó la mano desde su cabeza a su mejilla, acariciándola y haciendo que Aitor levantase la mirada.
— Estás rojo...
— Y tú.
— ¿Hm? —el más alto tampoco se había percatado de eso. Era una persona reservada, mas no vergonzosa.—
El menor rió un poco, no estaba acostumbrado a ver a su capitán así.
— Oye, no te rías de mí.
— No puedo evitarlo. —siguió riendo.— Estás adorable cuando te pones rojo.
— ¿Ah, sí? ¿Y qué hay de tí?
— ¿Yo qué?
— ¿Cómo te lo tomarías tú si yo hiciese esto? —aprovechó que ambos seguían tumbados y se puso sobre él.— ¿Te pondrías rojo? —efectivamente, eso sucedió.—
— Yo... —no sabía bien qué decir.—
El mayor bajó un poco, exhalando aire caliente en su cuello.
— Ah... —miró a su compañero de reojo, sin saber qué decir, hasta que se apartó de encima y volvió a tumbarse a su lado.—
— ¿Y bien?
— ¿Y bien qué?
— Que si te ha gustado.
El defensa no iba a negar que le había encantado, pero le daba vergüenza admitirlo.
— Tal vez...
— Necesito una respuesta clara, Aitor.
— Sí.
Riccardo sonrió, besando su mejilla.
— Oye... —murmuró el defensa.—
— ¿Dime?
— Creo... Creo que estoy listo.
— ¿Para qué?
— Para... Ya sabes. Besarnos y eso.
Di Rigo sonrió, algo enternecido. Sabía que no era la primera relación en la que estaba Aitor, pero también que abrirse a alguien era algo que le costaba mucho.
Volvió a ponerse sobre él, sin aplastarle, y acarició su mejilla. El peliazul volvió a mirar hacia él, algo nervioso.
— ¿Todo bien?
— Sí... Solo estoy algo nervioso.
— No tenemos por qué hacerlo.
— No, sí. Sí quiero.
— ¿Estás seguro?
— Mhm.
Sonrió.
— Está bien.
Se agachó un poco hasta que el aliento de ambos empezó a mezclarse y sus labios se juntaron. No fue durante mucho tiempo, solo un par de segundos, pero fue suficiente para transmitirse todo el cariño que se tenían.
— ¿Bien?
— Mucho... —sonrió Aitor, abrazandose a su novio, quien le dio un beso en la frente.—
Se escuchó un maullido a su lado, de nuevo Cleff pidiendo mimos. Ambos rieron y cumplieron el deseo del gato, acurrucandose en la cama del más alto y siguiendo con los besos, entre mimos y algunas risas tímidas.
