Work Text:
El silencio reina en la amplia y gigante oficina del Palais Mermonia. El sol atraviesa los largos vitrales azules, otorgando un cálido ambiente y la luz suficiente como para tener un nuevo día productivo en la vida del juez Neuvillette: recibir a la gente dependiendo de la apretada agenda y revisar y redactar documentos, antes de ir a celebrar un nuevo juicio programado para el anochecer. Levantándose de su cómodo asiento, el juez camina hacia uno de los estantes llenos de archivos, libros y documentos que se sitúa a su derecha. Su dedo índice le ayuda a examinar con mayor facilidad, hasta que encuentra los documentos de su interés.
De pronto, el suave golpeteo a su puerta, provocando un tímido retumbar entre las paredes, rompe el silencio del lugar. Neuvillette no le toma demasiada importancia y vuelve a sentarse para continuar con su labor de la mañana. A lo lejos, puede distinguir dos voces.
—¡Neuvillette, voy a entrar! —dice la primera voz, cantarina y estridente.
—¡L-lady Furina!, no puede irrumpir así como si nada —insiste la segunda, con un tono nervioso y preocupado.
—¡Descuida Sedene! Él tiene conocimiento de que vendría a esta hora.
La puerta de la oficina por fin se abre. La importante y despampanante Furina de Fontaine, actual arconte hydro, hace ingreso a ella. Su rostro iluminado y animado coincide con un suave tarareo que ella emite al caminar sobre la larga alfombra azulada. La melusina hace un gesto para detenerla, pero finalmente desiste y suspira en señal de derrota para devolverse a su escritorio y continuar con su labor.
Por su parte, Neuvillette no se toma la molestia de levantar la mirada, concentrado en la lectura de unos documentos que luego debe revisar. Cuando siente la presencia de la joven lo suficientemente cerca, su mirada por fin se alza para encontrarse con una radiante y emocionada Furina.
—¡Ah, mi querido Neuvillette! Trabajando como siempre —comenta ella, juntando sus manos enguantadas—, supongo que no has olvidado la promesa de esta tarde.
—Por supuesto que no, lady Furina —responde el juez, manteniendo su rostro estoico y sereno.
Observa por unos segundos a la arconte pasearse por el lugar, tratando de liberarse de la emoción que le es inútil disimular, Neuvillette vuelca su mirada otra vez a los documentos, permitiendo que Furina se pasee por el lugar con libertad. El silencio vuelve a pronunciarse salvo por el suave tarareo de la chica y el rasgueo de la pluma contra el papel. En medio de la escritura y redacción, Neuvillette siente la presencia de la arconte más cerca que nunca, más exactamente a su lado, observando lo que está escribiendo. Él deposita la pluma sobre el tintero y gira la cabeza hacia Furina.
—¡Lo siento! Lo siento, es que… —las palabras de Furina mueren en su garganta, pero ella rápidamente se la aclara con algo de exageración—. ¡simplemente procuro ver si haces bien tu labor!
—¿Y ese paseo por la oficina?, ¿también es parte de su inesperada inspección?
—¡Así es! —dice Furina, inflando su pecho de orgullo y esbozando una amplia sonrisa—, de vez en cuando tengo que cerciorarme que el gran y queridísimo juez de Fontaine cumpla bien su trabajo.
El juez sabe que los motivos de la presencia de Furina son otros, pero simplemente se limita a seguirle el juego, el guión de la obra . Sostiene la mirada y poco a poco la sonrisa confiada de Furina se convierte en una nerviosa. Ella comienza a jugar con sus manos y retrocede unos pasos.
—¿Qué? —inquiere ella y se observa a sí misma—, ¿tengo algo en el rostro?, ¿pasa algo?, ¿hay algo malo en lo que dije?
—No tiene por qué mentir mientras estamos solos —responde Neuvillette—, es evidente que está emocionada.
—¿Y qué si lo estoy? —se defiende Furina, realizando un pequeño puchero mientras se cruza de brazos—. A veces la arconte, o sea yo, necesita una tarde de entretención junto a su juez.
Entonces, Neuvillette se levanta de su asiento con sumo cuidado. Se acerca a Furina, invadiendo su espacio personal, se inclina un poco y aparta suavemente parte de su flequillo blanco. Le deposita un beso casto en la frente, gentil, delicado y dulce. Furina se sorprende ante el gesto y su rostro se colorea de rojo. Abre un poco los labios, pero de ellos no brota ninguna palabra. Su flequillo es regresado a su lugar con la misma delicadeza del beso recibido.
—Sé que estás impaciente por nuestra cita de esta tarde —dice Neuvillette, en voz baja y profunda.
Esta vez Neuvillette gana. Con las piernas ligeramente temblorosas por la cercanía, Furina trata de mantener la compostura, se aclara la garganta y mira al juez, con ojos desafiantes.
—Bien, lo admito, ¿estás satisfecho? Ahora vuelve a tu trabajo, sé que tiene mucho por hacer hoy.
—Si te pone feliz, te dejo escoger los dulces que quieras para acompañar el té.
Como por arte de magia, Furina se recompone, regresando a ella su semblante radiante y emocionada de antes. Neuvillette suspira satisfecho, con una diminuta sonrisa en el rostro y regresa a su escritorio.
—¡De acuerdo! Entonces, pensaré en los dulces para esta tarde —dice ella, con emoción—. Ten un buen día, mi querido juez.
Con pequeños saltos en su caminar, Furina se dirige hacia la puerta de la oficina. Antes de salir, ella se despide con gracia de Neuvillette con la mano y se retira del lugar. La oficina vuelve al silencio imperante del inicio.
—Buen día para ti también, lady Furina —murmura Neuvillette, tomando la pluma para continuar con su trabajo—. Yo también estoy
impaciente
por nuestra cita.
