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Había llegado el día.
Warlock acababa de cumplir seis años y ya no necesitaba niñera. Fue lo que dijo la señora Dowling. Nanny Ashtoreth debía irse.
Crowley mentiría si dijera que no le daba pena desprenderse del pequeño Anticristo. Le había cogido cariño en esos años, y el niño también a él. Pero no dependía de Crowley decidir.
Acababa de recoger sus escasas pertenencias, regalos de Warlock la mayoría, y se había asomado a la ventana a contemplar las vistas del inmenso jardín de los Dowling que Aziraphale se había encargado de cuidar.
A Crowley le gustaba asomarse y verlo trabajar. A veces, el ángel lo saludaba con una sonrisa que dejaba ver sus dientes postizos. El demonio, metido en su papel de niñera estricta que no se cansaba de hacer excepciones con el pequeño Warlock, torcía los labios. Su relación debía ser un secreto a pesar de haber pasado más tiempo juntos que nunca, compartiendo el día a día entre palabras formales y miradas esquivas.
Cada domingo, por alguna razón que quizás leyó en algún libro, Aziraphale dejaba una flor en la solapa del abrigo de la niñera. A cambio, Crowley susurraba un escueto gracias cuando se cruzaba con él. Había guardado cada una de esas flores, secándolas y plisándolas con meticulosidad, no sabía por qué, pero ahora formaban parte de sus tesoros más preciados. Recuerdos de los años que estuvieron allí; un parpadeo en la vida de unas criaturas como ellos.
Abajo estaban Warlock y Aziraphale, cuchicheando de a saber qué cosas. Seguramente el ángel estaría inculcándole alguna lección moral.
La comisura de sus labios rojos se curvó en una diminuta sonrisa.
Debería despedirse del jardinero.
Mientras tanto, a la sombra de un gran pino, Warlock escuchaba con escepticismo la historia de un hombre tan bueno que ni en el peor momento de su vida renegó de Dios. No estaba siendo un gran relato, pero sin duda era mejor que el repaso de la Creación que el Hermano Francis solía contarle.
De pronto, un ruido a su espalda lo sobresaltó. Reconoció esas pisadas, el sonido de la tela que hacía la falda de su niñera al moverse.
—¡Nanny, ¿ya te vas?! —preguntó angustiado cuando la vio tan arreglada y con la maleta en la mano.
—Oh, no, todavía no es la hora —respondió ella.
Sin embargo, tras el cristal opaco de sus negras gafas, su mirada no estaba puesta en el pequeño, sino en el jardinero.
Y éste lo sabía, podía sentir sus ojos sobre él.
—Joven Warlock, ¿qué te parece si me ayudas a montar un gran ramo para Nanny Ashtoreth? —El niño asintió con fervor, encantado con la idea—. Puedes empezar con aquellas margaritas de allí. —Señaló a un punto lo suficientemente alejado como para poder tener un momento de privacidad.
En cuanto Warlock los dejó solos, Crowley habló.
—¿Le estabas contando el cuento de Job?
—Bueno, tiene una buena moraleja.
—¿Le has contado la participación estelar de Bildad el Shuhita? —Reír no iba con el estilo de Nanny Ashtoreth, pero Crowley no pudo evitar salirse del papel por un momento. La cara del jardinero era demasiado graciosa, rodando los ojos hacia el Cielo—. Lo que sea... Venía a despedirme. Me voy en pocos minutos.
La noticia cayó sobre Aziraphale como un balde de agua helada. Sabía que la niñera se marchaba ese día, pero que lo dijera tan a la ligera y de repente... no se lo esperaba.
—Supongo que es un adiós. —No quiso sonar tan melancólico, pero era cómo se sentía. Habían pasado buenos momentos en casa de los Dowling; aquel cambio era el primero de muchos más, hasta los días del Armagedón.
—Desde luego lo es para la señora Ashtoreth, pero volveré pronto —declaró Crowley, sonriendo de forma misteriosa—. Están buscando tutores particulares.
Miró al ángel a través de las gafas, con una ceja alzada.
¿Entiendes, ángel? Esto no ha terminado.
Era un alivio saber que Crowley no se iba del todo, ya que, sin él, su presencia allí carecía de sentido. El ángel solo trataba de contrarrestar la influencia del demonio sobre el Anticristo; sin demonio, su trabajo terminaba.
Además, le vendría bien cambiar de aspecto por un tiempo.
—Suena interesante —comentó, pensativo—. Quizás yo también pruebe a postularme. Empiezo a estar harto de esta apariencia.
Crowley asintió. Convertirse en tutores particulares era una buena idea ahora que Warlock se hacía mayor. Más adelante volverían a casa de los Dowling, pero nadie se acordaría de ellos porque serían otras personas que jamás habían estado allí antes.
Por el momento, Nanny Ashtoreth debía despedirse para siempre.
—En fin. —Carraspeó, y con mucha elegancia, alzó la mano y la dejó colgando, extendida hacia él—. Ha sido un placer trabajar contigo.
El jardinero observó la mano, y un ligero rubor iluminó su rostro cuando comprendió lo que Crowley quería que hiciera.
—El sentimiento es mutuo, mi Lady.
Con mucho cuidado y delicadeza, tomó aquella mano tan ligera como una pluma. Los dedos de la niñera eran suaves, todo lo opuesto a los suyos, ásperos y manchados de tierra. Lentamente se agachó y dejó un beso en su dorso. Y al instante en que sus labios tocaron la piel del demonio, ambos sintieron una corriente eléctrica atravesarlos por completo.
Sus miradas se cruzaron sin importar el cristal de las gafas de Crowley.
Una llama se había encendido en el interior de ambos. De pronto tenían unas ganas irrefrenables de abrazarse, de sentir aquellos cuerpos mortales, probar el sabor de un beso como aquel pero diferente, en la mejilla, en la frente. ¿Y si se besaban en los labios, como los humanos?
No habían olvidado lo que eran: un ángel y un demonio infiltrados para vigilar de cerca al Anticristo e intentar detener el Armagedón. Por supuesto que no. Por mucho que les gustaran sus identidades falsas, hasta el punto de creérselas ellos mismos, sabían que aquellos sentimientos estaban prohibidos para sus verdaderas formas.
Pero en aquel momento, en el jardín de los Dowling, se podían permitir ser, aunque fuera un segundo, Nanny Ashtoreth y el Hermano Francis; la niñera y el jardinero.
Nada más.
Dos humanos despidiéndose.
El beso quedó guardado como un secreto en aquel lugar, oculto bajo la sombra del gran pino del jardín, y ninguno lo mencionó jamás.
Un secreto que Warlock, que había sido testigo desde la distancia, guardó para siempre en los recuerdos de su tierna infancia.
Una historia que, en su imaginación, tuvo un final feliz.
