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Se estaba apagando.
Adiós, señor saqueador.
Poco a poco, como el rescoldo de la hoguera perdía su calor.
Vuelve a tus libros, a tu cómodo sillón.
Bilbo quería atender la herida de Thorin, evitar que se desangrara, pero el enano no paraba de hablar y, con cada palabra, su vida se iba apagando. Podía verlo en sus ojos, cada vez más nublados.
Planta esos árboles, disfruta viéndolos crecer.
La impotencia le estaba rompiendo el corazón. Algo habría que pudiera hacer por salvarlo, pero era incapaz de pensar con claridad. Demasiado asustado. Demasiado triste.
Thorin jadeaba en el suelo, luchando por respirar aunque se atragantara con su propia sangre y saliva. No para sobrevivir, pues ya había asumido su muerte cuando Bilbo llegó a su lado; sino para dedicarle sus últimas palabras al hobbit, su último aliento.
—Si más gente valorara el hogar por encima del oro, este sería un mundo más feliz —musitó con la mirada clavada en Bilbo, siendo su rostro todo lo que deseaba ver antes de partir.
A Bilbo le picaban los ojos. Quería llorar, pero las lágrimas no salían. No podía creer que aquello estuviera pasando; hacía pocos minutos, Thorin estaba peleando contra Azog y le había dado muerte. Por un instante, todo había terminado.
Pero ahora Thorin agonizaba, se estaba muriendo, y a Bilbo no se le ocurría nada para evitarlo. Justo cuando más lo necesitaba, su mente estaba en blanco.
Ante él, la vida abandonó el cuerpo de Thorin con una exhalación.
Te amo.
—No, no... —Intentó hacerle volver en sí, tapar mejor la herida, pero ya era tarde—. Nononono... Thorin, ni se te ocurra —susurró cerca de su oído—. Thorin, aguanta... aguanta, por favor.
Todo eso era inútil.
Se había ido. No podía escucharle.
Y las lágrimas acudieron a sus ojos por fin, como cascadas desbordándose. Lágrimas amargas, de un corazón hecho pedazos y un alma partida en dos.
Te amo.
Antes de morir, Thorin le había dado un regalo más, aparte de pedirle perdón por haber perdido la cabeza por culpa de la Piedra del Arca.
Te amo.
Un susurro apenas audible que Bilbo no habría escuchado si no hubiese estado tan cerca de él. Una confesión que, por una fracción de segundo, le había hecho feliz, para luego arrancarle la felicidad y convertirla en pena.
—Yo también te amo —suspiró de vuelta, a pesar de que Thorin ya no estaba allí para oír su voz; simplemente necesitaba decirlo—. No te vayas, por favor, no me dejes solo.
Abajo, en el valle, la batalla continuaba mientras Bilbo lloraba sobre el cadáver de Thorin, aferrado a sus ropas, limpiando la sangre y el sudor de su rostro, peinando sus cabellos azabaches. Podría estar toda la vida haciéndolo, cuidándolo del paso del tiempo y del olvido.
¿Cómo iba a volver ahora a sus libros si no había a nadie con quien hablar sobre su lectura?
¿Qué sentido tenía plantar aquellos árboles si su sombra sería demasiado grande para un hobbit?
Se sentía estúpido. Por pasarse el viaje entero añorando su hogar y no ser capaz de ver que tenía delante al amor de su vida.
¿Qué sentido había ahora en la palabra hogar si no tenía a nadie con quien compartirlo?
No podía dejar de llorar y hacerse esas preguntas. Sabía que debía afrontar la pérdida y superarla, y rápido. La batalla aún no había acabado, no había tiempo para el llanto mientras más gente moría. Y, sin embargo, por una vez se permitió ser un poco egoísta y seguir a su destrozado corazón.
Se secó las lágrimas y se levantó. No había flores en aquel paraje inhóspito y desolador, pero colocó algunas piedrecitas dispuestas en formas geométricas alrededor del cuerpo, y después se arrodilló a la izquierda.
—Por favor —rogó—, que allá donde esté no le falte de nada y pueda vivir en paz.
Con los ojos cerrados, las manos muy juntas y el pulso acelerado.
Tan concentrado estaba que no se dio cuenta de la magia que estaba acumulando con su rezo. Ni siquiera se estaba refiriendo a ningún Valar en concreto. Simplemente se estaba centrando en agradecer a Thorin por todo lo que había hecho por él, improvisando un funeral como los que hacían en Hobbiton.
Entonó una parte de una canción. No había tiempo para cantarla entera, pero sí podía dedicarle a Thorin la parte que más le recordaba a él, si su voz no se quebraba en el intento.
To these memories I will hold
With your blessing I will go
To turn at last to paths that lead home
And though where the road then takes me
I cannot tell
We came all this way
But now comes the day
To bid you farewell
Los cuernos de guerra sonaban en la distancia.
Solo quedaba una cosa más.
Despacio, se acercó al rostro inmóvil de Thorin. A tan poca distancia podía apreciar más los detalles que tanto le habían cautivado. Thorin era hermoso e, incluso en la muerte, seguía teniendo ese porte elegante y rudo al mismo tiempo, propios del rey enano que era.
Conteniendo el aliento, posó sus labios sobre los fríos y mortecinos labios del cadáver, y dejó en ellos un primer y último beso, el único que le daría, depositando en él todos aquellos sentimientos que se había estado guardando durante el largo viaje. Admiración, cariño, amistad, amor. El amor más puro y profundo que jamás había sentido antes.
Una lágrima cayó sobre la mejilla de Thorin, que de forma inexplicable estaba menos pálida que hacía un segundo.
Confundido, Bilbo contempló cómo el color regresaba a la piel de Thorin, cómo sus pulmones volvían a funcionar, y sintió a través de la ropa cómo su corazón latía de nuevo. La vida volvía a su cuerpo. Sin explicación lógica, pero estaba ocurriendo, lo estaba viendo con sus propios ojos como había visto su muerte.
Bilbo desbordaba emoción. Los surcos que las lágrimas habían dejado en su rostro aún estaban húmedos, pero él estaba sonriendo.
Pero se dio cuenta de que algo iba mal. Todo el cuerpo de Thorin volvía a la vida menos su mirada, que seguía apagada. Y tampoco estaba respirando bien, por mucho que su pecho se moviera. No sabía cómo actuar porque no entendía qué estaba pasando, así que hizo lo mismo que antes: seguir su corazón, hacer caso a su instinto.
Acunó el rostro de Thorin con las manos y habló sobre su boca, en susurros.
—Thorin, despierta... Vuelve conmigo, por favor...
Volvió a besar sus labios igual que antes, con todo su amor.
Y, para su sorpresa, Thorin respondió.
Sus labios acariciaron los suyos con suavidad, devolviendo el amor que le estaba dando y obsequiándole el suyo. Una corriente eléctrica de sentimiento que solo dos almas conectadas como las suyas podían ser capaces de crear.
Cuando se separaron, Bilbo encontró los ojos Thorin más vivos que nunca. Eran grandes, más azules que el cielo y vibrantes de amor. Miraban a Bilbo con tanto cariño que el hobbit se sonrojó, pero no apartó la mirada a pesar de eso. No podía dejar de mirar esos ojos que se habían apagado frente a él.
—¿Estás...? —quiso saber si aquello era real, si de verdad Thorin estaba allí a su lado, vivo, pero se arrepintió antes de formular la preguntar por miedo a la respuesta.
—Vivo —contestó Thorin—. O eso creo. —Su duda era genuina. No entendía nada; lo último que recordaba era haberle dicho a Bilbo que le amaba antes de ser engullido por la oscuridad—. ¿Estás bien? —Acarició suavemente la mejilla de Bilbo, notando la humedad de las lágrimas que había derramado. Por él.
Bilbo esbozó una sonrisa y suspiró ante ese gesto.
—Ahora sí, Thorin —dijo antes de lanzarse a sus labios de nuevo para no separarse nunca jamás.
En el valle, la Batalla de los Cinco Ejércitos llegaba a su fin. El Bien había derrotado al Mal y los enanos habían recuperado la Montaña Solitaria.
Y sin saberlo, Bilbo había cambiado el futuro de la Tierra Media reviviendo a Thorin de su destino final.
Todo gracias a su acto de amor, que conmovió a Yavanna y Aulëe e hizo que ambos unieran sus fuerzas para intervenir en el curso de la vida, trayendo la de Thorin de vuelta.
En mitad de aquel beso que sabía a victoria, Bilbo le susurró te amo y, esa vez, Thorin lo escuchó.
—Te amo —respondió el enano sobre sus labios.
Aquel fue el primero en esa nueva vida.
Y allí, con la ropa todavía cubierta de sangre, Thorin decidió que se lo repetiría hasta el fin de sus días.
Te amo.
