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Characters:
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Language:
Español
Series:
Part 6 of Ocho formas de besarnos
Stats:
Published:
2024-04-29
Words:
1,092
Chapters:
1/1
Comments:
1
Kudos:
36
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1
Hits:
591

En la sede del FBI

Summary:

Volkov podía estar acostumbrado a ver a Horacio con ropa estrecha, pero nada le preparó para la imagen que vio al entrar en los vestuarios de la nueva sede del FBI.
Horacio se estaba probando frente al espejo el nuevo uniforme, igual que el anterior pero con los colores más vivos y algunos detalles más.
Pero Volkov no se fijó en nada de eso.

Notes:

Día 5: French kiss/apasionado

Something in the way she moves
Attracts me like no other lover
Something in the way she woos me
I don't want to leave her now
You know I believe and how

- Something, The Beatles.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Imagen del juego por Perxitaa (Twitch)

A Horacio todo le quedaba bien.

Era de esas personas que deslumbraban con cualquier cosa que se pusieran, desde unos simples vaqueros hasta tops, aunque Horacio estaba a otro nivel; deslumbrar se quedaba corto, más bien iluminaba las estancias donde entraba. Daba igual lo que llevara puesto, llamaba la atención de todo el mundo allá donde fuera, como un imán.

Y Volkov no era la excepción.

Estaba acostumbrado a verlo con pantalones ajustados. Los había usado desde que se conocieron, en la antigua comisaría de policía, cuando él era el comisario de hielo, encerrado en sí mismo, y Horacio solo un alumno que siempre se dirigía a él con una sonrisa encantadora mientras los demás preferían esquivarlo.

Mucho había cambiado desde entonces, pero esa cualidad de Horacio no. Llevaban dos años siendo pareja y, a pesar de la convivencia, Volkov se descubría muchas veces a sí mismo mirando embobado a su novio. Y le pasaba en cualquier sitio, sin importar donde estuvieran.

Como ese día.

En los vestuarios de la nueva sede del FBI.

Habían pasado un tiempo fuera de la ciudad mientras remodelaban el edificio. Volkov fue el primero en ver las nuevas instalaciones y saludar a las caras nuevas, gente joven deseosa de aprender. Les informó de que el director iría pronto y había llegado el día.

Se presentaron allí en el mismo coche. No les preocupaba que supieran que estaban juntos; aparte de aquel detalle, no era su estilo comportarse en el trabajo como los tortolitos que eran en privado. La mayoría de las veces. Porque Volkov podía estar acostumbrado a ver a Horacio con ropa estrecha, pero nada le preparó para la imagen que vio al entrar en los vestuarios.

Horacio se estaba probando frente al espejo el nuevo uniforme, igual que el anterior pero con los colores más vivos y algunos detalles más.

Pero Volkov no se fijó en nada de eso.

Al abrir la puerta, su mirada se topó con el culo de Horacio, comprimido en unos ceñidos pantalones negros y unas pistoleras cuyas correas envolvían y parecían alzar sus formados glúteos.

Se quedó bajo el umbral, procesando la visión que tenía delante.

—¿Qué tal me queda? —le preguntó Horacio, demasiado concentrado en su reflejo.

En ese momento, la mente de Volkov volvió a funcionar. Más o menos.

—Te... queda genial —respondió con dificultad.

—¿Solo genial?

Volkov tragó saliva. En automático, avanzó hasta él sin apartar la vista de su trasero.

—Estás perfecto.

Satisfecho con su respuesta, Horacio guiñó un ojo a su reflejo antes de mirar al ruso. Fue entonces cuando se percató de su estado.

—¿Estás bien?

Claramente no estaba bien. Volkov tenía una piel muy blanca y el rubor en sus mejillas se notaba con facilidad. Pero Horacio nunca antes lo había visto así, con la cara tan roja, las pupilas tan dilatadas que el azul de su iris había desaparecido tras ellas.

Y no lo estaba mirando a él.

Extrañado, siguió la dirección de su mirada, la cual le llevó a...

—¿Me estás mirando el culo? —preguntó queriendo sonar indignado.

La situación tenía su gracia. Volkov no era alguien que se excitara fácilmente; necesitaba mucho tiempo de carantoñas y estimulación previa, y estar en un ambiente en el que se sintiera seguro. Apenas tenía momentos de calentura, y la sede era el lugar más inesperado para que eso ocurriera.

Así que Horacio no iba a desaprovechar esa oportunidad. Si Volkov quería su trasero, eso mismo tendría.

Se giró por completo hacia él, lo tomó por las muñecas y puso sus manos en su culo, una en cada nalga, incitándolo a tocar. Los dedos del ruso reaccionaron clavándose en la carne y estrujándola. Y, Dios, Volkov suspiró de pura satisfacción.

Después de asegurarse de que no apartaría las manos de allí, Horacio lo obligó a agacharse hasta que sus labios estuvieron a punto de tocarse. Al ruso se le escapó un jadeo, lo que hizo que Horacio sonriera.

—¿Estás cachondo, Volki? —preguntó en voz baja, lamiéndose los labios, tentándolo.

Volkov asintió con la respiración pesada.

Ambos miraban los labios del otro con deseo. Querían besarse, pero ninguno daba el primer paso. Sabían que debían darse prisa, que cualquiera podría entrar por la puerta de un momento a otro y, aun así, la excitación era tan grande que no podían parar de jugar.

—Entonces, bésame ya —demandó Horacio por fin.

Y si se lo pedía así, tan necesitado, Volkov no podía hacer menos que complacer a su novio y darle un espectacular beso en el que sus lenguas se enredaran y sus dientes chocaran en la desesperación por unir sus labios. Horacio gimió y se aferró a sus hombros, y Volkov manoseó sus glúteos con ansia mientras desbordaba toda su pasión por la boca.

Hubo un instante en que se movieron y la espalda de Horacio chocó contra una de las taquillas. Éste se quejó y mordió el labio del ruso en venganza.

—Como me pones, ruso... —gimió buscando su boca de nuevo.

—Será mejor... que paremos ahora —musitó Volkov en un lapso de claridad.

—Mmm... lo sé, pero por qué tienes que ser tan aguafiestas.

—No está bien que hagamos esto aquí, y menos nosotros, querido mío.

Horacio resopló. Odiaba que tuviera razón en esas cosas.

—Vale —dijo alargando la a.

Pero antes de soltarse del abrazo, lamió sus labios y los abrió para un último beso, menos enérgico pero igual de apasionado. Un beso que prometía continuar con aquello más tarde, cuando estuvieran en la intimidad de su hogar.

—Si quieres puedo llevarme esta ropa a casa esta noche —sugirió al separarse.

—Estaría muy bien, sí —admitió Volkov, intentando imaginar a Horacio haciéndole un baile erótico en la barra de pole dance de su habitación con esos pantalones.

Horacio no daba crédito. Últimamente solía ser así. A él le gustaba insinuarse, pero no estaba acostumbrado a que le siguieran el juego y menos a que lo hicieran en serio como Volkov. Éste no ocultaba su deseo y amor por él, lo que hacía que sufriera constantes gay panics.

Sus mejillas se encendieron, rojo brillante e imposible de ocultar.

—¡Eres un guarro! —exclamó, desenredándose del abrazo de Volkov y esquivando sus ojos.

El ruso, en vez de negarlo, se rio.

Dejó que Horacio escapara de su alcance en dirección al pasillo. Mientras se alejaba, no pudo evitar seguir el movimiento de su trasero, y su pulso se aceleró con el recuerdo de los besos que acababan de compartir y del tacto de sus nalgas.

Respiró hondo.

Iba a ser una jornada muy larga.

Notes:

Este es el drabble de ayer, que salí y llegué a casa con 0 capacidad de pensar; intenté escribir durante 2 horas y solo logré hacer 2 párrafos medio decentes, así que dejé el trabajo para hoy... Intentaré reengancharme al reto, pero creo que iré un día por detrás.

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