Work Text:
Cuando Charles atravesó el espejo, encontró la oficina en un silencio sepulcral.
No se oía nada aparte del ruido amortiguado de la calle colindante. Ningún sonido de páginas al pasar ni las suaves pisadas de unas suelas de principios del siglo XX. Y era extraño, porque Edwin siempre estaba en la oficina, aunque no tuvieran ningún caso que resolver. Le encantaba estudiar al cobijo de la tenue luz de las lámparas y revisar el archivo de casos cerrados mientras la lluvia golpeaba los cristales.
—¿Edwin? —preguntó a la oscuridad.
Había pasado varias horas fuera con Crystal, hasta que se reunió con su psicóloga, a la que veía un día por semana. Quería reiniciar el rumbo de su vida y necesitaba algo de ayuda, descubrir la razón de por qué era como era en el pasado y arreglarla. A Edwin le parecía bien que saliera con ella, o eso creía.
La verdad era que Charles prefería no pensarlo.
Y aun así, los pensamientos se acumulaban en su mente.
Desde la confesión de Edwin a las puertas del Infierno, su relación había quedado estancada en un limbo, inconclusa. En ese instante no supo qué contestar. ¿Qué esperaba? Estaba desesperado por salir de allí, horrorizado por lo que había visto, preocupado por él y la tortura a la que estaba condenado si no conseguían escapar. Necesitaba tiempo para darle una respuesta, analizar sus sentimientos. Edwin era muy importante para Charles; más que sus padres o Crystal, por mucho que le atrajera. En su presente, aquella vida después de la muerte, solo lo tenía a él.
Durante los más de treinta años que llevaban juntos, se había cuestionado muchas veces lo que sentía por él, si era más que amistad o, al no haber tenido nunca amigos de verdad, estaba confundiendo las cosas. Quería estar seguro. Creyó que tendría más tiempo, después de tantos años de miradas cuando pensaba que Charles no lo veía y caricias sutiles, aunque ninguno las sintiera. No imaginaba que Edwin descubriría su sexualidad antes que él.
Y le había hecho daño con su dilema.
No hay nadie más por quien bajaría al Infierno, le dijo. Tenemos literalmente toda la eternidad para descifrar qué significa eso, le aseguró, como si eso le fuera a servir de consuelo.
Para Edwin, él no sentía lo mismo y punto.
Y quizás era así, pero...
Había algo más.
Crystal fue un punto y aparte. Le gustó desde el principio, al ver su foto. Le pareció guapa y luego la conoció y descubrió que era divertida y buena y, sobre todo, estaba viva. Su corazón latía con fuerza cuando la besaba. No podía sentir el contacto, pero ella sí, y a Charles le gustaba notar su energía vital fluyendo a través de su cuerpo. Era un tipo morboso de placer.
Lo suyo no era algo serio. Eran más amigos que novios. Amigos que se besaban de vez en cuando. Ninguno quería más. Entendían los inconvenientes que encontrarían si se hacían novios de verdad, lo difícil que sería para ambos que solo Crystal envejeciera mientras Charles era un adolescente para siempre, no poder formar una familia si quería, no poder caminar de la mano o ir a ningún sitio sin que pareciera una chalada que hablaba y reía sola.
Amigos con derecho. Así lo había definido Crystal. No sabía por cuánto tiempo, pero suponía que hasta que ella conociera a alguien, y Charles estaba conforme con eso.
Si comparaba sus sentimientos por Crystal con lo que sentía por Edwin, podía encontrar muchas diferencias.
Una era esa temporalidad.
No le importaba saber que, algún día, Crystal empezaría a salir con un chico, que quizás se casaría y tendría hijos con él y moriría de anciana a su lado. Sin embargo, la angustia que sintió cuando se llevaron a Edwin al Infierno fue desgarradora. No podía imaginar una eternidad sin su compañía, sin su figura sentada frente el escritorio, leyendo, alzando una ceja, sonriendo, haciendo deducciones sobre los clientes, siendo él mismo sin fisuras.
Perderlo sería para Charles como volver a morir.
Y ahora había vuelto a la oficina, donde se suponía que debía estar, y no estaba.
¿Dónde se puede haber metido?
La oficina no era muy grande.
Resopló, pensando en posibles lugares a donde pudiera haber ido mientras miraba a su alrededor, y se dio cuenta.
La luz de la alacena estaba encendida. Podía verla a través de la rendija entre la puerta y el suelo.
—Así que estás ahí, granuja... —murmuró para sí mismo.
Eran un poco mayores para jugar al escondite, pero Charles se había escondido alguna vez para asustar a Edwin, sin éxito. Te recuerdo que he estado varias décadas en el Infierno, decía.
Quizás se estaba vengando.
Sigilosamente para que sus pisadas no delataran que lo había encontrado, se acercó hasta la puerta y la abrió de golpe. Al hacerlo, soltó una exclamación ahogada.
Edwin estaba allí, pero no escondido como esperaba.
Estaba dormido.
Sentado en el suelo en una esquina del habitáculo, con las piernas encogidas y un pequeño libro sobre ellas.
Tenía la cabeza apoyada en la estantería, un poco hacia un lado. Parecía una posición incómoda, pero sus cuerpos carecían de huesos y músculos por los que pudieran sufrir dolores, así que era lo de menos. Lo que extrañó a Charles fue el hecho de que estaba durmiendo, un acto demasiado humano. Ellos no dormían, no lo necesitaban. Y allí estaba Edwin, con los ojos cerrados y la consciencia en otra parte.
También era extraño el libro que estaba leyendo. Tan pequeño. Charles no lo había visto nunca.
Se acercó con cuidado para ver si podía averiguar de qué trataba, y la revelación lo confundió más. Sí había visto ese tipo de libro antes, pero no en la oficina, sino en la habitación de Niko.
Era un manga.
Un manga de los que ella leía.
Un manga en el que chicos se enamoraban.
—Charles... —susurró Edwin en sueños.
Si lo tuviera, los latidos del corazón de Charles se habrían acelerado.
Porque mientras él trataba de comprender lo que sentía por Edwin, éste debía conformarse con soñar que vivía las historias de amor de personajes ficticios.
En ese momento, Charles supo una cosa: que quería a Edwin más que a nada ni a nadie; más que a un amigo o un amante.
Amor.
Lo que sentía por Edwin era amor en su sentido más puro y completo.
Quizás no era lo que Edwin consideraría como un sentimiento recíproco, pero era lo que sentía. Quería decírselo cuanto antes, pero no quería despertarlo, sacarlo de ese mundo onírico en el que era tan feliz.
Su confesión podía esperar.
Le dio un beso en la frente, depositando en él todo ese amor, aunque sabía que ninguno de los dos podía sentirlo. Y se quedó allí, viéndolo dormir y suspirar su nombre. Cuidando su sueño.
—Oh, Edwin. Si pudieras entender cuánto te quiero —dijo en un susurro apenas audible, deseando introducirse en su inconsciencia y acariciarle el alma—. Te quiero, Edwin Paine.
Y eso no iba a cambiar jamás.
