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Hasta que pase la tormenta

Summary:

Al miedo atascado en la mirada se le aplaca con la verdad. Brutal, sincera, desnuda y suicida.
La verdad de la certeza de que, pase lo que pase, la elección del corazón es irrevocable.
"Deja que me quede un rato más aquí, sólo hasta que pase la tormenta.
Y antes de que te des por vencida, piensa que es la única vida que podemos compartir".

Notes:

Yo debería estar escribiendo un TFM y corrigiendo una Tesis Doctoral, y haciendo las miles de millones de cosas que tengo pendientes, pero claro, hay una fuerza superior que tira de mí y me obliga a otras cosas, cosas como escribir esto forzada por las circunstancias imperiosas de un fin de semana sin capítulo en la serie y con un final de infarto el viernes. No es muy largo, ni creo que sea gran cosa, pero espero que podáis disfrutar de navegar conmigo por lo que me encantaría que pasara mañana entre Marta y Fina, y que así se os haga un poco más llevadera la espera.
Como me pasa siempre, esta historia tiene banda sonora, y os ruego de corazón que escuchéis la canción mientras leéis, porque todo tiene mucho más sentido, y aquí especialmente, porque la canción se entrelaza con la historia.
Ya me contaréis qué os parece!
Nos leemos pronto!

 

DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen. Son todos obra y milagro de los guionistas de la serie. Yo sólo los tomo para pasarlos por mi imaginación y darles una pequeña vuelta.

Work Text:

BANDA SONORA: Hasta que pase la tormenta - Despistaos & Dani Martín


 

Deja que me quede un rato más aquí, sólo hasta que pase la tormenta.

Marta de la Reina lo tiene clarísimo. Nunca antes en su vida ha tenido nada tan claro. Por eso no le ha temblado el pulso ni lo más mínimo cuando unas horas antes ha confirmado a su marido que sí, que no hay que ser un lince para darse cuenta de que, efectivamente, le molesta hasta que le toque. No tiene ni idea de dónde ha sacado la valentía para hacerlo, pero se ha asegurado de que lo comprendiera a la perfección. Querido, lo siento muchísimo. Ha pasado demasiado tiempo, estoy confundida, me siento muy lejos de ti y tantos meses separados nos han apartado. No sé qué es exactamente lo que siento y sí, me resulta tremendamente incómodo que juegues a agasajarme y manosearme con besos y arrumacos forzados y no correspondidos como si nada pasara. Ah, y necesito tiempo y soledad para aclarar mis ideas –a parte de que por supuesto tenía un imprevisto que resolver en Madrid con la ayuda de Fina, porque una mentira piadosa más no hace daño a nadie–, y por eso voy a aprovechar a quedarme aquí –remarcada e insistentemente– sola, para pensar en el rumbo que están tomando muestras vidas. Quizás en eso último se ha pasado de melodramática, pero ha surtido efecto, porque ha sido el golpe de gracia para mandarlo con viento fresco de vuelta a Toledo. Ya lidiaría con las consecuencias –que las habría, por descontado– por la mañana. Porque ahora mismo toda su atención está destinada única y exclusivamente a venerar cada milímetro de la piel de la señorita Fina Valero. Si su marido –que había acudido a toda prisa en su búsqueda convencido de que iba a encontrarla entre las sábanas con otro hombre–, la viera ahora mismo, seguramente moriría del infarto. Poco se imagina su estrechez de miras que la falsa tranquilidad por su hombría salvaguardada con la que se había vuelto a casa estaba, en realidad, por los suelos. Porque no, no se quedaba en Madrid con su empleada, sino con la única persona que había logrado despertar en ella un Universo que no imaginaba que podía llegar a existir, y lo había hecho con sólo rozar la punta de sus dedos.

Pero poco le importa todo eso en este instante a Marta de la Reina, que lleva tanto tiempo navegando en los ojos castaños más bonitos que existen sobre la faz de la Tierra que teme haberse perdido allí para siempre. Aunque no le importaría en absoluto, porque no existe un lugar donde le apetezca más estar. Le duele la mandíbula de tanto sonreír y ni siquiera lo nota, de tan absorta que está en la tarea de hablar en el silencio de todo lo que no es capaz de pronunciar en voz alta.

–¿Estás bien? –escucha susurrar a Fina desde un lugar muy muy lejano que en realidad está a dos palmos de su rostro.

–Claro que sí –traga saliva para lograr arrancar el sonido a su garganta–. No podría estar mejor.

Fina sonríe tímidamente y alarga sus dedos para acariciarle el pómulo con delicadeza, y Marta recuesta su cabeza sobre su mano, disfrutando del calor que emana de su piel.

–¿Puedo besarte? –pide permiso la morena, desconcertándola. Su ceño se frunce rápidamente y, aunque trata de balbucear algo, no es capaz de construir una frase coherente antes de sentir el pulgar de su chica sobre sus labios para callarla–. No pienso hacer absolutamente nada con lo que tú no te sientas cómoda, Marta –afirma contundente, buceando en su mirada–. Lo único importante hoy es que tú estés bien.

Marta siente que el corazón podría explotarle en el pecho en un sólo segundo, y que, aún así, moriría feliz. No sabe si Fina es consciente de cuánto la cura escucharla decir eso, pero intuye que sabe mucho mejor de lo que piensa lo muchísimo que la presencia de un hombre que la violenta por derecho legítimo afecta a su relación con la intimidad. Un par de lágrimas de alivio ruedan por sus mejillas y son rápidamente recogidas por las manos que la acunan con mimo.

–Por favor –suplica en un murmullo casi inaudible mientras pega su frente a la de Fina–. Por favor, Fina. Bésame.

 

Déjame, que puede que no vuelva a sonreír, quédate conmigo y me orientas.

El recuerdo de lo vivido la paraliza hasta hacerle sentir que va a ahogarse. "Uno, dos, tres, cuatro,...", enumera mentalmente una vez más. Llena de aire sus pulmones y lo expulsa muy lentamente, con los ojos cerrados. El proceso, por mucho que lo repita en bucle, no consigue calmar ni por asomo el ritmo desbocado de su pobre corazón. No puede más, está al borde del colapso. Por increíble que le parezca, no se siente capacitada ni para salir de su habitación y bajar a desayunar con toda su familia. Siempre ha sido una gran actriz, pero hoy no tiene la mínima fortaleza necesaria para aparentar una normalidad que está muy lejos de sentir. De hecho, es lo suficientemente pronto como para poder saltarse todo el paripé poniendo la excusa de que tiene mucho trabajo en la tienda. Al fin y al cabo, su estómago tampoco admite comida porque, aunque de madrugada ha tenido que vaciar un par de veces su contenido en el baño, no ha dejado espacio para nada nuevo. El regusto del alcohol en su resaca le recuerda que, por desgracia, no se ha imaginado todo lo que ha sucedido la noche anterior. Necesita desesperadamente escaparse de esa estancia que hace sólo unas horas ha sido testigo de cómo se firmaba su sentencia de muerte, pero no puede abrir la puerta.

Jaime sí que se ha largado hace ya un buen rato, lo ha escuchado marcharse mientras fingía dormir, aunque no ha pegado ojo en toda la noche. La ha pasado sentada sobre la taza del váter, acallando en la toalla su llanto y luchando por controlar la angustia. Le habría encantado haber podido pegar un par de puñetazos a la pared para aliviar el dolor desgarrador de su pecho, pero ha tenido que obligarse a contenerse. Él no ha tenido ningún problema en roncar a pierna suelta en cuanto ha dejado caer su cuerpo sobre ella, satisfecho de haber logrado su objetivo. Ni siquiera se preocupó de no aplastarla antes de quedarse dormido, y ella tuvo que forcejear con su peso muerto para lograr salir de ahí, procurando que el temblor de sus manos y los gritos descorazonadores que su alma trataba de liberar no volvieran a despertarlo.

Está destrozada, no hay una palabra más adecuada para calificar su estado. Completamente deshecha. Se siente anulada e invalidada como mujer, y se da tanto asco a sí misma que apenas ha podido mirarse al espejo. No es más que una traidora que no ha conseguido respetar a la mujer que ama, y aunque no ha dejado de pensar en ella ni un sólo minuto, siente que le ha clavado un puñal en cada una de las caricias que ha permitido sobre su piel, y en cada beso que no ha rechazado. Ella no ha devuelto ni uno sólo de esos gestos aparentemente cariñosos y esperables en la intimidad de un matrimonio, pero aún así la ponzoña de la infidelidad cometida hacia ella la envenena y la desangra en dolorosos lagrimones imparables. Es un ser despreciable, porque tampoco cree que en ese sentido su marido salga bien parado. También le está engañando, aunque no sienta ningún tipo de compromiso ni lealtad hacia un hombre que desde que ha llegado se ha preocupado más bien poco de nada que tuviera que ver con ella, más allá de asegurarse de marcar sobre su cuerpo un territorio que su padre le ha convencido de que estaba en peligro. Más que en peligro, lo ha perdido por completo, pero no por lo que él está imaginando. Se lo ha arrebatado irremediablemente alguien bien distinto, sin demostraciones de fuerza ni ostentaciones de grandeza y poderío, sino simplemente a través de un amor real y honesto. Y ella a cambio la está destruyendo después de que ha elegido quererla por encima de todo, conociendo todos los obstáculos con los que se iba a encontrar por enamorarse de una mujer en su situación. Su Fina, su pobre Fina, que está sufriendo lo indecible mientras ella se dedica a añadir aún más piedras sobre su espalda. No puede ni imaginar el daño que va a hacerle, una vez más, y la rompe en mil pedazos pensar que muy probablemente y con toda la razón, quizás no pueda perdonarla.

Se ha frotado la piel hasta casi arrancársela bajo el agua de la ducha, en un intento desesperado por borrar de ella algo que sabe que no va a poder olvidar, porque ha sido la gota que ha colmado el vaso. Una no puede volver a lo mismo de antes después de haber descubierto que se puede amar sin exigencias ni expectativas que cumplir. Que es posible cuando lo único que se pretende es demostrar a la otra persona cuánto la quieres y no cuánto la dominas. Poseer puede ser un verbo maravilloso al aplicarlo al deseo expreso de envolver a quien amas hasta llevarlo directamente al cielo. Ahora lo sabe, porque ahora se lo han enseñado y, aunque ignora cómo va a hacerlo, antes de coger aire por última vez para salir de ese maldito cuarto y escabullirse por la puerta del servicio y así abandonar la casa sin ser vista, se jura que no va a consentir volver a pasar por esa tortura en lo que de ella dependa, sin importar las consecuencias que pueda acarrearle, porque se lo debe a sí misma y, sobre todo, a la mujer a la que ha entregado su corazón y que no se merece tener que soportar también esta humillación.

 

Deja que me quede un rato más aquí, quiero que me apuntes en tu agenda.

Fina no ha querido preguntar cómo ha conseguido deshacerse de Jaime y que su plan de pasar la noche solas en Madrid siguiera adelante. No sólo eso, sino que ha rehuido cualquier tipo de explicación. Se ha limitado a obedecerla cuando tras un par de segundos infinitos –en los que seguramente evaluó todos los posibles escenarios mientras ella sólo podía imaginarse a sí misma golpeada y entre rejas–, le tendió la bolsa de la compra y unas llaves que ella también llevaba en su bolsillo, aunque el hombre no pudiese ni imaginarlo, y le pidió que subiera y la esperara arriba. No quería hacerlo, pero tuvo que dejarla sola ante el peligro que representaba un marido que acababa de pillarla escapando de él con su empleada. Y gracias a Dios no había visto nada más, porque si no la escena habría sido radicalmente opuesta. Pero Fina se fue, y aunque le habría encantado descubrir cada rinconcito del apartamento junto a Marta, tuvo que entrar sola hasta la cocina para colocar los alimentos. No se movió de allí en todo el tiempo que tardó en volver, como un gesto de compromiso hacia ella y hacia lo que ese lugar significa para las dos, a pesar de la amenaza que las había sorprendido en la puerta. Se le hizo eterno, y sólo pudo respirar de nuevo cuando la encontró en el umbral y vio cómo se esforzaba por sonreírle con ternura mientras farfullaba un “listo” que no la dejó nada tranquila. A Fina no se le escapó que estaba temblando, pero prefirió dejarla hacer. En seguida se puso manos a la obra con lo que tenía previsto, para deleitar a su chica con una cena preparada exclusivamente para ella.

Fina se quedó junto a Marta todo el tiempo, compartiendo el silencio, abrazando su cintura y pegando su cuerpo a su espalda para darle calor, porque estaba helada. Besó su cuello, se inundó del olor de sus rizos y limpió con ternura y paciencia cada descarada lágrima que se escapó desde el profundo azul de sus ojos. No se encontraron cara a cara hasta que la rubia se dio por satisfecha con el plato preparado y se armó de valor para girarse hacia ella. Tenía la duda pintada en la cara, pero finalmente se inclinó hacia adelante para dejarse abrazar. Parando el tiempo, reduciendo el Universo al espacio inexistente entre sus cuerpos, apretándose con todas sus fuerzas porque ambas necesitaban sentirse. Las dos lloraron sobre el hombro de la otra entre caricias y susurros de cariño, dejando escapar la tensión y el miedo que las atenaza cada momento. Y se quedaron así hasta que se sintieron lo suficientemente consoladas como para poder tomarse de las manos, esforzarse por sonreírse y besarse por fin, no de la forma que planeaban cuando hace un rato llegaban al portal, con pasión y deseo desenfrenado, pero sí con amor y compromiso firme de apoyo incondicional, que en ese momento está por encima de ninguna otra cosa.

Y después cenaron en la mesita del salón, sentadas muy juntas para no dejar de sentirse cerca, sin dejar de rozarse cada vez que tenían una mano libre, a la luz de unas velas que Marta había llevado escondidas, porque esa mujer se preocupa siempre de que todo lo que depende de ella sea perfecto. Y claro, se emborracharon, porque había mucho vino y mucha pena que ahogar, y pocos obstáculos que las frenaran. Y así han llegado hasta este momento, en el que alternan miradas de deseo y besos húmedos sobre la escasa piel que tienen descubierta, sentadas en el sofá de su nueva casa, buscando envolverse la una a la otra con el amor que se profesan. Es Fina la primera que se atreve a desabrochar un botón, arrancando automáticamente un suspiro de la boca de la otra.

–Marta, yo… –se detiene, indecisa, obligando a su acompañante a entornar los ojos para enfocarla. No deja de acariciar su pecho por encima de la ropa, jugueteando con los botones de la chaqueta, pero sabe que no debe seguir sin hablar primero–. No quiero saber los detalles, no quiero hacerte pasar por eso ni quiero hacérmelo a mí –nota cómo la tensión se apodera de nuevo del cuerpo de Marta de la Reina al abrirle la puerta al dolor–. Pero sí necesito saber si te ha hecho daño, y si hay algo que yo pueda hacer para…

Marta la interrumpe acariciando sus labios con la yema de su pulgar mientras una sonrisa triste se pinta en su rostro.

–Tú ya estás aquí, Fina, y eso es todo lo que yo necesito.

–Es que no puedo soportar pensar que… –insiste la morena, revolviéndose.

–Lo sé, lo sé –Marta la rodea entre sus brazos y la arrulla con delicadeza mientras traga saliva con dificultad–. Vamos a dejarlo fuera de aquí, porque aquí dentro sólo existimos tú y yo, ¿te parece bien? –Fina resopla e intenta protestar, pero el abrazo en el que se ha visto atrapada le impide la resistencia–. Fina –Marta pronuncia su nombre firmemente justo antes de morderse el labio inferior y obligarla a mirarla a los ojos–, no sé si eres capaz de hacerte una idea de cuánto significa para mí que estés aquí conmigo a pesar de todo, pero quiero que sepas que es muchísimo más que suficiente. Tú hablas de que yo hago cosas importantes por ti pero, para mí, que tú estés conmigo… –roza su nariz con la de ella y besa sus labios intensamente antes de susurrar sobre ellos–. …lo es todo.

–No se me ocurre un lugar mejor en el que estar, Marta –responde con simpleza, y sin poder contenerse más, se lanza para atrapar sus labios con todas las ganas acumuladas de tantos días sin poder hacerlo libremente–. Te quiero –masculla en su cuello cuando se detiene a coger aire.

Marta sonríe y se limita a incorporarse y tirar de su chica para que haga lo mismo, y así poder guiarla con serenidad hacia su habitación.

 

Deja que me quede y nunca más me vuelva a ir, no me dejes ser sólo a medias.

Se ha preocupado muy mucho de hacerle entender, sin dejar el más mínimo espacio a la duda, que su corazón late única y exclusivamente por ella. No se había declarado nunca en su vida. Tal vez en alguna ocasión ha dejado caer una frase cariñosa acompañada de algún ‘te quiero’, sin grandes elocuencias que se salieran del papel diseñado para una mujer como ella. No le ha hecho falta, porque jamás ha necesitado mostrar abiertamente sus sentimientos, o al menos eso es lo que ella ha sentido siempre. Ha venido todo dado, y nunca ha tenido que decir una palabra más alta que otra respecto a este tema.

Pero claro, hasta ahora nunca le han ardido las entrañas por la desesperada urgencia de gritar a los cuatro vientos que lo que está sintiendo por otra persona la consume. Hasta ahora, claro está, porque ahora todo es nuevo y diferente. Incluso ella es una mujer nueva y completamente distinta a quien creía ser. Para la mujer que ha sido antes, eso de reconocer lo que lleva por dentro, sencillamente no entraba en sus planes. Y, desde luego, mucho menos así, como se ha atrevido a hacerlo la mujer que ahora es. De esa forma tan brutal y tan sincera, tan desnuda y suicida, sin paracaídas ni botón de reseteo, sintiendo a muerte las palabras que pronuncia con cautela, como si estuviera vertiendo en cada una de ellas una gota de la vida que desea regalar a quien le escucha. Sangrando en voz alta secretos muy bien guardados que al escaparse de entre sus labios dejan de pertenecerle en exclusiva. Y es tan sincero, y tan brutal, y tan suicida, que al silencio que le sigue le acompaña un vacío inmenso, el vacío que deja la verdad al abandonar el pensamiento y convertirse en realidad, y que, al mismo tiempo, se rellena de una potencia indescriptible y desconocida para ella que la hace sentir que puede con cualquier cosa.

No ha entrado en la tienda con el discurso planificado. Sabía que debía decir algo lo suficientemente contundente como para que en la cabeza de su interlocutora no quedase espacio para que la incertidumbre la engañase ante la nueva adversidad. Debía ser firme, pero no porque las palabras sean en sí relevantes, sino porque de ellas depende todo lo que sus acciones puedan demostrar después. Y eso sí es mucho. De repente todo se ha vuelto tan complicado que mantener junto a ella a lo mejor que le ha pasado en la vida baila sobre la cuerda floja de las decisiones que tome desde este momento. Y por ello, sin pensarlo demasiado, decide sobre la marcha que al miedo que lee en sus ojos sólo puede aplacarlo con la verdad. Con la verdad y con la promesa muda que se hace a sí misma de que debe evitar hacerle más daño del que ya tiene encima, aunque sabe objetivamente que es muy difícil que pueda cumplirla. Pero justo por eso, sabe que es crucial lo que diga, y permite que salgan palabras que jamás pensó que ella podría articular, y suelta sin control todo lo que siente. Que es a ella a quien quiere por encima de todo y de todos, pase lo que pase, porque, aunque quiera negarlo, pasará. Y se lo dice así de claro, desesperada porque lo tenga presente. Porque su dolor va a ser igual de grande si rompe esa promesa, pero a ella lo que le importa es que la mujer a la que ama sepa que piensa en ella cada segundo de cada instante. Porque es el amor de su vida, y se lo dice así, sin adornos ni edulcorantes. La pura realidad, no necesita ni pensarlo, pero ella sí requería escucharlo. El amor de su vida. Sencillo y honesto, sanador y liberador. El grito de euforia que se queda atrapado en su garganta hace que le tiemblen las piernas. Le ha dicho la verdad, desnuda y directa, y se muere de nervios y de miedo, pero la chispa que ha encendido en sus ojos le obliga a creer que es suficiente para poder resistir a lo que pueda llegar. Y no hay tiempo para más, porque el amor clandestino se vive entre las sombras y las interrupciones, pero ella ha logrado arrancar de sí misma exactamente lo que la otra se merecía recibir. Y no por cumplir con ella, ni como una obligación, sino porque la libertad de amar a quien uno quiere es apremiante en el deseo de compartirlo absolutamente todo.

Por eso, cuando tiene que alejarse de ella forzosamente sin poder besarla ni abrazarla, y se siente atontada y perdida, y necesita apoyarse en la pared del almacén tras salir por la puerta del muelle de carga para recuperar el aliento, lo que nota en su cuerpo es que parece que ha despegado sus pasos del suelo y ahora camina por el aire, como si acabara de entrar en una nueva dimensión. Una dimensión en la que se ha rajado el pecho por la mitad y no se ha guardado absolutamente nada. En la que, a pesar de la debilidad que supone mostrar todas sus cartas, se siente fuerte e invencible porque sus palabras han sido acogidas, y espera que comprendidas, por quien debía recibirlas.

No se ha declarado nunca antes, pero ahora que por fin lo ha hecho, sólo desea poder seguir haciéndolo cada día de todo el resto de los días que le queden por vivir. Porque está segura de que los colores del mundo son mucho más intensos cuando tienes la certeza de que la persona por la que te mueres sabe a ciencia cierta que la quieres tanto, tanto, tanto, que darías tu vida por hacerla feliz. Y estar seguro de algo así, merece –y mucho–, el riesgo que implica exponer el corazón una vez detrás de otra.

 

Deja que me quede un rato más aquí, deja que remiende tus heridas.

–Voy a gritar tu nombre hasta que me quede sin voz.

La confesión pilla a Fina por sorpresa, tanto que se queda congelada y sus ojos se abren como platos. Apoya sus manos rápidamente sobre el colchón para incorporarse y poder encontrarse con la mirada encendida de deseo de la rubia que le ha robado el corazón y la existencia, absolutamente convencida de lo que dice entre jadeos. Hace ya un rato que su ropa se perdió por el suelo de la habitación, y sus pieles brillan en sudor sobre las sábanas.

–Esta es nuestra casa, estamos en nuestra cama –continúa hablando entrecortadamente–, y te juro que pase lo que pase esto no lo va a cambiar nadie –Fina la besa apasionadamente, sellando el pacto.

–Tú eres mía, Marta de la Reina –responde, incapaz de encontrar nada mejor que decir–. Y pienso besar toda tu piel para que no lo olvides. Te quiero, y no voy a dejar de hacerlo nunca.

–Yo también te quiero, Fina –afirma mientras le acaricia el pómulo–. Y sí, soy completamente tuya, y tú completamente mía. Y no te imaginas cuánto te deseo…

Y es ese deseo febril y enfermizo, pasional y desbocado, el que empapa las paredes de calor y gemidos delirantes que las conducen directamente al abismo del placer compartido.

 

Esas que yo misma hace unos días descosí, déjame ser tu paracaídas.

No sabía si iba a encontrarla en la tienda porque no le toca a ella abrir, pero supuso bien cuando intuyó que la noche tampoco habría sido fácil para ella y que se habría refugiado en el trabajo para no pensar demasiado. Se queda admirándola bajo el quicio de la puerta sin ser descubierta. No tiene muchas oportunidades de hacerlo, así que siempre que se alinean los astros y se da la ocasión, la aprovecha para memorizar cada uno de los gestos y detalles que se le escapan cuando no se sabe observada.

Es tan preciosa que Marta siente que pierde el equilibrio y necesita recostarse contra la madera al pensar que toda esa belleza, esa fuerza incontrolable, la fragilidad que la hace tan valiente y decidida, el miedo y también la determinación, su cabezonería y su compromiso, le pertenecen a ella. Es un privilegio del que no se siente merecedora. Porque conlleva también la responsabilidad de cuidarlo y mimarlo, y aunque sólo unas horas atrás en ese mismo sitio le ha asegurado que iba a hacerlo como fuera y que la quiere por encima de todo, la realidad la ha atrapado poco después, bajándola a los infiernos del dolor más profundo. Lo segundo no ha cambiado en absoluto, si acaso se ha potenciado, pero lo primero la ha arrollado con toda su fuerza y le ha hecho comerse sus palabras. No ha podido, o no ha sabido negarse. El terror ante el escándalo la ha superado y ha sucumbido a algo que definitivamente no quería, pero a lo que se siente obligada. Y ahora tiene que lidiar con el desgarro en su alma y con el que va a provocar en el corazón que tiene delante.

Tan guapa, tan extraordinaria,... Y tan triste, es capaz de percibirlo aunque no esté viendo su cara. Desea con todas sus fuerzas poder sacarla de este mundo que es tan injusto con ella y llevarla a un lugar en el que lo único que esté permitido para ella sea ser completamente feliz. Pero no puede, porque eso es un imposible demasiado fuera de su alcance, y lo único que tiene es limitarse a quererla para convencerla de que, a pesar de todo el dolor, el amor puede salvarla siempre. A quererla con locura, y a decírselo, y a consolarla, y a prometerle abrazos que ahora no le puede dar y que se quedan en intensos y discretos apretones de mano, y a ser honesta a pesar del daño, y a asegurarle que, aunque le haya fallado, la realidad radical de su existencia es que en cada minuto de cada hora piensa sólo en ella.

 

Antes de que suene a despedida la tristeza sostenida que no deja de latir.

Hace ya mucho rato que sus respiraciones recuperaron el ritmo normal, pero ninguna duerme. No pueden. Así que se acarician, enroscadas entre las sábanas, y se colman de toda la atención y el mimo que las circunstancias les obligan a negarse cuando están fuera de ese oasis que acaban de inaugurar.

–¿Cómo de terrible va a ser tu vuelta a casa mañana, Marta? –Fina no puede reprimir la cuestión porque, aunque no ha querido saberlo, le preocupa muchísimo lo que haya podido pasar entre ella y su marido, y las consecuencias que pueda tener la vuelta a la realidad. Pero Marta sólo sonríe y prefiere ignorarla, acariciando su brazo de arriba a abajo y fingiendo que nada de lo que pasa va con ella.

–Esta es mi casa, Fina –responde, pero se lo piensa rápidamente y decide que es mejor puntualizar–. Nuestra casa.

–Ya sabes a lo que me refiero –insiste la morena, resistiéndose a dejarlo pasar. El chasquido de lengua que escucha a su lado le confirma que va a conseguir su objetivo.

–No importa –niega Marta, y se incorpora lo suficiente para poder rozar sus labios una vez–. Ya cruzaremos ese puente cuando llegue –y otra vez–. Ahora mismo lo único que existe para mí es la urgencia que siento por seguir disfrutando de ti –y una tercera.

–Vaya, Doña Marta, sí que es usted atrevida… –desliza Fina en un tono terriblemente sugerente, respondiendo a sus labios con la misma premura.

–No sabes cómo me gusta cuando me llamas así entre nosotras, con ese tono que pones que… –admite, y se estremece al sentir las manos de Fina recorriendo su espalda.

–¿Así? –juega la otra, seductora–. ¿Doña Marta?

–Pero no se te ocurra decirlo así fuera de aquí, porque… –la amenaza rápidamente tras volver a besarla entre risas.

–Pues claro que no, Doña Marta –susurra–. Sé esconder bien mis cartas –ambas sueltan una carcajada y pegan aún más sus cuerpos. Cualquier mínimo espacio entre ellas es excesivo–. ¿Sabes lo que me vuelve loca a mí? –bisbisea la morena junto a su oreja.

–¿Qué?

–Que me digas amor, así como me lo dijiste ayer, que yo quería matarte de la rabia que sentía y justo después de oírte ya no podía estar enfadada –reconoce, con el brillo de la emoción iluminando sus ojos.

–¿Amor? –se sorprende Marta–. Me lo pones muy fácil, Fina –ella se encoge de hombros, divertida, para darle la razón–. Anda, ven y deja que siga abrazándote, que yo en realidad lo único que quiero es seguir queriéndote,... amor.

 

Y antes de que te des por vencida,

piensa que es la última vida que podemos compartir.

(Hasta que pase la tormenta, Despistaos)