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Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2024-05-08
Completed:
2024-06-11
Words:
3,237
Chapters:
2/2
Comments:
14
Kudos:
48
Bookmarks:
4
Hits:
701

La mejor jugada

Summary:

Agustín volvió a posar los ojos en el collar. Se lo había quitado hacía un rato y no dejaba de hacerlo girar entre sus dedos. ¿Por qué estaba tan ansioso? No era la primera vez que jugaría un partido tan importante, ni siquiera era la primera vez que fuera a representar a su país. De hecho, en las tres ocasiones en que ya lo había hecho se había destacado de la mejor manera. Y, sin embargo, desde que se había anunciado el fixture de la Volleyball Nations League del 2024 que no podía tener un día de calma completa. ¿Tendría algo que ver... con que se enfrentaría a Yūki Ishikawa?

Notes:

Disclaimer: Los personajes están inspirados libremente en los jugadores Agustín Loser y Yūki Ishikawa, pero se trata de un trabajo de ficción fruto de la admiración por su desempeño y en ningún caso pretende incomodarlos o afectarlos de alguna manera. En este relato, se omite la existencia de la pareja actual de Agustín para beneficio de la trama, pero no se pretende cuestionar ni perjudicar su relación actual, la cual esperamos que le procure la felicidad que merece.

Advertencias: two-shot ubicado en torno al campeonato de la Liga de Naciones 2024. Fluff, friends to lovers.

Dedicatoria: para Xochiquetzaly Salazar.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Parte I

Chapter Text

Agustín volvió a posar los ojos en el collar. Se lo había quitado hacía un rato y no dejaba de hacerlo girar entre sus dedos. ¿Por qué estaba tan ansioso? No era la primera vez que jugaría un partido tan importante, ni siquiera era la primera vez que fuera a representar a su país. De hecho, en las tres ocasiones en que ya lo había hecho se había destacado de la mejor manera. Y, sin embargo, desde que se había anunciado el fixture de la Volleyball Nations League del 2024 que no podía tener un día de calma completa.

Se colgó el collar nuevamente, con el súbito miedo de perderlo por andar tonteando. Decidió que lo mejor sería salir a tomar aire, a fin de cuentas no tendría muchas oportunidades de visitar la ciudad y sería bueno llevarse al menos una imagen de las calles de la famosa Rio de Janeiro. Por suerte, el barrio en el que se hospedaba la Selección Argentina era ideal para dar un paseo, tranquilo y con casas llenas de jardines espléndidos.

Mientras caminaba, reflexionó sobre el curioso contraste que se generaba al jugar en un equipo extranjero y, a la vez, ser parte fundamental de la selección del propio país. En ambos espacios daba lo mejor de sí, pero era sin dudas extraño que su vida cotidiana se diera en Italia, hablando una lengua que no era la suya, para ser ocasionalmente extraído de allí y arrojado a jugar con colegas valiosos y cercanos por su nacionalidad y trayectoria, pero a los cuales estaba mucho menos acostumbrado.

En esta ocasión, además, había un factor que duplicaba esa extrañeza con la que de pronto se le volvía difícil lidiar: de entre todos los países de este mundo, Argentina iniciaría su participación en el campeonato jugando contra Japón. Y si Japón era un contrincante digno, ante el cual incluso ameritaba tener sincera preocupación, eran antes que nada porque allí jugaba el mejor atacante externo que hubiera tenido oportunidad de conocer: Yūki Ishikawa.

Cuando permitió que el nombre se formara en su cabeza, un temblor lo recorrió. ¿Qué estaba sucediendo con él? Sí, Yūki era su compañero en el Allianz Milano y sin dudas estar frente a frente en la cancha sería desafiante, aunque no fuese la primera vez que ocurría. Sin embargo, había mucho más que eso. Agustín lo sabía y apretó el paso para no reconocérselo a sí mismo.

El mismo día que se conocieron, Agustín se puso como objetivo trabar amistad con Yūki. Siempre tuvo claro el camino que debía hacer para avanzar en la vida y acercarse a quienes le generaban admiración le resultaba natural. Identificó de inmediato en Yūki a una persona disciplinada y fuerte, pero también con un enorme corazón, esa clase de personas a las que puedes confiarle tu vida en una emergencia. Era, además, un muchacho serio y quizás menos sociable que sus colegas, pero el carisma y buen humor de Agustín se dirigieron hacia él con una insistencia tal que no tardó en bajar sus barreras.

Se había convertido en su mejor amigo en el equipo y había además cumplido a la perfección el rol en su vida que Agustín esperaba de él: siempre animándolo a mejorar, acompañándolo, guiándolo más allá de su talento natural para alcanzar nuevos sueños. Se había habituado tanto a su presencia que a veces se preguntaba cómo hacían otros jugadores para sobrellevar la vida sin tener a Yūki a su lado. Aunque amaba el deporte y era capaz de ir hasta el fin del mundo para progresar en su carrera, estar lejos de su país y de su familia podía ser solitario e incluso ocasionalmente doloroso... y era esta amistad tan valiosa que había conseguido construir lo que impedía que cayera en aquel pozo de nostalgia. Tenía demasiado para alegrarse como para pensar en nada más.

De alguna manera, la idea de jugar sin Yūki en su equipo ya era lo bastante chocante como para que, además, fuera a encontrárselo del otro lado de la red. Esta clase de situaciones eran la prueba máxima: no solo debía ser el mejor para su querido país... debía también ser el mejor para Yūki. ¿Cómo podría permitirse un error frente a los perspicaces ojos de su compañero? ¡No! Debía lucirse. Debía brillar, tal como estaba seguro de que Yūki brillaría.

Pateó una latita de cerveza que se interpuso en su camino. Él sabía perfectamente que en estos nervios había más que eso. Había más que vóley. Había más que amistad. Suspiró.

Ya estaba girando sobre sus talones para regresar al hotel cuando su teléfono vibró con ese sonido particular que había puesto para él. Lo tomó de inmediato para ver de qué se trataba.

"Acabamos de llegar. Me dijeron que tu Selección llegó en la mañana. ¿Estás por aquí?". Y, a continuación, Yūki le adjuntaba sus coordenadas. El entusiasmo atravesó a Agustín de lado a lado. Conocía a su compañero demasiado bien. No debía de haber nadie tan distante como él de aquel estereotipo de estrella dicharachera, capaz de irse de copas la noche antes de un partido importante, desinteresado de las necesidades de su equipo y siempre dispuesto a la diversión fácil. No, si Yūki le escribía era en calidad de amistad verdadera y su encuentro sería uno de esos en los que dos personas hablan en voz baja, con el corazón en la mano todo el tiempo.

Sin pensar en lo que hacía, le contestó con un archivo de audio en español: "¡Ya estoy yendo!". No estaba demasiado lejos, por lo que, en un impulso, corrió hasta el sitio señalado. Yūki estaba esperándolo. Su expresión distante y formal de siempre se partió en una sonrisa apenas lo divisó a la distancia.

No obstante, la velocidad de la carrera de Agustín llegó a una abrupta interrupción. Dos pasos antes de su objetivo, se detuvo en seco, y ambos se miraron durante unos segundos, midiendo si era el momento adecuado para dejarse llevar o no. Al final, como si hubieran tomado una decisión conjunta en la conexión de sus almas, avanzaron el uno hacia el otro hasta darse un fuerte abrazo.

—¿Cómo puede ser que ya te extrañara, si nos vimos hace nada en Italia?

Yūki solo negó con la cabeza, sonriendo. El argentino era demasiado directo a veces y debía agradecer a su trayectoria internacional por poder comprender esas muestras de afecto sin intimidarse. Pronto estaban caminando uno junto al otro, comentando sus respectivos viajes mientras bebían un café caliente comprado al paso. Optaron por sentarse en los columpios de una plaza sencilla mientras se sumían en un ameno silencio.

Agustín echó una mirada de reojo al cuello de Yūki. Allí destacaba el pequeño collar, exactamente igual al suyo. Todavía recordaba el día que habían decidido llevar aquellas piezas gemelas. Las palabras que habían usado no terminaban de explicar por qué era tan importante para ambos la ceremonia de ponerle cada uno al otro su collar. Pero no hacían falta las palabras.

¿...realmente no hacían falta?

Jugueteó un momento con el vaso descartable ya vacío. Enseguida, Yūki se puso de pie y le tendió la mano para que se lo alcanzara. Agustín lo contempló llevar las dos piezas al tacho de basura más cercano. De pronto, tuvo la impresión de que sus ojos se demoraban más tiempo del necesario en la espalda baja de su compañero. Desvió la mirada y se rascó la nuca, algo avergonzado.

No obstante, cuando notó que Yūki ya había regresado y se mantenía de pie frente a él, algo en el fondo de su alma le dijo que tenía que llegar hasta el final. Se incorporó también y quedaron a escasos milímetros de distancia. Sus pechos podrían haberse tocado si hubieran respirado demasiado profundo.

—Espero que me des un partido difícil —dijo Yūki—. Si voy a ganarte, quiero ganarle al mejor.

Aquella provocación era normal entre ellos, pero esta vez Agustín no encontró en su mente la respuesta mordaz que podría haber esperado. Necesitaba decir todo lo que estos días lo había estado atormentando y que no había sido capaz de confesarse a sí mismo aún pero que, inevitablemente, estaba allí, en el fondo de su espíritu.

—Yūki, yo...

Los pocos centímetros que tenían de diferencia alcanzaban para que diera la impresión de que Yūki lo miraba desde abajo. Agustín tragó con dificultad. Observó sus labios apenas separados. Las mejillas se le colorearon. ¡Al diablo las palabras correctas! Dio un paso hacia adelante y unió sus rostros con un beso. Lo hizo con convicción, como lo hacía todo, pero también con la suficiente suavidad como para que el otro pudiera apartarse con facilidad, en caso de que le incomodara. No obstante, en lugar de hacer una cosa semejante, Yūki permaneció donde estaba... y abrió su boca para recibirlo.

Cuando se separaron, agitados, Yūki sonrió.

—Ahora... —empezó a decir, pero se interrumpió al escuchar una voz.

Ambos se voltearon y descubrieron que otro jugador de la selección japonesa se acercaba. Casi por instinto, pusieron distancia entre ellos, como si tuvieran algo que ocultar. Al llegar, el muchacho habló con Yūki en japonés. Tras oírlo, este se palmeó la frente.

—Olvidé quitar el modo avión de mi teléfono cuando llegamos... —Buscó a Agustín con la mirada para traducir y explicarle—. El entrenador me estaba llamando y, como dejé desactivado mi teléfono, mis compañeros salieron a buscarme. Deberé volver al hotel, lo siento. ¡Ya hablaremos después del partido!

Tras esas palabras, iniciaron el camino de regreso, dejando allí a Agustín, con una mezcla confusa de emociones cruzando su cuerpo. Él sabía perfectamente que Yūki había quitado el modo avión, pues le había escrito apenas había llegado al país. ¿Eso quería decir que había vuelto a desactivar el teléfono luego, para concentrarse en su encuentro? Y, ¿qué era lo que iba a decir cuando el otro había llegado? Su sonrisa le había hecho sentirse confiado después de besarlo, pero el modo en que se apartó de él cuando escuchó a su compañero lo llenó de dudas. Si algo cambiaba en su relación, ¿podría traerles algún tipo de problema? Aunque ni siquiera había pensado en eso antes de tomar la iniciativa, una vez a solas de nuevo comprendió que había un mundo de cuestiones que considerar... ¿qué iba a pasar con ellos a partir de ahora?