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Alastor había estado evitando al papá de Charlie a toda costa después de que el muy hijo de puta se dió cuenta de su infortunio y se atrevió a curar esa estúpida herida angelical -cortesía del idiota de Adán-. No entendía los motivos del jodido soberano, porque no hubieron tratos, acuerdos, intercambios, transacciones o alguna mierda así de por medio.
Lucifer ni siquiera se había acercado a él de forma correcta, solamente "tropezó" con sus pequeños e inútiles pies y sus manos aterrizaron por algunos segundos en el pecho del ciervo, Alastor apretó la mandíbula tan fuerte que creyó que se le iba a partir por completo, pero el dolor nunca llegó, no hubieron dolorosas corrientes de agonía pulsando en cada nervio de su febril cuerpo, los gritos no se arremolinaron en su garganta y no sintió como la herida se abría para manchar su camisa desagradablemente. Solo observó sorprendido e incrédulo, sin nunca borrar su enorme sonrisa, al rey del infierno quien lo observó directamente a los ojos sin inmutarse por el "accidente" y le sonrió orgulloso.
–¡Ups! culpa mía, pequeño Al. Lo siento– y sacudiendole el traje al Demonio Radio, justo donde había estado antes la herida abierta y sangrante, se alejó del oji-escarlata caminando hasta perderse en su habitación.
Dejando a un muy desconcertado, peligrosamente agresivo, confundido y sonrojado overlord en medio del pasillo. La maldita tortmenta que había desatado Lucifer en él era sumamente molesta y horrible. Así que desde ese extraño y ridículo acontecimiento, no habían intercambiando nada más que sonrisas "inocentes" y miradas cómplices por parte del rubio, que solo lograban que se le erizarán los vellos de la nuca al venado y que se le acelerará el corazón.
Ciertamente Al se sentía molesto, irritado y hasta avergonzado -por decir lo menos-, sin embargo, esas emociones impertinentes e inútiles siempre eran ocultas tras su indiferencia y su permanente sonrisa de psicópata, enorme e imperturbable. No había nada que lo delatará. O así debería de ser, así debió haber sido, por supuesto, si es que no tuviera una sombra tan cruel e indiscreta como la que justamente le pertenecia.
Su sombra era una traidora en todo el sentido de la palabra. Desde el día que a Lucifer se le había ocurrido la brillante idea de inmiscuirse en los asuntos del venado, cada que la mancha oscura y con vida propia veía al rey del infierno pasar delante o lo observaba a la distancia, quería correr en su dirección, hacía muecas de cervatillo enamorado, impropias del mismísimo Alastor, las orejas se fusionaban con lo que era su cabello y se derretía por Lucifer. Esa maldita sombra era la única villana de su cuento. Al ser una extensión directa de sus emociones lo delataba y exponía por completo, sin medida ni vergüenza de por medio, no le importaba.
Pero a Alastor si y por ello se alejó por completo del rey, tenía días de no verlo y mucho menos interactuar con él, prefería mantenerse al margen de toda esa actividad insana por la que sus sentimientos y sombra le hacían pasar por el rubio. No quería por nada en el infierno que Lucifer se enterará del vergonzoso y estúpido flechazo que tenía hacia él.
O al menos eso intentó.
[...]
–Oh... vaya, q-que sorpresa... mm ¿gracias?– la sonrisa torcida y confundida del soberano hizo que la mancha negra que estaba delante de él sonriera feliz.
Lucifer observó por algunos segundos las hermosas flores que le habían regalado para luego observar a la sombra del Demonio Radio y luego dirigir su mirada detrás de la mancha negra, justamente donde estaba el ciervo dándoles la espalda, sin saber que había pasado, demasiado entretenido hablando con su hija. Lucifer alzó una ceja dubitativo pero la sombra de Alastor volvió a llamar su atención.
–¿Este regalo viene de parte de los dos?– preguntó el rey sonriendo está vez más tranquilo y suave hacia la sombra, aunque bastante confundido todavía. Ella asintió tímidamente y sus orejas se movieron hasta pegarse a su cabeza, sin borrar en ningún momento su sonrisa emocionada– ya veo. Agradezco el gesto, son bastante bonitas– el rubio alzó una de sus manos y acarició la cabeza de la mancha negra.
La sombra de Alastor se derritió ante el gesto, pero repentinamente desapareció cuando el ciervo se comenzó a alejar hacia la salida del hotel, sin ser conciente de lo que había pasado y de lo que su sombra había hecho. Lucifer observó a lo lejos con una sonrisa pequeña en los labios como el overlord desaparecía, dejandolo con un confuso pero agradable sentimiento rebotando en su pecho.
[...]
Los días habían pasado y Alastor seguía sin saber que su sombra había iniciado a exponer sus sentimientos hacia el rey del infierno. Ignoraba el hecho de que la mancha le daba pequeños regalos a Lucifer cuando podía, cortejandolo poco a poco. Mientras el ciervo trataba de olvidar, suprimir y fingir que no existía lo que sentía por el ángel caído, para él solo era una ridiculez sin sentido que no valía la pena. Sin embargo, su sombra claramente no opinaba lo mismo.
–Oh, ¿qué es... esto?– interrogó el de cabellos rojos sonriendo, ladeando la cabeza hacía la derecha, sintiéndose sorprendido y repentinamente nervioso. Su sombra se había manifestado de golpe y le había entregado emocionada un sobre blanco.
Su nombre brillaba en dorado en la parte delantera de la carta, la letra era bastante elegante y cuidadosamente elaborada. Una de sus cejas se arqueó con curiosidad, le dió vuelta al sobre y observó el sello hecho con cera que lo mantenía cerrado. El grabado instantáneamente lo hizo saber quién era el destinatario del telegrama, se sobresaltó, su pulso se aceleró y gruñó observando de reojo como su sombra se agitaba impaciente.
Algo no estaba bien.
Sin embargo, dejó escapar un suspiro y con dedos levemente temblorosos, abrió el sobre sacando una hoja doblada cuidadosamente junto a dos voletos, sus desconcertados ojos primero se enfocaron en ellos y leyó que se trataba de nada menos que de un musical. Su corazón dió un brinco particularmente fuerte y escucho lo agitada que se encontraba su compañera, la sonrisa en sus labios se apretó y después de divagar por algunos segundos más entre sus pensamientos, finalmente desdobló la carta y la agradable caligrafía de Lucifer le robó un suspiró silencioso al ciervo.
"Espero no estar siendo muy atrevido, aún así me encantaría escuchar tu respuesta en persona, Alastor.
Veámonos en la azotea del hotel en una hora. Esperaré ansioso hasta entonces, cervatillo.
–Lucifer."
Los dedos temblorosos de Al arrugaron la hoja con fuerza hasta envolverla por completo en la palma de su mano y finalmente apretarla contra su retumbante pecho. Un jadeo salió de sus labios y sus ojos alarmados de inmediato se dirigieron hacia la mancha negra que estaba en un estado similar al de una vela derretida.
–¿Q-qué... qué fue lo qué hiciste?...– susurró el demonio llamando la atención de su sombra, está ladeó la cabeza y le sonrió en grande. Al no necesitaba palabras, ya lo sabía– te odio...– gruño escupiendo cada letra con veneno, pero el sonrojo intenso que bañaba sus mejillas y las lágrimas que estaba reteniendo le quitaban peso a sus palabras.
Ella sonrió solo un poquito compasiva, sin embargo, Alastor sabía que su sombra no se arrepentía ni un solo gramo por sus acciones. Ya nunca más confiaría en su sombra -o eso se juraba, pero era imposible-. Alastor suspiró profundamente y trató de recomponer su estado, de volver a mantener sus emociones a raya y actuar como si la breve carta del rey no le hubiera afectado, pero estaba siendo más difícil de lo que esperaba.
–¿Ahora qué se supone que voy a hacer? ¿esperarás que le diga que si a su estúpida invitación, no?– cuestionó incrédulo el de cabellos rojos, riendo entre irónico y burlón. Su sombra asintió efusivamente, riendo con emoción– ¡oh, vamos, eso es simplemente absurdo! ¡mírate tu mismo! ¡es estúpido actuar así por él, es vergonzoso y repugnante!– gruñó el Demonio Radio observando furioso a su sombra, pero la mancha no se inmutó ante el arrebato de Alastor, solo rodó los ojos aburrido y desapareció.
El ciervo se quedó solo en medio de su habitación, la estática crugio por un segundo y la radio que se hayaba sobre una de las tantas estanterías que tenía se encendió repentinamente y comenzó una lenta melodía de jazz, el ciervo observó con orbes brillantes lo que tenía aún entre las manos y la sonrisa tiesa que tenía estirando su boca, lentamente disminuyó hasta convertirse en una llena de remordimiento.
–Es ridículo... que ambos actuemos así por él...– susurró sintiendo las mejillas otra vez calientes y su corazón acelerado. La carta junto a los boletos no tardaron en ser abrazados suavemente por Alastor.
[...]
–¿Crees que... fue demasiado?... No quiero que se alejé de mi por haber presionado un botón incorrecto...– los ojos del soberano dejaron de ver la Ciudad Pentagrama desde lo alto del hotel y se centraron en la sombra oscura que se hayaba junto a él. Lucifer suspiró levemente desanimado.
La mancha se preocupo y rápidamente tomó las mejillas del más bajito entre sus manos para inmediatamente negar y sonreírle con seguridad. Lucifer soltó una suave risa y se calmó, iba a hablar otra vez, pero los dedos de la sombra de Alastor se posaron en su mentón y suavemente hizo que el rey volteara hacia un lado.
Lucifer se sorprendió de ver al ciervo parado puntualmente frente a él. Su mirada desconcertada cambio a una más dulce y suave, su corazón latio con fuerza dentro de su pecho y sus dudas fueron disipadas al ver como el demonio que a pesar de mantener su eterna sonrisa de dientes afilados adornando su boca, sus cejas estaban fruncidas y sus mejillas eran salpicadas por un fuerte rojo, enmarcando entrañable la expresión de su tímido ciervo.
Los dedos de su mano izquierda sostenían frente a Lucifer uno de los boletos que le había dado, mientras que el otro ya hacia apretado en su otra mano, aceptando de forma silenciosa la invitación del rey del infierno. La sombra de Alastor rió burlón al ver al ciervo en el estado en el que estaba y suspiró satisfecha cuando vio a Lucifer tomar lo que le era ofrecido con ojos brillantes y sonrisa encantadora.
Alastor no confiaba ya ni en su propia sombra, pero debía admitir -para si mismo, claro está- que se sentía bien mostrarle un poco de la verdad al tonto rey por quien estaba flechado. Al menos por esta vez.
»Fin.«
