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Language:
Español
Series:
Part 5 of Crepúsculo Vida y Muerte
Stats:
Published:
2024-05-18
Words:
6,149
Chapters:
1/1
Comments:
6
Kudos:
12
Hits:
281

Cometa

Summary:

Beau y Edythe han decidido que no quieren esperar y escapan a Las Vegas para casarse. ¿Qué podría salir mal?

Disclaimer: los personajes principales pertenecen a Stephenie Meyer y a su libro Vida y Muerte Crepúsculo Reinventado.

Fanfic escrito con la colaboración de Leorobin y Cri-Cri

Work Text:

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres?

Beau se siente inquieto, a pesar de que está completamente seguro de que tomó la decisión correcta. Casarse con Edythe no es más que un trámite, de todas formas, sabe que quiere estar con ella para toda la eternidad, lo que conseguirá una vez que se acabe el plazo y ella lo muerda antes de cumplir veinte años, como prometió hace unos meses. Sin embargo, empieza a pensar que huir a Las Vegas tal vez no era la mejor idea.

—Lo único que quiero es estar unida a ti de todas las formas posibles —contesta ella mirándolo con adoración —. Subámonos a ese avión y firmemos el papel.

Beau asiente, un poco más tranquilo. Están en el aeropuerto de Sea-Tac esperando abordar el vuelo que los llevará en aproximadamente dos horas y media a la fabulosa Las Vegas, en donde planean casarse en la capilla que ya reservó Edythe, para luego dirigirse a un bonito y lujoso hotel en donde empezarán su apresurada luna de miel.

¿El problema? El vuelo lleva ya media hora de retraso.

—Charlie se pondrá como una furia si no llego a dormir el domingo —comenta Beau, nervioso.

—Tranquilo, todo está perfectamente planeado. Dormimos esta noche en el hotel, mañana por la mañana nos casamos, y volveremos el domingo. Insisto en que me parece extraño que mi esposo duerma en la casa de su padre y no en la mía, pero como quieras —sonríe a modo de broma.

—Dijiste que no tenía que decirle a nadie —contesta él, nervioso de nuevo.

—Está bien, cielo, te estoy molestando —lo besa en la mejilla, pero se vuelve rápido hacia la pantalla que anuncia los vuelos —. Oh, no —susurra con la voz cargada de decepción.

La pantalla muestra muy claramente que se ha cancelado su vuelo por una tormenta. Beau está a punto de soltar un suspiro de alivio cuando ve el rostro de su novia, tan contrariado que parece estar aguantando las ganas de llorar.

—Lo siento, amor —dice en cambio —. Sé cuánto querías esto. Podemos volver a intentarlo el otro fin de semana —sugiere.

Edythe asiente, con los dientes apretados y los ojos tristes, lo que le parte el corazón a Beau. La abraza con cariño y respira profundo con la nariz pegada a su cobrizo cabello, mientras piensa en alguna manera de arreglar el problema y hacerla feliz. Si pudiera apagar la tormenta...

—Oye... ¿cuánto se tarda de acá a Las Vegas conduciendo? —pregunta de repente.

Ella levanta el rostro, sorprendida.

—Como... diecisiete horas. Menos si manejo yo, pero no traje mi auto... —Earnest los había llevado al aeropuerto.

—Podemos rentar uno, ¿no? Todavía podríamos llegar mañana a la cita —propone él, encogiéndose de hombros.

Ella sólo se lo piensa un segundo y luego sonríe de nuevo.

—¿Te he dicho ya cuánto te amo? —se pone de puntillas y lo besa en los labios —. Vámonos.

Prácticamente corren hacia la oficina de rentas de autos, pero no han sido los únicos que han tenido esa idea. La fila es larguísima. Después de unos minutos Beau empieza a mover el pie rítmicamente contra el suelo. Edythe le pone una mano en el muslo y lo mira, tratando de tranquilizarlo con la mirada.

—Lo siento, no me gusta esperar —confiesa él —. Cuando repartieron la paciencia había mucha gente haciendo fila y me fui —bromea.

Ella ríe y luego suspira, imperturbable. Al fin, después de un rato que parece interminable, un agente calvo y con barba que parece desear estar en cualquier otro lugar excepto ahí, los atiende.

—Lo siento, ya no hay autos disponibles. Vuelvan mañana —les dice con voz monótona.

—¿Qué? ¡No! —reclama Edythe —. Mañana no llegaremos a tiempo. Tiene que ser hoy. Por favor... —suplica angustiada.

El hombre se le queda mirando embobado, perdido en sus ojos grandes y brillantes, casi llorosos. Beau se aclara la garganta y le pasa un brazo por los hombros, atrayéndola hacia él.

—Veré... veré qué puedo hacer —balbucea el tipo.

Esperan un rato más hasta que regresa, con unas llaves en la mano.

—Tenemos un auto, pero... —ladea la cabeza, como si considerara que lo mejor es no decir nada —, la verdad es que no está disponible. Es viejo y a veces se apaga, por eso ya no lo rentamos. En realidad, está para tirar al vertedero, pero si te verdad te urge, preciosa, llévatelo.

—Sí, sí, lo tomo —asiente Edythe, tomando las llaves —. Gracias —sonríe mostrando sus hoyuelos y el hombre parece derretirse en su sitio.

—Y no te preocupes por devolverlo, es pura chatarra. Es probable que tengan que cambiar de auto más adelante —les advierte.

Ni siquiera les cobra, está claro que le está haciendo un favor a Edythe dándoles ese auto destartalado y de color turquesa que parece que ha sido chocado varias veces a lo largo de su vida útil, la cual está claramente llegando a su fin.

—¿Estás segura de esto? —vuelve a preguntar Beau, inseguro —. Esto es una carcacha.

—Ya sé, pero peor es nada —insiste ella, contenta de tener de nuevo la oportunidad de llegar a su bendita boda en Las Vegas.

Guardan las maletas en el maletero y empiezan su travesía. El hombre del alquiler de autos tenía razón, es viejo y lento, y Edythe tampoco parece tener paciencia para ello.

—¿Sabes qué? Creo que yo estaba en esa misma fila que dejaste a la mitad —refunfuña, frustrada por la baja velocidad que alcanza el auto.

Conduce por horas, pero a pesar de que el auto es lento, no parece darles más problemas, hasta que se hace de noche y pasando por una calle oscura y rodeada de árboles, un venado incauto se les atraviesa de repente. Edythe da un frenazo y Beau sale disparado hacia adelante golpeándose la frente con el parabrisas.

—Ay —murmura atontado por el golpe. No entiende qué rayos pasó, está completamente seguro de que se puso el cinturón de seguridad.

—Oh, no, Beau. Lo siento, se atravesó de pronto, déjame verte —la escucha como si se encontrara muy lejos y siente como sus frías manos lo mueven hacia atrás para examinarle la frente —. El maldito cinturón de seguridad falló, no puedo creerlo.

Claro, eso tiene sentido. Poco a poco va volviendo en sí, lo que no es en realidad algo bueno, porque ahora puede oler la sangre que corre por su cara.

—No te asustes —le advierte ella —. Es un corte bastante feo, pero no parece que tengas una contusión, lo malo es que no traje botiquín. Tengo que llevarte a un hospital.

Desaparece sólo unos segundos y le trae una de sus blusas para que la apoye en su frente, pero ya están los dos con las manos llenas de sangre.

—Lo siento —murmura él.

—No te preocupes, sabes que ya no me causa el mismo efecto. Y cacé ayer, estoy bien —le asegura Edythe, subiéndose de nuevo a su sitio para continuar su camino, esta vez hacia el hospital más cercano, pero apenas se ha movido unos metros cuando se detiene de nuevo.

El auto se mueve de manera irregular y hace un ruido raro que sólo puede significar una cosa. Se les ha ponchado una llanta.

—¡Demonios! ¡No puede ser! —grita ella, furiosa, pero cierra los ojos y respira profundo, tratando de calmarse.

Por supuesto, no hay neumático de repuesto.

Continúan un rato más así hasta que el auto decide dar su último suspiro y se apaga del todo.

—Tenemos dos opciones —dice Edythe —. Podemos caminar un rato hacia el pueblo más cercano donde tiene que haber un médico, o puedo intentar cargar contigo y con las maletas al mismo tiempo y correr.

—No, ni lo sueñes, correr no, sabes que odio que hagas eso. Ya estoy mareado por el olor de la sangre, voy a acabar desmayándome —se queja, apretando más la blusa sobre la herida.

—Bien —ella rueda los ojos —. Opción uno u opción dos, Beau.

—Caminemos —acepta él.

Así que se bajan del auto, sacan las maletas y lo dejan ahí mismo en donde quedó, con las llaves en la puerta.

Sólo llevan quince minutos caminando cuando empieza a llover con fuerza, una lluvia fría que los empapa y que hace que la sangre de su herida vuelva a correr a través del trapo en el que se ha convertido la blusa con la que la presiona. Otros veinte minutos después son iluminados por las luces de un auto. Edythe trata de decirle algo a Beau, pero este no la escucha por culpa de la lluvia y hace la clásica señal para pedirle al conductor que se detenga, lo cual hace.

—¿Van a algún lado, jóvenes? —pregunta el hombre con voz ronca y una sonrisa —. ¿Era suyo el auto que pasé allá atrás?

—Sí, ya no funcionaba, de todas formas. ¿Cree que podría llevarnos al pueblo más cercano, por favor? —pregunta Beau, sin poder evitar un leve tono suplicante, se está muriendo de frío y todavía le duele la frente.

—Por supuesto, suban.

Edythe niega con la cabeza, pero Beau, desesperado por entrar en calor, ni siquiera la ve. Ni a ella ni al tipo que se pasa la lengua lentamente por sus labios mirando a Edythe como si fuera un delicioso postre de fresas en crema.

Beau se sube en el asiento del copiloto y Edythe atrás, seria y silenciosa.

—Soy Tom —se presenta mientras arranca el auto de nuevo.

—Beau y Edythe. Gracias por llevarnos —Beau se vuelve hacia atrás para sonreírle a Edythe, pero ella sólo lo mira fijamente, como si quisiera decirle algo con la mente, lo cual es una tontería, por supuesto, él no puede leer mentes, y de todas formas, ella tampoco puede leer la suya.

—¿Y qué los trae por acá?

—Vamos a Las Vegas, pero cancelaron nuestro vuelo. Alquilamos ese auto, pero se ponchó el neumático y...

—Claro, claro —Tom ríe. Una risa siniestra que sólo nota Edythe, al igual que la mirada que este le echa a través del espejo retrovisor mientras vuelve a pasarse la lengua por los labios, haciéndola sentir náuseas —. ¿Y a qué van unos jovencitos como ustedes a Las Vegas? No me digan que les gustan los juegos de azar.

—No, no, nada de eso —Beau sacude la cabeza, pero se detiene al sentir que le duele de nuevo —. Vamos a casarnos.

—¿Casarse? ¿Tan jóvenes? —Tom ríe a carcajadas y a Beau de repente se le erizan los vellos de la nuca —. Eso es una tontería. Yo me casé y fue un gran error. No seas idiota, chico. Las mujeres son un gran problema. Sólo sirven para una cosa. O para dos, si saben cocinar —le guiña un ojo, pero Beau no se ríe.

Dirige una mirada de disculpa a Edythe, quien no parece ofendida, si no preocupada.

—Así que sigue mi consejo, chico. No te cases.

—No recuerdo haberle pedido ninguno —refunfuña Beau entre dientes, muy molesto. Si no fuera porque realmente necesita llegar a algún lugar en donde puedan revisarle la herida, se bajaría del auto ahora mismo.

—Aunque debo admitir que entiendo por qué quieres hacerlo. Tu novia es una belleza —Tom vuelve a mirarla por el espejo retrovisor y esta vez Beau sí ve como se pasa la lengua por los labios, generándole un escalofrío —. Dime, linda, ¿sabes cocinar? Por que está muy claro que para lo otro sí sirves...

—Ok, es suficiente —levanta la voz Beau, ahora sí cabreado de verdad —. Detén el auto —le exige.

—No voy a detener ni una puta mierda —contesta Tom en el mismo tono apuntándolo con una pistola que sacó de quién sabe dónde.

Beau se paraliza del susto y escucha a Edythe a su espalda aspirando el aire. Casi puede oír los engranajes en su cabeza funcionando a toda máquina mientras piensa en cómo puede sacarlos de ahí.

—Ahora van a escuchar al viejo Tom —les advierte, sin dejar de apuntar a Beau con la pistola —. Vamos a ir a un lugar que conozco, por aquí cerca. Voy a hacerte un favor, muchacho. Voy a comprobar que tan buena es tu futura esposa, y si se porta bien, los dejaré ir. Si es que aún quieres casarte con ella después de eso —se ríe a carcajadas.

Beau asiente por inercia y ni siquiera se atreve a mirar a Edythe, aunque no tiene miedo por ella. Sabe que esa pistola no le va a hacer el más mínimo daño, el problema es él, que aún no es a prueba de balas. Si acaba muerto, Edythe es capaz de revivirlo sólo para volverlo a matar, por imbécil. Y se lo merecería.

Se quedan todos en silencio por unos minutos que parecen eternos hasta que Tom se desvía hacia un pequeño claro en medio de los árboles, cerca de la carretera. Al menos ha dejado de llover.

—Bájense —les indica, aun apuntando a Beau.

Ambos hacen lo que les dice, pero Beau ve a Edythe entrecerrar los ojos, con cálculo y piensa que el pobre Tom no tiene ni idea de con quién se metió. La chica que es capaz de enfrentar al mundo entero por él no va a tener ningún reparo en defenderlo de un simple humano con una pistola.

—Te vas a quedar quietecito, muchacho. O le disparo —le advierte a Beau, cambiando de objetivo y dirigiendo la pistola hacia Edythe —. Nada de ponerse a gritar o de salir corriendo... —frunce el ceño, confundido —. ¿Por qué estás sonriendo?

—Por que hoy no es tu día de suerte —susurra Edythe, de forma macabra.

Tom se vuelve sorprendido hacia ella justo para verla saltar y prácticamente desaparecer ante sus ojos apenas un segundo antes de sentir un dolor terrible en la muñeca que lo hace caer de rodillas gritando.

Edythe se la ha partido de un golpe certero y acaba de desarmar la pistola con habilidad, antes de triturarla entre sus dedos, los cuales ahora agarran el cuello de Tom mientras su dueña lo mira con furia.

—¡Espera! —exclama Beau —. No vas a estrangularlo, ¿o sí?

—¿Tienes una mejor idea? Es un violador asqueroso —pronuncia ella con asco —. Prácticamente sentí miedo en ese auto, ¿te imaginas lo que estaba pensando para hacerme sentir miedo?

—Noquéalo y dejémoslo aquí.

—No. Lo que quería hacerme a mí se lo hará a alguien más.

Tom mueve los ojos de un lugar a otro, sin entender nada.

—Entonces mételo en el maletero y dejémoslo en una estación de policía.

—Tú y tu moral —Edythe suspira y de un golpe en la cabeza el viejo Tom queda tirado en el suelo.

Rápidamente sacan las maletas de la cajuela y las meten en el asiento de atrás para que Edythe pueda meter a Tom, asegurando que lo volverá a noquear si se despierta.

—Es impulsivo. No pude saber sus intenciones hasta que las tuvo, tampoco pude ver que tenía una pistola, es un tipo peligroso, me alegra que no fuera de dedo ligero. Beau, ¿qué demonios? ¿Cuántas veces más vas a estar al borde de la muerte? —Edythe maneja bastante molesta, aunque parece complacida con el auto de Tom, bastante más rápido que el anterior.

—No es mi culpa —reclama Beau. Él sólo quería refugiarse de la lluvia. Al menos la herida de la frente está sangrando menos.

—Nunca lo es —suspira Edythe.

—Por cierto, ¿sabes desarmar una pistola?

—Sé muchísimas cosas, Beau.

—Por supuesto, no sé por qué me sigo sorprendiendo —murmura.

Al fin llegan a un pueblo, pero es bastante tarde. Todo el mundo parece dormido, incluso el joven policía que se encuentra en la estación frente a la que estacionan, dejando el auto con Tom aún inconsciente en el maletero. Es una suerte que no haya cámaras.

—Aquí debe haber un doctor —murmura Edythe sacando las maletas y cargándolas ella sola.

—Me preocupa algo. ¿Qué va a decir Tom cuando se despierte? —si empezaba a contar historias de una chica con super fuerza podrían estar en problemas.

—Da igual, tiene un buen golpe en la cabeza, nadie le va a creer. Vamos, tiene que haber un médico por aquí... ¡Allá! Genial —suspira aliviada al ver un letrero luminoso con una cruz.

Se acercan al local, pero los vuelve a inundar la decepción cuando llegan. No es una clínica, o al menos, no para humanos. Todavía parece abierta a pesar de la hora y el hombre que está adentro se acerca para abrirles alegremente.

—Hola, ¿qué tal? Mi nombre es Ramón, ¿en qué puedo ayudarles? —saluda.

—Lo siento, nos equivocamos —contesta Edythe —. Buscamos una clínica, no una veterinaria —señala la frente de Beau.

—Esto es lo mejor que van a encontrar —aclara Ramón con una sonrisa de disculpa.

—¿A qué se refiere? —pregunta Beau, mientras Edythe pone cara frustración otra vez.

—A que no hay médico aquí, sólo el veterinario —refunfuña.

—¡Pero sé coser! No crean que es el primer paciente que llega con una herida de ese tamaño —Ramón sonríe confiado —. En este pueblo abundan los perros, los gatos, las vacas...

—Ay, no puede ser —murmura Edythe.

—Mira, a estas alturas de la vida me da igual, esta cosa no ha parado de sangrar y ya estoy harto. Dejemos que me cosa y luego busquemos un lugar donde dormir. Seguiremos el viaje mañana —Beau le pide, verdaderamente agotado.

Edythe suspira, pero parece también deseosa de terminar ese horrible día de una vez.

—Como quieras.

Ramón los hace pasar a su consultorio y los deja solos un momento mientras va a buscar sus suministros. Tiene varios títulos enmarcados y colgados en la pared. Beau supone que son sus especializaciones en veterinaria hasta que Edythe pregunta:

—¿Es en serio?

Beau se acerca para mirar y se sorprende. Sólo uno de los títulos es de veterinaria. Los demás son de mecánica automotriz, panadería, sastrería y de enseñanza del español.

—Este tipo es el veterinario, el mecánico, el panadero, el sastre y el profesor de español. ¿Dónde rayos estamos? —murmura Beau.

—¡Y también soy el alcalde! —añade Ramón muy contento volviendo a entrar al consultorio y señalando una placa dorada en su escritorio.

Beau resiste la tentación de golpearse la frente con la mano, no quiere abrirse más la herida.

Ramón lo hace sentarse en su propia silla porque la mesa para examinar a las mascotas es demasiado alta, pero cuando ya le ha puesto la anestesia y empieza a coserlo, Edythe trata de detenerlo.

—¿Sabe qué? Yo estudié medicina, creo que es mejor que yo lo cosa —sugiere acercándose.

Ramón se ríe con condescendencia.

—Ver Grey's Anatomy no es lo mismo que estudiar medicina, querida. Qué linda, mi hija también quiere ser doctora, dice que será como su favorita, Cristina Yang —comenta mientras continúa cosiendo la herida.

—Cristina Yang está loca y en serio sé coser, por favor, déjeme hacerlo —suplica, lo que empieza a asustar a Beau.

—Ya casi termino, no te muevas —le advierte, mientras Edythe patea el suelo detrás de él y luego respira profundo para calmarse, poniendo cara de resignación.

—Listo, ya estamos. ¿Tienen un lugar para dormir? —pregunta amablemente.

Beau espera que no los invite a dormir a su casa con la fanática de Cristina Yang. Él definitivamente prefiere a George. Sin embargo, les sugiere el motel del pueblo y se ofrece amablemente a llevarlos, lo cual es curioso porque lo hace en un taxi que parece ser suyo y además es quien les da las llaves de la habitación y los registra.

—Entonces también es el taxista y el dueño del hotel. Espero que no sea además el jefe de la policía. Empiezo a preguntarme si viven más personas aparte de Ramón en este pueblo —bromea Beau, contento al fin de poder pasar la noche en un lugar que parece acogedor y seguro.

Se dirige hacia el baño y Edythe cierra los ojos con fuerza, esperando.

—¿Pero qué demonios? —grita Beau y vuelve a salir con la mirada desencajada.

—Por eso quería coserte yo. No tengo mucha práctica, pero seguro que lo hubiera hecho mejor que él. Lo siento amor, no te preocupes, la cicatriz se quitará cuando te conviertas en vampiro, te lo prometo.

—Parece que me quiso convertir en el monstruo de Frankenstein —se queja, desanimado.

—Lo sé. Ven aquí, sigues siendo igual de guapo para mí —dice ella sentándose en la cama y abriendo los brazos hacia él, quien se acuesta y se refugia en su abrazo.

—¿Segura que aun quieres casarte conmigo? Parece que me cosieron en prisión.

—Siempre querré estar contigo, Beau, sin importar como te veas —le asegura y se agacha para besarlo cerca de la horrible herida —. Ahora, a dormir. Mañana conseguiremos otro auto y esta vez sí llegaremos —asegura.

Beau se alista para dormir y al fin se mete en la cama, con Edythe a su lado. Acaba de poner la cabeza en la almohada cuando unos ruidos empiezan a sonar desde la habitación de al lado.

—¿Eso es...? —susurra.

—Sí —contesta Edythe secamente—. La pareja de al lado está teniendo sexo. Ya duérmete.

—Ya, sólo preguntaba —murmura él y se da la vuelta para acomodarse mejor pero un golpe en la pared lo sobresalta. Trata de volverse a dormir ignorando el ruido, pero vuelve a sonar otro golpe acompañado de un grito y termina incorporándose para sentarse y prender la lámpara de la mesita de noche.

—Esto es muy incómodo. No puedo dormir así.

—Es como volver a los viejos tiempos con Royal y Eleanor —suspira ella.

—¿Quieres hacerles competencia? —bromea él.

—¡No! Espera a mañana, no seas impaciente —ríe —. No te preocupes, son humanos, no tardarán más de quince minutos —le asegura.

Pues los humanos de la habitación de al lado podrían haber establecido un récord porque para cuando Beau (con sendas ojeras) y Edythe salen del motel a la mañana siguiente, aún se han detenido.

—No puedo creer que no hayas pegado ojo en toda la noche.

—No puedo dormir con ese ruido, esa pared era como de papel, prácticamente lo estaban haciendo en nuestra habitación —se queja mientras caminan el taller de autos que vieron ayer camino al motel. Tal vez allí sepan cómo obtener uno.

Al llegar, los atiende Ramón, por supuesto, a quien Beau dirige una mirada mortífera, sin perdonarle la horrenda cicatriz que le dejó. Sin embargo, parece que tienen suerte. Alguien dejó un auto en el taller hace semanas y no dejó ningún nombre ni registro, por lo que Ramón accede a venderlo por un precio simbólico, que Edythe paga con alegría. Al fin podrán llegar a Las Vegas, tal vez incluso a tiempo para su cita en la capilla que reservó.

Ya no llueve y tampoco está soleado, lo que les permite bajarse en una estación cercana para que Beau tome un desayuno rápido y puedan seguir su camino. Edythe maneja unas horas sin percance alguno hasta que se acercan a otro pueblo en cuya entrada, son detenidos por un grupo de policías.

Beau está seguro de que se trata de Tom, el tipo que dejaron en la cajuela, pero es algo mucho más simple que eso.

—Su identificación —exige el oficial a Edythe, quien la saca y se la muestra —. ¿Cómo obtuvo este auto?

—Se lo compré a Ramón, el vendedor del pueblo de allá atrás, mire, aquí está la factura —se la muestra, pero su voz está cargada de resignación otra vez.

Los policías revisan la factura y escuchan la historia del auto que contó Ramón. Luego les explican que el auto tiene orden de búsqueda porque fue robado hace un par de meses, y aunque saben que no fueron ellos, tienen que dejar el auto.

—Otra vez varados en un estúpido pueblo —refunfuña Edythe, enojada de nuevo.

—Sí, pero ahí hay una estación de autobuses, tal vez tengan alguno a Las Vegas —sugiere Beau.

Se acercan y parece que al fin les sonríe la fortuna, efectivamente, hay un autobús que los puede llevar directo a Las Vegas y que sale justo ahora. Compran los pasajes, guardan las maletas en la parte de abajo y se suben por fin.

Edythe está impaciente. El autobús tampoco va tan rápido como ella quisiera y presiente que van a perder su cita, pero Beau la tranquiliza. No importa. Es Las Vegas. Seguro que hay montones de lugares en donde pueden casarse. Unas horas después se detienen en una estación para que los pasajeros vayan al baño y puedan comer algo, cosa que Beau hace.

Vuelven a subirse al autobús, pero Edythe mira sospechosamente a los pasajeros, hasta que se levanta de un salto.

—Beau, ¡este no es nuestro autobús! Bájate, ahora —indica.

—¿Cómo que no? Es blanco con rojo, me fijé que fuera blanco con rojo —asegura.

—Sí, como aquel —señala el otro autobús, estacionado unos metros más allá.

—Mierda.

Ambos se levantan y tratan de avanzar por el pasillo atestado de gente que está subiendo, pero no logran llegar a la salida antes de que su verdadero autobús cierre las puertas y siga su camino.

Con sus maletas.

—¡Maldición, Beau! ¿Qué demonios pasa contigo? —le recrimina Edythe una vez fuera, en la estación —. ¿Pasaba algún cometa cuando naciste o algo así? Porque no puedo explicarme cómo rayos una persona puede tener tanta mala suerte.

—¿Y yo qué sé? —reclama él también —. Tú también te equivocaste de autobús —señala.

—Sólo te seguía a ti, claramente fue un error. Demonios, al menos tengo mi cartera y mi teléfono. Arreglaré esto. Sólo siéntate y no toques nada —le indica, lo que lo molesta bastante. No es su culpa tener mala suerte, aunque sabe que sí lo es haberse equivocado de autobús.

Un rato después Edythe regresa algo más tranquila y se sienta a su lado.

—Hablé con la línea de autobuses. Vendrá otro dentro de una hora y en la estación de Las Vegas accedieron a guardarnos las maletas. Lamento haberte gritado. Es que esto era muy importante para mí —agacha la cabeza con tristeza.

—Y yo lamento haberme equivocado de autobús. También para mí es importante, no hables en pasado. Ya encontraremos otra capilla —le pasa un brazo por los hombros y la besa en la mejilla para consolarla.

Una hora después el siguiente autobús pasa por la estación y ambos suben, rumbo a Las Vegas, por fin.

Es de noche cuando llegan y, obviamente, ya perdieron la cita en la capilla que Edythe había escogido previamente, así que van primero por sus maletas y luego al hotel. Es bonito y muy lujoso. Además, Edythe pagó por la suite presidencial, que es prácticamente un apartamento de lujo en el piso más alto.

—Ostentoso —murmura Beau al entrar.

—Me gustan las cosas ostentosas —contesta ella, tratando de bromear, pero se nota lo nerviosa que está. Teme no encontrar un lugar en el que puedan casarse esta noche.

Beau se da una ducha rápida y se cambia de ropa. Nada realmente muy elegante. Un pantalón de mezclilla negro y una camisa también negra. Y Converse. Nada de saco ni corbata, lo que es un alivio. Edythe, por su parte, tiene puesto un vestido blanco corto, de encaje y sin mangas, que tampoco parece muy formal, menos al combinarlo también con Converse, aunque las de ella son blancas, igual que su vestido.

—¿Lista, futura señora Swan? —pregunta Beau, ofreciéndole el brazo, que ella toma, sonriendo.

Salen a la calle y empiezan a buscar, pero en todos los sitios en los que preguntan, les dicen que ya están llenos y que sólo funcionan con reservación. Después de hora y media de búsqueda, Edythe está descorazonada.

—No puedo creerlo. Después de todo lo que pasamos para llegar hasta aquí y no podremos casarnos —jamás había sonado tan decepcionada.

—Algún lugar tiene que haber, no es posible que todos estén llenos. Sigamos buscando —insiste Beau, quien de verdad quiere hacerla feliz.

Al final, media hora después, logran encontrar un lugar. No es la capilla elegante y bonita que a Edythe le hubiera gustado, y tampoco es lo que hubiera esperado Beau, pero parece ser la única opción.

—La capilla de los monstruos. Qué apropiado —resopla ella.

Tienen una lista de oficiantes a escoger, entre los que se encuentran una sirena, el Conde Drácula, el monstruo de Frankenstein, una momia, el Fantasma de la Ópera, un hombre lobo, una bruja, un fantasma y Cthulhu.

—¿Entonces? —pregunta Edythe, indecisa, mostrándole la lista a Beau.

—Definitivamente Cthulhu —contesta él, alzando las cejas.

—Como sea —se dirigen hacia la chica que atiende el mostrador, disfrazada de payasa asesina —. Queremos a Cthulhu, por favor.

—Claro, dame un minuto —sonríe y toma el teléfono del mostrador para realizar una llamada, pero su sonrisa dulce que contrasta con su disfraz se borra de su rostro rápidamente —. Oh. Cierto. Les dije que no debían comer ahí, pero nadie me hace caso. Sí. Ya. Les diré.

Cuelga la llamada.

—Lo siento. Todos los oficiantes excepto dos salieron a comer al restaurante de al lado y al parecer se intoxicaron con camarones en mal estado. Sólo tenemos disponibles al Conde Drácula y al hombre lobo.

Edythe cierra los ojos con fuerza, como si esperara despertar de una pesadilla al abrirlos, pero, por supuesto, eso no sucede. Los vampiros no sueñan.

—Edythe, está bien —empieza a hablar Beau, apesadumbrado —. Podemos intentarlo mañana de nuevo. Si empezamos a buscar temprano tal vez...

—No. Acabemos con esto de una vez. Quiero a Drácula. Ningún hombre lobo me va a casar —afirma con vehemencia.

Beau sonríe por la ironía.

—Bueno, supongo que todo queda en familia —le da un codazo suave para hacerla reír, cosa que consigue a medias.

Por fin pasan a la capilla, que es oscura y adornada como si fuera un castillo medieval. Beau tiene un escalofrío. A pesar del bajo presupuesto destinado a la decoración, logra recordarle bastante a la guarida de los Vulturis en Italia. No le parece un buen augurio, pero ya no va a echarse para atrás.

El Conde Drácula aparece en medio de una neblina blanca que huele un poco rancia y sale de alguna máquina puesta al nivel de suelo, mientras la música de un órgano sale de unos parlantes. Se tapa la mitad inferior del rostro maquillado de blanco con una capa negra y tiene puestas lentillas rojas que casi hacen que Beau suelte una carcajada.

—Puntos por el esfuerzo —le susurra a Edythe.

—Le pone ganas, el primo —murmura ella rodando los ojos.

Drácula llega por fin hasta ellos después de su triunfal y misteriosa entrada y empieza con su ceremonia, impostando la voz y sonando un poco tonto debido a los colmillos de vampiro de plástico que lleva en la boca.

Beau y Edythe esperan con la paciencia que ambos dicen no tener hasta que por fin el primo llega a la parte importante.

—Beau Swan —lee su nombre de un papel que lleva en la mano —. ¿Aceptas a Edythe como tu esposa y prometes amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe?

—Acepto —contesta él, sonriendo con seguridad.

—Edythe Cullen. ¿Aceptas a Beau como como tu esposo y prometes amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separe?

—Acepto —contesta ella, con la voz temblorosa por la emoción.

—Pueden intercambiar anillos.

Beau saca la cajita que lleva en el bolsillo y la abre para sacar la alianza más pequeña, de plata y con diminutos diamantes incrustados. Edythe extiende su mano y él le pone el anillo. Luego ella toma la otra alianza, también de plata, pero sin adornos y se la pone a Beau.

—Por el poder que me confiere yotambienpuedocasarpersonas.com, los declaro marido y mujer. Puede morder a la novia —agrega misteriosamente, lo que hace que ambos den un respingo, sorprendidos.

La recepcionista vestida de payasa aplaude emocionada desde la puerta, sacándolos de su estupor.

—Entonces, ¿puedo morderte? —susurra Beau, sonriendo de nuevo.

—Mejor tú que yo —contesta ella y se acerca para besarlo.

Ya está. Lo hicieron. Están casados. No importa lo tormentoso que fue el viaje ni lo ridículo de la ceremonia, al final valió la pena. Ahora sólo queda regresar al hotel y continuar con la siguiente parte del trato.

No dicen mucho camino al hotel. Ambos están nerviosos por lo que pasará a continuación, después de todo, es la primera vez de los dos. La subida a su habitación en el ascensor se les hace eterna y se preguntan si el otro también puede sentir la estática que hay en medio.

Al fin llegan, Edythe abre la puerta y Beau la cierra a sus espaldas. Ella deja la llave en la mesita de la entrada y lo toma de la mano para dirigirlo a la habitación, en donde empieza a besarlo. Le desabotona la camisa y la tira por ahí antes de volverse de espaldas para que Beau le baje la cremallera del vestido, lo que hace lentamente mientras la besa en el cuello sacándole algunos suspiros.

Ambos se quitan los zapatos de un tirón y Beau prácticamente empuja a Edythe en la cama, deshaciéndose del bonito vestido blanco en el camino. Nunca la había visto en ropa interior, pero ahora sabe que no puede existir nada más hermoso.

Tal vez es por haberse escapado de casa para ir a casarse a escondidas a Las Vegas que se siente un poco rebelde esta noche, así que sin esperar indicaciones se desabrocha el pantalón y se lo quita lo más rápido que puede, junto a sus calcetines.

Se acuesta boca abajo sobre Edythe y la besa con pasión. De repente ella se da vuelta con fuerza, quedando justo sobre él, con una sonrisa traviesa. Beau se sienta en la cama y acomoda a Edythe a horcajadas sobre su regazo mientras vuelve a besarla en el cuello, y está a punto de desabrocharle el sostén cuando suena el teléfono de Edythe, quien se detiene, confusa.

—No vas a contestar ahora, ¿verdad? —pregunta él, alzando una ceja.

—Tal vez es importante...

—No lo es —murmura Beau con sus labios de nuevo en su cuello, pero ella no le hace caso y se estira para tomar el teléfono que dejó en la mesita de noche.

Beau resopla resignado y se deja caer de espaldas en la cama, con los brazos detrás de la cabeza.

—¿Hola?... Sí, soy yo. Ajá. —una pausa, durante la cual su rostro pasa de coqueta a desolada. Beau se preocupa —. Oh, no... Ya, entiendo. ¡No! Olvídelo, muchas gracias —cuelga la llamada, deja caer el teléfono y se tapa la cara con las manos.

—¿Qué pasó? —pregunta Beau, asustado, sentándose otra vez y tomando las manos de Edythe entre las suyas.

—Era la payasa asesina. Al parecer Drácula trató de inscribir nuestro matrimonio, pero su licencia en yotambienpuedocasarpersonas.com está vencida por falta de pago. ¿Sabes lo que significa eso? —su voz tiembla.

—Que no estamos casados —comprende.

—Dice que podemos ir ahora mismo y nos casará el hombre lobo, que, por cierto, es una mujer loba, pero ya no tengo ánimos para intentarlo otra vez —se levanta del regazo de Beau y se sienta en la cama, con la espalda apoyada en las almohadas, abrazada a sus rodillas.

Beau suspira con resignación, se sienta con las piernas cruzadas y apoya sus codos en ellas, para sostener su cabeza con sus manos, pensando en sugerirle continuar con lo que estaban haciendo, pero sabe que ella no accederá hasta que se casen de verdad, así que se quedan ahí, los dos, en ropa interior, compartiendo en silencio el amargo sabor de la decepción.

 

—¿Ves? Por eso siempre tenemos que hacerle caso a Archie, dice Edythe. Él es tan inteligente y guapo, y además siempre tiene razón. Y Beau contesta...

—No, un momento —interrumpió Edythe frunciendo el ceño —. Yo jamás diría algo como eso. Te lo estás inventando para asustarnos.

Mi mirada iba del uno al otro como si estuviera viendo un partido de tenis. Al menos no estaban teniendo su discusión de forma mental esta vez.

—No me estoy inventando nada —aseguró Archie, levantando las manos en un gesto defensivo —. Ustedes dos querían saber qué podría pasar si intentaban escapar a Las Vegas para casarse y eso fue lo que vi.

—Son demasiadas catástrofes como para ser cierto. Ni siquiera Beau puede tener tanta mala suerte —reclamó Edythe, pero sonaba insegura.

—Una vez dijiste que pensabas que vivía bajo una extraña versión de la Ley de Murphy —murmuré.

No tenía forma de saber si lo que contaba Archie era real o se lo estaba inventando, pero lo cierto es que sonaba mucho a cosas que perfectamente me podrían pasar.

Edythe no contestó, pero se mordió el labio inferior, confusa.

—Bueno, como gusten —Archie se encogió de hombros y se levantó para marcharse —. Pueden elegir entre creerme o no, da igual. Hagan lo que quieran. Escápense. Huyan a Las Vegas. A fin de cuentas... —sonrió enigmáticamente —. ¿Qué podría salir mal?

Edythe y yo contestamos al unísono, con la voz cargada de derrota:

—Todo.

 

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