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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-05-20
Completed:
2024-05-20
Words:
4,161
Chapters:
2/2
Comments:
7
Kudos:
36
Bookmarks:
3
Hits:
538

Las estrellas también se cansan de brillar.

Summary:

Lucifer lo intentó y lo intentó, pero al final del día, incluso la estrella más brillante se apagará algún día.

-
Agarren sus pañuelos.

Notes:

No soy responsable de lagrimas derramadas.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Lucifer miró la pistola y la bala que se encontraban sobre la mesa, fue el primer encargo que le hizo a Camila, posiblemente, también el último. Sin pensarlo mucho agarro la munición y comenzó a llenarla de magia, a pesar de estar hecha en acero celestial no era capas de matar un arcángel, ni siquiera si era caído, como él. Mientras le infundía energía miro la carta que le había preparado a Charlie, ella sería una buena reina, se aseguró de ello hoy cuando fue a visitarla. 

Fue la única a la que le escribió un adiós, con una pequeña nota final de que le daba su aprobatorio para casarse. Aunque lo primero era una mentira, una mentira que prefería ignorar. Ya que en el cajón inferior izquierdo de su escritorio había más cartas, más de las que ni siquiera podía contar, algunas eran nuevas, de hace uno o dos días, otras tan viejas como que rivalizaban con su propia creación.

Lucifer siempre fue un soñador y también un suicida, quería buscar una manera de vivir e imaginar fue una buena ancla, hasta que lo echaron del cielo y dejo de poder hacerlo. Luego llego Charlie, ella fue la luz que él necesitaba para vivir un poco más, ahora que era una adulta con una relación estable ya no tenía por qué seguir. Aun si una voz de su mente le gritaba que buscara a sus hermanos, a su padre, a su hija oa alguien que lo pudiera sacar de este abismo. 

Aun si el poco poder celestial que se guardaba en el fondo de su alma viajaba al cielo lo más rápido que podía para pedir ayuda. Aun así, él ya terminó de cargar la bala, la coloco en la pistola y agarro su teléfono, quería recordarle a Charlie que la amaba.


—Buenas noches, patito, te quiero mucho, no olvides que papá te ama... —


Mando el audio y dio una sonrisa cuando noto que ya había llegado, eran las dos y cuarto de la mañana, su hija no lo vería hasta dentro de unas horas y eso estaba bien. Con un último vistazo a una foto en familia que tenía con Charlie agarro la pistola y presionó el gatillo disparando directo en su frente.

No pasaron muchos segundos hasta que murió y fue recibido por un calor mucho más cómodo que el del infierno...

El cielo estaba temblando de una manera que no había ocurrido en milenios, no desde la primera caída. Los ángeles estaban en pánico y nadie entendía que pasaba hasta que Azrael lo sintió, un arcángel se estaba muriendo. Eso solo lo alarmo un poco, si, le gustaba la muerte, pero no le agradaba en lo más mínimo el hecho de que fuera de uno de sus hermanos. 

Así que sin pensarlo mucho e ignorando a todo el resto de seres celestiales que estaban en pánico, él fue a buscarlos.

No fue difícil encontrarlos, todos estaba en la sala de reuniones como se supone que deberían hacer. El arcángel suspir, estaban bien, todos sus hermanos estaban bien... 

Hasta que algo lo golpeo como balde de agua fría, Samael, su hermano mayor descarriado, él no estaba en el cielo.

Busco su presencia, su alma, algo, pero se estaba desvaneciendo demasiado rápido. Así que no lo pensé dos veces, agarro a Rafael, expandiendo sus alas y salió volando lo más rápido que pudo. Su mente iba a mil por hora, su hermano mayor solo les estaba jugando una mala broma, quería llamarles la atención, recordarles que existía. 

Nunca lo diría en voz alta, pero hubo días en los que se olvidó que él existía y esos días la culpa le llenaba las entrañas. Por lo rápido que iba no se dio cuenta qué Michael lo seguía, tampoco le habría importado mucho a decir, cuando vio el portal al infierno fue aún más rápido.

Ya del otro lado busco la presencia de su hermano que se desvanecía más a cada segundo que pasaba. Ni bien la noto voló directamente hacia ella, al llegar hay lo vio, su hermano mayor estaba en el piso, sosteniendo una pistola en su mano izquierda y cubierta de sangre dorada. 

No lo pude evitar y desvío la mirada mientras se aguantaba el vómito. Al contrario, Rafael se puso a trabajar lo más rápido que pudo para salvarle la vida a Lucifer y Michael solo se quedó hay parado, en shock.

El arcángel guerrero parpadeo un poco, saliendo de su trance y se lanzó directamente hacia su gemelo. Le agarro la mano con fuerza y comenzó a decir palabras que sus otros dos hermanos menores no podrían procesar.


—Está bien Sasa, estamos acá, te prometemos que no vamos a estar molestos cuando despiertes, ¿si? Podemos ir a ver a los patitos juntos y jugar un rato en el Edén, vamos, hermanito, tienes que despertar, aún no nos acicalamos las alas juntos... Vamos despierta, no me gusta este juego, ya te dije que no voy a estar molesto cuando despiertes, confía en mí, por favor... Estoy seguro de que una vez que estés con nosotros de nuevo podremos llevar a cabo alguna de tus ideas...—


Michael hablaba con su gemelo de manera rápida, las palabras casi no sé le entendía y las lágrimas ya estaban saliendo de sus ojos. 

Él no quería esto, se supone que el infierno era un castigo del cual Lucifer saldría, un castigo que no involucraba la muerte de su gemelo. Pero acá estaba, el arcángel guerrero viendo como la sangre dorada manchaba todo el piso de color negro y como Rafael no podía hacer nada. 

El antes mencionado arcángel sanador comenzó a llorar cuando se dio cuenta de que su magia no hacía efecto, el poder de Lucifer no le permitía curarlo, ya que no quería ser curado.


—Sasa, ¡lo siento, lo siento, lo siento!—


Rafael comenzó a hiperventilarse al darse cuenta de que su hermano mayor estaba muerto. Al ver lo que le pasaba a su hermano Azrael solo pudo abrazarlo mientras las lágrimas salían de sus ojos, esto no tenía que estar pasando. Un último vestigio de magia salió del cuerpo ya muerto de Lucifer y viajo con rapidez al cielo, uniéndose con el resto de magia restante.


—Papá, estoy cansado, ¿me puedo quedar acá un rato?—


La pequeña voz de Samael llena la oficina de Dios, este parpadeo un poco, extrañado por el hecho de que su hijo descarriado estuviera acá. Lo miro fijamente, era su hijo, sí, pero el cuerpo era única y exclusivamente de magia dorada, transparente. 

Su mente fue un mil por segundo hasta que entendió, oh, su pequeño Luci, él se rindió. Y a pesar de que la comprensión golpeó a Dios como un balde de agua fría él avanzaba y dejo que los vestigios de magia se sentaran a su lado. 

Él no pudo evitar abrazarlo y colocarlo en su pecho, su pequeño rallo de luz le dio una mínima sonrisa antes de acurrucarse y comenzar a soltar pequeñas lágrimas.


—Te quiero, papá...—


Susurro el ángel caído mientras Dios lo abrazaba con fuerza, tratando de contener las lágrimas en vano.


—Y yo a ti, Sasa...—


Respondió de la misma manera antes de que la magia se comenzara a acabar y Dios se quedara solo, llorando por un hijo al que volvió a perder después de milenios.

De nuevo en el infierno Michael estaba caminando por el cuarto de Lucifer como si fuera un gato encerrado. Él aún no acepta que su gemelo este muerto y mucho menos de que fue por decisión propia.


—Hermano, tienes que calmarte, si sigues así no vas a conseguir nada...—


Susurro Azrael que estaba muy callado, acurrucado en un rincón con sus alas envolviéndolo. Rafael se encontraba al lado de la cama donde había puesto a su hermano mayor, tratando de hacer algo para sacarse de la mente esta escena.


—¡Pero no tiene sentido! Él siempre fue la estrella de la mañana, ¡no se supone que deje de brillar de la nada! No nos dejó ni una maldita carta.—


Grito el mayor de los tres mientras se jalaba el pelo con desesperación, él quería una señal, un simple adiós estaba bien, solo quería una despedida.


—Nunca le dimos una carta o una despedida cuando lo echamos del cielo...—


Susurro el ángel de la muerte para sí mismo, su suerte hizo que sus dos hermanos no lo escucharan. Él miró la carta sobre el escritorio, no era para ellos, lo sabía por la dedicatoria que estaba atrás, pero aún así quería mirarla. Aunque no lo hizo y se centró en observar el resto del mueble hay noto algo, el borde de un papel que sale de uno de los cajones. Con cuidado se acercó y abrió el cajón, notando que estaba lleno de cartas, algunas mucho más viejas que otras, soltó una risa sin gracia al verlas. 

Esto era lo que no quería ver, cartas, no quería saber que había en la mente de su hermano porque estaba seguro de que le desgarrara el corazón y lo odiaba. Odiaba no poder atenuar ese dolor y odiaba aún más que ese dolor allá llevado a la perdida del ángel caído.

Con cuidado tomo una de las cartas que tenía su nombre como destinatario y la comenzó a leer mentalmente.


" Hoy llego una nueva alma al infierno, como todos los días, sí, supongo que realmente no te va a importar esto, pero bueno, no pienso mandar la carta. Volviendo al tema antes de que me vaya por las ramas, el alma en cuestión, nada muy interesante, una mujer, tranquila, su pecado fue la lujuria, engaño a su esposo, nada del otro mundo a decir verdad

Bueno, no importa, para qué escribe esto de todas formas..."

La carta terminaba hay, no tenía mucho sentido, pero al arcángel no le importaba, se aferraba a ella como si su vida dependiera de ello. Tal vez no era la mejor carta de todas, pero era de su hermano, uno al que perdió recién y no va a alejarse de ella por nada del mundo.

El ángel de la muerte no notó que Rafael se acercó a él, sentándose a su lado y abrazándolo con sus alas.


—Cartas?—


Susurro la pregunta el sanador mientras le frotaba la espalda al pelinegro, este solo apuntando en respuesta. Con una de sus manos el arcángel saco el cajón, el costo un poco pues la cantidad de cosas que había adentro lo dejaban a rebalsar. Con cuidado busco en la pila la más nueva que tuviera el nombre de Michael como destinatario y se la entrego a su hermano mayor.


—Vamos... —


Dijo con cuidado y el ángel guerrero tomo la carta como si fuera lo más delicado del mundo, se sentó junto al resto de sus hermanos y cerro los ojos, ya se había calmado un poco. Abró la carta y comenzó a leer mentalmente mientras Rafael buscaba alguna con su nombre.


"Me pregunto si estás bien, si, realmente espero que lo estés, recientemente trate de cuidarme las alas, no pude hacerlo solo, me hubiera gustado que me ayudaras, como cuando éramos niños.

Hoy cree unos patitos de goma que saltan, es algo tonto, me regañarías por eso, pero me ayuda a no perderme en mi mente, aunque hoy no ayudaron mucho y creo que voy a caer, de nuevo Solo quiero irme a casa y acurrucarme para no despertar de vuelta, hermano mío, que pensarías. de lo inútil que soy ahora..."


Al igual que la carta de Azrael esta no llegaba a terminar, pero si tenía un poco más de sentido. Michael la sostuvo en sus manos con cuidado mientras pequeñas lágrimas color plata salían de sus ojos, trato de no manchar la hoja por respeto o amor, pero no lo logro. 

El ángel se acurrucó sobre sí mismo y envolvió sus alas al rededor de su cuerpo, tratando de buscar algún tipo de calor que lo calmara.

Rafael se acomodó a su lado y presionó la carta que tenía en sus manos con cuidado, estaba bastante abajo de la pila, por lo que era de las más viejas. Una comparación del resto esta tenía un sello que indicaba que Lucifer casi la había mandado. 


La miro fijamente antes de abrirla con sus manos enguantadas, la miro tardo unos segundos en comenzar a leer, al igual que sus hermanos de manera mental. Él quería saber más, pero a la vez tenía miedo, no quería conocer el dolor de su hermano. Porque sabía, muy en el fondo, que era su culpa el no ayudarlo.


"Hola, Rafi, sé que no sé supone que te tenga que contactar, más en verdad necesito tu ayuda. Charlie ha enfermado de gravedad y nadie sabe con exactitud lo que le pasa, se queja de constantes dolores de espalda y de que siente que sus huesos están apretados A pesar de que le han recetado diferentes medicamentos nada cambia, su espalda tiene quemaduras y no puede dormir boca arriba. Se supone que está en la edad que los ángeles tienen su primera muda, pero ella no tiene alas, así. Que nadie sabe lo que pasa. Por favor, si puedes venir a ayudar, aunque sea solo un poco para que su dolor termine. Daría lo que sea para ver a mi hija a salvo...

Gracias, atentamente Lucifer Morninstar.



Rafael se quedó quieto unos segundos. Tenían una sobrina, a la que no conocían, de la que no sabían nada, solo el nombre. Ellos tenían una sobrina que acababa de perder a su padre y que posiblemente no tuviera una madre presente. ¿Cómo le contarían a lo que debía de ser una niña pequeña que su padre ya no estaba? ¿Cómo siquiera podrían mirarla? Si se pareciera demasiado a Lucifer eso sería simplemente insoportable. El sanador no quería pensar en ello, pero tenía que hacerlo. Debía de pararse y buscarla, ella a de estar en el castillo, durmiendo.

Antes de ir a buscarla se tuvo que fijar, tenía que ver para quien era esa maldita carta.


—Para mi pequeña Char-Char, Charlie, mi lindo patito, papá te ama.—


El amor que Dios el tubo a Lucifer y el dolor que genero la traición del segundo (o el primero). El amor que Lucifer le dio a Lilith y ya no le era correspondido. El amor que aún tenían los arcángeles por Lucifer y que les causaba dolor ahora que él ya no estaba. El amor que estaba soñando, le tenía a crear y que por eso destruyo todo. 

El amor de Lucifer a su hija, que lo mantuvo en pie solo unos años más, hasta que ya no hubo amor. No para ella, para ella siempre habría, si no que para el mismo. 

Esa falta de amor que lo había roto, la falta de amor de su familia, tal vez, de su esposa, puede ser, no poder amar lo que creaba, también. No lo sé, él no lo sabía, pero para Lucifer, ya no había un ancla en su vida.

La traición nunca viene del enemigo, si no de a quienes amas. La traición de Lucifer vino de sí mismo, aunque no se lo puede llamar traición cuando él nunca se amó. Todo lo que comienza tiene que terminar y la falsa felicidad de Lucifer fue prueba de ellos.


—Rafael?—


Pobre ángel, siendo llamado por un hermano que le recordará por siempre al que perdió.

Pobre ángel, que tendrá que ver a su sobrina desmoronarse.

Pobre ángel, que se enteró recién ahora que su sobrina no es una niña.

Pobre ángel, que ya no podrá reparar a su familia.

Pobres ángeles, que recién ahora se dan cuenta del peso de sus acciones.

Pobres ángeles, que recién hoy entienden el dolor de solo soportar porque amas.

Pobres ángeles, que ya nunca más volverán a brillar como antes. Si es que alguna vez pude brillar. Porque a pesar de ser MorningStars ellos solo eran Lunas en comparación de su radiante hermano.

Pobres ángeles, que ahora entienden el dolor de perder a alguien para siempre.

Pobres ángeles, que solo ahora entenderán que la vida no es linda. Que este universo que Dios creo no es bonito.

Y pobre Dios, porque ahora entiende lo que le hizo sufrir a Adam. Porque ahora no puede soportar mirar a sus hijos sin recordar el que le falta. Porque ya no soportara ver más caidos. Lo único que el señor de verdad quiere es a su hijo, una pena que el karma sea una perra. Una perra que golpea con la misma moneda, él expulsó a su hijo, ahora ya no tiene más hijo.


—¡Charlie está llamando! ¡Charlie está llamando! Atiéndela, atiéndela, es tu hija, tienes que atenderla.—


La voz de Lucifer resonó por toda la habitación, ninguno de los tres seres celestiales hablo. Tal vez por miedo, tal vez por tristeza, por enojo o envidia.


—¿Quién es Charlie?—


Azrael pregunta en voz alta a sus hermanos mientras agarraba el teléfono con las manos temblorosas. Quería seguir escuchando la voz de Lucifer, aunque el audio no fuera para el era tan relajante que le hizo volver a llorar. Quería escuchar la voz de su hermano una última vez, solo una, ¿por qué no podía coger el teléfono y hablar con él? ¿Por qué no contesto la última vez que Luci lo llamo? Él quería un audio de Luci diciéndole un adiós o hasta un te quiero si era mucho pedir. Para su suerte ya lo tenía, aunque solo faltaba recordar donde lo tenía. Cuando lo hiciera volvería a llorar, oh pobre ángel, llorando por algo que vos mismo abandonaste.

Rafael le saco el teléfono de las manos a Azrael y contesto, forzando su voz a funcionar. Si activo o no la función de grabar audio para después recordar la voz de su sobrina ese era su problema.

-¡Hola Papa! ¿Estas hay?—


No hubo respuesta por unos minutos. La cara de Michael se volvió a llenar de lágrimas mientras se hacía bolita y Azrael no estaba mejor. Aunque a comparación de ellos Rafael si se tuvo que contener el llanto para hablar.


—Hola, tu has de ser Charlie... Soy Rafael MorningStar y antes que nada, lo mejor será que te sientes y llamas a alguien que sirva de apoyo emocional...—


Se escuchó como algo se movía del otro lado de la línea . Nadie hablo por un rato, esperando a que se rompiera el silencio por obra de magia.


—Él lo hizo, ¿verdad? —


Del otro lado del teléfono Charlie se acurrucaba sobre si misma. Vaggie estaba sentada a su lado, abrazándola y siendo el pilar en este momento.


—Si...—


La voz de Rafael sonó como un susurro a comparación del grito que soltó su sobrina. Era desgarrador y no pudo evitar volverlo un mar de lágrimas, al igual que ella.

Eso fue lo único que se escuchó por lo que parecieron horas, pero solo fueron cuarenta minutos. Tal vez era mucho, tal vez era poco, pero oh, pobre princesa, ella tiene el corazón roto.


—Hola, soy Vaggie, novia de Charlie, ella está bien, solo que dormida. Iremos a por a ver a Lucifer cuando esté mejor.—


Dijo la caía antes de cortar la llamada sin dejar que el arcángel dijera algo.

Rafael simplemente se volvió a sentar y cerro los ojos, rogando que todo terminara ya.

El ángel levantó la vista para ver a Michael entrando en su cuarta crisis del día y Azrael tratando de calmarlo. Los miro fijamente un rato hasta que se cansó, simplemente derrumbándose sobre sus rodillas y tirándose en el piso. Ya estaba demasiado cansado para luchar y una siesta no le haría mal a nadie. Por lo que cerro los ojos y dejo que el sueño se apoderara de él, mañana Dios se encargaría de todo si no estaba demasiado ocupada llorando.

Las horas pasaron o tal vez fueron días, quien sabe, el tiempo en el cielo es diferente al del infierno. Una nueva reina fue coronada, su consorte la apoyo. Y ella dejó atrás su sueño para salvar a su pueblo, los exterminios se detuvieron, a menos hasta que terminara el duelo. Esa dulce princesita que siempre sonrío, ahora gobierna con mano de hierro una nación. Pero ese es cuento para otro día, ahora vamos con quien nos importa.


—Bienvenido a casa.—



La voz le llamo la atención a la pequeña luz, que bonita que era, él pensó mientras se acercaba a ella. Fue tomado en brazos por alguien que recordaba, no muy bien, pero lo hacía.


—Vamos, pequeña estrella, es hora de irte a tu nuevo hogar.—


La esfera brilló un poquito y ahora había un pequeño angelito sonriente en su lugar. Él siguió a la mujer hasta una puerta y ella la abrió, llegando a un cuarto de hospital. Una mujer estaba acostada en la cama, pujado y puteando a su marido para dejarla embarazada.


—Ve, no tengas miedo, ella es tu nueva madre.—


Dijo ella mientras el pequeño niño se acercaba a un bebé que ahora sostenía la partera. Este recién nacido aún no lloraba, pero cuando el ángel lo toco y se desvaneció en el acto el bebé rompió en llanto.


—Mi trabajo aquí está hecho.—


Susurro ella mientras se daba la vuelta, excepto que alguien le estaba jalando la ropa. Miro para abajo un niño pequeño, igual que en el pasado, con el pelo rubio y ojos azules.


— ¿Llego tarde? —


Una sonrisa le dedico ella antes de negar con la cabeza y señalar al otro bebé que la madre acababa de traer al mundo. El ángel sonrío y salió corriendo para tocar al recién nacido, desapareciendo y haciendo que el pequeño se largara a llorar.

—Justo a tiempo como siempre, Michael...—

Pobre Dios, que perdió a dos de sus hijos porque decidió acabar con ellos mismos.

Pobre princesa, que debió de abandonar su sueño por el bien de su pueblo.